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Capítulo I: Guayedra en Guayedra

Capítulo I: Guayedra

La Playa Capítulo I: Guayedra

Como cada viernes por la tarde, Lucas - acompañado de su perra Elvira y en su viejo Mini 1000 - tomaba la Carretera del Norte hacia Agaete. Elvira se acomoda en el sillón de atrás y apoya su cara en el hombro derecho de Lucas. Durante el viaje se tumba sobre sus patas y duerme plácidamente. El ronroneo al salir de Las Nieves hace que la vieja pointer marrón se vuelva a poner en actividad: sus babas, condicionadas por la llegada al barranco, caen sobre las viejas alfombras del pequeño coche.

Mientras bajan por la empinada carretera de tierra, Lucas se percata de que la marea no estará nada bien hoy. Parece que este fin de semana será tranquilo: han pasado ya las vacaciones y un puente… y la terraza para aparcar aún está vacía. Al menos podrá coger un buen sitio donde acampar, donde no lo moleste nadie.

Lleva cuatro años acudiendo asiduamente, es raro el fin de semana que no acude. Si alguien conoce el barranco ése es Lucas. Con su melena recogida en el pañuelo y su barba poblada y larga, se le ha visto recorrer cada parte del barranco. Conoce cada sitio por su nombre y cada historia vivida.

Busca un lugar cerca del mar, pero a resguardo de mareas traicioneras. Desmonta la mochila y ubica la caseta para poder tener la mayor intimidad posible y, sobre todo, para ver su pedazo de cielo, aquél que ve con la cabeza fuera de la caseta. Busca en las estrellas los sentimientos perdidos; cada una es un dolor, una alegría, una pasión, una virtud; cada estrella simboliza una persona de su interior.

Elvira, su perra, se acomoda al final de la caseta. Enroscada se apoya en los pies de su amo. Antes se bañó entre las olas y revolcó su cuerpo por la rubia arena de la playa.

La puesta de sol de esa tarde fue de las que vale la pena venir a ver. Quizás es de esas que nunca te has percatado que ha existido, cuando el majestuoso Alcorak se tiñe de rojo y emite el Rayo Verde que un día describió el maestro de los maestros.

Elvira corría por la orilla, mientras que el astro se reflejaba en el agua que dejó la bajada de la marea. Juega con su propio reflejo, saltando de forma ágil sobre sus cuatro patas.

Sentado en la orilla, Lucas lía un cigarro. Mezcla maestramente los componentes. Al pasarlo al papel lo enrolla suavemente, con su lengua va mojando el fino pegue del papel de fumar, sin quitar la vista al sol que poco a poco va bajando para besar el horizonte. El padre Teide es cubierto en la lejanía, es engullido por la estrella ardiente, proyectando una sombra que permite apreciar el brillo de la nieve en su cima.

Al aspirar la primera bocanada de humo, retiene en sus pulmones el sabor áspero del chocolate. La botella de ron que le acompaña a su lado es atrapada instintivamente por su mano derecha y, elevándola al cielo en dirección al momento naranja que grava en sus retinas, mirando fijamente el apocalipsis del día, bebe un profundo trago, que nota pasar por sus entrañas al ser el primer buche de la introspectiva noche que le espera.
Puede que un momento de tu vida te pararas a ver como moría ese día en que fuiste feliz, mirando como el sol se oculta cobardemente en el horizonte de tu mirada.

Elvira de repente para en su juego y, como en cada muerte, gime dolorosa. Desde su interior, el aullido del alma pide que no se marche nuevamente, dejando paso a la oscuridad que trae la claridad de las estrellas, ese grupo de estrellas que es el pedazo de cielo de su amo.

Sentado en la arena mientras va fumando, los pies de Lucas se entierran suavemente en la fina y dorada arena de la playa. Con sus brazos rodea sus rodillas, la barbilla la pone en el hueco que dejan al juntarse, su mirada se pierde en busca del Rayo Verde… no lo ve. El día que lo vea sabe que no volverá a pisar el barranco. Se propuso venir hasta que lograra verlo, siempre atento al último haz de luz que emite el sol, siempre atento al ultimo grito de esperanza.

Elvira observa como el corazón de su amo se encoge, pues teme ver la luz que un día le prometieron. Le ladra para que no mire, para que no pueda descubrir, para que no pueda ver lo que hará que nunca vuelvan al barranco.

Dos ladridos de la perra, secos y con dolor, son apenas percibidos por Lucas que, absorto por ver el Rayo Verde, no se percata de las intenciones de Elvira. Son dos ladridos que pertenecen al ritual del apocalipsis del astro, como suele llamar para sí mismo a los atardeceres de Guayedra.

Recuerda la primera vez que llegó con Elvira, fue la primera vez que le hablaron del rayo y del poder que tiene...
Khatay lo vio ese mismo día. Le había dicho que llevaba años buscándolo y que lo vio cuando Lucas llegaba a la playa con una pequeña embarcación. Al bajar, el Rayo Verde lo había iluminado… lo señaló y, de su cuerpo, pudo ver el rayo.

Khatay se acercó a Elvira, que - contrario a lo esperado - reaccionó con sumo cariño acurrucándose contra las piernas de Khatay. Juntas se pusieron a saltar por la orilla, jugando con los reflejos que dejaba la húmeda arena mojada por la bajada de la marea de sí mismas.

Lucas miraba como su perra congeniaba con su nueva amiga. Para entonces aún llevaba el pelo corto y su cara casi lampiña mostraba una sonrisa de ternura ante la imagen que tenía antes sus ojos… digna de cuadro o postal para turista o, quizás, hasta de una película o novela de corte romántico.

Se reía del bucólico estado de la Chica del Rayo, como la bautizó para sí mismo, que luego se convirtió en el nombre de su amada.

La Chica del Rayo fue la que le habló de él. La Chica del Rayo le habló del mundo, le enseñó que las estrellas eran sentimientos que dábamos gratuitamente, le dijo que cada uno tiene su propio pedazo de cielo donde van los sentimientos perdidos, le mostró dónde estaban sus estrellas, le invitó a entrar en su pedazo de cielo.

Todo le mostraba, todo le guiaba, todo porque vio el rayo cuando lo vio, todo porque el rayo marcó a Lucas y lo iluminó, todo porque quería compartir con él su pedazo de cielo.

Cuando Elvira dejó de jugar, la Chica del Rayo le susurro al oído. Tomó un buche de ron y se tumbó hacia atrás. Dejó que su pelo se mezclara de arena, giró la cabeza y miró a Lucas… una sonrisa en su cara, las mejillas iluminadas, los ojos brillando a más no poder, una palabra tierna… le hablaba de sí misma, de lo que había significado aquella estrella, de lo que le hizo sentir la otra de más lejos.

Lucas dejó que Elvira entrara en la tienda y se durmiera en ella. Siempre busca el calor de la caseta. Mientras, fuera, hablan el uno con el otro; en poco tiempo sus vidas son contadas y, en lo que más, es en contar las estrellas que marcan sus vidas.

Lucas gira su cuerpo y pone su mano derecha en la arena, deja que ésta le cubra los dedos; apoyándose sobre su codo se recuesta junto a la Chica del Rayo Verde… mira absorto su sonrisa, intenta jugar con su pelo y vuelve a mirarla.

Ella le sonríe, mientras desabrocha suavemente su camisa de tres botones. Sus senos firmes se dejan entrever por el contorno del escote. Sus dedos pasan suavemente por sus curvas, que se aprecian duras y firmes.

Lucas traga saliva y mira los movimientos de Khatay… piensa que si alguna vez amara a alguien nunca sería como en ese momento. Con torpes movimientos Lucas acerca sus labios a la comisura de la boca de ella.


Logra besar profundamente a la mujer de sus sueños… al besarla se percata de que siempre soñó con ese momento: había amado, pero nunca había sentido tanto amor; nunca sintió tanto placer… cuando sus salivas se encontraron, cuando sus lenguas se fundieron en un cálido abrazo, en busca de una con la otra, sintió nacer el calor de la estrella, el calor del dolor por querer.

La joven toma las manos de su compañero y le invita a llevarlas a sus majestuosos pechos… al poner sus dedos, los pezones no pueden retener la excitación que ambos padecen. Lucas intenta seguir besando a su amada, a su estrella, a su nueva guía...

Recorrió con sus labios cada parte de su pecho, jugó con sus curvas mientras mordisqueaba en busca de un placer algo más cerca de los límites; sus labios eran guiados por la luz de las estrellas, recorrían cada parte de su alma; su lengua buscaba cada estancia de su cuerpo, sentía como los poros de su amada se abrían ante sus húmedos besos.

Khatay dejaba que su cuerpo fuera recibiendo los continuos latigazos de corriente que emitían los besos de Lucas; su cuerpo se arqueaba cuando llegó al borde del pequeño bikini azul que apenas la cubría. Sus dientes sometieron a la prenda. Las caderas de ella son acariciadas por las yemas de sus dedos, produciendo nuevas descargas de placer en el cuerpo de la Chica del Rayo Verde.

Su boca sigue bajando, mientras que sus manos atrapan los muslos; acariciándolos lentamente, los separa de forma instintiva. Ella, sin esperar a más, lo sube sobre sí y, con su mano, toma a su compañero.
Habían pasado la noche juntos sin separar sus cuerpos ni un instante… Lo miró, en ese momento amanecía. Miraba como, desnuda, se introducía en el agua. Desde la orilla Elvira la acompañaba. Lucas era feliz, nunca lo fue tanto: había llevado el Rayo Verde a ella y eso lo hacía feliz.

A lo lejos le sonrió, él le devuelve la sonrisa. Ella le hace un ademán con la mano y escucha salir de sus labios a pesar de la distancia:

“ Me diste mi Rayo Verde, te enseñé mi cacho de cielo… ahora construye el tuyo y busca tu Rayo Verde ”.

Desde ese día Lucas no deja de mirar su cacho de cielo, Lucas no deja de buscar su Rayo Verde.
Creado por vakaguare | 0 comentarios | 07/04/06 10:36

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