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Fugacidad del amor - 2 en Quipu Latinoamericano
Fugacidad del amor - 2
Cerca del final
[Septiembre de 1989]
Una hoja de mi diario
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Eran las seis de la tarde. Se estaba poniendo nublado. Ella salió de un bar sin que yo la viera y me tapó los ojos de atrás. Un movimiento breve, como un aletear de pájaro, una broma. Yo había caminado por la vereda de la plaza preguntándome si vendría, aunque con una leve inquietud en el alma que me la preanunciaba. Busqué algún pretexto para estar juntos, la había citado sin motivo expreso y sin que ella me respondiera, ayer; "vamos a ver a un amigo", se me ocurrió decirle. Caminamos, hacia la casa de Alberto Alba que era a quien tenía en mente. [Al llegar allí,] subimos la angosta y penumbrosa escalera hasta el primer piso. La tarde doblemente filtrada por nubes evanescentes y los cristales desdibujaban los contornos, en el descanso. Como Alberto Alba no contestaba al timbre, la besé. Ulla me dejó hacerlo, mansamente, pero no respondió. Sólo puso sus dedos largos en mi nuca y dejó descansar bajo las mías sus caldeadas mejillas. Al salir tomamos un colectivo que llevaba hacia el sur, para ir fuera de la ciudad. El boulevard Diego de Rojas lucía ténue bajo la tarde gris. Sólo andábamos, tratando de buscar un pretexto racional que nos mantuviera juntos. Ella había venido del campo, a cincuenta kilómetros, sólo para esto. Al regresar fuimos al parque, Ulla parecía divertida [inconcluso, rasgado después de la separación].
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[Octubre de 1989] (Fragmento de Un largo adiós)<p>
...Bajé en la esquina donde se levantaba la torre de nuestro departamento. Debía caminar algunos metros sobre una vereda que corría junto a un colchón de césped y canteros floridos. Apenas había avanzado los primeros pasos, cuando la vi. Ulla jugaba, sentada en el borde de una ancha canaleta, con Julita.
-¡Ahí está papá! -le indicó a Julita, apenas verme. Tomándola en sus brazos vino a recibirme.
-Te he esperado, anoche -me dijo.
-Es que no quería ir -contesté brutalmente.-Escucha, Ulla, terminemos esto de una vez. Vuelve a Rodeo, dame a mi hija, estoy decidido y no quiero verte más.
-¡No debes dejarme así!- dijo ella, caminando a mi lado y sin entregarme a Julita. -¡Yo no he hecho nada malo!
-¿Qué te interesa de mí? -dije. -Tú eres una muchacha linda, joven. Yo soy un hombre casado, con hijas. Sólo hemos tenido problemas. Por favor vete, no nos lastimemos más.
En el mismo momento en que nos introducíamos en el hall hacia la escalera, discutiendo, emergió un hombre como de mi edad, que nos escuchó y miró a ambos con curiosidad.
-¡Esto no tiene destino! -continué, repitiendo una expresión propia de la ciudad donde se crió Lucía. Sin detenerme, rechazaba uno por uno los argumentos de Ulla, quien decía sentir mucho cariño por mí, y estaba ahora muy dolida. Así, llegamos al comedor. Era ya cerca del mediodía. Ulla finalmente se quedó. Me había buscado temprano, pero yo ya había salido. Lucía le había dicho que tal vez me encontrara en la librería de Gilda, y hacia allí había ido. Cuando llegó, yo me había ido a la iglesia, Gilda, que conocía mi religiosidad, le recomendó que me buscara allí. Ulla fue a la Catedral, pero no me encontró. Finalmente, había decidido volver a esperarme en el barrio. Lucía la invitó a comer.
Ella me regaló todos sus cassettes. Los había traído en una bolsa, que sacó de su mochila esa mañana.
-¿Los quieres? -me dijo. -Son lo que más amo entre las cosas que tengo.
Otra vez había empezado a hacer calor, pero sin llegar a las temperaturas de días anteriores. Ulla se bañó largamente; también lo hice y como a las cuatro de la tarde, pidió autorización a Lucía para que yo la acompañase hasta el centro.
-Quiero invitar a Julio con una cerveza -dijo - Esta va a ser nuestra despedida.
Lucía aceptó al parecer de buen grado. Cuando pasamos en el colectivo, todas ellas, desde el balcón, despedían definitivamente a Ulla, quien sacaba la cabeza por la ventanilla del colectivo y lagrimeaba. Ya en el centro, fuimos al bar de Los Cabezones.
-¿Quieres oler mi pelo? -ofreció-: Champú natural, me lo enviaron de Alemania.
Se desarrolló entonces una larga conversación. Ella empezó a considerar que no tendría futuro en mi actividad de escritor quedándome en Santiago. Tenía razón, le dije, pero aquí está mi familia y toda la gente que conozco. Además no tengo medios para salir de aquí. "Yo puedo ayudarte, si quieres, enviándote dinero de allá... tal vez no mucho, pero un poco por mes, para ahorrar... y comprar el pasaje... puedes venirte a vivir a España..." Por primera vez ella me sugirió que me separase, pues era evidente la mutua insatisfacción vivida con Lucía. Yo dudaba muchísimo. Esto hubiera sido posible sin mis hijas, sostenía. Ahora es algo que si lo hago, me destruirá. Pero en cierto trasfondo de mi consciencia se presentaba la imagen de mí mismo, instalado en España, y ella viajando desde Alemania para visitarme. Noté sin embargo, que no asumía un compromiso más profundo: deseaba mantenerme como amigo, amante quizás, pero todavía lejos de su casa. Tampoco sentía yo el deseo de asumir tal convivencia, aún en caso de haberse presentado la oportunidad. Desconfiaba de Ulla, de su conducta liberal, su educación independiente, pero particularmente de cierta peligrosa veleidosidad, presente en su carácter. Así transcurrimos mucho tiempo bajo la fresca protección de esas añosas paredes, cuidadosamente decoradas con obras de arte, como ya mencioné. Con discreción se acercaba el mozo, cuando suponía que podríamos necesitar algo. Como a las siete de la tarde, cuando el sitio se pobló un poco más, apareció Artemio Fote, el pintor. Vino a saludarme, y por cortesía le presenté a Ulla. Cuando supo que era alemana se entusiasmó mucho, sentándose sin que lo invitáramos. Esto era aceptable, por cierto, pues nos ligaba una cordial camaradería ya desde hacían varios años atrás. Pero no el modo como acaparó la conversación, dirigiéndose únicamente hacia la muchacha, interesado obsesivamente por sonsacarle datos acerca de las universidades de Alemania, su gente, sus costumbres, puesto que -según afirmó- ambicionaba pedir una beca de perfeccionamiento allí. Nunca dilucidé si Artemio cargaba una leve disfunción cerebral, o si su personalidad excesivamente obcecada -aunque cordial- era clasificable dentro del espectro de lo normal. Transcurría el tiempo, sin embargo, y no parecía darse la menor cuenta de que había interrumpido una conversación reservada, entre dos personas, y persistía en una larguísima inquisición que sólo a él interesaba. Finalmente debí decírselo:
-Disculpame, Artemio -tuve que decirle, con embarazo:- La señorita y yo estábamos conversando sobre algo importante para nosotros... privado... por ello te ruego que nos dejes solos otra vez... no te enojes, por favor...
Como si lo hubiera picado una avispa en las nalgas se levantó, alzando las manos, la boca abierta y expresión de sorpresa inusitada en los ojos:
-¡Disculpame! ¡No sabía! -exclamó- ¡Ya mismo los dejo solos!...
Se fue, con su caminar bamboleante y hombros un poco más desplomados, dejando al darme la espalda una culpa más en mi ya vapuleado corazón.
-¡Anoche te he esperado tanto!... -dijo ella de repente.
-No pude ir. Estaba cansado -mentí.
-Hacía frío... -continuó ella, como si no me hubiese escuchado-. ¡Me hacía frío!... ¡Tenía miedo! ¡Deseaba tanto que vinieras, a cada ruido que escuchaba, me sobresaltaba, y pensaba: "es él... va a entrar otra vez por la ventana"... Pero no viniste... ¡Julio, te extrañé tanto!...
¡Estuvimos allí con Ulla hasta las nueve y media de la noche! Hoy cobro consciencia recién del tiempo transcurrido. A esa hora salimos, para caminar despacio hacia la Terminal. Ella no quiso irse en el colectivo de las diez de la noche, que ya estaba por partir cuando llegamos. Fuimos a averiguar, y nos dijeron que a las once vendría otro, destinado a Añatuya, pero que pasaba por Rodeo. Decidimos esperarlo. Quiso invitarme a comer, así que fuimos a un bar. Allí, masticando un grasoso e inmenso sándwich de milanesa con lechuga y tomate adentro -el único plato disponible- mientras ella hacía lo mismo, empezó a lamentarse por la separación. Estos iban a ser nuestros últimos minutos, decía . ¿Cómo absorber ese trago, el no vernos más? De pronto, se acordó que para la mañana siguiente habíamos convenido con un amigo, vecino de Rodeo, que con su camioneta fuese a buscar algunas cajas con libros a donde fuese nuestra casa... También debía cargar a Facundo, nuestro perro. Yo había pedido a un peón, a quien le dejé la llave, que se hiciera cargo de la diligencia.
-El perro no va a querer venir con ese hombre desconocido -argumentó Ulla-: y si lo obligan, va a sufrir. Debes venir vos a traerlo.
-No he avisado en mi casa... se van a preocupar... -dije.
-Puedes avisar por teléfono... -indicó.
-No tenemos teléfono...
-¡Oh, avisa a la casa de tu papá, que Pío vaya con el mensaje para Lucía! -insistió ella.
Me convenció. O yo quería que me convenza. Fui a una cabina y pedí por teléfono a mi padre que hiciera saber lo antes que pudiese mi decisión de irme a Rodeo esa noche, para buscar los libros y al perro...
Como no tenía previsto viajar llevaba sólo una camisa. Había refrescado repentinamente; se me puso la piel de gallina y Ulla lo notó. Entonces sacó de su mochila un piloto y me lo puso encima. Sentados en un ancho banco de madera esperábamos el colectivo. Ella aprovechó el movimiento de taparme para empezar a hacerme todo tipo de arrumacos, besarme en la oreja, acariciar mi pelo, refregar su nariz contra mi mejilla. En ese momento, de subyugante placer, estacionó una camioneta frente a nosotros pero no le hicimos el menor caso. Durante algunos minutos -no tengo la menor idea de cuántos- estuvo allí. Apenas noté algunas personas adentro; luego se fue.*
El colectivo llegó puntual y nosotros subimos. Ocupamos los últimos asientos, y en la oscuridad, luego de prodigarnos afecto durante un rato, nos dormimos. Por suerte el guarda se acercó a nosotros para avisarnos cuando llegamos a Rodeo.
En la noche oscura, atravesamos el ancho espacio cubierto de césped por el que caminara tantas veces, tomados de la mano. Ella insistió en que llevara su piloto sobre mí, pese a mis protestas pues de tal modo se privaba de usarlo, cuando hacía mucho frío. Para evitar que la prenda me fuese quitada por el viento, ella envolvía completamente mis hombros con sus brazos, pegando a la vez su cadera sobre mí. De tal modo transitamos la ancha avenida como de quinientos metros que llevaba a la Stiftung, el redondo patio, y ascendimos la empinada senda por donde habían jugado y corrido, tantas veces, mis hijas. Ella abrió la pesada puerta por fin, echó llave por dentro, y nos acogimos a la blanda tibieza del lecho enseguida. Aún fue corriendo hasta la cocina de la Casa de los Alumnos, de donde regresó con dos tazas de té humeante. Luego de eso, comenzamos a quitarnos las ropas, despacio. Después que se hubo quedado en bombacha y corpiño, preguntó:
-¿Necesitas la luz?
Como le dijera que no, apagó la vela. Entonces, en la oscuridad, terminamos de desnudarnos y nos acoplamos.**
No fue una situación particularmente intensa. Si bien lo hicimos pausadamente, con cuidadoso respeto por parte de ambos, yo evitando cualquier movimiento brusco, ella constantemente acariciándome y besando mi rostro, mis ojos, mi boca, mi nariz, mi pelo, estábamos crispados por la tensión, la demoledora maratón sentimental vivida en los últimos días nos había dejado tan golpeados por dentro, que no acertábamos a crear una situación plenamente feliz... ¡teníamos el cuerpo etérico completamente amoratado!... En subconsciente sangraba, además, la angustia de haber dejado solas a mis hijas, tan bruscamente. Esa noche Lucía casi no pudo dormir; de carácter fuerte, como ya quedó dicho, andaba de aquí para allá molesta y acalorada. Fue entonces que Angelita, habiéndose levantado repentinamente de la cama, caminó un trecho para ir a chocar con la punta de una ventana de metal, muy aguda, que le provocó un corte sangrante sobre su cabecita. Esa herida me la atribuyó Lucía a mí, a mi indignidad, a mi estulticia; yo, de buen grado lo acepté. Me culpo de esa herida, pues sé que los cuerpos etéreos están indisolublemente ligados, y cualquier desequilibrio en los factores hasta entonces establecidos puede provocar consecuencias graves, que se manifiestan igualmente en el plano físico.
Después de ese acoplamiento nos quedamos dormidos. Sólo un rato. ¡Estábamos demasiado tensos!... Por machismo o impaciencia quise suscitar otro acoplamiento y ella aceptó solícita. ¡Pero no pude lograr la erección! Luego de varios intentos, exasperantes, de un modo típicamente humano sugerí que era ella quien no lograba excitarme. "No importa. Yo te enseñaré como hacerlo, después", fanfarroneé. Con ingenuidad no desprovista de sentido común ella se asombró:
-¿Vas a enseñarme? ¡¿Cuándo?! ¡Ahora yo debo viajar!...
Al llegar la mañana ella corrió hasta la Casa de los Alumnos a calentar una pava, para ofrecerme mate, como último agasajo antes de separarnos. Pero también resultó un fiasco. El agua estaba demasiado caliente, el mate era un pequeño recipiente de metal, con manija... ¡Para un argentino, tomar mate en esa tacita de juguete era casi una afrenta!... Ignoré el asunto, aceptando tres o cuatro mates lavados antes de vestirme. No íbamos a despedirnos aún. Yo debía ir hasta la que fuera nuestra casa, esperar allí a Mércuri, mi amigo, para cargar en su camioneta las cosas, al Facundo y recién irme. Antes de salir, iba a pasar para saludarla.
Mércuri fue puntual. Hicimos lo necesario y volvimos. Él detuvo la camioneta, con el motor prendido, frente a la puerta de la Guardería...
-Sólo unos instantes... -le pedí.
-No te preocupes, andá tranquilo -dijo él.
Pero no quise demorar más, sólo entré un par de minutos, lo suficiente como para darle y recibir un fuerte abrazo, para secar sus lágrimas con mis manos. Nos besamos, una sola, larga vez.
-Te quiero... -dijo ella, por fin.
-Yo también te quiero... -dije.
-Yo también te quiero... -repitió. Nos abrazamos.
-¡Te quiero! ¡Te quiero!- murmurábamos al unísono, apretándonos mucho. Finalmente la solté de golpe, y salí. Ella asomó su rostro por el espacio que dejaba el portal entreabierto... los ojos se le habían puesto rojizos, la cara mojada brilló unos segundos reflejando el primer sol.
No sé lo que hablamos con Mércuri por el camino. Al llegar a casa, Lucía conversaba con mi prima en la vereda. Sangrando mi corazón subí todos los cajones y nuestros últimos, pequeños muebles traídos de Rodeo, de a poco, fatigosamente, recorriendo una y otra vez la escalera. Por fin me despedí de mi amigo, le agradecí.
Cuando entré al baño para asearme un poco recién pude mirarme el rostro. ¡Era un espectro! Pálido, ojos hundidos, crecida barba. Desde la ventana de mi nariz, bordeando la canaleta divisoria del labio superior, hasta la boca, se levantaba una extraña, gruesa erupción, rojiza; como una oruga purulenta, que se hubiese infiltrado insidiosamente bajo mi piel.
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Ulla me mira a través de las lágrimas y sus ojos clarísimos expresan desesperación por primera vez. La nariz se le ha puesto roja, como la boca, dulce, carnosa, que se tuerce hacia abajo con desolación. El pelo de oro fino y leve da la impresión de haberse tornado radicalmente lacio, como si sobre él hubiesen apoyado una plancha. "Te quiero", dice. "Te quiero". No sabe componer mayores discursos en castellano -quizá en alemán tampoco sea de las mujeres que parlotean constantemente; la he oído, sin embargo, conversar con animación durante largos ratos con otros alemanes; aunque siempre con ese tono pausado en su voz un poco nasal. No nos veremos más, quizá. No volveremos a estar juntos otra vez, posiblemente. Y esa desesperación que vierten sus ojos como un cántaro luminoso es por comprobar de repente -particularmente ella- la necedad de muchas conductas anteriores, el no haber aprovechado los innumerables momentos en que estuvimos juntos, o pudimos estarlo, durante este largo año de convivencia.
No la veré más no sólo a ella. No veré más estos tenaces campos florecidos de mielga hasta el horizonte y los ceibos rojidulando el siempreamante cielo, a los costados de la acequia; no veré más los álamos achicándose, avanzando como hermanos desde el misterioso manantial hasta mi casa, no veré más mi casa, esa gloriosa y rústica y gigantesca y entrañable y sin terminar, refugio de mis hijas, depósito etérico de sus vocecitas de sus juegos, mi casa, construida contra todo y con todo lo que mi mano pudo alcanzar, con fe, con amor indómito para mis chiquitas... no la veré más. O quizás la veré, quizás; pero ya no será mía.
Ulla está desconsolada. Cada uno llora lo suyo. A pesar de que no se habla mucho -¡tampoco hay tiempo!- su alma es translúcida, hoy. Se culpa de no haberme amado lo suficiente, cuando me tenía a su alcance. De haber puesto demasiados obstáculos. No debería hacerlo -al menos, no al extremo- es sólo una muchacha de 24 años, cumplidos hace unos días.
En cambio soy un curtido jugador de cuarenta años -también cumplidos hace muy poco- que otra vez, una vez más, ha sabido acomodar los naipes, sobre el filo del desparramo, para no perder. Pero ¿qué es perder? ¿En qué consiste el "éxito" esta vez? Valiente victoria, la que me deja solitario, desterrado, aunque Ulla haya reconocido que me ama, haya decidido darse de cuerpo y alma en estos últimos instantes y esos días, de qué me sirve, digo, ser el que en realidad se va, pues antes que ella viaje mañana, yo ya me he ido, he vaciado mi casa, que se eleva a cien metros de distancia cruzando el puentecito por entre la umbrosa arcada ceibal sobre la acequia, he vaciado estos campos, de todo lo que puse aquí, de mis afectos y también de mí, los he vaciado con astucia, con frío cálculo, para que sea ella la que se quede aquí, como está ahora, en la que aún es su casa, adonde vivimos segundos perpetuos, bienaventurados, aún es su casa, aunque sea por un día más, donde se quedará sola, llorando nuestra separación, la mordiente comprensión de su profunda necesidad de mí, como lo hizo durante la penúltima noche, al sentir que ya nunca más estaría a su lado para quitar el frío de su cama. Pero no he ganado, como pensaba, sino estoy sin alma.
Debo irme. Afuera la camioneta de mi amigo -pacientemente sentado frente al volante con el motor en marcha- me espera. ¿Son cinco minutos? ¿Son tres? ¿Cuánto pasa desde que dijese a mi amigo "esperame un poquito por favor"? Había pasado la noche con ella. Mi amigo había venido a buscarme por la mañana. Cuando apareció su camioneta yo estaba en casa, preparado con los últimos bultos para llevar hacia la ciudad y nuestro perro al lado. Ahora me voy, ahora dejo este exuberante campo, este territorio de apartamientos y aventuras, este lugar donde se concentraban magnéticas potencias cósmicas, donde se habían renovado mis ilusiones de un mundo mejor, soñando con "la Comunidad Cristiana": la Fundación, el Centro de Capacitación Rural para aborígenes desterrados, la Cooperativa de Exportación melífera para pequeños apicultores sin mercado, sostenida por alemanes pero también, ¡ay!, muy bien aprovechada por ellos. Ahora me voy, dejando aquí hecho jirones un gran pedazo de mi alma.
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* Algún tiempo después, Lucía conoció a una mujer en la casa de mi prima, quien también habitaba el Autonomía. Dicharachera, le contó que me conocía desde la adolescencia. "Incluso salimos juntos" avanzó. "¿Ustedes están separados?", preguntó. Al negarlo Lucía, fingió sorpresa (típica actitud hipócrita de las santiagueñas). "Yo lo creía... -exclamó- porque lo he visto a Julio muy enamorado, en la Terminal". Supongo que luego le contó muchos detalles de lo que vio, pues una y otra vez Lucía me lo recriminaría, indignada. Eran ellos, con su marido e hijos, quienes estaban en aquella camioneta que de un modo tan impertinente se había estacionado frente a nosotros, sin que los tomáramos en cuenta.
** Revisando los acontecimientos con obsesividad luego de su partida me maldecía por haber accedido a que apagase la vela. ¿Por qué no ampliar nuestra felicidad permitiéndonos la contemplación mutua, el prolongar la entrega generosa que nos concedíamos permaneciendo toda la noche allí, bajo la tenue luz, efectuando, como un ritual religioso, nuestra última copulación? La única explicación que se me ocurrió fue el haber llegado a esta cumbre cansados, culposos, negándonos a reconocer nuestro amor, debido a lo cual asignábamos a una situación buscada con pasión durante tanto tiempo, mucha menos importancia de la que en realidad tenía.
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“Dónde estarás, dónde estaremos desde hoy, dos puntos en un universo inexplicable, cerca o lejos, dos puntos que crean una línea, dos puntos que se alejan y se acercan arbitrariamente” (Julio Cortázar - Rayuela)
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Un largo adiós
Creado por julio_h | 0 comentarios | 13/01/05 23:29
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