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Alguien interesante (cap. segundo) en Pobrecito mortal...

Alguien interesante (cap. segundo)

Pasa el tiempo y ya estoy de lleno en la política. Conozco a Andrés Allamand y a Alberto Espina, actuales Senadores de Chile. Me corresponde presidir nuestra filial universitaria. Se establece un pacto de no agresión con mis adevrsarios, comenzamos a aprender la lógica de la política. Con uno me he estado a punto de ir a las manos, más tarde estamos sentados en la Cafetería del campus contandonos las experiencias vividas. Un señor de edad, que nos escucha, se levanta y nos dirige la palabra “los felicito por tener una cultura cívica con altura de miras”, dice y se despide. Nos hemos quedado mudos. Se suceden elecciones universitarias y mi alianza logra un porcentaje de votos inesperado. Celebramos con Alberto, Andrés y la plana mayor de la Unión Nacional, en el Tip Tap de la avenida Apoquindo. Comenzamos a cantar “en Almac, la entendemos mamá”, con alusión a don Pedro Ibañez que es, entre otros, quién financia nuestras operaciones.

Me veo en la sede del partido. Acaba de terminar una reunión de la Comisión Política y aparecen luminarias como Francisco Bulnes, Pedro Ibáñez, Juan Luis Ossa (esposo de Lucía Santa Cruz) y otros. Siento que estoy en mi salsa. Un fin de semana cualquiera nos hemos reunido en casa de Alejandro Cuevas para saborear un buen asado, Asiste la esposa de Andrés; Bárbara Lyon y la esposa de Alberto. Conversamos sobre de todo un poco. Me gusta su sencillez. Como música de fondo se escucha a Silvio Rodríguez.


El tiempo sigue inexorable su paso. Estoy ahora en una fiesta de un conocido que estudia alemán. He ido acompañado por Cotti, la prima de un dirigente de Unión Nacional. El organizador se llama Claudio, a quién comparan con Cassanova, según las malas lenguas. Por casualidad me encuentro tomando agua de la llave con la que sera mi esposa. Es una chica seria, de ojos muy lindos, de aspecto extranjero. Después de una hora de haber conversado sobre literatura y música, nos presentamos. Se llama Miriam y es de origen alemán. La veré más tarde en la cafetería y me enteraré de que es madre soltera y que ha tenido una historia con un destacado profesor universitario, autor de libros junto a Hugo Montes y José Luis Samaniego. Ella vive en la Avenida Américo Vespucio, en Las Condes, un sector que reúne a gente con dinero. Asisto a su cumple en diciembre y conozco a parte de su familia. El primer contacto no ha sido el mejor. Con algunos integrantes del clan nos hemos mostrado los dientes.


De la política me retiro. Me cansa. Discuto y peleo con Alberto Espina. No nos volveremos a ver ni hablar hasta 20 años más tarde. Siendo él Senador de la República.
En la universidad hago buenas migas con mi profesor José Luis Samaniego. Admiro su capacidad de hacer de la gramática un vaso de agua. Conozco a Maximino Fernández e incursiono en su taller de poesía. El resultado serán dos folletos con nuestros poemas. Cualquier día he repartido mis copias a mis compañeros de Facultad. Es la primera vez que firmo autógrafos “por si te haces famoso”, me dicen. Nunca lo fui. Llega el día de mi examen de grado y ya he firmado contrato con el Colegio Cordillera. Es un día de verano y he ido de corbata. El tema que me ha correspondido desarrollar es “Lexicogenesia”, esto es , el origen de las palabras. También he desarrollado mi memoria con un grupo de compañeras. Se trata de la “Sociedad chilena entre 1830 y 1930”. Cien años importantes en la evolución del país. Cambios sociales y político quedeterminarán los acontecimientos que vendrán posteriormente. La comisión está presidida por Samaniego y la integran nuestro profesor guía y una sicóloga. Ella será mi gran dolor de cabeza que lograré superar satisfactoriamente. Hemos terminado y los profesores estan reunidos para determinar las notas. Entramos y Samaniego es el encargado de hablar caso por casao. Yo creo estar bie, salvo lo que me preguntó la sicologa. Samaniego me mira, sonríe, me provoca un pequeño alivio, la espera es tensa, habla y yo deseo escuchar mi nota. Al final me dice “Alex, felicitaciones, tienes un siente”. He sido el único de ese grupo. Estoy en otra onda. Feliz, pero nervioso, afuera me esperan Miriam y Jaime, su hijo. Mis manos están heladas y mi corazón golpea como un timbal. Recibo los saludos de mis profesores, Samaniego me abraza. Ahora sólo faltan las formalidades administrativas.


Las relaciones con mi familia no están del todo buenas. He traspasado ciertos límites. Me he enamorado de una mujer mayor y que para colmo es madre soltera. Eso no encaja con mi educación. Yo mantengo mi posición. Abandono el hogar paterno casi con lo puesto. Me exilo en casa de mi madrina, en Providencia. Luego de un tiempo mi abuela me ofrece quedarme en la casona de Estación Central, entonces acepto. No tengo muchas opciones. Algunos días me quedo con Miriam en su depto de Latadía. Otras veces me voy a pecnoctar a la casona. Son noches oscuras, de invierno. Escucho el corretear de los ratones. Les hablo para que se callen y para que no sea tan impersonal la cosa les he puesto nombres, Pedrito y Juanito. No sé si siempre lleagn los mismos, pero cuando los nombre se calman y me dejan dormir. Para más remate llega el gato de la vecina y la fiesta se torna, por momentos, insoportable.
Miriam y yo nos ponemos las argollas. Mi madre no asiste en señal de protesta. Yo he optado y asumido las consecuencias. Su ausencia es un golpe fuerte que remece mi espíritu Mese más tarde nos casamos en la iglesia de San Pedro. Asisten mis colegas del Cordillera y nuestras familias. También mis padres. Los padres de Miriam han muerto.
Nos vamos a vivir al depto. Nos hemos casado por el civil justo el día en que ha llegado Juan Pablo Segundo al país. Lo vemos desde una ventana en casa de un amigo, en la Gran Avenida. Mi hija vendrá al mundo dos años más tarde, un sabado por la tarde y en la Clínica Santa María. Es el gran regalo que me ha dado el cielo.


Miriam y yo no estamos bien. Los problemas como consecuencia de los líos familiares comienzan a trizar nuestro matrimonio. De hecho, antes de casarnos, hemos percibido que algo no estaba en orden. Decidimos irnos del país, cambiar el horizonte y es así como dejo mi trabajo seguro en el Cordillera para aventurarnos en Europa. El primer tiempo no es fácil. Conocemos a gente que nos ayuda. Una chilena nos orienta. Comienzo a trabajar en una fábrica de velas. Debo adentrarme en la mentalidad del pueblo alemán y conocer el idioma, me quiero integrar, pero sé que esto debe ser pasajero. El trabajo es duro, con turnos y mi fuerza espiritual por momentos decae. Durante las pausas escribo mis poemas, para no olvidar que llevo esa sensibilidad en mí. En la fábrica tengo la oportunidad de compartir con muchos extranjeros: africanos, asiáticos, europeos del este, etc. Un hombre de Angola, que es médico y ha escapado de la dictadura y la guerra, me dice algo que me emociona “Alex, cuando mi país sea libre, quiero verte en mi casa, allá en Angola”. Entre los trabajadores afuerinos había rusos, polacos, libaneses, guerrilleros africanos que habían pedido asilo y con quienes mantuve largas conversaciones. Ese tiempo me permitió abrir aún más mi horizonte en el campo de la mentalidad de las culturas y en el entendimiento de sus formas de vida. Para ahorrar dinero viajaba en una vieja bicicleta 20 kilómetros diarios. Hubo dos veces en que casi fui atropellado. Una vez fue en invierno, llovía y las luces dejaron de funcionar. Un automóvil que cruzó frente a mí, no percibió mi presencia y tuve que tirarme hacia un costado, rompiéndome las rodillas. Nada serio. Lamenté, eso sí, la pérdida de mi thermo. En una oportunidad me di un golpe fuerte en la cabeza. Estaba debajo de una máquina sacando el resto de material. No me di cuenta que sangraba hasta que vi un cartón de velas manchado. Me llevaron a una oficina. Después de untiempo volví a mi trabajo. Comencé a darme cuenta cuan importante era para mí mantener mi autodisciplina.
Creado por almibre | 0 comentarios | 02/09/07 16:21

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