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LA DESMATERIALIZACIÓN DE JOE en LOS MUNDOS DE GATTACA.

LA DESMATERIALIZACIÓN DE JOE

ANNA GARCIA ES NUESTRA AUTORA FAVORITA. COMO SIEMPRE, TIENE A BIEN CEDERNOS ALGUNOS DE SUS RELATOS. RELATOS EMOCIONALMENTE INSULTANTES POR SU BELLEZA Y DIVERSIFICACION DE SENTIMIENTOS EN ELLOS EXPUESTOS. DISFRUTA DE SU OBRA. Yo misma había sido testigo de la desmaterialización de Joe, pero nadie me creyó, supongo que mi naturaleza no inspiró la suficiente confianza ya que durante ésa época no me dediqué nada más que a beber; desde que me levantaba hasta que me acostaba, tenía la casa completamente descuidada y la verdad es que no me importaba. Tal vez debido a mi lamentable estado mi testimonio nunca fue tomado en serio, pero yo sé lo que vi.

Joe no era un tipo de esos que se dejan atrapar fácilmente ni un tipo de los que se van sin decir más. Era demasiado malo como para irse de una casa en la cual todavía podía sembrar dolor.
De sus salidas nocturnas me hizo recordar sus llegadas, de madrugada. Prefería ignorarlo, y aunque hacía lo posible por evitar tratarlo, siempre encontraba el motivo para darme una paliza. Yo había perdido cualquier sentimiento y cualquier esperanza de salvarme. Tenía mis propios problemas, de los cuales Joe parecía que era la proyección real, por eso, a veces no me importaba que me pegase o me tratase mal, en cierto modo me lo hacía yo misma.
Joe me despreciaba profundamente debido a que era menor que yo. Nos llevábamos 5 años, pero ya no me consideraba una mujer, me consideraba una vieja. A buena hora se arrepentía, después de lo que había hecho por seducirme y por demostrarme que aún siendo más joven era un hombre digno de mi.
Todavía lo recuerdo, en tejanos ajustados y camiseta blanca de tirantes, en verano. Una cerilla aún por quemar se hundía entre sus labios. En esos días se mostraba cortés, adulto, responsable y considerado, hasta el punto de que me tenía que demostrar constantemente que no sólo era el más adulto de todos sus compañeros, sino también el mas viril.
No me puedo quejar de aquellos tiempos, del principio, resultaba tan fácil dejarse llevar por su furia juvenil, por su falsa hombría.
Me embriagaban sus labios, carnosos, su mentón desaliñado y sus ojos entornados y teatrales. Podía estar cogida horas y horas a sus brazos, fuertes, a sus manos, grandes y acariciando el bello en la parte baja de su pecho, en el triángulo que formaba con los abdominales.
Así seguimos una temporada, cada uno haciendo el papel contrario, yo era la chiquilla inexperta y el adulto hecho y derecho, pero esa era una impresión que me gustaba darle, porque hubiese hecho cualquier cosa por él.
En el juicio apenas pude servir de mucho. Tan sólo dije que me importaba un bledo donde estuviese ni con quién estaba siempre que no volviese a junto a mí.

Joe tenía planes para todo, ideas que buscaban contagiar a los demás con su entusiasmo. Éste era uno de los aspectos que más me fascinaban de él. Se las hacía de duro y de hombretón, de hombre hecho a sí mismo, pero sin ser consciente de ello, tenía un lado ingenuo y una vitalidad contagiosa, restos de una infancia que no había conseguido desprenderse, y que por no haber vivido en su momento, la tenía presente de forma involuntaria. Por este motivo apenas pensaba con detenimiento las cosas, su espontaneidad me estimulaba, pera al final me hartó. Sus trapicheos, sus negocios, sus constantes promesas, siempre incumplidas.
La frustración se cebó con los dos. A mí porque no pude jamás ver mis sueños realizados ni ser como yo quería ser y a él porque sus sueños se convirtieron en una pesadilla que debía compartir.

Ambos nos convertimos en una pareja de caricaturas humanas unidas por el fracaso, alcohol y odio.
Vivíamos en un pequeño apartamento a las afueras de la gran ciudad, modesto y caro, demasiado dinero para lo poco que teníamos. La idea de Joe fue clara y brillante, una más de sus ideas rápidas para salir del paso y de las que más me arrepiento. Gracias a él tuve que volver a una situación que había podido dejar gracias a él y que ahora debía volver. Ya dije que en esos días hubiese hecho cualquier cosa por él, y yo, como una tonta, lo hice.
Volvía a hacer la calle, de la que él me sacó y volví a ser aquel chiquillo asustado que escapaba de su casa de sus padres y de él mismo . Mi único sustento fue comenzar a vender el cuerpo que me estaba fabricando y poco a poco y que gracias a los mecanismos de las mentes febriles, era deseado.
Joe me quería, pero aun que yo no quise admitirlo, nunca me quiso completa, nunca me dejó ser como yo debía ser. Él decía que me quería tal cual era, que para él ya estaba bien. Pero yo no me quería así.

Durante aquella época, gracias al dinero, podría haber sido por fin mi propia realidad, pero como dije, hubiese echo cualquier cosa por él, y le di mi dinero, que entonces era “nuestro dinero”.
Sus negocios, sus inversiones, por distintas razones nunca funcionaron, y su resentimiento hacia mi cada vez más lo exteriorizó más y yo mi, igualmente, no pude perdonarme mi ingenuidad.
Me trataba como un desperdicio. Creo que se odiaba por no poder haber sido como el resto de los chicos y por haber acabado con alguien como yo. Sólo sé que fue entonces cuando comenzó a pegarme. Al principio solo era bofetadas que rápidamente disculpaba con besos y caricias. Más tarde no necesitó más que ridículas excusas. Lo que en un principio le atrajo de mi, ahora era fuente de repulsión. Si yo era anormal, siempre lo había sido, y lo era aún más cuando él me conoció.

El recuerdo de la última noche que lo vi lo tengo muy claro, y sé que vi, pero a veces me cuesta creerlo y no me extraña que nadie se lo crea.
He dicho que Joe, el hombre, volvía de madrugada de no sé que sitios y si no tenía suficiente con lo que había hecho durante la noche no tenía ningún reparo en entrar en nuestra habitación y despertarme a manotazos o lanzándome lo que fuera encima.
Esa noche estaba especialmente extraño, ridículamente violento. Yo no podía enfrentarme a él, nunca pude...sus ojos me reducían cómo a un animal el fuego, y sus puños me hacían anticipar el dolor. Me encogí, lloré, y él mientras tanto ladraba, gruñía como un ser irreal.
Si mi vida hubiese sido de otra manera, si hubiese sido una vida como las demás jamás hubiese conocido a alguien cómo él, de eso estoy segura. En ese momento sentí algo que no conocía, un sentimiento cálido y placentero que me consolaba con infinita bondad. Por una vez en mi vida, o justamente cuando creía que ésta se encontraba en su fin yo era capaz de quererme, de quererme cómo era o cómo podría haber sido.
Me encontraba sin fuerzas, sin poder reaccionar, sólo con un único y básico deseo; el de que Joe dejase de pegarme. Quise que sus botas dejasen de golpear mis costillas, quería que sus manos no se estrellasen contra mi cara, deseaba no escuchar ese sonido hiriente que salía de su garganta. Deseaba que se perdiese como un mal recuerdo, quería dejar de haberle escuchado siempre, deseaba no haberlo conocido nunca.
Dejé se sentir su violencia, y cuando el miedo me dejó, me di cuenta que no escuchaba nada, y cuando tuve tiempo de reaccionar abrí los ojos. Estuve así unos instantes, acurrucada, inmóvil, sin escuchar ningún ruido proveniente de la casa, nada más que la noche. La confianza y la incredulidad me vencieron, poco a poco. Miré por las pocas habitaciones del piso, y por los pocos sitios donde podía esconderse.
Vi la chaqueta de Joe, su cartera, sus llaves, su ropa, pero a él no le ví, no le volví a ver jamás.

Creado por gattaca | 0 comentarios | 12/03/05 13:52

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