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Capítulo XXV: La Herencia en Guayedra

Capítulo XXV: La Herencia

Los guardas estaban sorprendidos, no sabían qué hacer en esos momentos. Todos ellos tenían conocimiento de La Profecía de la Estirpe de Bentejuí, pero no esperaban vivirla en primera persona. Capítulo XXV: La Herencia

Los guardas estaban sorprendidos, no sabían qué hacer en esos momentos. Todos ellos tenían conocimiento de La Profecía de la Estirpe de Bentejuí, pero no esperaban vivirla en primera persona. Sus familias siempre habían pertenecido a las pocas estirpes de grandes guerreros de los Menceyes que, con el paso del tiempo, han trabajado en los mayorazgos de los realengos canarios como guardianes y peones.

Los cuatros fornidos guardaespaldas se miran. Observan el cadáver del suelo: el arma en la mano aún humeante de su ejecutor, el brazo lánguido y estirado, la figura recia del autor del disparo se va debilitando, la sangre por un momento dejó de circular por su cuerpo… la adrenalina se había disparado hasta límites insospechados. Ahora, con el cuerpo en el suelo, la bajada de la adrenalina dejaba paso a una sobredosis de tranquilidad, una atonía muscular similar a los orgasmos. Los guardas se apresuran a quitarle el arma.

Una vez desarmado, Acaymo, el mayor de los Guardianes del Gran Faycan, arrebata el arma del Fiscal.

“ No pasa nada, señor. No se preocupe por nada ”. - Decía Acaymo. “ Fue un lamentable accidente. No se preocupe por los detalles ”. - Continuaba El Guardián, como si ya supiera lo que tenía que hacer en este caso. No importaba que fuera el Gran Faycan, sabía lo que tenía que hacer.

Minutos después no había huellas visibles de lucha. La mancha del parqué también había desaparecido, aunque en la memoria del Fiscal quedaría para el resto de su vida.
Se habían llevado el cadáver del Juez. Aparecería días más tarde muerto en su lecho… la autopsia diría que murió de un ataque al corazón.

El Fiscal tenía mucho que hacer, ahora su papel era reunir a las Setenta y Siete Estirpes, con las Harimaguadas a la cabeza, ¿pero cómo llegar a ellas?, pensó un instante. Antes tendría que ser nombrado por su estirpe, para tener todos los derechos y convocar el Gran Tagoror.

Acaymo se le acercó poniéndose frente a él. Lo miró a la cara y le dijo:
“ La profecía ha comenzado… el Hijo mató al Padre, se ha cumplido. Ahora serás el Gran Faycan. Mientras el pleno de La Compañía apruebe tu Priorato, estarás salvaguardo de todo y protegido por todos ”.

Al término de sus palabras tomó su mano, la llevó hasta su pecho y, con un gesto, vertió sangre sobre su amuleto; sangre que había sacado de su cuello momentos antes, para sellar de esa forma su fidelidad al Candidato.

Ángel de Baute - descendiente de la Estirpe de Bentejuí y de Hernando de Baute, Antiguo Hidalgo de Naga, casado con doña Ana, hija del Mencey de Abona – sabiendo lo que tenía que hacer, cogió su abrigo y subió al coche que le esperaba, un mercedes 3000 Sedán. Uno de esos vehículos que se conserva tan bien que ya han dejado de ser viejos para a ser antiguos, bastante elegante y bien equipado.

Antes de entrar miró una última vez a la casa. Entre las cristaleras y cortinas, pudo observar los primeros movimientos de limpieza. Por un momento bajó la cabeza con un ligero ademán de resignación.

“ Señor ”. - Dijo Acaymo. – “ Esperamos para partir ”. Miró al escolta y, sin mediar palabra, subió, se sentó en la parte de atrás del vehículo.

Minutos más tarde entró en una casa del casco antiguo de Vegueta, cuya única señal en la fachada es un perfil del marco de la puerta y de las ventanas en blanco y, en la parte superior, en el muro de la azotea, el símbolo de la Cultura Amazig: una especie de expresión simbólica del Ídolo de Tara.

Entró en un despacho austero, tenía lo justo: una mesa de madera muy antigua y bien cuidada, con las paredes revestidas de una cenefa de madera que las dividía a casi un metro y medio del suelo. La parte inferior era de un rojo colonial, como el que se pinta en las fachadas de las casa de las islas, aunque un poco más diluido. La parte superior de un pulcro blanco que, junto con el gran ventanal que daba al patio, iluminaba la estancia en el momento en que se abren las contraventanas de madera.

Se acercó al aparador de madera junto a la mesa, abrió los cajones y sacó todo lo que necesitaba en ese momento; las claves con las que tendría que convocar al Consejo de la Estirpe Nasteriana.

Esperó a que entrara Acaymo. Éste se acercó a la mesa depositando el ordenador portátil. Tras escribir parte de su clave, miró al Fiscal para que hiciera lo mismo.

Una vez tecleó su parte, un mensaje electrónico fue enviado a todos los miembros. Ahora sabrían dónde y cuándo verse, sabrían que había comenzado una Nueva Era: las profecías se cumplirían.
Creado por vakaguare | 1 comentarios | 23/07/06 22:09

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Comentarios

Falta un capítulo ? Y el capítulo XXIV?? Falta o corresponde al que aquí aparece como XXV? Enviado por missmole | 04/12/06 15:56

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