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capítulo cinco en Pobrecito mortal...

capítulo cinco

Rosario regresaba a casa, luego de sus clases de alemán. En el trayecto, y sin que se lo hubiese propuesto, el recuerdo de Carla fue apareciendo, primero con lentitud hasta envolverlo todo. Alguna vez, las dos habían hablado de emigrar hacia un lugar remoto, desconocido, tal vez, o por lo menos lejos de la autoridad paterna.

- Buscaremos otros horizontes, nuevos, que nos mantengan a gran distancia de ciertas viejas tradiciones.- Carla hablaba con seguridad.

- Exacto e iniciaremos una vida a nuestro antojo, sin tener que andar pidiendo permiso para todo.- comentaba Rosario entusiasmada.

- Y besaremos a todos los chicos que nos de la gana y te lo digo desde ya Rosario, no me casaré hasta que sienta que estoy enamorada y que ese hombre es el que me corresponde.

- Pero..., ¿cómo lo sabrás?. No creo que sea sencillo con un simple latido.

- Será más que eso, Rosario, te lo aseguro. El amor, cuando es de verdad, se deja ver, lo puedes sentir y oler...a veces creo que hasta lo puedes llegar a tocar.

- Carla, creo que exageras un poquito. Además, ¿me puedes decir de dónde sacaste todo eso si aún no has tenido un chico estable?...lo que hemos hecho con esos jueguitos en la playa es apenas tocarnos los labios – Rosario dejaba ver su lado racional.

- Por lo mismo, como hasta ahora sólo hemos jugado, cuando la cuestión sea real estaremos en condiciones de notar la diferencia. – Carla parecía una erudita.

- Casarse...- suspiraba Rosario y comenzaba a volver lentamente a esa calle del instituto. Allí estaba, sola, metida entre gentes desconocidas que se acumulaban en mayor número a medida que iba llegando al centro.

Lo positivo de ese mundo invisible que, Rosario, repentinamente había construido, le permitía no sólo ver y hablar a su amiga, sino dejar atrás un largo proceso, una depresión que la tuvo al borde de la locura, esa misma depresión que la había privado de vivir muchas cosas, con muchas personas, todas diversas; era entonces un motivo para alegrarse, para cambiar el horizonte apenas visible que tenía ante sus ojos y para acercarse con más confianza al mundo exterior y poder ir ordenando sus sentimientos que se habían vuelto confusos y tristes.
Rosario era capaz de convocar a Carla en sus recuerdos y no sentirse tan afectada por ello.


Cuando llegó a casa, luego de un tedioso viaje en bus, escuchó voces que provenían del living; una de ellas era de su padre, la otra no pudo reconocerla. Se apresuró a dejar sus cosas en el dormitorio, aprovechó de ir al bano y volvió para saludar a su progenitor con ganas de hablarle de muchas cosas, especialmente lo de la beca, claro que después de haberlo tratado con su madre (para conformar esa alianza solidaria entre mujeres, que rara vez falla). Su sorpresa no pudo ser mayor al ver que frente a su padre se situaba un joven rubio, vestido con jeans que hablaba un castellano muy rudimentario.

- Ah! Rosario...qué bueno que llegas. Deseo presentarte a Björn, el sobrino de un colega mío, que está de paseo por Sudamérica.

Rosario se quedó muda, expectante, con ganas de salir corriendo. ¿Qué hacía ese muchacho tan bien parecido en su casa?, se preguntaba, mientras trataba de sacar la voz para pronunciar siquiera un “hola”.

- ¿No vas a decir nada?- preguntó su padre algo irritado – me imagino que en el curso habrás aprendido a decir “cómo estás? , “hola”, qué se yo.- Y la irritación subía.

- Hallo..- dijo la chica tratando de pronunciar bien.

En ese momento, y como si lo hubiera planeado con antelación, apareció su madre.

- Rosario, te llaman por teléfono.

- ¿Quién? – preguntó respirando aliviada.

- Adriana Palavicini.

Rosario se dirigió rauda a atender la llamada en su dormitorio.

- Adriana, me acabas de salvar de un bochorno.
Creado por almibre | 0 comentarios | 15/11/05 19:29

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