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Capitulo III:La muerte, el ritual en Guayedra

Capitulo III:La muerte, el ritual

La muerte, el ritual Capítulo III: La muerte, el ritual

Un golpe inesperado en el vientre hace que se despierte sobresaltado, mientras que los ladridos de odio de Elvira le advierten de que nada bueno está pasando.

El dolor intenso de la patada le obliga a doblar su cuerpo en la arena. Abriendo los ojos poco a poco, observa las negras botas militares… al ir subiendo la mirada, ve el verde de los pantalones de tela dura metidos en el cuello de la bota. No puede ver el rostro de quién le golpeó, la luz del sol está a su espalda impidiéndole ver con claridad… la silueta de un uniforme se le presenta como una pesadilla.

“ ¿Es usted el Señor Lucas Sarmiento? ” - El acento del continente delataba la foraniedad del agente de la benemérita que le hablaba.

“ Y si no lo fuera, ¿me pegaría igual? ” - Le increpó Lucas al sargento de la Guardia Civil, a la vez que se sentaba y miraba atento la reacción del policía.

“ Discúlpennos, pero fue esa perra que saltó sobre su estómago; siento despertarles así, pero requerimos de sus conocimientos del barranco y de la zona ”.

Lucas mira a Elvira, molesto por su comportamiento y por la forma en que lo había despertado, cuando se percata de que su compañera May no estaba a su lado. En ese momento mira para el lugar de acampada y no ve a nadie, no hay rastro del grupo de la noche pasada.

“ A sus amigos les hemos mandado a recoger y van camino del Cuartel para prestar declaración ”. - Desde unos metros atrás, junto a su caseta, una agente de la Guardia Civil comenta al ver hacia dónde miraba Lucas.

Lucas se levanta aún dolorido por el golpe y, colocándose el pelo, se dirige hacia su cubículo.

“ ¿Tendré que recoger también mis cosas? ” - Pregunta a la mujer uniformada.

“ No, no es necesario, lo podrá hacer más tarde. Ahora le esperan más arriba ”.

La mujer policía tenía un acento dulce, aunque también del continente, lo cual no gustaba nada a Lucas; acostumbrados sus oídos al acento puro de la tierra, no soporta el ceceo constante.

Lucas cada vez entendía menos lo que pasaba. Esperaba que alguien le dijera algo, a la vez que recogía las cosas que estaban fuera de la caseta.

“ Tienes que acompañarnos barranco arriba, casi llegando a la carretera. Allí te informarán de lo que pasa ”. - Comenta el sargento que vino a buscarlo.

Tras veinte minutos de camino ladera arriba, desde la playa y siguiendo el cauce del barranco por la vereda derecha, llegan a unas rocas; las cañas forman una pequeña barrera, que es franqueada por Lucas y Elvira primero y por la pareja de picoletos después. Detrás de las peñas del barranco, Lucas observaba como una decena de agentes fotografiaban el lugar, tomaban muestras de la zona y marcaban algunas cosas.

Dos mantas extendidas en el suelo, mantas usadas en las plataneras, manchadas por algo pegajoso.

Lucas supo rápidamente que se trataba de sangre, lo había visto en otras ocasiones… Unos dibujos rodeaban las mantas: se trataba de rúnicas, estrellas y círculos… una docena de velas rojas circundaban los dibujos misteriosos. Instintivamente sujetó a Elvira por el collar y comenzó a acariciar su cabeza.

El sargento, con un gesto muy característico, le pide que espere en ese sitio…, se acerca a un joven con melena, que - a pesar de su aspecto de hippy de escaparate – es el encargado de lo que estaba sucediendo en el lugar. Tras cruzar unas palabras, el sargento vuelve hacia Lucas.

“ Me ha dicho el Inspector que le espere aquí y que, por favor, sujete a la perra para que no mueva la escena del crimen ”.

“ Sí, de acuerdo, pero… me podría decir ¿de qué va y qué pinto yo en todo esto? ” - Mostrando la sonrisa más inocente que pudo encontrar en su repertorio.

La palabra “crimen” recorrió cada bello de su piel. Lo habían llamado para rescates de senderistas perdidos, para sacar a alguien del agua o para buscar ayuda en Agaete, pero nunca lo habían llamado para descartar pistas en un crimen.

El sitio para él no era nuevo, lo conocía perfectamente: era un lugar de culto y de sacrificios. Lucas había visto como - en algunas ocasiones - grupos de personas se reunían. Sólo en una ocasión se acercó a ver qué hacían, pero no pudo aproximarse lo suficiente, ya que Elvira ladró antes de llegar. Desde lejos observó el sacrificio de lo que le parecía un pollo, no quiso mirar más y guardó las distancias, volviendo a la costa y olvidando el tema.
Habían pasado algunos años y ya había olvidado ese incidente, pero ahora le venía todo a la memoria, como si intuyera que esa gente tenía que ver con lo que había pasado.

“ Hola, soy el Inspector Oramas ” - Una voz suave, isleña, amigable, le interrumpe sus pensamientos. - “ Me han dicho que, si alguien conoce lo que pasa aquí los fines de semanas, ése es usted ”.

“ Bueno, vengo siempre desde hace unos cuatro años, más o menos ”. – Lucas contesta con franqueza. – “ Yo y Elvira, mi perra ” . - La perra se aproxima al Inspector y se deja acariciar por él. Esta acción le suele dar confianza a Lucas en las personas, Elvira siempre ha sido su percepción con los humanos: parece tener un cierto sentido de quién le puede hacer daño o no a su amo.

“ Quisiera que nos ayudara en el terreno, a preguntar por aquí y por allá, que esté atento ”.

“ No sé en qué puedo ayudar realmente… ”. - Contesta Lucas mirando el lugar, observando las rúnicas que le parecían conocidas.

“ Espero que en bastante... En principio me basta con saber que puedo contar con su plena colaboración ”.

“ Sí, claro. Ustedes dirán qué puedo hacer ”.

“ Por lo pronto me gustaría verte, ¿te puedo tutear, verdad?... al fin y al cabo somos de las misma generación ”. - Interrumpe su discurso Oramas.

“ Sí, claro… podemos tutearnos si vamos a trabajar en equipo ” .

“ Puedes venirte el lunes por el edificio de la Avenida Marítima y hablamos. Puede ser sobre las 11. Pregunta por Oramas en la 637 ”.

Sin dejarle responder le ofrece a Lucas una tarjeta sin marcas, sólo el nombre y el teléfono con una extensión. Lucas la observa y la guarda en uno de los bolsillos del chaleco de Camel que ganó en un sorteo de la marca por fumar, hace años.
“ Intentaré estar a esa hora, pero tengo compromisos ” . - Lucas intenta ser convincente en su disculpa. Su curiosidad le lleva hasta una de las rúnicas de forma inconsciente; el Inspector Oramas hace una señal al agente de la benemérita que pretendía impedir que llegue.

“ Este… este dibujo lo he visto antes ” . – Se refería a tres líneas onduladas, de una espiral salían otras nuevas líneas.

“ Creemos que es un símbolo rúnico aborigen, pero aún no sabemos su significado ”. - Le comenta Oramas observando los movimientos de Lucas, que se había agachado para verlo mejor.

“ No, no lo es. Lo intenta imitar… La espiral, las líneas onduladas… pero los aborígenes no usaban las flechas en sus rúnicas o pintaderas. No, esto no es Guanche; no obstante, si me permite investigaré en el Museo Canario, tengo un amigo que nos puede ayudar ”.

“ No te preocupes por los gastos que pudieras tener, mientras nos ayudes podemos sufragarlos ” . - Pensando que el dinero podría motivar a Lucas.

A Lucas lo único que le motivaba era la curiosidad y la relación que podía tener el dibujo con su Rayo Verde. Pero esto se guardó de contárselo por lo pronto.

El inspector le mostró una serie de objetos que había encontrado; entre ellos había algo de lo que no se percataría al principio, pero era una pequeña pulsera de hilos, de las que venden en las mesas de los ambulantes de Triana.

Le mostró las fotos de una chica totalmente descuartizada. Era una mujer, no sabría decir la edad. Con el rostro marcado por tres cicatrices en forma de rayos.

“ Esto es lo que hemos encontrado hace unas horas. Por lo visto el grupo que estaba contigo se marchaba cuando encontraron esto y nos avisaron; según nos dicen, estuvieron contigo toda la noche… fuiste el último en irte, te dejaron fuera ” . - Le decía Oramas a la vez que le dejaba las fotos.

Cogido de improviso por la noticia y altamente contrariado por la visión de aquellas fotos, no dejaba de observar, de mirar atentamente cada detalle de las mismas. La mujer no podía reconocerla, pero su rostro le era familiar… no sabía dónde la podría haber visto antes.

“ Es Patricia Bauer, vivía en El Puerto. Hacía semanas que había desaparecido de su casa. Tiene 29 años y sus familiares denunciaron su rapto por parte de una secta, pero ella se presentó en Comisaría diciendo que no era así, que se había marchado por propia voluntad y por la presión de sus padres ” .

Lucas se entretuvo a observar cómo hacían su trabajo los agentes. Le parecía extraño que colaboraran en un crimen la Brigada de la Policía y la de la Guardia Civil, se tenía que tratar de algo especial.

Cuando todo estaba por terminar, tras hablar un breve rato con Oramas, se fue hacia su caseta. Elvira al fin podía correr; había estado quieta bajo una sombra mientras Lucas se empapaba visualmente del lugar. Había pasado mil veces por allí al principio, pero poco a poco lo fue dejando a un lado, evitaba entrar por arriba, sólo cuando no tenía el fotingo que lo llevara.

Sabía que May conocía algo más del Rayo Verde, lo que no entendía era porqué le habían dejado hablar entonces.

Bajaba la cuenca de Guayedra sin mirar donde pisaba, pero - aún así - no tropezaba. Su mirada estaba perdida en suelo, pero no miraba. Estaba pensando qué relación podría tener el Rayo Verde en todo esto.

No eran las 12 del mediodía cuando llegó nuevamente a la playa. Prefirió recoger y salir para Las Palmas, a pesar de ser sábado. No le apetecía quedarse, todo le daba vueltas.

Mientras recogía en su caseta, un número de un móvil… no sabía de quién era, pero intuía que podría ser el de May. Algo comentó de dejarlo en la caseta. Lo miró, sonrió y rápidamente lo dobló y lo metió cuidadosamente en su cartera. Sabía que la llamaría.
Creado por vakaguare | 0 comentarios | 07/04/06 10:41

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