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Alguien interesante.(cap. primero) en Pobrecito mortal...

Alguien interesante.(cap. primero)

En muchísimas ocasiones me he preguntado qué hace que una persona sea interesante, qué es lo que debe poseer o cómo debe ser. Por otra parte es bueno entender a lo que me refiero con ese adjetivo “interesante” y como creo que cada cual lo comprende a su manera, diré que la RAE (Real Academia de la Lengua), define “interesar” como: “Cautivar la atención y el ánimo con lo que se dice o escribe, inspirar interés o afecto a alguien, producir impresión a alguien, entre otras cosas.” Entonces y a partir de esa definición, puedo preguntarme, ahora de modo mas definido, qué hace que una persona despierte la atención, el afecto o provoque una impresión en otros individuos. Será acaso su aspecto físico? o su forma de ser en cuanto a lo que dice y piensa, esto es, la personalidad? o quizás lo que posee (dinero, títulos, etc) materialmente hablando?.
Mi familia ha sabido lo que es el dulce y lo amargo. Eso ya lo he contado alguna vez, me parece. Ha vivido sobre seda y tambien ha sabido lo que es la otra cara de la medalla. Siempre me gustó escuchar de boca de mi abuela, las historias que relataba de su tiempo en el campo, allá en el sur de Chile, donde mi abuelo había comprado tierras y animales. Mi madre y mis tías tuvieron niñeras que las vestían y consentían hasta los siete años. La familia contaba con auto, que por entonces era un lujo, y habitaba una gran casona en la ciudad de Talca, lugar donde mi madre vino a este mundo. Me contaba mi madre, a quien yo preguntaba cuestiones sobre el tema para verificar si la versión de mi querida abuela era una leyenda o la pura verdad. Mi madre me decía que la casona era tan grande y alto su techo, que mi abueklo entraba con su caballo hasta la entrada y caía de bruces, embriagado, luego de sus vividas noches en compañía de sus amigos, buitres oportunistas que esperaban que él estuviera borracho para pedirle cheques en blanco. Para ellos mi abuelo era una figura “interesante”, pero porque sabían que era un huaso bonachón que no negaba la ayuda a nadie, a costa de dejar, incluso, a su familia casi en la calle. Las consecuencias no tardaron en llegar y mi abuela tomó a sus tres hijas, algunas pertenencias y partió de regreso a Santiago, para vivir en un barrio populoso, la Estación Central, en donde se ubicaba una casona grande, herencia dejada por su padre, un funcionario de Ferrocarriles. Ahí partió de cero y logró que dos de sus hijas, las tías mayores, lograran estudiar. Mi madre, viendo el esfuerzo tremendo desplegado por mi abuela, optó por entrar a trabajar a en una tienda de ropa que hoy es una Multitienda llamada Amacenes Paris. En este punto se dividen las opiniones. Mi abuela decía que de todas sus hijas, mi madre era la más inteligente y que no había querido estudiar, a pesar de sus capacidades intelectuales. Mi madre ha negado esta versión aduciendo que fue la situación economica de la familia lo que no le permitió estudiar lo que ella hubiera deseado: medicina (le gustaba la ginecología). Al final fue una funcionaria de la Tesorería General de la República siempre con altas calificaciones.


Atendiendo a la vida que debió llevar mi abuela y la que posteriormente tuvo mi madre, pienso que cada una, a su modo, fue una personalidad. Mujeres de fuerte carácter, que tenían un camino trazado, a pesar de muchas cosas, que no voy a contar acá, que supieron luchar contra la adversidad que les impuso en muchas ocasiones la sociedad y contra sus propios defectos. Mi abuela fue un ejemplo de constancia, fue siempre el motor de la familia, la matriarca que velaba con su sóla presencia, por la unidad familiar, tan deteriorada por luchas intestinales. Desde esa perspectiva, siento que lo que nos legó mi abuela, o “Abú” (como la llamábamos los nietos), la muestra como alguien interesante. Mi abuelo, por su parte, me dejó el sabor amargo de no haberlo podido conocer más que por una fotografía y una que otra historia de faldas. Con todo lo material que tuvo, con el arrastre que generaba a su paso, producto de su abultada cuenta bancaria, terminó muriendo solo y enfermo en su campo de Chanco. Lógicamente que la vida de mi madre se vio marcada por estas y otras situaciones que tuvo que vivenciar.



Mi padre tiene otro origen, queizás más modesto. Su madre era una mujer esforzada, del pueblo mismo, que terminó sus días en una casita de ladrillos, en la población La Bandera de Santiago. La recuerdo caminando hacia la tienda de una de sus vecinas para comprar las verduras y frutas y cocinar el pescado frito más espectacular que yo haya saboreado, acompañado por una deliciosa ensalada de papas (patatas) con mayonesa. Fue ahí que mantuve contacto con ese pueblo de Chile, con sus necesidades, sus ilusiones, sus alegrías y penas. Cuando me quedaba un par de días en casa de mi abuela, jugaba con los otros niños del barrio. Recuerdo que me gustaba la hija de la vecina. Era una nena rubia menor que yo, Oriana, creo que se llamaba, por entonces debo haber tenido 10 años. Jugábamos al papá y a la mamá y recuerdo con nitidez que nos casamos y después no supimos qué hacer. Sabíamos que los mayores se besaban y que algo más había, pero no lo teníamos claro. Una tarde nos fuimos detrás de la casa, en el patio trasero, que estaba lleno de árboles frutales, y decidimos conocernos algo más. No sé quién comenzó a trajinar a quién. El padrastro de mi padre era un carpintero muy buena onda que se interesaba por el fútbol y que cada domingo nos invitaba a ver a su equipo el “Sparta FC” del cual era socio. Para espantar a los malos espíritus, el abuelo Luis (don Lucho, le decían) se iba a tomar su copetín a una bar local, de esos de barrio en donde las moscas lo sacan a uno en andas, y para que nos quedaramos callados y no le contáramos ala abuela, nos regalaba un par de coca colas que degustábamos, mi hermano y yo, con alegría. Entonces fui aprendiendo modismos propios de nuestro pueblo, la forma que tenían de arreglar las cuentas pendientes. No recuerdo un partido de fútbol que haya terminado sin una pelea a puñetazos. El primero en arrancar era el árbitro. Mi abuelo Luis nos sacaba de ahí a pesar de mi gran interés por saber el resultado de aquella trifulca. Este hombre de piel morena y manos trabajólicas era un hombre sensible, que recordaba los mejores tiempos de su club favorito, el Magallanes. Cda vez que llegaba el momento de la despedida veía que sus ojos brillaban dejando caer una que otra lágrima que él intentaba ocultar. No sé cuan interesante pudo haber sido mi abuelo Luis, pero si sé que a través de él mi perspectiva sobre la sociedad fue ampliándose. Aquellas vivencias infantiles en la población La Bandera desarrollaron en mí un sentido social que no tiene que ver con ideologías determinadas, sino con una visión del ser humano respecto de su valor como tal y los jesuitas se encargaron de estimularla aún más.


Se preguntarán para qué nos da la lata de contarnos tantos detalles, qué tiene que ver con ser o no interesante?. Pues porque considero que lo anterior es una factor importante, como otras cosas que se fueron sucediendo a medida que fui creciendo, para entender rasgos de mi personalidad. En el San Ignacio tuve la oportunidad de tener compañeros de curso de características disímiles. Alguna vez creo haberlo descrito en mi blog. Eramos un grupo con muchas diferencias economicas y sociales, pero teníamos algo común: la personalidad desarrollada para enfrentar cualquier eventualidad. Hoy, cuando la mayoría ha pasado la cuarentena, nos damos cuenta qué tan unidos estamos por una historia que no se escribirá otra vez, una historia que inspiró ese gran maestro llamado Miguel Urrea. Miguel es el ejemplo de un ser interesante, por sus cualidades humanas, por su entrega a la pedagogía, por su capacidad de conducirnos hacia el interior de lo que somos y lograr que aquellos niños de quinto básico, nos transformáramos en grandes personalidades y lo digo sin un dejo de arrogancia. Sé que la mayoría de quienes egresamos del 4.A 1981, sabe a lo que me refiero.


Cuando una conocida de Geomundos me dice lo “adorable” que soy por la forma de ser que tengo, no puedo evitar hacer un raconto de mi vida, desde que tomé conciencia de ella, hasta hoy: Entonces se suceden escenas como la de la piscina en la leonera, en 1973. antes del golpe militar,fueron las últimas vacaciones familiares antes que mis padres decidieran separarse, en donde por un pelo me salvé de morir ahogado; recuerdo a mi madre cubriendonos con su cuerpo, mientras caían las bombas sobre los cordones industriales de Cerrillos y la balacera de la calle nos indicaba que cada minuto podía ser el último; veo a mi abuela con sus sombras y sus luces, a mi madre luchando incansable por darnos a mi hermano y a mí, lo mejor dentro de sus posibilidades; por ahí anda mi padre, siempre inquieto, de acá para allá, en el sindicato, a punto de ser alcanzado por una bala que al final ha tocado a un amigo suyo, un amigo que muere en sus brazos, en la Federación de Hockey sobre patines, presidiendo el comité organizador, ahí estamos, Christian y yo, en las afueras del Estadio Chile (hoy Víctor Jara) esperándolo para entrar gratis, acudiendo a las comidas con los equipos extranjeros del Sudamericano. Observo a Edith de Figueiredo, la campeona sudamericana, de la cual me he prendido y a quién busco conversación sin resultados positivos, recuerdo la alegría que me da al invitarme a Argentina, siento aún esa ilusión de ser considerado por ella.; aparecen mis primeras pololas(novias), y entre ellas, Soledad Omeñaca (hoy una artista reconocida en Chile), invitándome a tomar el té en su casa. Fue el primer amor de flores, cartas y chocolates. Veo a Edgardo mi vecino, hoy un ingeniero potente, y a toda la “patota” de muchachos en Maipú, jugando fútbol en un potrero bajo la lluvia durante una tarde de invierno, recuerdo a mis tíos de Rancagua y aquellos paseos en la citroneta, cuando el tío Raúl (que era ingeniero en El Teniente) nos decía que prepararamos unos sandwichs para por la tarde irnos a recorrer esos pueblos campestres y lindos del Valle de Colchagua. Me veo escribiendo mis primeros poemas, leyendo a Bécquer, a Machado a Huidobro y a Neruda, versos que más tarde regalaría a mis amigas. Voy creciendo y mi adolescencia no es sencilla, por el contrario. Mi madre y yo no nos entendemos y mi viejo está lejos intentando refundarse en Venezuela, dejando una silla vacía en el comedor de la casa.


Ahora llega Marcos Vidal, amigo del Liceo Alemán, conquien descubro a Enrique Lafourcade y su libro “Budda y los chocolates” con Pedrito Barros como gran protagonista. Marcos tiene una polola que trae a un grupo de amigas y entre ellas a Eli, una muchacha algo mayor que yo que me inspira muchas cosas, la veo sentada junto a mí, con su ropa de satin, mientras disfrutamos de la música disco en una fiesta de cumple. Nos hemos alejado de la masa, para refugiarnos en un cuarto y mantener una conversación llena de inquietudes. No hubo besos ni caricias, pero sí mucha ternura. Después de aquella noche, no la volví a ver. Marcos y yo hemos tomado diferentes caminos. Ahora me encuentro en una Comunidad de vida Cristiana (CVX), que dirige un novicio jesuita ex alumno del San Ignacio de Pocuro, un hombre que se transformaría en un “cura macanudo” el padre Felipe Berríos. Lo veo hablándonos de sexualidad, junto al padre Elizalde (qepd), con su forma amena de platicar y contarnos las cosas. Es con él y la CVX con quien llego al sur para tomar contacto con los mapuches. La vivencia marcará mi vida. El tiempo sigue su paso, olvido cosas, otras las omito, y el último año en el colegio llega. Ahí estamos, cada uno, luchando por notas, por puntos para lograr el ingreso a la Uni. Por aquél tiempo mis compañeros me apodan “locutín” por mis incursiones en Radio Yungay. Es una hermosa experiencia que, sin proponérmelo, me permitirá desarrollar mi capacidad para disertar sobre temas y estimulará mi personalidad, cosa indispensable para un buen profesor.


1982 es el año en que no he ingresado a la Uni, porque el puntaje ha sido horrible, a causa de mi desinterés por entrar a la Universidad. Mi meta es ser director o productor de TV. Una tía muy querida mía me convence de desistir de esa locura, so pena de no apoyarme económicamente. Hasta hoy le estoy agradecido. El tiempo lo aprovecho compartiendo con mi padre. Es la revancha que nos da la vida y pienso que nada es casual. Llevo a cabo ciertos proyectos personales, participo en programas de TV como Sábados Gigantes y Cuánto Vale el Show, donde recibo una excelente crítica de la periodista Yolanda Montecinos. He declamado un monólogo escrito por mí. La cruz que he utilizado como parte de mi apoyo visual, ha sido motivo de crítica por algunos miembros del jurado. Ella me defiende y salgo del programa con una sonrisa que va de oreja a oreja. Me inscribo en un Preuniversitario con la convicción que he descubierto mi vocación universitaria: me gusta la pedagogía y quiero ser profesor. Hoy recuerdo las palabras de Miguel cuando le he notificado mi decisión: “ Nunca te olvides que hay profesores por BOCAción y otros, los menos, por VOCAción.” No lo he olvidado y creo pertenecer al grupo de estos últimos. Doy la prueba de ingreso y quedo en lo que he deseado. Me siento bien, ilusionado, temeroso, con muchas incertidumbres por resolver, pero con más ganas por derrochar. Corre 1983 y las movilizaciones contra Pinochet van creciendo. La universidad es el centro de operaciones y hay que comenzar a definirse.
Creado por almibre | 0 comentarios | 02/09/07 16:18

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