Pobrecito mortal...
Capítulo tercero. en Pobrecito mortal...
Capítulo tercero.
Tuvo que pasar bastante tiempo antes de que Rosario pasara por la calle donde su mejor amiga había encontrado la muerte. Sus padres la habían apoyado en todo momento y de todas las maneras posibles. Su situación la atendía una sicóloga, amiga de la familia, que hacía lo posible para que la joven , que tras el accidente de Carla, se notaba más silenciosa y distante. Con sus companeras de curso hablaba lo justo y necesario. Participaba eso sí en actividades extraprogramáticas, pero no ligadas al colegio.
Un fin de semana, mientras acompanaba a su madre al supermercado, se encontró de frente con los padres de Carla. Rosario se acercó tímidamente a ellos con el fin de saludarlos. No los veía desde el funeral de su amiga.
- ¡Rosario, amor, qué gusto de verte! – exclamaron casi al unísono, dirigiéndose a la chica.
- Hola, qué tal...- les respondió tímidamente.
Se miraron un parde segundos en silencio. Es ese silencio en que no se sabe qué decir y sin embargo se está diciendo todo.
- Quiero decirles que a Carla no la voy a olvidar nunca, nunca! - y se abrazó a ellos echándose a llorar. Fue el desahogo que durante tanto tiempo le estaba quemando las entranas.
- Lo sabemos Rosario. Nosotros tampoco la vamos a olvidar y queremos decirte que ésta ha sido una dura prueba de Dios, pero que nos ha permitido converger como familia. Ahora las prioridades son otras. – dijo el padre con la voz casi quebrada.
Se despidieron con la promesa de no perder el contacto.
Rosario sintió que ese encuentro había sido como un bálsamo, era una deuda que aún había mantenido, pero que la casualidad o una simple coincidencia le permitían saldarla de una manera espontánea. Su alma sentía una paz profunda y pensaba que Carla, desde algún rincón del cielo, estaría también conforme.
Apartir de ese momento, Rosario visitaba periódicamente a los padres de Carla y compartía con ellos veladas inolvidables, recordando emotivamente a la amiga y a la hija que, por fuerza mayor, ya no estaba presente.
Rosario decidió tomar clases de alemán en el Goethe, el instituto ubicado en la calle Esmeralda de Santiago. Tras un exitoso primer semestre, y percibiendo que su interés por la lengua era cada vez mayor, la joven tuvo la idea de que lo mejor era perfeccionarse en Alemania. De esta forma conocería no sólo más el idioma, sino también la cultura de ese país.
El problema se presentaba a la hora de hablarlo con su padre, a quién respetaba de sobremanera, para quién no sería sencillo separarse de su hija querida. Por lo mismo, Rosario creyó prudente tantear el terreno,primero, con su mamá. Pero el destino le traería una sorpresa insospechada...
Creado por almibre | 0 comentarios | 31/10/05 18:25
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