Pobrecito mortal...
Recuerdos. en Pobrecito mortal...
Recuerdos.
Sentado cómodamente en la terraza de mi vivienda y mientras contemplo la lenta caída del sol en este sector de Alemania, le comentaba a Birgit, mi ex polola y amiga comunitaria, algunos pasajes de mi primer tiempo en este país. Todo esto a propósito de lo que uno puede alcanzar cuando tiene la voluntad para hacerlo.
Era 1991, seis meses después de nuestro arribo al país teutón, un conocido alemán, casado con chilena, me había conseguido una posibilidad de trabajo en una fábrica de velas. Antes había logrado que me otorgaran el permiso de trabajo, algo nada sencillo considerando que era un tiempo de mucha congestión, muchos extranjeros y alemanes del sector oriental, llegando a causa de la caída del muro. "Fue un golazo de media cancha", recuerdo que me dijo y lo cierto que fue así.
En la fábrica de velas tuve que acostumbrarme a trabajar en turnos. El de la mañana comenzaba a las 06.45 y terminaba a las 14.00 horas. Teníamos 15 minutos de pausa y cada dos horas y media, cinco minutos para fumar. El turno de la tarde empezaba justo a las 14.00 y terminaba a las 21.45. Ahí se iniciaba el turno de la noche hasta las 06.45. No fueron sencillos esos dos años, en los que viajaba casi todos los días en bicicleta 20 kilómetros diarios, muchas veces también en invierno. Había un tiempo en que viajaba con algún colega, a quien le pagaba semanalmente una cuota o si la cosa no funcionaba por ese medio, por razones diversas, me iba y venía en bus, lo que me significaba levantarme a las 04.00.
Cuando me tocaba limpiar una de las máquinas, sacándole los restos de vela que sostenían entre sus tornillos, me bajaba varias veces, una tremenda nostalgia, pensaba en mi familia, en Chile, me caían lágrimas de impotencia y atesoraba la idea de volver a mi trabajo de profesor de castellano en el colegio Cordillera. Fue una batalla dura, que me costó discusiones con mi ex mujer y largas reflexiones conmigo mismo. Con el tiempo, me fui adaptando. Hubo dos momentos bien críticos, uno de los cuales fue cuando casi me atropellaron, mientras viajaba bajo una lluvia torrencial en medio de una noche negra y muy oscura.
Durante el trabajo, me tocaba alternar no sólo con obreros alemanes, sino que con muchos extranjeros: libaneses, turcos, rusos, polacos, gente de Ceylán y muchos africanos, especialmente de Angola. Entre ellos conocí a Patrick, un tipo fornido, cuya sonrisa aún diviso por lo blanca y amplia, lo mismo que la melancolía que muchas veces opacaba su rostro; mientras escribo sobre él, en este momento, me conmueve retornar a esos días, porque Patrick era un médico, un hombre culto, que había tenido que huir de su país por razones políticas y estaba separado de su familia.
Durante la pausa acostumbrábamos a conversar sobre nosotros, nuestros orígenes, nuestras familias, nuestros sueños, sobre la vida y la muerte. Le gustaba hablar de su casa, de sus amplios jardines y de las arañas que, según él, eran gigantes, pero que no se habían comido a nadie...hasta ese momento. Reíamos con ganas, como un medio de soltar la tensión que nos significa estar metidos en esa fábrica, que olía a parafina y cera, cada día ocho horas, atosigados por el ruido de los fierros, con las manos partidas. En una ocasión, este amigo africano, que dada su condición de profesional debía haber tenido un buen estatus económico en su tierra, me dijo: "Alex, cuando mi país sea libre, te voy a invitar para que conozcas mi casa".
Algunas veces Patrick y yo no coicidíamos en el mismo turno, por lo que pasaban meses en que no nos veíamos ni hablábamos. Él residía en un alojamiento para exiliados en la periferia de la ciudad de Bonn.
Conocía a Fredy, otro angoleño, que había luchado en la guerrilla contra la dictadura comunista que diezmaba el país: "mataron a toda mi gente, mis padres y mis hermanos. Logré salvarme junto a mi mujer e hijos por cuestiones de la suerte", me contó una vez. Con Fredy nunca mantuvimos un contacto tan personal como el que habíamos construido con Patrick y para ser bien sincero, me costaba creerle todo lo que me decía, por cuestiones que supe después. A Patrick también lo perseguían los comunistas, y si bien hablaba de sus penas y de su tragedia, lo hacía de una manera espontánea, que me impresionaba mucho y que olía a pura verdad.
De este amigo supe, mucho tiempo después, a través de otro extranjero conocido, que había logrado encontrarse con su familia acá en Alemania y que trabajaba en una farmacia. Eso fue hace más de 15 años.
Cuando Angola jugó en el Mundial de Fútbol, celebrado en estas latitudes, me acordé de Patrick y pensé qué sería de su vida, si acaso habría vuelto a su país o si había tomado la decisión de quedarse por estos lados, intentando recomenzar.
Un minuto me bastó para escuchar de nuevo esas palabras..."cuando mi país sea libre, te voy a invitar para que conozcas mi casa".
Creado por almibre | 0 comentarios | 07/05/08 22:03
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