Documentos en LITERALMENTE CORRECTO

Cultura

Geomundos

LITERALMENTE CORRECTO

"Un día perfecto para el pez banana" en LITERALMENTE CORRECTO

"Un día perfecto para el pez banana"

J.D. Salinger
Un día perfecto para el pez banana
J.D. Salinger

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegasteis?
—No sé... el miércoles, de madrugada.
—¿Quién condujo?
—Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?
—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
—Muy bien—dijo la chica.
—¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
—No. Ahora tiene uno nuevo
—¿Cuál?
—Mamá... ¿qué importancia tiene?
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
—Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
—Lo tienes tú.
—¿Estás segura?—dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
—¡Pero está en alemán!
—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
—Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
—Muriel, mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Sí?—dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
—¿Y...?—dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
—Nunca lo he oído nombrar.
—De todos modos, dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
—Me he quemado toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
—Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
—Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
—¿Por que te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
—¿El verde?
—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
—Pero ¿qué dijo él? El médico.
—Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
—Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
—En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le subí un poco las hombreras.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
—Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
—No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.
—Mamá, esta llamada va a costar una for...
—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
—Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No he dicho nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
—Muriel, hazme caso.
—Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.
--------
—Ver más vidrio (1)—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
—Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
—No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
—Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
—Estáte quieta, Sybil, cariño...
—¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
—Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
—¡Ah!, hola, Sybil.
—¿Vas a ir al agua?
—Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
—¿Qué?—dijo Sybil.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
—No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
—¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
—¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
—Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
—¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
—Necesita aire—dijo.
—Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
—¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
—Sí que podías.
—Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
—¿Qué?
—Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
—Vayamos al agua—dijo.
—Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
—La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
—¿Que eche a quién?
—A Sharon Lipschutz.
—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez banana.
—¿Un qué?
—Un pez banana—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana—dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
—¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
—No sé—dijo Sybil.
—Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
Sybil soltó el pie:
—¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
—¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
—No eran más que seis—dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
—¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
—¿Si me gusta qué?
—La cera.
—Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
—¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
—¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
—Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
—Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
—No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para los peces banana.
—No veo ninguno—dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
—Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
—¿Qué pasa con quiénes?
—Con los peces banana.
—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?
—Sí—dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué?—preguntó Sybil.
—Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
—Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos.
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
—Acabo de ver uno.
—¿Un qué, amor mío?
—Un pez banana.
—¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía alguna banana en la boca?
—Sí—dijo Sybil—. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
—¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
—¡No!
—Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
—Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
—Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
—¿Cómo dice?—dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.

El Hombre que Ríe
J. D. Salinger

En 1928, a los nueve años, yo formaba parte, con todo el espíritu de cuerpo posible, de una organización conocida como el Club de los Comanches. Todos los días de clase, a las tres de la tarde, nuestro Jefe nos recogía, a los veinticinco comanches, a la salida de la escuela número 165, en la calle 109, cerca de Amsterdam Avenue. A empujones y golpes entrábamos en el viejo autobús comercial que el Jefe había transformado. Siempre nos conducía (según los acuerdos económicos establecidos con nuestros padres) al Central Park. El resto de la tarde, si el tiempo lo permitía, lo dedicábamos a jugar al rugby, al fútbol o al béisbol, según la temporada. Cuando llovía, el Jefe nos llevaba invariablemente al Museo de Historia Natural o al Museo Metropolitano de Arte.
Los sábados y la mayoría de las fiestas nacionales, el Jefe nos recogía por la mañana temprano en nuestras respectivas viviendas y en su destartalado autobús nos sacaba de Manhattan hacia los espacios comparativamente abiertos del Van Cortlandt Park o de Palisades. Si teníamos propósitos decididamente atléticos, íbamos a Van Cortlandt donde los campos de juego eran de tamaño reglamentario y el equipo contrario no incluía ni un cochecito de niño ni una indignada viejecita con bastón. Si nuestros corazones de comanches se sentían inclinados a acampar, íbamos a Palisades y nos hacíamos los robinsones. Recuerdo haberme perdido un sábado en alguna parte de la escabrosa zona de terreno que se extiende entre el cartel de Linit y el extremo oeste del puente George Washington. Pero no por eso perdí la cabeza. Simplemente me senté a la sombra majestuosa de un gigantesco anuncio publicitario y, aunque lagrimeando, abrí mi fiambrera por hacer algo, confiando a medias en que el Jefe me encontraría. El Jefe siempre nos encontraba.
El resto del día, cuando se veía libre de los comanches el Jefe era John Gedsudski, de Staten Island. Era un joven tranquilo, sumamente tímido, de veintidós o veintitrés años, estudiante de derecho de la Universidad de Nueva York, y una persona memorable desde cualquier punto de vista. No intentaré exponer aquí sus múltiples virtudes y méritos. Sólo diré de paso que era un scout aventajado, casi había formado parte de la selección nacional de rugby de 1926, y era público y notorio que lo habían invitado muy cordialmente a presentarse como candidato para el equipo de béisbol de los New York Giants. Era un árbitro imparcial e imperturbable en todos nuestros ruidosos encuentros deportivos, un maestro en encender y apagar hogueras, y un experto en primeros auxilios muy digno de consideración. Cada uno de nosotros, desde el pillo más pequeño hasta el más grande, lo quería y respetaba.
Aún está patente en mi memoria la imagen del Jefe en 1928. Si los deseos hubieran sido centímetros, entre todos los comanches lo hubiéramos convertido rápidamente en gigante. Pero, siendo como son las cosas, era un tipo bajito y fornido que mediría entre uno cincuenta y siete y uno sesenta, como máximo. Tenía el pelo renegrido, la frente muy estrecha, la nariz grande y carnosa, y el torso casi tan largo como las piernas. Con la chaqueta de cuero, sus hombros parecían poderosos, aunque eran estrechos y caídos. En aquel tiempo, sin embargo, para mí se combinaban en el Jefe todas las características más fotogénicas de Buck Jones, Ken Maynard y Tom Mix, perfectamente amalgamadas.
Todas las tardes, cuando oscurecía lo suficiente como para que el equipo perdedor tuviera una excusa para justificar sus malas jugadas, los comanches nos refugiábamos egoístamente en el talento del Jefe para contar cuentos. A esa hora formábamos generalmente un grupo acalorado e irritable, y nos peleábamos en el autobús—a puñetazos o a gritos estridentes—por los asientos más cercanos al Jefe. (El autobús tenía dos filas paralelas de asientos de esterilla. En la fila de la izquierda había tres asientos adicionales —los mejores de todos—que llegaban hasta la altura del conductor.) El Jefe sólo subía al autobús cuando nos habíamos acomodado. A continuación se sentaba a horcajadas en su asiento de conductor, y con su voz de tenor atiplada pero melodiosa nos contaba un nuevo episodio de «El hombre que ríe». Una vez que empezaba su relato, nuestro interés jamás decaía. «El hombre que ríe» era la historia adecuada para un comanche. Hasta había alcanzado dimensiones clásicas. Era un cuento que tendía a desparramarse por todos lados, aunque seguía siendo esencialmente portátil. Uno siempre podía llevárselo a casa y meditar sobre él mientras estaba sentado, por ejemplo, en el agua de la bañera que se iba escurriendo.
Único hijo de un acaudalado matrimonio de misioneros, el «hombre que ríe» había sido raptado en su infancia por unos bandidos chinos. Cuando el acaudalado matrimonio se negó (debido a sus convicciones religiosas) a pagar el rescate para la liberación de su hijo, los bandidos, considerablemente agraviados, pusieron la cabecita del niño en un torno de carpintero y dieron varias vueltas hacia la derecha a la manivela correspondiente. La víctima de este singular experimento llegó a la mayoría de edad con una cabeza pelada, en forma de nuez (pacana) y con una cara donde, en vez de boca, exhibía una enorme cavidad ovalada debajo de la nariz. La misma nariz se limitaba a dos fosas nasales obstruidas por la carne. En consecuencia, cuando el «hombre que ríe» respiraba, la abominable siniestra abertura debajo de la nariz se dilataba y contraía (yo la veía así) como una monstruosa ventosa. (El Jefe no explicaba el sistema de respiración del «hombre que ríe» sino que lo demostraba prácticamente.) Los que lo veían por primera vez se desmayaban instantáneamente ante el aspecto de su horrible rostro. Los conocidos le daban la espalda. Curiosamente, los bandidos le permitían estar en su cuartel general—siempre que se tapara la cara con una máscara roja hecha de pétalos de amapola. La máscara no solamente eximía a los bandidos de contemplar la cara de su hijo adoptivo, sino que además los mantenía al tanto de sus andanzas; además, apestaba a opio.
Todas las mañanas, en su extrema soledad, el «hombre que ríe» se iba sigilosamente (su andar era suave como el de un gato) al tupido bosque que rodeaba el escondite de los bandidos. Allí se hizo amigo de muchísimos animales: perros, ratones blancos, águilas, leones, boas constrictor, lobos. Además, se quitaba la máscara y les hablaba dulcemente, melodiosamente, en su propia lengua. Ellos no lo consideraban feo.
Al Jefe le llevó un par de meses llegar a este punto de la historia. De ahí en adelante los episodios se hicieron cada vez más exóticos, a tono con el gusto de los comanches.
El «hombre que ríe» era muy hábil para informarse de lo que pasaba a su alrededor, y en muy poco tiempo pudo conocer los secretos profesionales más importantes de los bandidos. Sin embargo, no los tenía en demasiada estima y no tardó mucho en crear un sistema propio más eficaz. Empezó a trabajar por su cuenta. En pequeña escala, al principio—robando, secuestrando, asesinando sólo cuando era absolutamente necesario—se dedicó a devastar la campiña china. Muy pronto sus ingeniosos procedimientos criminales, junto con su especial afición al juego limpio, le valieron un lugar especialmente destacado en el corazón de los hombres. Curiosamente, sus padres adoptivos (los bandidos que originalmente lo habían empujado al crimen) fueron los últimos en tener conocimiento de sus hazañas. Cuando se enteraron, se pusieron tremendamente celosos. Uno a uno desfilaron una noche ante la cama del «hombre que ríe», creyendo que habían podido dormirlo profundamente con algunas drogas que le habían dado, y con sus machetes apuñalaron repetidas veces el cuerpo que yacía bajo las mantas. Pero la víctima resultó ser la madre del jefe de los bandidos, una de esas personas desagradables y pendencieras. El suceso no hizo más que aumentar la sed de venganza de los bandidos, y finalmente el «hombre que ríe» se vio obligado a encerrar a toda la banda en un mausoleo profundo, pero agradablemente decorado. De cuando en cuando se escapaban y le causaban algunas molestias, pero él no se avenía a matarlos. (El «hombre que ríe» tenía una faceta compasiva que a mí me enloquecía.)
Poco después el «hombre que ríe» empezaba a cruzar regularmente la frontera china para ir a París, donde se divertía ostentando su genio conspicuo pero modesto frente a Marcel Dufarge, detective internacionalmente famoso y considerablemente inteligente, pero tísico. Dufarge y su hija (una chica exquisita, aunque con algo de travestí) se convirtieron en los enemigos más encarnizados del «hombre que ríe». Una y otra vez trataron de atraparlo mediante ardides. Nada más que por amor al riesgo, al principio el «hombre que ríe» muchas veces simulaba dejarse engañar, pero luego desaparecía de pronto, sin dejar ni el mínimo rastro de su método para escapar. De vez en cuando enviaba una breve e incisiva nota de despedida por la red de alcantarillas de París, que llegaba sin tardanza a manos de Dufarge. Los Dufarge se pasaban gran parte del tiempo chapoteando en las alcantarillas de París.
Muy pronto el «hombre que ríe» consiguió reunir la fortuna personal más grande del mundo. Gran parte de esa fortuna era donada en forma anónima a los monjes de un monasterio local, humildes ascetas que habían dedicado sus vidas a la cría de perros de policía alemanes. El «hombre que ríe» convertía el resto de su fortuna en brillantes que bajaba despreocupadamente a cavernas de esmeralda, en las profundidades del mar Negro. Sus necesidades personales eran pocas. Se alimentaba únicamente de arroz y sangre de águila, en una pequeña casita con un gimnasio y campo de tiro subterráneos, en las tormentosas costas del Tíbet. Con él vivían cuatro compañeros que le eran fieles hasta la muerte: un lobo furtivo llamado Ala Negra, un enano adorable llamado Omba, un gigante mongol llamado Hong, cuya lengua había sido quemada por hombres blancos, y una espléndida chica euroasiática que, debido a su intenso amor por el «hombre que ríe» y a su honda preocupación por su seguridad personal, solía tener una actitud bastante rígida respecto al crimen. El «hombre que ríe» emitía sus órdenes a sus subordinados a través de una máscara de seda negra. Ni siquiera Omba, el enano adorable, había podido ver su cara.
No digo que lo vaya a hacer, pero podría pasarme horas llevando al lector—a la fuerza, si fuere necesario—de un lado a otro de la frontera entre París y China. Yo acostumbro a considerar al «hombre que ríe» algo así como a un superdistinguido antepasado mío, una especie de Robert E. Lee, digamos, con todas las virtudes del caso. Y esta ilusión resulta verdaderamente moderada si se la compara con la que abrigaba hacia 1928, cuando me sentía, no solamente descendiente directo del «hombre que ríe», sino además su único heredero viviente. En 1928 ni siquiera era hijo de mis padres, sino un impostor de astucia diabólica, a la espera de que cometieran el mínimo error para descubrir—preferentemente de modo pacífico, aunque podía ser de otro modo—mi verdadera identidad.
Para no matar de pena a mi supuesta madre, pensaba emplearla en alguna de mis actividades subrepticias, en algún puesto indefinido, pero de verdadera responsabilidad. Pero lo más importante para mí en 1928 era andar con pies de plomo. Seguir la farsa. Lavarme los dientes. Peinarme. Disimular a toda costa mi risa realmente aterradora.
En realidad, yo era el único descendiente legítimo del «hombre que ríe». En el club había veinticinco comanches —veinticinco legítimos herederos del «hombre que ríe»—todos circulando amenazadoramente, de incógnito por la ciudad, elevando a los ascensoristas a la categoría de enemigos potenciales, mascullando complejas pero precisas instrucciones en la oreja de los cocker spaniel, apuntando con el dedo índice, como un fusil, a la cabeza de los profesores de matemáticas. Y esperando, siempre esperando el momento para suscitar el terror y la admiración en el corazón del ciudadano común.
Una tarde de febrero, apenas iniciada la temporada de béisbol de los comanches, observé un detalle nuevo en el autobús del Jefe. Encima del espejo retrovisor, sobre el parabrisas, había una foto pequeña, enmarcada, de una chica con toga y birrete académicos. Me pareció que la foto de una chica desentonaba con la exclusiva decoración para hombres del autobús y, sin titubear, le pregunté al Jefe quién era. Al principio fue evasivo, pero al final reconoció que era una muchacha. Le pregunté cómo se llamaba. Su contestación, todavía un poco reticente, fue «Mary Hudson».
Le pregunté si trabajaba en el cine o en alguna cosa así. Me dijo que no, que iba al Wellesley College. Agregó, tras larga reflexión, que el Wellesley era una universidad de alta categoría.
Le pregunté, entonces, por qué tenía su foto en el autobús. Encogió levemente los hombros, lo bastante como para sugerir—me pareció—que la foto había sido más o menos impuesta por otros.
Durante las dos semanas siguientes, la foto—le hubiera sido impuesta al Jefe por la fuerza o no—continuó sobre el parabrisas. No desapareció con los paquetes vacíos de chicles ni con los palitos de caramelos. Pero los comanches nos fuimos acostumbrando a ella. Fue adquiriendo gradualmente la personalidad poco inquietante de un velocímetro.
Pero un día que íbamos camino del parque el Jefe detuvo el autobús junto al bordillo de la acera de la Quinta Avenida a la altura de la calle 60, casi un kilómetro más allá de nuestro campo de béisbol. Veinte pasajeros solicitaron inmediatamente una explicación, pero el Jefe se hizo el sordo. En cambio, se limitó a adoptar su posición habitual de narrador y dio comienzo anticipadamente a un nuevo episodio del «hombre que ríe». Pero apenas había empezado cuando alguien golpeó suavemente en la portezuela del autobús. Evidentemente, ese día los reflejos del Jefe estaban en buena forma. Se levantó de un salto, accionó la manecilla de la puerta y en seguida subió al autobús una chica con un abrigo de castor.
Así, de pronto, sólo recuerdo haber visto en mi vida a tres muchachas que me impresionaron a primera vista por su gran belleza, una belleza difícil de clasificar. Una fue una chica delgada en un traje de baño negro, que forcejeaba terriblemente para clavar en la arena una sombrilla en Jones Beach, alrededor de 1936. La segunda, esa chica que hacía un viaje de placer por el Caribe, hacia 1939, y que arrojó su encendedor a un delfín. Y la tercera, Mary Hudson, la chica del Jefe.
—¿He tardado mucho?—le preguntó, sonriendo. Era como si hubiera preguntado «¿Soy fea?».
—¡No!—dijo el Jefe. Con cierta vehemencia, miró a los comanches situados cerca de su asiento y les hizo una seña para que le hicieran sitio. Mary Hudson se sentó entre yo y un chico que se llamaba Edgar «no-sé-qué» y que tenía un tío cuyo mejor amigo era contrabandista de bebidas alcohólicas. Le cedimos todo el espacio del mundo. Entonces el autobús se puso en marcha con un acelerón poco hábil. Los comanches, hasta el último hombre, guardaban silencio.
Mientras volvíamos a nuestro lugar de estacionamiento habitual, Mary Hudson se inclinó hacia delante en su asiento e hizo al Jefe un colorido relato de los trenes que había perdido y del tren que no había perdido. Vivía en Douglaston, Long Island. El Jefe estaba muy nervioso. No sólo no lograba participar en la conversación, sino que apenas oía lo que le decía la chica. Recuerdo que el pomo de la palanca de cambios se le quedó en la mano.
Cuando bajamos del autobús, Mary Hudson se quedó muy cerca de nosotros. Estoy seguro de que cuando llegamos al campo de béisbol cada rostro de los comanches llevaba una expresión del tipo «hay-chicas-que-no-saben-cuándo-irse-a-casa». Y, para colmo de males, cuando otro comanche y yo lanzábamos al aire una moneda para determinar qué equipo batearía primero, Mary Hudson declaró con entusiasmo que deseaba jugar. La respuesta no pudo ser más cortante. Así como antes los comanches nos habíamos limitado a mirar fijamente su femineidad, ahora la contemplábamos con irritación. Ella nos sonrió. Era algo desconcertante. Luego el Jefe se hizo cargo de la situación, revelando su genio para complicar las cosas, hasta entonces oculto. Llevó aparte a Mary Hudson, lo suficiente como para que los comanches no pudieran oír, y pareció dirigirse a ella en forma solemne y racional. Por fin, Mary Hudson lo interrumpió, y los comanches pudieron oír perfectamente su voz.
—¡Yo también—dijo—, yo también quiero jugar!
El Jefe meneó la cabeza y volvió a la carga. Señaló hacia el campo, que se veía desigual y borroso. Tomó un bate de tamaño reglamentario y le mostró su peso.
—No me importa—dijo Mary Hudson, con toda claridad—. He venido hasta Nueva York para ver al dentista y todo eso, y voy a jugar.
El Jefe sacudió la cabeza, pero abandonó la batalla. Se aproximó cautelosamente al campo donde estaban esperando los dos equipos comanches, los Bravos y los Guerreros, y fijó su mirada en mí. Yo era el capitán de los Guerreros. Mencionó el nombre de mi centro, que estaba enfermo en su casa, y sugirió que Mary Hudson ocupara su lugar. Dije que no necesitaba un jugador para el centro del campo. El Jefe dijo que qué mierda era eso de que no necesitaba a nadie que hiciera de centro. Me quedé estupefacto. Era la primera vez que le oía decir una palabrota. Y, lo que aún era peor, observé que Mary Hudson me estaba sonriendo. Para dominarme, cogí una piedra y la arrojé contra un árbol.
Nosotros entramos primero. La entrometida fue al centro para la primera tanda. Desde mi posición en la primera base, miraba furtivamente de vez en cuando por encima de mi hombro. Cada vez que lo hacía, Mary Hudson me saludaba alegremente con la cabeza. Llevaba puesto el guante de catcher, por propia iniciativa. Era un espectáculo verdaderamente horrible.
Mary Hudson debía ser la novena en batear en el equipo de los Guerreros. Cuando se lo dije, hizo una pequeña mueca y dijo:
—Bueno, daos prisa, entonces...—y la verdad es que efectivamente apreciamos darnos prisa.
Le tocó batear en la primera tanda. Se quitó el abrigo de castor y el guante de catcher para la ocasión y avanzó hacia su puesto con un vestido marrón oscuro. Cuando le di un bate, preguntó por qué pesaba tanto. El Jefe abandonó su puesto de árbitro detrás del pitcher y se adelantó con impaciencia. Le dijo a Mary Hudson que apoyara la punta del bate en el hombro derecho. «Ya está», dijo ella. Le dijo que no sujetara el bate con demasiada fuerza. «No lo hago» contestó ella. Le dijo que no perdiera de vista la pelota. «No lo haré», dijo ella. «Apártate, ¿quieres?» Con un potente golpe, acertó en la primera pelota que le lanzaron, y la mandó lejos por encima de la cabeza del fielder izquierdo. Estaba bien para un doble corriente, pero ella logró tres sin apresurarse.
Cuando me repuse primero de mi sorpresa, después de mi incredulidad, y por último de mi alegría, miré hacia donde se encontraba el Jefe. No parecía estar de pie detrás del pitcher, sino flotando por encima de él. Era un hombre totalmente feliz. Desde su tercera base, Mary Hudson me saludaba agitando la mano. Contesté a su saludo. No habría podido evitarlo, aunque hubiese querido. Además de su maestría con el bate, era una chica que sabía cómo saludar a alguien desde la tercera base.
Durante el resto del partido, llegaba a la base cada vez que salía a batear. Por algún motivo parecía odiar la primera base; no había forma de retenerla. Por lo menos tres veces logró robar la segunda base al otro equipo.
Su fielding no podía ser peor, pero íbamos ganando tantas carreras que no nos importaba. Creo que hubiera sido mejor si hubiese intentado atrapar las pelotas con cualquier otra cosa que no fuera un guante de catcher.
Pero se negaba a sacárselo. Decía que le quedaba mono. Durante un mes, más o menos, jugó al béisbol con los comanches un par de veces por semana (cada vez que tenía una cita con el dentista, al parecer). Unas tardes llegaba a tiempo al autobús y otras no. A veces en el autobús hablaba hasta por los codos, otras veces se limitaba a quedarse sentada, fumando sus cigarrillos Herbert Tareyton (boquilla de corcho). Envolvía en un maravilloso perfume al que estaba junto a ella en el autobús.
Un día ventoso de abril, después de recoger, como de costumbre, a sus pasajeros en las calles 109 y Amsterdam, el Jefe dobló por la calle 110 y tomó como siempre por la Quinta Avenida. Pero tenía el pelo peinado y reluciente, llevaba un abrigo en lugar de la chaqueta de cuero y yo supuse lógicamente que Mary Hudson estaba incluida en el programa. Esa presunción se convirtió en certeza cuando pasamos de largo por nuestra entrada habitual al Central Park. El Jefe estacionó el autobús en la esquina a la altura de la calle 60. Después, para matar el tiempo en una forma entretenida para los comanches, se acomodó a horcajadas en su asiento y procedió a narrar otro episodio de «El hombre que ríe». Lo recuerdo con todo detalle y voy a resumirlo.
Una adversa serie de circunstancias había hecho que el mejor amigo del «hombre que ríe», el lobo Ala Negra, cayera en una trampa física e intelectual tendida por los Dufarge. Los Dufarge, conociendo los elevados sentimientos de lealtad del «hombre que ríe», le ofrecieron la libertad de Ala Negra a cambio de la suya propia. Con la mejor buena fe del mundo, el «hombre que ríe» aceptó dicha proposición (a veces su genio estaba sujeto a pequeños y misteriosos desfallecimientos). Quedó convenido que el «hombre que ríe» debía encontrarse con los Dufarge a medianoche en un sector determinado del denso bosque que rodea París, y allí, a la luz de la luna, Ala Negra sería puesto en libertad. Pero los Dufarge no tenían la menor intención de liberar a Ala Negra, a quien temían y detestaban. La noche de la transacción ataron a otro lobo en lugar de Ala Negra, tiñéndole primero la pata trasera derecha de blanco níveo, para que se le pareciera.
No obstante, había dos cosas con las que los Dufarge no habían contado: el sentimentalismo del «hombre que ríe» y su dominio del idioma de los lobos. En cuanto la hija de Dufarge pudo atarlo a un árbol con alambre de espino, el «hombre que ríe» sintió la necesidad de elevar su bella y melodiosa voz en unas palabras de despedida a su presunto viejo amigo. El lobo sustituto, bajo la luz de la luna, a unos pocos metros de distancia, quedó impresionado por el dominio de su idioma que poseía ese desconocido. Al principio escuchó cortésmente los consejos de último momento personales y profesionales, del «hombre que ríe». Pero a la larga el lobo sustituto comenzó a impacientarse y a cargar su peso primero sobre una pata y después sobre la otra. Bruscamente y con cierta rudeza, interrumpió al «hombre que ríe» informándole en primer lugar de que no se llamaba Ala Oscura, ni Ala Negra, ni Patas Grises ni nada por el estilo, sino Armand, y en segundo lugar que en su vida había estado en China ni tenía la menor intención de ir allí.
Lógicamente enfurecido, el «hombre que ríe» se quitó la máscara con la lengua y se enfrentó a los Dufarge con la cara desnuda a la luz de la luna. Mademoiselle Dufarge se desmayó. Su padre tuvo más suerte; casualmente en ese momento le dio un ataque de tos y así se libró del mortífero descubrimiento. Cuando se le pasó el ataque y vio a su hija tendida en el suelo iluminado por la luna, Dufarge ató cabos. Se tapó los ojos con la mano y descargó su pistola hacia donde se oía la respiración pesada, silbante, del «hombre que ríe».
Así terminaba el episodio.
El Jefe se sacó del bolsillo el reloj Ingersoll de un dólar lo miró y después dio vuelta en su asiento y puso en marcha el motor. Miré mi reloj. Eran casi las cuatro y media. Cuando el autobús se puso en marcha, le pregunté al Jefe si no iba a esperar a Mary Hudson. No me contestó, y antes de que pudiera repetir la pregunta, inclinó su cabeza para atrás y, dirigiéndose a todos nosotros, dijo:
—A ver si hay más silencio en este maldito autobús. Lo menos que podía decirse era que la orden resultaba totalmente ilógica. El autobús había estado, y estaba, completamente silencioso. Casi todos pensábamos en la situación en que había quedado el «hombre que ríe». No es que nos preocupáramos por él (le teníamos demasiada confianza como para eso), pero nunca habíamos llegado a tomar con calma sus momentos de peligro.
En la tercera o cuarta entrada de nuestro partido de esa tarde, vi a Mary Hudson desde la primera base. Estaba sentada en un banco a unos setenta metros a mi izquierda, hecha un sandwich entre dos niñeras con cochecitos de niño. Llevaba su abrigo de castor, fumaba un cigarrillo y daba la impresión de estar mirando en dirección a nuestro campo. Me emocioné con mi descubrimiento y le grité la información al Jefe, que se hallaba detrás del pitcher. Se me acercó apresuradamente, sin llegar a correr.
—¿Dónde?—preguntó.
Volví a señalar con el dedo. Miró un segundo en esa dirección, después dijo que volvía en seguida y salió del campo. Se alejó lentamente, abriéndose el abrigo y metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. Me senté en la primera base y observé.
Cuando el Jefe alcanzó a Mary Hudson, su abrigo estaba abrochado nuevamente y las manos colgaban a los lados.
Estuvo de pie frente a ella unos cinco minutos, al parecer hablándole. Después Mary Hudson se incorporó y los dos caminaron hacia el campo de béisbol. No hablaron ni se miraron. Cuando estuvieron en el campo, el Jefe ocupó su posición detrás del pitcher.
—¿Ella no va a jugar?—le grité.
Le dijo que cerrara el pico. Me callé la boca y contemplé a Mary Hudson. Caminó lentamente por detrás de la base, con las manos en los bolsillos de su abrigo de castor, y por último se sentó en un banquillo mal situado cerca de la tercera base. Encendió otro cigarrillo y cruzó las piernas.
Cuando los Guerreros estaban bateando, me acerqué a su asiento y le pregunté si le gustaría jugar en el ala izquierda. Dijo que no con la cabeza. Le pregunté si estaba resfriada. Otra vez negó con la cabeza. Le dije que no tenía a nadie que jugara en el ala izquierda. Que tenía al mismo muchacho jugando en el centro y en el ala izquierda. Toda esta información no encontró eco. Arrojé mi guante al aire, tratando de que aterrizara sobre mi cabeza, pero cayó en un charco de barro. Lo limpié en los pantalones y le pregunté a Mary Hudson si quería venir a mi casa a comer alguna vez. Le dije que el Jefe iba con frecuencia.
—Déjame—dijo—. Por favor, déjame.
La miré sorprendido, luego me fui caminando hacia el banco de los Guerreros, sacando entretanto una mandarina del bolsillo y arrojándola al aire. Más o menos a la mitad de la línea de foul de la tercera base, giré en redondo y empecé a caminar hacia atrás, contemplando a Mary Hudson y atrapando la mandarina. No tenía idea de lo que pasaba entre el Jefe y Mary Hudson (y aún no la tengo, salvo de una manera muy somera, intuitiva), pero no podía ser mayor mi certeza de que Mary Hudson había abandonado el equipo comanche para siempre. Era el tipo de certeza total, por independiente que fuera de la suma de sus factores, que hacía especialmente arriesgado caminar hacia atrás, y de pronto choqué de lleno con un cochecito de niño.
Después de una entrada más, la luz era mala para jugar. Suspendimos el partido y
empezamos a recoger todos nuestros bártulos. La última vez que vi con claridad a Mary Hudson estaba llorando cerca de la tercera base. El Jefe la había tomado de la manga de su abrigo de castor, pero ella lo esquivaba. Abandonó el campo y empezó a correr por el caminito de cemento y siguió corriendo hasta que se perdió de vista.
El Jefe no intentó seguirla. Se limitó a permanecer de pie, mirándola mientras desaparecía. Luego se volvió caminó hasta la base y recogió los dos bates; siempre dejábamos que él llevara las bates. Me acerqué y le pregunté si él y Mary Hudson se habían peleado. Me dijo que me metiera la camisa dentro del pantalón.
Como siempre, todos los comanches corrimos los últimos metros hasta el autobús estacionado gritando, empujándonos, probando llaves de lucha libre, aunque todos muy conscientes de que había llegado la hora de otro capítulo de «El hombre que ríe».
Cruzando la Quinta Avenida a la carrera, alguien dejó caer un jersey y yo tropecé con él y me caí de bruces. Llegué al autobús cuando ya estaban ocupados los mejores asientos y tuve que sentarme en el centro. Fastidiado, le di al chico que estaba a mi derecha un codazo en las costillas y luego me volví para ver al Jefe, que cruzaba la Quinta Avenida. Todavía no había oscurecido, pero había esa penumbra de las cinco y cuarto. El Jefe atravesó la calle con el cuello del abrigo levantado y los bates debajo del brazo izquierdo, concentrado en el cruce de la calle. Su pelo negro peinado con agua al comienzo del día, ahora se había secado y el viento lo arremolinaba. Recuerdo haber deseado que el Jefe tuviera guantes.
El autobús, como de costumbre, estaba silencioso cuando él subió, por lo menos relativamente silencioso, como un teatro cuando van apagándose las luces de la sala. Las conversaciones se extinguieron en un rápido susurro o se cortaron de raíz. Sin embargo, lo primero que nos dijo el Jefe fue:
—Bueno, basta de ruido, o no hay cuento.
Instantáneamente, el autobús fue invadido por un silencio incondicional, que no le dejó otra alternativa que ocupar su acostumbrada posición de narrador.
Entonces sacó un pañuelo y se sonó la nariz, metódicamente, un lado cada vez. Lo observamos con paciencia y hasta con cierto interés de espectador. Cuando terminó con el pañuelo, lo plegó cuidadosamente en cuatro y volvió a guardarlo en el bolsillo. Después nos contó el nuevo episodio de «El hombre que ríe». En total, sólo duró cinco minutos.
Cuatro de las balas de Dufarge alcanzaron al «hombre que ríe», dos de ellas en el corazón. Dufarge, que aún se tapaba los ojos con la mano para no verle la cara, se alegró mucho cuando oyó un extraño gemido agónico que salía de su víctima. Con el maligno corazón latiéndole fuerte corrió junto a su hija y la reanimó. Los dos, llenos de regocijo y con el coraje de los cobardes, se atrevieron entonces a contemplar el rostro del «hombre que ríe». Su cabeza estaba caída como la de un muerto, inclinada sobre su pecho ensangrentado. Lentamente, con avidez, padre e hija avanzaron para inspeccionar su obra. Pero los esperaba una sorpresa enorme. El «hombre que ríe», lejos de estar muerto, contraía de un modo secreto los músculos de su abdomen. Cuando los Dufarge se acercaron lo suficiente, alzó de pronto la cabeza, lanzó una carcajada terrible, y, con limpieza y hasta con minucia, regurgitó las cuatro balas. El efecto de esta hazaña sobre los Dufarge fue tan grande que sus corazones estallaron, y cayeron muertos a los pies del «hombre que ríe».
(De todos modos, si el capítulo iba a ser corto, podría haber terminado ahí. Los comanches se las podían haber ingeniado para racionalizar la muerte de los Dufarge. Pero no terminó ahí.)
Pasaban los días y el «hombre que ríe» seguía atado al árbol con el alambre de espinos mientras a sus pies los Dufarge se descomponían lentamente. Sangrando profusamente y sin su dosis de sangre de águila, nunca se había visto tan cerca de la muerte. Hasta que un día, con voz ronca, pero elocuente, pidió ayuda a los animales del bosque. Les ordenó que trajeran a Omba, el enano amoroso. Y así lo hicieron. Pero el viaje de ida y vuelta por la frontera entre París y la China era largo, y cuando Omba llegó con un equipo medico y una provisión de sangre de águila el «hombre que ríe» ya había entrado en coma. El primer gesto piadoso de Omba fue recuperar la máscara de su amo, que había ido a parar sobre el torso cubierto de gusanos de Mademoiselle Dufarge. La colocó respetuosamente sobre las horribles facciones y procedió a curar las heridas.
Cuando al fin se abrieron los pequeños ojos del «hombre que ríe», Omba acercó
afanosamente el vaso de sangre de águila hasta la máscara. Pero el «hombre que ríe» no quiso beberla. En cambio, pronunció débilmente el nombre de su querido Ala Negra. Omba inclinó su cabeza levemente contorsionada y reveló a su amo que los Dufarge habían matado a Ala Negra. Un último suspiro de pena, extraño y desgarrador, partió del pecho del «hombre que ríe». Extendió débilmente la mano, tomó el vaso de sangre de águila y lo hizo añicos en su puño. La poca sangre que le quedaba corrió por su muñeca. Ordenó a Omba que mirara hacia otro lado y Omba, sollozando, obedeció. El último gesto del «hombre que ríe», antes de hundir su cara en el suelo ensangrentado, fue el de arrancarse la máscara.
Ahí terminó el cuento, por supuesto. (Nunca habría de repetirse.) El Jefe puso en marcha el autobús. Frente a mí al otro lado del pasillo, Billy Walsh, el más pequeño de los comanches, se echó a llorar. Nadie le dijo que se callara. En cuanto a mí, recuerdo que me temblaban las rodillas.
Unos minutos más tarde, cuando bajé del autobús del Jefe, lo primero que vi fue un trozo de papel rojo que el viento agitaba contra la base de un farol de la calle. Parecía una máscara de pétalos de amapola. Llegué a casa con los dientes castañeteándome convulsivamente, y me dijeron que me fuera derecho a la cama.

Justo antes de la guerra con los esquimales
J. D. Salinger
Durante cinco sábados seguidos, por las mañanas, Ginnie Maddox había jugado al tenis en las pistas del East Side con Selena Graff, compañera suya en la clase de la señorita Basehaar. Ginnie pensaba francamente que Selena era la más boba de toda la clase—en la que abundaban ostensiblemente las bobas de marca mayor—, pero al mismo tiempo no había nadie como Selena para traer continuamente nuevas cajas de pelotas de tenis. Su padre las fabricaba, o algo por el estilo. (Una noche durante la cena, para ilustración de toda la familia Maddox, Ginnie había evocado la visión de una comida en casa de los Graff; la escena suponía un criado perfecto que servía a todos por la izquierda, aunque en lugar de un vaso de jugo de tomate dejaba una lata de pelotas de tenis.) Pero esta historia de dejar a Selena en su casa con un taxi después del tenis y luego cargar—en cada ocasión—con el pago de todo el importe del viaje, era algo que a Ginnie le estaba alterando los nervios. Después de todo, la idea de coger un taxi en lugar del autobús había sido de la propia Selena. Y ese quinto sábado, mientras el taxi arrancaba dirigiéndose hacia el norte por la avenida York, Ginnie dijo de pronto:
—Oye, Selena...
—¿Qué?—dijo Selena, ocupada en tantear con una mano el suelo del taxi—. ¡No encuentro la funda de mi raqueta!—se lamentó.
Pese a la templada temperatura de ese mes de mayo, las dos chicas llevaban abrigos sobre sus shorts.
—La guardaste en el bolsillo—dijo Ginnie—. Escúchame ahora...
—¡Oh, menos mal! ¡Me has salvado la vida!
—Oye—dijo Ginnie, a quien no le interesaba la gratitud de Selena.
—¿Qué?
Ginnie decidió ir al grano. El taxi se estaba acercando a la casa de Selena.
—No tengo ganas de cargar otra vez con el pago de todo el viaje—dijo—. No soy millonaria, ¿sabes?
Selena puso primero expresión de asombrada, después de ofendida:
—¿Acaso no pago siempre la mitad?—preguntó con ingenuidad.
—No—replicó Ginnie rotundamente—. Pagaste la mitad el primer sábado, a comienzos del mes pasado. Y desde entonces, nunca más. No quiero ser mezquina, pero estoy viviendo con cuatro dólares y medio por semana. Y de ahí tengo que...
—Yo siempre traigo las pelotas de tenis, ¿no es cierto? —preguntó Selena con tono desagradable.
A veces Ginnie sentía ganas de matar a Selena.
—Tu padre las fabrica o algo así—dijo—. No te cuestan nada. Yo no tengo que pagar hasta la más mínima cosa que. . .
—Está bien, está bien—dijo Selena levantando la voz y con un aire de suficiencia como para asegurarse la última palabra.
En forma displicente, se revisó los bolsillos del abrigo.
—Sólo tengo treinta y cinco centavos—dijo, fríamente—. ¿Es bastante?
—No. Lo siento, pero me debes un dólar sesenta y cinco. He llevado la cuenta de cada...
—Tendré que subir y pedírselo a mamá. ¿No puedes esperar hasta el lunes? Podría llevarte el dinero a la clase de gimnasia, si eso te hace más feliz.
La actitud de Selena no invitaba a la clemencia.
—No—dijo Ginnie—. Tengo que ir al cine esta noche. Necesito el dinero.
Sumidas en un silencio hostil, las dos chicas miraron por ventanillas opuestas hasta que el taxi se detuvo frente a la casa de Selena. Entonces Selena, sentada del lado de la acera, se bajó. Dejando apenas abierta la puerta del automóvil, caminó con vivacidad y soltura hasta el edificio, como si fuera una reina de Hollywood de visita. Ginnie, con la cara ardiendo, pagó el importe del viaje. Después recogió sus cosas de tenis—raqueta, toalla y sombrero para el sol—y fue detrás de Selena. A sus quince años, Ginnie medía alrededor de un metro setenta y cinco y su calzado de tenis era del número 40. Al entrar en el hall de la casa su sensación de torpeza caminando sobre suelas de goma le daba un aire de oso. Selena juzgó preferible contemplar fijamente el indicador de pisos del ascensor.
—Ahora me debes un dólar noventa—dijo Ginnie, acercándose al ascensor con grandes zancadas.
Selena se dio la vuelta.
—Tal vez te interese saber—dijo—que mi madre está muy enferma.
—¿Qué le pasa?
—Prácticamente tiene pulmonía, y si te parece que me divierte molestarla sólo por un asunto de dinero...—Selena pronunció la frase incompleta con todo el aplomo posible.
A Ginnie esta información la desconcertó un poco, aunque no sabía hasta qué punto podía ser verdad, pero no por eso cayó en sentimentalismos.
—Yo no se la contagié—dijo, y entró en el ascensor.
Luego que Selena tocó el timbre del piso, las hicieron pasar, o, mejor dicho, la puerta fue entornada por una criada negra con la que, al parecer, Selena no se hallaba en muy buenas relaciones. Ginnie dejó caer sus cosas de tenis en una silla del vestíbulo y siguió a Selena. En la sala, Selena se volvió y dijo:
—¿Te molesta esperar aquí? Tal vez tenga que despertar a mamá y todo eso.
—De acuerdo —dijo Ginnie, y se dejó caer en un sofá.
—Nunca hubiera creído que podías ser tan mezquina —dijo Selena, que estaba lo bastante enojada como para usar la palabra «mezquina», aunque le faltaba valor para poder subrayarla.
—Ahora estás enterada—dijo Ginnie, y le abrió en la cara un ejemplar de Vogue. Mantuvo en esa posición la revista hasta que Selena abandonó la habitación, y después volvió a dejarla sobre el aparato de radio. Examinó el cuarto con la mirada, redistribuyendo los muebles mentalmente, tirando lámparas de mesa, quitando flores artificiales.
En su opinión, era una habitación totalmente horrible, lujosa, pero cursi.
De pronto se oyó una voz masculina que gritaba desde otra parte de la vivienda:
—¡Eric! ¿Eres tú?
Ginnie supuso que era el hermano de Selena, a quien ella no conocía. Cruzó sus largas piernas, arregló los bajos de su abrigo sobre las rodillas y esperó.
Un joven con gafas, en pijama, descalzo, se precipitó en la habitación, con la boca abierta.
—Diablos, creí que era Eric—dijo. Sin detenerse y con un aire extremadamente lamentable, siguió a través de la habitación apretando algo contra su pecho estrecho. Se sentó en el otro extremo del sofá.
—Acabo de cortarme este asqueroso dedo—dijo con cierta ansiedad. Miró a Ginnie como si fuera natural que la joven estuviera sentada allí—. ¿Alguna vez te has cortado un dedo? ¿Hasta el hueso?—preguntó. Su voz chillona contenía un verdadero ruego, como si Ginnie, con su respuesta, pudiera evitarle la desagradable tarea de romper el hielo.
Ginnie lo contempló extrañada.
—Bueno, no precisamente hasta el hueso—dijo—. Pero me he cortado.
Era el muchacho, o el hombre—le era difícil determinarlo—, más cómico que había visto jamás. Tenía el pelo revuelto como si acabara de levantarse, y una barba rala y rubia, como de dos días o más. Su aspecto era... bueno, parecía un tonto.
—¿Cómo te has cortado?—preguntó Ginnie.
Con la boca floja y entreabierta, tenía la vista fija en el dedo lastimado.
—¿Qué?—dijo él.
—¿Cómo te has cortado?
—¿Cómo diablos puedo saberlo?—dijo, dando a entender con su entonación que la respuesta a esa pregunta era irremisiblemente oscura—. Buscaba algo en la asquerosa papelera, y estaba llena de hojas de afeitar.
—¿Eres hermano de Selena?—preguntó Ginnie.
—Sí, diablos, me estoy desangrando. No te vayas. Tal vez necesite una de esas inmundas transfusiones.
—¿Te has puesto algo?
El hermano de Selena apartó un poco la mano herida del pecho y se quitó la venda para que Ginnie disfrutara de su aspecto.
—Sólo papel higiénico—dijo—. Para la sangre. Como cuando uno se corta al afeitarse —de nuevo miró a Ginnie—. ¿Quién eres?—preguntó—, ¿amiga de esa estúpida?
—Vamos a la misma clase.
—¿Sí? ¿Cómo te llamas?
—Virginia Maddox.
—¿Eres Ginnie?—dijo, observándola con los ojos entrecerrados tras las gafas—. ¿Eres Ginnie Maddox?
—Sí—dijo Ginnie, descruzando las piernas.
El hermano de Selena volvió a fijarse en el dedo, evidentemente su verdadero y único centro de atención.
—Conozco a tu hermana—le dijo con tono de indiferencia—. Es una asquerosa esnob.
Ginnie se enderezó.
—¿Quién?
—Ya me has oído.
—Mi hermana no es una esnob.
—Vaya si lo es—dijo el hermano de Selena.
—No lo es.
—¡Ya lo creo! Es la reina. La reina de todas las esnobs.
Ginnie observaba cómo levantaba los gruesos pliegues de papel higiénico y miraba por debajo.
—¡Ni siquiera conoces a mi hermana!
—¿Que no la conozco?
—¿Cómo se llama?... ¿Cuál es su nombre de pila? —preguntó Ginnie enfáticamente:
—Joan... Joan, la esnob.
Ginnie se calló.
—¿Cómo es?—preguntó de pronto.
No hubo respuesta.
—¿Cómo es?—insistió Ginnie.
—Si fuera la mitad de bonita de lo que cree ser, tendría una suerte endiablada—dijo el hermano de Selena.
Esta respuesta alcanzaba el nivel de interesante, según la opinión secreta de Ginnie.
—Nunca la oí hablar de ti—dijo.
—¡No me digas! Se me parte el corazón.
—De todos modos, está comprometida—dijo Ginnie, observándolo—. Se casa el mes que viene.
—¿Con quién?—preguntó él, levantando los ojos.
Ginnie aprovechó la ocasión:
—Con nadie a quien tú conozcas.
De nuevo empezó él a escarbar su obra de primeros auxilios:
—Lo compadezco—dijo.
Ginnie resopló.
—Sigue sangrando como un loco. ¿Crees que tendría que ponerle algo? ¿Qué será bueno? ¿Crees que la mercromina servirá de algo?
—El yodo es mejor—dijo Ginnie. Luego, pensando que su respuesta era demasiado cortés dadas las circunstancias, añadió:—Para eso la mercromina no sirve de nada.
—¿Por qué no? ¿Qué tiene?
—Simplemente, que para eso no sirve, nada más. Ahí hay que poner yodo.
—Pero escuece muchísimo, ¿no?—preguntó, mirando a Ginnie—. ¿No quema como el demonio?
—Si —dijo Ginnie—, pero no te vas a morir por eso.
Sin ofenderse, al parecer, por el tono de voz de Ginnie, el hermano de Selena dedicó otra vez su atención al dedo lastimado.
—Si quema, no me gusta—dijo.
—A nadie le gusta.
—Así es—dijo, asintiendo con la cabeza.
Ginnie lo observó por un instante.
—Deja de tocarte—exclamó repentinamente.
El hermano de Selena apartó la mano sana como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Se irguió un poco o mejor dicho, se repantigó un poco menos. Fijó la vista en algún objeto situado en el otro lado de la habitación. Una expresión casi soñadora inundó sus facciones irregulares. Metió la uña del dedo índice de la mano sana en el intersticio entre los incisivos, sacó una partícula de comida y se volvió hacia Ginnie.
—¿Ya has comido?—preguntó.
—¿Como?
—Que si ya has comido..
Ginnie negó con la cabeza.
—Comeré cuando llegue a casa—dijo—. Mi madre siempre me tiene la comida lista cuando llego.
—Tengo medio bocadillo de pollo en mi cuarto. ¿No lo quieres? Ni lo he tocado.
—No, gracias. De verdad.
—Vamos, acabas de jugar al tenis. ¿No tienes hambre?
—No es eso—dijo Ginnie, cruzando las piernas—. Es que mi madre me tiene la comida lista cuando llego a casa. Quiero decir que, si no tengo hambre cuando llego, se pone mala.
Al parecer, el hermano de Selena aceptó esa explicación. Por lo menos, asintió con la cabeza y miró hacia otro lado. Pero de pronto se volvió:
—¿Y un vaso de leche?—dijo.
—No, gracias... pero te lo agradezco.
Luego, distraídamente, él se inclinó y se rascó el tobillo desnudo.
—¿Cómo se llama ese tipo con el que se va a casar? —preguntó.
—¿Quién...? ¿Joan?—dijo Ginnie—. Dick Heffner.
El hermano de Selena continuó rascándose el tobillo.
—Es un capitán de fragata—dijo Ginnie.
—¡Qué bárbaro!
Ginnie lanzó una risita. Lo miró rascarse el tobillo hasta que se le puso rojo. Cuando empezó a arrancarse con una uña una costrita que tenía en la piel, dejó de mirarlo.
—¿De qué conoces a Joan?—preguntó—. Nunca te vi en casa ni en ningún otro sitio.
—Nunca estuve en tu asquerosa casa.
Ginnie esperó, pero no hubo nada después de esta.
—¿Dónde la conociste, entonces?—preguntó.
—En una fiesta.
—¿En una fiesta? ¿Cuándo?
—No sé. En la Navidad del 42.
Con dos dedos sacó del bolsillo superior del pijama un cigarrillo que parecía haber pasado allí toda la noche.
—¿Me tiras esos fósforos?—dijo.
Ginnie le pasó una cajita de fósforos que estaba sobre la mesa junto a ella. Encendió el arrugado cigarrillo y guardó el fósforo quemado en la cajita. Inclinando la cabe za hacia atrás, exhaló lentamente una enorme cantidad de humo por la boca y lo inhaló por la nariz. Siguió fumando en este estilo «a la francesa». Muy probablemente no era una escena de vodevil en un sofá, sino más bien la exhibición privada de un joven que, en un momento u otro, podía haber intentado afeitarse con la mano izquierda.
—¿Por qué dices que Joan es esnob?—preguntó Ginnie.
—¿Por qué? Porque lo es. ¿Cómo diablos voy a saber por qué?
—Sí, pero ¿por qué dices que lo es?
Volvió con cansancio la cabeza hacia ella.
—Escucha. Le escribí ocho malditas cartas. Ocho. No me contestó ni una.
Ginnie vaciló.
—Bueno, a lo mejor tenía mucho que hacer.
—Claro, estaría ocupada como una laboriosa abejita de mierda.
—¿Tienes necesidad de hablar de esa manera?—preguntó Ginnie.
—¡Mierda, es verdad que hablo mal!
Ginnie se echó a reír.
—De todas maneras, ¿cuánto tiempo hace que la conoces?
—Bastante tiempo.
—Quiero decir, ¿la has llamado por teléfono o algo por el estilo?
—No.
—Bueno, si nunca la llamaste ni nada...
—¡No podía hacerlo, diablos!
—¿Por qué no?
—¡Porque ni siquiera estaba en Nueva York!
—Ah... ¿Y dónde estabas?
—¿Yo? En Ohio.
—¿En la universidad?
—No. Lo dejé.
—¿En el ejército?
—No—con la mano que sostenía el cigarrillo, el hermano de Selena se dio un golpecito en el costado izquierdo del pecho—. La maquinita—dijo.
—¿El corazón?—preguntó Ginnie—. ¿Qué le pasa?
—No sé qué diablos le pasa. Tuve fiebre reumática cuando era pequeño. Un dolor infernal en...
—Bueno, pero ¿no tienes que dejar de fumar? ¿No te dijeron que no debes fumar más y todo eso? El médico le dijo a mi...
—Oh, te dicen un montón de chorradas—dijo él.
Ginnie dejó de ametrallarlo durante un breve momento. Muy breve.
—Y, en Ohio, ¿qué hacías?—preguntó.
—¿Yo? Trabajaba en una asquerosa fábrica de aviones.
—¿En serio?—dijo Ginnie—. ¿Te gustaba?
—«¿Te gustaba?»—remedó él—. Me encantaba. Adoro los aviones. Son tan «ricos»...
Ginnie estaba demasiado interesada ahora como para sentirse ofendida.
—¿Cuánto tiempo trabajaste? En la fábrica de aviones, quiero decir.
—Diablos, no sé. Treinta y siete meses—se puso de pie y se acercó a la ventana. Miró hacia la calle mientras se rascaba la columna vertebral con el pulgar—. Míralos —dijo—. Imbéciles de mierda.
—¿Quiénes?—dijo Ginnie.
—Yo qué sé. Cualquiera.
—Si pones el dedo hacia abajo va a sangrarte de nuevo —dijo Ginnie.
La escuchó. Apoyó el pie izquierdo en el reborde de la ventana y descansó su mano herida sobre el muslo en posición horizontal. Seguía mirando hacia la calle.
—Todos van a esa inmunda oficina de reclutamiento —dijo—. En la próxima pelearemos con los esquimales. ¿No lo sabías?
—¿Con quiénes?—dijo Ginnie.
—Con los esquimales... presta atención, ¡demonios!
—¿Por qué con los esquimales?
—Yo que sé. ¿Cómo diablos voy a saberlo? Esta vez van a ir todos los viejos. Los tipos de sesenta años. No podrá ir nadie si no anda por los sesenta—dijo—. Les darán menos horas de trabajo, nada más... Es fenomenal.
—Tú no irías de todos modos —replicó Ginnie, quien no quería decir más que la verdad, aunque sabía, aun antes de terminar la frase, que había dicho lo que no debía.
—Ya lo sé—dijo rápidamente, y bajó el pie. Subió un poco la ventana y arrojó el cigarrillo a la calle. Después se volvió—: Oye. Hazme un favor. Cuando venga ese tipo, dile que estaré listo en dos segundos, ¿quieres? Sólo tengo que afeitarme, nada más. ¿De acuerdo?
Ginnie asintió.
—¿Quieres que le diga a Selena que se dé prisa o algo? ¿Sabe que estás aquí?
—Sí, ya lo sabe—dijo Ginnie—. Y no tengo prisa. Gracias.
El hermano de Selena asintió. Acto seguido echó una última y larga mirada a su dedo herido, como para comprobar que estaba en condiciones de efectuar el viaje de vuelta a su habitación.
—¿Por qué no le pones una venda adhesiva? ¿No tienes una o cualquier otra cosa?
—Noo...—dijo—. Bueno. Cuídate—y salió de la habitación.
Pocos segundos después estaba de vuelta con el medio bocadillo en la mano.
—Cómetelo—dijo—. Está bueno.
—En realidad, no tengo...
—¡Demonios, tómalo! No le he puesto veneno ni nada por el estilo.
—Bueno, te lo agradezco mucho—dijo Ginnie, aceptando el medio bocadillo.
—Es de pollo—explicó de pie junto a ella, observándola—. Lo compré anoche en una asquerosa Delikatessen.
—Tiene muy buen aspecto.
—Bueno, ¡cómelo, entonces!
Ginnie le dio un mordisco.
—Está bueno, ¿verdad?
Ginnie tragó con gran dificultad.
—Muy bueno—dijo.
El hermano de Selena asintió. Paseó la mirada por la habitación, rascándose el pecho.
—Bueno, supongo que tendré que vestirme... ¡Maldita sea! ¡El timbre! ¡Abur!—Desapareció.
Al quedarse sola, Ginnie miró a su alrededor, sin levantarse, en busca de un buen sitio donde arrojar el bocadillo. Oyó que alguien venía a través del vestíbulo. Metió el bocadillo en el bolsillo de su abrigo.
Un hombre de unos treinta años, ni alto ni bajo, entró en la habitación. Sus facciones regulares, el corte de su traje, su cabello corto, el dibujo de su foulard no daban ninguna información precisa sobre él. Podía pertenecer a la redacción de una revista, o ser aspirante a redactor. Quizá estuviera en el elenco de una obra de teatro que acababa de representarse en Filadelfia, o tal vez trabajase en un bufete de abogado.
—Hola—dijo, cordialmente, a Ginnie.
—Hola.
—¿Has visto a Franklin?—preguntó.
—Está afeitándose. Me dijo que te dijera que lo esperaras. En seguida sale.
—¿Afeitándose? Dios mío—el joven consultó su reloj. Luego se sentó en un sillón tapizado de rojo, cruzó las piernas y se cubrió la cara con las manos. Se frotó los párpados con las puntas de los dedos como si estuviera muy cansado o como si hubiera estado forzando los ojos—. Esta mañana ha sido la más horrible de toda mi vida—dijo, quitándose las manos de la cara. Hablaba exclusivamente con la laringe, como si estuviera demasiado cansado como para poner en sus palabras el aire de sus pulmones.
—¿Qué pasó?—preguntó Ginnie, mirándolo.
—Es demasiado largo de contar. Por norma, nunca aburro a la gente que no conozco desde hace por lo menos mil años —miró vagamente hacia la ventana—. Pero nunca intentaré, ni por asomo, juzgar a la naturaleza humana. Puedes decírselo tranquilamente a quien quieras.
—¿Qué pasó?—repitió Ginnie.
—Es una persona que está compartiendo el piso conmigo desde hace meses y meses y meses... Ni siquiera quiero comentar el tema... Este escritor—agregó con satisfacción, acordándose probablemente de la maldición favorita de una novela de Hemingway.
—¿Qué hizo?—repitió Ginnie.
—Francamente, ahora preferiría no entrar en detalles —dijo el joven. Sacó un cigarrillo de su paquete, sin hacer caso de una pitillera transparente que había sobre la mesa, y le prendió fuego con su propio encendedor. Sus manos eran grandes. No parecían fuertes, ni hábiles, ni sensibles. Y, sin embargo, las usaba como si tuvieran un poder estético propio, incontrolable—. Me he propuesto no pensar siquiera en ese asunto. Pero estoy tan furioso...—dijo—. Fíjate: aparece este personaje espantoso de Altoona, Pensilvania, o de algún lugar así. Muerto de hambre, al parecer. Yo fui lo bastante decente y bondadoso (soy el buen samaritano auténtico) para aceptarlo en mi piso, un piso tan microscópico que apenas puedo moverme yo mismo dentro de él. Lo presento a todos mis amigos. Dejo que llene toda la casa con sus horrorosos originales, sus colillas, las porquerías que come y todo lo demás. Lo presento a cuanto productor teatral hay en Nueva York. Le llevo y le traigo sus inmundas camisas de la lavandería. Y encima de todo eso...—el hombre se calló—. Y el producto de toda mi amabilidad y decencia—siguió—es que se va de mi casa a las cinco o a las seis de la mañana, sin dejar siquiera una carta, llevándose todo, absolutamente todo lo que pudo coger con sus puercas manos—hizo una pausa para aspirar el humo de su cigarrillo y luego lo echó por la boca en una delgada y silbante nube—. No quiero hablar de eso. En serio, no quiero—miró a Ginnie—. Me encanta tu abrigo—dijo, ya de pie. Se acercó a ella y tomó la solapa del abrigo entre los dedos—. Es precioso. Es el primer pelo de camello realmente bueno que veo desde la guerra. ¿Dónde lo conseguiste?
—Lo trajo mi madre de Nassau.
El hombre asintió pensativo y retrocedió hasta su silla.
—Es uno de los pocos lugares donde se puede conseguir pelo de camello realmente bueno—dijo. Se sentó—. ¿Estuvo mucho tiempo?
—¿Cómo?—dijo Ginnie.
—¿Estuvo tu madre allí mucho tiempo? Te lo pregunto porque mi madre estuvo en diciembre. Y parte de enero. Generalmente yo voy con ella, pero este año fue tan agitado que no pude ir.
—Estuvo en febrero—dijo Ginnie.
—Bárbaro. ¿Sabes dónde se hospedó?
—En casa de mi tía.
Movió la cabeza.
—¿Puedo saber tu nombre? Supongo que eres amiga de la hermana de Franklin.
—Estamos en la misma clase—dijo Ginnie, contestando solamente la segunda parte de la pregunta.
—Tú eres la famosa Maxine de la que Selena habla tanto, ¿verdad?
—No—dijo Ginnie.
De pronto el joven empezó a sacudirse los bajos del pantalón con la palma de la mano.
—Estoy de pelos de perro de la cabeza a los pies—dijo—. Mi madre fue a pasar el fin de semana a Washington y me dejó la bestia en el piso. En realidad, es muy cariñoso. Pero tiene costumbres inmundas. ¿Tienes perro?
—No.
—Realmente pienso que es una crueldad tenerlos en la ciudad—dejó de sacudirse el pelo, se recostó en el asiento y miró nuevamente su reloj—. Este chico nunca es puntual. Vamos a ver La bella y la bestia, de Cocteau. Es la única película que merece la pena que uno llegue a tiempo. ¿La has visto?
—No.
—Tienes que verla. Yo la he visto ocho veces. Genio puro genio—dijo—. Hace meses que trato de que Franklin la vea—movió la cabeza con desencanto—. ¡El gusto que tiene! Durante la guerra, los dos trabajábamos en el mismo sitio horroroso y él insistía en llevarme a ver las películas más increíbles del mundo. Vimos películas de pistoleros, musicales...
—¿También trabajabas en la fábrica de aviones?—preguntó Ginnie.
—Sí, claro. Durante años y años y años. Por favor, no hablemos de eso.
—¿Tú también tienes un problema cardíaco?
—No, por favor. Toco madera—golpeó dos veces un brazo del sillón—. Soy fuerte como un...

Al entrar Selena en la habitación, Ginnie se levantó inmediatamente y se dirigió a su encuentro. Selena se había puesto un vestido en lugar de los shorts, detalle que normalmente habría molestado a Ginnie.
—Lamento haberte hecho esperar—dijo Selena sin sinceridad—. Pero tuve que esperar a que mamá se despertara... Hola, Eric.
—¡Hola, hola!
—De todos modos, el dinero no lo quiero—dijo Ginnie, en voz baja para que sólo la oyera Selena.
—¿Cómo?
—Estuve pensando. Después de todo, tú siempre traes las pelotas de tenis. Me había olvidado.
—Como dijiste que yo, en cualquier caso, no las pagaba...
—Acompáñame a la puerta—dijo Ginnie, dirigiéndose a la puerta, sin decir adiós a Eric.
—¿Pero no dijiste que esta noche ibas al cine y necesitabas el dinero y qué sé yo?—dijo Selena en el vestíbulo.
—Estoy muy cansada—dijo Ginnie. Se inclinó y recogió todas sus cosas de tenis—. Escúchame. Te llamaré después de la cena. ¿Haces algo especial esta noche? A lo mejor, me doy una vuelta por aquí.
Selena la miró extrañada y dijo:
—De acuerdo.
Ginnie abrió la puerta del piso y caminó hasta el ascensor. Apretó el botón.
—He conocido a tu hermano—dijo.
—¿De veras? ¿No te parece un personaje?
—Por cierto, ¿a qué se dedica?—preguntó Ginnie con fingido descuido—. ¿Trabaja o qué?
—Acaba de abandonar los estudios. Papá quiere que vuelva a la universidad, pero él no va a ir.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Dice que está muy viejo y todo eso.
—¿Cuántos años tiene?
—No sé. Veinticuatro.
Se abrieron las puertas del ascensor.
—¡Te llamaré más tarde!—dijo Ginnie.
Una vez fuera del edificio empezó a caminar hacia la avenida Lexington para tomar el autobús. Entre la Tercera y Lexington metió la mano en el bolsillo para sacar el monedero y encontró el bocadillo. Lo extrajo y empezó a bajar la mano para dejarlo caer en la calle, pero volvió a guardardo en el bolsillo. Pocos años atrás, le había llevado tres días tirar el pollito de Pascua que había encontrado muerto en el serrín del fondo de papelera.

Para Esmé, con amor y sordidez
J. D. Salinger
Hace poco recibí por vía aérea una invitación para asistir a una boda que se celebrará en Inglaterra el dieciocho de abril. Me hubiera gustado mucho asistir y, al principio, cuando llegó la invitación, pensé que tal vez podría realizar el viaje, por avión, sin reparar en gastos. Pero desde entonces he tratado el asunto bastante detenidamente con mi mujer—una chica muy sensata—y decidimos que no iría; simplemente, había olvidado por completo que mi suegra esperaba ansiosamente el momento de pasar con nosotros la segunda quincena de abril. En realidad, no tengo demasiadas oportunidades de ver a mamá Grencher, y ella cada día es un poco mayor. Tiene cincuenta y ocho años (como ella misma es la primera en confesar).
Pero, de todos modos, donde quiera que esté, no soy de las personas que no mueven un dedo para evitar que fracase una boda. Así que puse manos a la obra e hice algunos reveladores apuntes sobre la novia tal como la conocí hace ya casi seis años. Si estos apuntes le proporcionan al novio, a quien no conozco, uno o dos momentos de malestar, tanto mejor. Aquí nadie intenta complacer a nadie, sino más bien edificar, instruir.
En abril de 1944 yo formaba parte de un grupo de unos reclutas norteamericanos que participaban en un curso de entrenamiento «pre-invasión», bastante especializado, bajo la dirección del Servicio de Inteligencia inglés, en Devon, Inglaterra. Cuando me pongo a pensar en el grupo creo que todos éramos bastante singulares, en el sentido de que no había un sólo tipo sociable. Todos éramos por naturaleza escritores de cartas, y cuando nos hablábamos por motivos ajenos al servicio, casi siempre era para pedirle a alguien un poco de tinta que no le hiciera falta. Cuando no estábamos escribiendo cartas o asistiendo a clase, cada uno andaba generalmente en lo suyo. Yo aprovechaba los días buenos para dar vueltas por los alrededores. Cuando llovía buscaba un lugar a cubierto y me ponía a leer algún libro, a veces a pocos pasos de una mesa de ping-pong
El curso de entrenamiento duró tres semanas y terminó un sábado especialmente lluvioso. A las siete de la tarde todo nuestro grupo debía tomar el tren a Londres, donde, según se rumoreaba, íbamos a ser destinados a las divisiones de infantería y de paracaidistas organizadas para el día de la invasión. A las tres de la tarde ya había guardado todas mis pertenencias en mi macuto, incluyendo una funda para máscara anti-gas repleta de libros que yo había traído conmigo desde el otro lado del océano. (La máscara anti-gas había sido arrojada unas semanas antes por un ojo de buey del Mauretania, pues yo sabía perfectamente que si el enemigo, alguna vez, llegaba a emplear gases asfixiantes, jamás podría ponerme a tiempo el maldito aparato.) Recuerdo haberme quedado de pie durante mucho tiempo junto a la ventana en un extremo de nuestro barracón, mirando caer la lluvia inclinada y pertinaz, con un ligero escozor apenas o nada perceptible en el dedo del gatillo. Podía oír a mis espaldas el poco acogedor rasgar de muchas estilográficas sobre muchas hojas de papel de avión. De pronto, sin tener un plan definido, me aparté de la ventana y me puse el impermeable, la bufanda de cachemira, las botas de agua, los guantes de lana y el gorro (el cual, según me dijeron, yo llevaba con una inclinación particular, ligeramente hundido sobre las orejas). Acto seguido, después de sincronizar mi reloj con el de la letrina, me dirigí hacia el pueblo bajando por la larga cuesta adoquinada, mojada por la lluvia. No presté atención a los relámpagos que estallaban a mi alrededor. Los rayos o están destinados a uno, o no lo están.
En el centro del pueblo, tal vez la parte más mojada del lugar, me detuve frente a una iglesia para leer los avisos de la pizarra, porque me habían llamado la atención los números, blancos sobre fondo negro, y también porque, al cabo de tres años de ejército, me había aficionado a leer los avisos de las pizarras. A las tres y cuarto, decía el anuncio, iba a ensayar el coro infantil. Miré mi reloj, y después otra vez la pizarra. Habían clavado con chinchetas una hoja de papel con los nombres de los niños que debían participar. De pie bajo la lluvia leí todos los nombres y luego entré en la iglesia.
Sentados en los bancos había más o menos una docena de adultos, la mayoría de ellos con pequeñas botas de agua sobre las rodillas, con las suelas hacia arriba. Pasé de largo y me senté en la primera fila. Sobre el podio, sentados en tres filas compactas de sillas, había unos veinte chicos, la mayoría niñas, de siete a trece años de edad, más o menos. En ese momento la instructora del coro, una mujer enorme con un traje de tweed, les aconsejaba que al cantar abrieran la boca todo lo posible. ¿Alguna vez, preguntó, alguien oyó hablar de algún pajarito que se atreviera a cantar su hermoso canto sin abrir su piquito mucho, mucho, mucho? Al parecer, nadie había oído hablar nunca de tal cosa. La mujer recibió como respuesta una mirada colectiva firme y opaca. Luego continuó diciendo que quería que todos sus niños captaran el significado de las palabras que cantaban, y que no se limitaran a repetirlas como loritos. En seguida hizo sonar una nota en el diapasón y los chicos, como si fuesen levantadores de pesas, alzaron sus libros de himnos.
Cantaron sin acompañamiento instrumental o, más exactamente, sin interferencias. Sus voces eran melodiosas y sin sentimiento. Posiblemente un hombre más religioso que yo hubiera caído en trance sin demasiado esfuerzo. Alguno que otro de los más pequeños se retrasaba un poco, pero únicamente la madre del compositor se lo hubiera reprochado. Nunca hasta entonces había oído ese himno, pero estaba deseando que tuviera una docena o más de estrofas. Mientras escuchaba, escudriñé las caras de todos los niños. Me atrajo particularmente la atención la de la niña más próxima a mí, situada en el último asiento de la fila de delante. Tendría unos trece años, con un pelo rubio ceniciento que le caía hasta el lóbulo de la oreja, una frente exquisita y unos ojos aburridos que, pensé, muy posiblemente ya habrían hecho el recuento de los que estaban presentes en la sala. Su voz se destacaba de la de los otros chicos, y no solamente porque estaba más cerca de mí. Tenía el mejor registro alto, el más seguro, el más dulce, y automáticamente guiaba a los demás. Pero la jovencita parecía estar levemente hastiada de su propia capacidad para cantar, o tal vez simplemente de estar allí. Dos veces, entre una estrofa y otra, la vi bostezar. Era un bostezo de dama, con la boca cerrada, pero uno no podía equivocarse: las aletas de la nariz la delataban.
Apenas terminó el himno, la instructora empezó a dar su extensa opinión sobre la gente que no puede tener los pies quietos y la boca cerrada durante el sermón del pastor. Comprendí que había terminado la parte cantada de la función y antes de que la voz disonante de la instructora lograra romper del todo el hechizo del canto de los niños, me levanté y salí de la iglesia.
Llovía con más fuerza. Bajé por la calle y miré a través de la vidriera de la sala de juegos de la Cruz Roja, pero había soldados agolpados de a tres en fondo frente al mostrador. Incluso a través del cristal podía oír las pelotas de ping-pong que rebotaban en la otra habitación. Crucé la calle y entré en una cafetería de civiles, totalmente desierta salvo una camarera de mediana edad que me dio la sensación de que hubiera preferido un cliente con el impermeable seco. Lo colgué con el máximo cuidado de un perchero y después me senté a una mesa y pedí té y tostadas con canela. Era la primera vez que hablaba con alguien en todo el día. Después hurgué en todos mis bolsillos, incluso los del impermeable, y por fin encontré dos o tres cartas marchitas para releer, una de mi mujer, que contaba qué mal estaba el servicio en el restaurante de Schraffts, y una de mi suegra, que pedía que por favor le mandara un tejido de cachemira en cuanto pudiera escaparme del «campamento».
Estaba todavía en mi primera taza de té, cuando entró en la cafetería la jovencita del coro que yo había estado mirando y escuchando. Traía el pelo empapado y se le veían los bordes de ambas orejas. Venía con un niño muy pequeño, sin ninguna duda su hermano, al que le quitó el gorro, levantándolo con dos dedos, como si fuera un espécimen de laboratorio. Atrás venía una mujer de aspecto eficiente, con un sombrero de fieltro de ala baja, presuntamente su institutriz. La chica del coro, quitándose el abrigo mientras caminaba, eligió la mesa. Una buena elección desde mi punto de vista, ya que estaba justamente frente a mí, a unos tres metros. Ella y la institutriz se sentaron. El chiquillo, que tendría cinco años, aún no estaba listo para sentarse. Se apartó y se quitó la bufanda, luego, con la expresión impávida de quien ha nacido para fastidiar a los demás, se dispuso metódicamente a molestar a la institutriz empujando varias veces su silla hacia delante y hacia atrás, mientras la observaba atentamente. La institutriz, sin levantar la voz, le ordenó dos o tres veces que se sentara y que, de una vez por todas, dejar a de jorobar, pero sólo cuando le habló su hermana desistió y depositó el trasero en el asiento. Inmediatamente tomó la servilleta y se la puso en la cabeza. Su hermana la recogió, la abrió y se la colocó extendida sobre los muslos.
Cuando les trajeron el té, la jovencita del coro descubrió que yo los estaba mirando. Me miró a su vez fijamente, con esos ojos escrutadores que tenía, y luego, de pronto, me dedicó una pequeña y especial sonrisa. Era una sonrisa curiosamente radiante, como a veces lo son esas pequeñas y especiales sonrisas. Yo le respondí con otra sonrisa, mucho menos radiante, tapándome con el labio superior un empaste provisional, negro como el carbón, que me habían hecho en el ejército entre dos dientes delanteros. De pronto me di cuenta de que la jovencita estaba de pie, con envidiable aplomo, junto a mi mesa. Tenía puesto un vestido escocés, creo que con los colores del clan Campbell. Me pareció un vestido maravilloso para una señorita tan joven en un día tan, tan lluvioso.
—Creía que los norteamericanos odiaban el té.
No era la observación de una marisabidilla, sino de una persona que amaba la verdad o las estadísticas. Le dije que algunos no tomábamos nada más que té. Le pregunté si quería acompañarme. Respondió:
—Gracias. Tal vez sólo por un momento.
Me incorporé y le retiré una silla, la que estaba frente a mí, y se sentó en el borde, manteniendo la columna dorsal fácil y primorosamente derecha. Volví casi corriendo a mi propia silla, más que dispuesto a participar en la conversación. Aunque una vez sentado no se me ocurrió nada que decir. Sonreí de nuevo, ocultando siempre el empaste renegrido. Comenté que, por cierto, hacía un tiempo terrible fuera.
—Sí, efectivamente—dijo mi invitada, con el tono claro, inconfundible, de quien aborrece la charla intrascendente. Apoyó los dedos en el borde de la mesa, como en una sesión de espiritismo, y luego, casi instantáneamente, cerró las manos: tenía las uñas comidas hasta la carne. Usaba un reloj pulsera de aspecto militar, que parecía más bien un cronómetro marino. La esfera era demasiado grande para su muñeca menuda.
—Usted estuvo presente en el ensayo del coro—dijo a título de mera información—. Yo lo vi.
Dije que efectivamente había estado allí y que había notado cómo su voz se destacaba de las otras. Le dije que en mi opinión su voz era muy bonita.
Asintió con la cabeza:
—Lo sé. Voy a ser cantante profesional.
—¿De veras? ¿Ópera?
—No, por Dios. Voy a cantar jazz en la radio y a ganar mucho dinero. Y cuando tenga treinta años me voy a retirar y viviré en un rancho en Ohio.—Se tocó la coronilla húmeda con la mano abierta—. ¿Conoce Ohio?—preguntó.
Le dije que había pasado por allí en el tren algunas veces, pero que en realidad no lo conocía. Le ofrecí una tostada con canela.
—No, gracias—dijo—. En realidad soy como un pajarito para comer.
Yo mordí una tostada, y le comenté que en los alrededores de Ohio hay algunos sitios bastante salvajes.
—Ya sé. Me lo dijo un norteamericano que conocí. Usted es el undécimo norteamericano que conozco.
La institutriz le hacía ahora apremiantes señales de que volviera a su mesa, en fin, de que dejara de molestar al señor. Mi invitada, no obstante, desplazó tranquilamente su silla dos o tres centímetros de modo que su espalda interrumpió toda posible comunicación con la mesa de origen.
—Usted va a esa escuela del Servicio de Inteligencia ahí, en el cerro, ¿no?—preguntó con displicencia.
Yo, bastante convencido de la necesidad de no hablar de más en tiempos de guerra, dije que estaba en Devonshire por motivos de salud.
—¿De veras?—dijo—. No nací ayer, ¿sabe?
Le dije que, por supuesto, sabía que no había nacido ayer. Bebí un sorbo de té. Me estaba intimidando un poco mi posición y entonces me senté algo más derecho en la silla.
—Para ser norteamericano, parece usted bastante inteligente—murmuró mi invitada, pensativa.
Le dije que eso me parecía una cosa demasiado afectada para decir, si uno lo pensaba un poco, y que yo confiaba en que no fuera digna de ella.
Se sonrojó, proporcionándome automáticamente el aplomo que me había estado faltando.
—En realidad... la mayoría de los americanos que he visto se comportan como animales. Se pasan el tiempo dándose trompazos unos a otros, insultando a todo el mundo y... ¿sabe qué hizo uno de ellos?—Moví negativamente la cabeza.
—Arrojó una botella de whisky vacía a través de la ventana de mi tía. Por suerte, la ventana estaba abierta. Dígame, ¿a usted le parece una cosa inteligente?
No parecía serlo especialmente, pero no se lo dije. Le dije que había muchos soldados, en todo el mundo, que estaban lejos de sus hogares, y que muy pocos habían podido disfrutar verdaderamente de la vida. Le dije que creía que la mayoría de las personas podía imaginárselo por su cuenta.
—Posiblemente —dijo mi invitada, sin convicción. Nuevamente se puso la mano sobre el pelo húmedo, separó algunos rubios y finos mechones y trató de cubrirse los bordes de las orejas—. Tengo el pelo empapado—dijo—. Debo de tener un aspecto horrible.—Me miró—. Mi pelo es completamente ondulado cuando está seco.
—Ya me doy cuenta, ya lo veo.
—En realidad, no rizado, sino ondulado—dijo—. ¿Es usted casado?
Dije que sí.
Asintió con la cabeza.
—¿Está usted profundamente enamorado de su mujer? ¿Le estoy haciendo preguntas demasiado indiscretas?
Le dije que cuando considerara que lo eran, se lo diría.
Adelantó las manos y las muñecas hacia el centro de la mesa, y recuerdo que quise hacer algo con ese enorme reloj pulsera que llevaba puesto... posiblemente aconsejarle que se lo pusiera en la cintura.
—Por lo general, no soy muy gregaria—dijo, y me miró como tratando de ver si yo conocía el significado de la palabra. Yo no le di a entender nada sin embargo, ni en un sentido ni en otro—. Me acerqué pura y simplemente porque parecía estar usted muy solo. Se le ve en el rostro que es muy sensible.
Dije que tenía razón, que efectivamente me había sentido muy solo, y que me alegraba mucho de que ella hubiera venido a mi mesa.
—Estoy tratando de ser más compasiva. Mi tía dice que soy terriblemente fría—dijo, y de nuevo se tocó la cabeza—. Vivo con mi tía. Es una mujer sumamente bondadosa. Desde que murió mamá, ha hecho todo lo posible para que Charles y yo nos sintamos adaptados.
—Me alegro.
—Mi madre era terriblemente inteligente. Muy sensual, en muchos sentidos.—Me miró con una especie de fresca agudeza—. ¿Yo le parezco terriblemente fría?
Le dije que no, en absoluto, muy al contrario. Le dije mi nombre y le pregunté el suyo.
Vaciló.
—Mi primer nombre es Esmé. Creo que, por el momento, no voy a decirle mi nombre completo. Tengo un título nobiliario y a lo mejor a usted le impresionan los títulos. A los norteamericanos les suele ocurrir, ¿no es cierto?
Dije que no creía que me ocurriera a mí, pero que, de todos modos, podría ser una buena idea no tocar el asunto del título por ahora.
En ese preciso momento, sentía el cálido aliento de alguien en mi nuca. Me volví, y pude evitar a tiempo un choque entre mi nariz y la del hermanito de Esmé.
Ignorándome, el chico se dirigió a su hermana con una voz atiplada:
—La señorita Megley dice que vuelvas y termines de tomar el té.—Transmitido el mensaje, se instaló en la silla que estaba entre su hermana y la mía, a mi derecha. Lo miré con bastante interés. Estaba muy elegante con unos pantalones cortos castaños, jersey azul marino, camisa blanca y corbata a rayas. Me devolvió la mirada con unos inmensos ojos verdes—. ¿Por qué en las películas la gente besa de lado?—preguntó.
—¿De lado?—dije—. Era un problema que me había intrigado en mi infancia. Dije que suponía que era porque las narices de los actores resultan demasiado grandes como para que puedan besarse de frente.
—Su nombre es Charles—dijo Esmé—. Es sumamente brillante para su edad.
—La verdad es que tiene los ojos verdes. ¿No es así Charles?—dije yo.
Me clavó la impávida mirada que merecía mi pregunta y después se fue escurriendo hacia delante y hacia a bajo en la silla hasta que todo su cuerpo quedó debajo de la mesa salvo la cabeza, apoyada sobre el asiento, como en una llave de lucha grecorromana.
—Son anaranjados—dijo, con voz forzada, dirigiéndose al cielo raso. Con una punta del mantel se cubrió la carita inexpresiva.
—A veces es brillante y a veces no—dijo Esmé—. ¡Charles, siéntate derecho!
Charles se quedó donde estaba. Parecía contener la respiración.
—Echa mucho de menos a nuestro padre. Lo mataron en África del Norte.
Expresé mi pesar por la noticia.
Esme asintió.
—Papá lo adoraba.—Con aire pensativo se mordió la cutícula del pulgar—. Se parece mucho a mi madre, Charles, quiero decir. Yo soy idéntica a mi padre—siguió mordiéndose la cutícula—. Mi madre era muy apasionada. Tenía un carácter extravertido. Papá era introvertido. Aunque hacían una buena pareja, por lo menos en apariencia. Para serle sincera, papá necesitaba una compañera más intelectual que mamá. Él fue un genio extraordinariamente dotado.
Esperé más información con la mejor voluntad, pero no continuó. Miré hacia abajo a Charles, que apoyaba ahora la mejilla en el asiento. Cuando vio que yo lo miraba, cerró los ojos en forma soñadora, angelical, y después me sacó la lengua—un apéndice de sorprendente longitud—e hizo un ruido que en mi país hubiera sido un glorioso tributo a un árbitro de béisbol miope. El ruido sacudió totalmente la cafetería.
—Basta ya—dijo Esmé, con evidente calma—. Se lo vio hacer a un americano en una cola para comprar pescado frito con patatas, y ahora lo hace cada vez que se aburre. Basta ya, o te mando ahora mismo con la señorita Megley.
Charles abrió sus enormes ojos como señal de que había escuchado la amenaza de su hermana, pero por lo demás no se dio por enterado. Cerró de nuevo los ojos y siguió apoyando la mejilla sobre el asiento.
Yo comenté que a lo mejor debería conservarlo—refiriéndome al ruido propio del Bronx que había hecho con la boca—hasta que empezara a usar su título nobiliario con regularidad. Siempre, claro está, que él también tuviera un título.
Esmé me dirigió una larga mirada, levemente clínica.
—Usted tiene un sentido del humor muy particular, ¿no es así?—dijo con un deje nostálgico—. Papá decía que yo no tengo ningún sentido del humor. Solía decir que no estaba preparada para afrontar la vida porque me faltaba sentido del humor.
Encendí un cigarrillo sin dejar de mirarla y dije que no creía que el sentido del humor sirviera de algo en una situación verdaderamente apurada.
—Papá decía que sí.
Era una declaración de fe, no una contradicción, de modo que en seguida cambié de opinión. Asentí con la cabeza y dije que seguramente la visión de su padre era de largo alcance, mientras que la mía era de corto alcance (cualquiera que esto significase).
—Charles lo echa muchísimo en falta—dijo Esmé, al cabo de un rato—. Era un hombre sumamente encantador y además muy guapo. Claro que la apariencia no tiene mucha importancia, pero él era muy apuesto. Tenía u nos ojos terriblemente penetrantes, pese a ser un hombre intrínsecamente bondadoso.
Asentí. Dije que suponía que su padre tenía un vocabulario fuera de lo común.
—Oh, sí, totalmente—dijo Esmé—. Era archivero... aficionado, por supuesto.
En ese momento sentí una palmada inoportuna en el brazo, casi un puñetazo, que provenía de donde estaba Charles. Me volví hacia él. Ahora estaba sentado casi normalmente en su silla, salvo que tenía una pierna recogida.
—¿Qué le dijo una pared a la otra pared?—chilló—. ¡Es una adivinanza!
Levante la mirada hacia el techo en actitud pensativa y repetí la pregunta en voz alta. Después miré a Charles con expresión resignada y dije que me daba por vencido.
—¡Nos encontraremos en la esquina!—fue la respuesta, enunciada a todo volumen.
El que más festejó el chiste fue el propio Charles. Le pareció intolerablemente gracioso. Tanto, que Esmé se vio obligada a acercarse para golpearlo en la espalda, como si hubiera tenido un acceso de tos.
—Bueno, basta—le dijo. Volvió a su asiento—. Le cuenta esa adivinanza a todo el mundo y siempre le da un ataque. Generalmente, cuando ríe babea. Bueno, basta, por favor.
—Sin embargo, es una de las mejores adivinanzas que me han contado—dije, mirando a Charles, que se iba recuperando poco a poco.
Como respuesta a mi cumplido, se hundió bastante más en su asiento y volvió a taparse la cara hasta la nariz con una punta del mantel. Entonces me miró con esos ojos llenos de una risa que se calmaba gradualmente, y del orgullo de quien sabe una o dos adivinanzas realmente buenas.
—¿Me permite preguntarle qué hacía antes de incorporarse al ejército?—me preguntó Esmé.
Dije que no había hecho nada, que había salido de la universidad hacía apenas un año, pero que me gustaba considerarme un escritor de cuentos profesional.
Asintió cortésmente.
—¿Ha publicado algo?—me preguntó.
Era una pregunta familiar que siempre daba en la llaga, y que no se contestaba así como así. Empecé a explicarle que en los Estados Unidos todos los editores eran una banda de...
—Mi padre escribía maravillosamente—interrumpió Esmé—. Estoy guardando algunas de sus cartas para la posteridad.
Dije que me parecía una excelente idea. Yo, casualmente, estaba mirando otra vez su enorme reloj parecido a un cronómetro. Le pregunté si había pertenecido a su padre.
Miró su muñeca con solemnidad.
—Sí, era suyo—dijo—. Me lo dio poco antes de que Charles y yo fuéramos evacuados.—Automáticamente retiró las manos de la mesa, mientras decía—: Puramente como un recuerdo, por supuesto.—Cambió de tema—.
Me sentiría muy halagada si alguna vez usted escribiera un cuento especialmente para mí. Soy una lectora insaciable.
Le dije que lo haría, sin duda, siempre que pudiera. Dije que no era un autor demasiado prolífico.
—¡No tiene por qué ser prolífico! ¡Basta que no sea estúpido e infantil! —Recapacitó y dijo—: Prefiero los cuentos que tratan de la sordidez.
—¿De qué?—dije, inclinándome hacia adelante.
—De la sordidez. Estoy sumamente interesada en la sordidez.
Estaba a punto de pedirle mayores detalles, pero sentí que Charles me pellizcaba con fuerza en el brazo. Me volví haciendo una leve mueca de dolor. Estaba de pie a mi lado.
—¿Qué le dijo una pared a la otra?—preguntó, sin demasiada originalidad.
—Ya se lo preguntaste—dijo Esmé—. Ahora basta.
Sin hacer caso de su hermana y pisando uno de mis pies, Charles repitió la pregunta clave. Observé que el nudo de su corbata no estaba correctamente ajustado. Lo deslicé hasta su lugar y después, mirándolo fijo, sugerí:
—¿Te encuentro en la esquina?
Apenas terminé de decirlo me arrepentí. La boca de Charles se abrió de golpe. Tuve la sensación de habérsela abierto yo de una bofetada. Se bajó de mi pie y, con furibunda dignidad, se dirigió hacia su mesa sin volver la vista.
—Está furioso—dijo Esmé—. Tiene un carácter violento. Mi madre tendía a malcriarlo. Mi padre era el único que no lo malcriaba.
Yo seguía mirando a Charles, que se había sentado y empezaba a tomar su té, sosteniendo la taza con las dos manos. Tuve la esperanza de que se volviera, pero no lo hizo.
Esmé se puso de pie.
—Il faut que je parte aussi—dijo, suspirando—. ¿Usted habla francés?
Me puse de pie con una mezcla de confusión y pesar. Esmé y yo nos dimos la mano; la suya, como había sospechado, era una mano nerviosa, con la palma húmeda. Le dije, en inglés, cuánto había disfrutado de su compañía.
Asintió con la cabeza.
—Pensé que sería así—dijo—. Soy bastante comunicativa para mi edad.—Se tanteó otra vez el pelo—. Lamento mucho lo de mi pelo—dijo—. Debo tener un aspecto horrible.
—¡En absoluto! Creo que las ondas se están formando de nuevo.
De nuevo se tocó rápidamente el pelo.
—¿Cree que volverá aquí en un futuro inmediato? —preguntó—. Venimos todos los domingos, después de los ensayos del coro.
Contesté que nada hubiera podido resultarme más agradable, pero que, por desgracia, estaba seguro de que ya no volvería.
—En otras palabras, no puede hablar sobre movimientos de tropas—dijo Esmé.
No hizo ningún ademán de alejarse de la mesa. Sólo cruzó un pie sobre el otro y, mirando hacia abajo, alineó las puntas de los zapatos. Fue un hermoso gesto, ya que llevaba calcetines blancos, y sus pies y tobillos eran encantadores. De pronto me miró.
—¿Le gustaría que yo le escribiera?—dijo, con las mejillas ligeramente ruborizadas—. Escribo cartas muy bien redactadas para alguien de mi...
—Me encantaría—dije. Saqué lápiz y papel y anoté mi nombre, grado, matrícula, y número de correo militar.
—Yo le escribiré primero—dijo ella tomando el papel—, para que usted no se sienta comprometido en modo alguno.—Guardó la dirección en un bolsillo del vestido—. Adiós—dijo, y volvió a la mesa.
Pedí otra taza de té y permanecí sentado mirándolos hasta que, junto a la atribulada señorita Megley, se pusieron de pie para marchar. Charles iba delante, renqueando trágicamente como un hombre que tiene una pierna mucho más corta que la otra. No miró hacia mí. Después salió la señorita Megley, y a continuación Esmé, que me saludó con una mano como despedida. Le devolví el saludo, incorporándome a medias. Fue un momento de extraña emoción para mí.
No había pasado un minuto cuando Esmé volvió a entrar en la cafetería, arrastrando a Charles por la manga de su impermeable.
—Charles quiere darle un beso de despedida—dijo.
Inmediatamente dejé mi taza en la mesa, y dije que era un gesto muy simpático por su parte, pero ¿estaba segura?
—Sí—dijo, con cierto tono amenazador.
Soltó la manga de Charles y le dio un riguroso empujón hacia mí. Charles se adelantó, con la cara lívida de furia, y me dio un beso sonoro y húmedo, justo debajo de la oreja derecha. Superada esta prueba, se encaminó velozmente hacia la puerta y hacia formas menos sentimentales de vida, pero alcancé a tomarlo del cinturón del impermeable, lo retuve un instante y le dije:
—¿Qué le dijo una pared a la otra?
Su cara se iluminó.
—¡Nos encontraremos en la esquina!—chilló, y salió corriendo de la cafetería, posiblemente histérico.
Esmé estaba de pie otra vez con los tobillos cruzados.
—¿Seguro que no se va a olvidar de escribirme ese cuento?—preguntó—. No hace falta que sea exclusivamente para mí. Puede...
Le dije que era imposible que me olvidara. Le dije que nunca había escrito un cuento para nadie en especial, pero que al parecer había llegado el momento de hacerlo.
—Que sea muy sórdido y conmovedor—sugirió—. ¿Ha conocido cosas sórdidas?
Le dije que no muchas, pero que cada vez iba conociendo más, de una manera u otra, y que haría todo lo posible para cumplir con sus deseos. Nos dimos la mano.
—¿No es una lástima que no nos hayamos conocido en circunstancias menos apremiantes?
Le dije que sí, que realmente era una lástima.
—Adiós—dijo Esmé—. Espero que regrese de la guerra con todas sus facultades intactas.
Le di las gracias, añadí algo más y después la vi salir de la cafetería. Se fue despacio, como meditando, mientras se tocaba el pelo para ver si estaba seco.


Ésta es la parte sórdida o emotiva del relato, y la escena cambia. Los personajes también cambian. Yo todavía ando por este mundo, pero de aquí en adelante, por motivos que no me es permitido revelar, me he disfrazado con tanta astucia que ni el lector más inteligente podrá reconocerme.
Eran alrededor de las diez y media de la noche en Gaufurt, Baviera, varias semanas después del Día de la Victoria. El sargento X estaba en su habitación, en el segundo piso de una casa de civiles donde él y otros nueve soldados americanos habían sido alojados ya antes del armisticio. Estaba sentado en una silla plegable de madera, frente a un pequeño y revuelto escritorio, tratando de leer, con enorme dificultad, una novela de bolsillo. La dificultad estaba en él, no en la novela. Aunque los soldados del primer piso eran generalmente los primeros en apoderarse de los libros que el Servicio Especial enviaba todos los meses, siempre parecían dejarle a X el libro que él mismo hubiera elegido. Pero era un joven que no había salido de la guerra con todas sus facultades intactas; hacía más de una hora que leía cada párrafo tres veces, y ahora estaba haciendo lo mismo frase por frase. De pronto cerró el libro, sin señalar la página. Por un instante se protegió los ojos con la mano del duro e intenso brillo de la lámpara desnuda que pendía sobre la mesa.
Sacó un cigarrillo del paquete que se hallaba sobre la mesa y lo prendió con dedos que chocaban suave y constantemente entre sí. Se echó un poco hacia atrás en su asiento y fumó sin sentir el gusto. Hacía semanas que fumaba un cigarrillo tras otro. Le sangraban las encías a la menor presión de la punta de la lengua, pero pocas veces dejaba de experimentarlo; era como un juego consigo mismo, a veces durante horas y horas. Se quedó un rato fumando y experimentando. Entonces, de pronto, en la forma ya conocida y sin previo aviso, le pareció sentir que su mente se desplazaba, se bamboleaba como un bulto mal asegurado en el portaequipajes de un tren. En seguida hizo lo que había estado haciendo durante semanas para arreglar las cosas; se apretó fuertemente las sienes con las manos. Durante un momento las mantuvo así. Tenía el pelo sucio y hacía mucho tiempo que no se lo cortaba. Se lo había lavado tres o cuatro veces durante su estancia de dos semanas en el hospital de Francfort, pero se le había vuelto a ensuciar en el largo y polvoriento regreso en jeep a Gaufurt. El cabo Z, que había ido a buscarlo al hospital, aún conducía un jeep de combate, con el parabrisas abatido sobre el capó, hubiera o no armisticio. Había millares de soldados nuevos en Alemania. Al conducir con el parabrisas abatido al estilo de combate, el cabo Z pretendía demostrar que él no era uno de ésos, que por nada del mundo era él un hijo de mala madre recién llegado.
Cuando retiró las manos de la cabeza, X se puso a contemplar la mesa del escritorio, que era una especie de receptáculo con unas dos docenas de cartas sin abrir y por lo menos cinco o seis paquetes, también sin abrir, dirigidos a él. Buscó detrás de los escombros y tomó un libro que estaba contra la pared. Su autor era Goebbels y se llamaba Die Zeit ohne Beispiel. Pertenecía a la hija de la familia, una mujer de treinta y ocho años, soltera, que hasta pocas semanas antes había estado viviendo en la casa. Había sido una funcionaria subalterna del partido nazi, pero de jerarquía suficiente, según las normas del reglamento militar, como para entrar en la categoría de «arresto automático». El propio X la había arrestado. Ahora, por tercera vez desde que había regresado del hospital ese día, abrió el libro de la mujer y leyó la breve anotación en la primera página. Escritas en tinta, en alemán, con una letra pequeña e irremisiblemente sincera, se leían las palabras: «Santo Dios, la vida es un infierno.» Nada más, ni antes ni después. Solas en la página, y en la enfermiza quietud de la habitación, las palabras parecían adquirir dimensiones de una declaración irrefutable y hasta clásica. X contempló la página durante varios minutos, tratando a duras penas de no dejarse engañar. Entonces, con un celo mayor del que había puesto en cualquier otra cosa durante semanas, tomó un lápiz y escribió debajo de la anotación, en inglés: «Padres y maestros, yo me pregunto: "¿qué es el infierno?" Sostengo que es el sufrimiento de no poder amar». Empezó a escribir debajo el nombre de Dostoievski, pero vio—con un temor que le recorrió todo el cuerpo—que lo que había escrito era casi totalmente ilegible. Cerró el libro.
Rápidamente tomó otra de las cosas que se hallaban sobre el escritorio, una carta de su hermano mayor que vivía en Albany. La tenía sobre la mesa ya desde antes de entrar en el hospital. Abrió el sobre con la vaga intención de leer la carta por entero, pero leyó solamente la primera mitad de la primera carilla. Se detuvo después de las palabras: «Ahora que esta guerra de mierda ha terminado y probablemente tengas bastante tiempo libre, ¿qué te parece si les mandas unas bayonetas o unas esvásticas a los chicos?...» Después de romper la carta, miró los pedazos caídos en el fondo de la papelera. Vio que se le habían pasado por alto unas fotos. Pudo distinguir los pies de alguien en algún jardín de algún sitio.
Cruzó los brazos sobre la mesa y apoyó en ellos la cabeza. Le dolía todo el cuerpo, de pies a cabeza, y todas las zonas doloridas de alguna manera parecían repercutir en otras. Era algo así como un árbol de Navidad con las lucecitas conectadas en serie: si se apagaba una, todas las demás, necesariamente, debían apagarse.
La puerta se abrió violentamente sin que nadie hubiera llamado. X levantó la cabeza, la volvió y vio de pie en la puerta al cabo Z. El cabo Z había sido compañero de jeep y camarada constante de X desde el día mismo del desembarco y a lo largo de cinco campañas. Vivía en el primer piso y por lo general subía a ver a X cuando tenía algunas quejas o algunos rumores que descargar. Era un joven corpulento, fotogénico, de veinticuatro años. Durante la guerra, había posado en el bosque de Hürtgen para una gran revista norteamericana; se había dejado fotografiar, más que complacido, con un enorme pavo del Día de Acción de Gracias en cada mano.
—¿Estás escribiendo cartas? —preguntó—. Madre mía. ¡Por Dios, qué tétrico es esto!—Siempre prefería que estuviera encendida la luz principal de cualquier habitación en la que entrara.
X se volvió en la silla y le pidió que entrara, pero que tuviera cuidado de no pisar al perro.
—¿El qué?
—Alvin. Está justo debajo de tus pies, Clay. ¿Por qué demonios no enciendes esa luz?
Clay encontró el interruptor, lo accionó y después cruzó de una zancada la pequeña habitación, parecida a un desván, y se sentó en el borde de la cama, frente a su anfitrión. De su pelo rojo ladrillo, recién peinado, le goteaba el agua con que se lo había alisado. Del bolsillo derecho de su camisa verde oliva asomaba, con aire familiar, un peine con prendedor como el de una estilográfica. Sobre el bolsillo izquierdo llevaba el distintivo de infante de combate (que, técnicamente, no estaba autorizado a usar), la cinta de servicio en el frente europeo, con cinco estrellas de bronce (en lugar de una de plata, que era el equivalente de cinco de bronce), y la cinta de servicio anterior a Pearl Harbor.
Suspiró profundamente y dijo:
—Santo Dios.
No significaba nada; eran, simplemente, cosas del ejército. Sacó de un bolsillo de la camisa un paquete de cigarrillos, extrajo uno, después guardó el paquete y abrochó la solapa del bolsillo. Mientras fumaba, echó una mirada vacía a su alrededor. Por fin sus ojos se detuvieron en la radio.
—Oye—dijo—, dentro de un par de minutos empieza ese programa bárbaro por la radio, con Bob Hope y todos ésos.
X abrió un nuevo paquete de cigarrillos y dijo que acababa de apagar la radio.
Sin inmutarse, Clay observó a X, que intentaba encender su cigarrillo.
—Diablos—exclamó con el entusiasmo de un espectador—. Tendrías que verte las manos. Tú sí que estás tembleque. ¿Lo sabías?
X logró encender el cigarrillo, asintió y comentó que Clay tenía un ojo de lince para los detalles.
—En serio, chico, casi me desmayo cuando te vi en el hospital. Parecías un asqueroso cadáver. ¿Cuántos kilos perdiste? ¿Cuánto adelgazaste? ¿No sabes?
—No sé. ¿Cómo anduviste de cartas mientras yo estaba allí? ¿Tuviste noticias de Loretta?
Loretta era la chica de Clay. Pensaban casarse en cuanto tuvieran una oportunidad. Le escribía con bastante regularidad, desde un paraíso de triples signos de exclamación y de observaciones inexactas. Durante toda la guerra, Clay había leído esas cartas en voz alta a X, por íntimas que fueran; en verdad, cuanto más íntimas, mejor. Tenía la costumbre, después de cada lectura, de pedir a X que le hiciera un borrador o un bosquejo de la contestación, y que insertara algunas palabras en alemán o francés que impresionaran bien.
—Sí, ayer recibí una carta suya. La tengo abajo en la habitación. Después te la enseño—dijo Clay sin mucho ánimo. Se irguió en la cama, contuvo la respiración y soltó después un eructo largo y resonante. Con aire de estar no demasiado satisfecho con su demostración, volvió a relajarse—. A su hermano de mierda lo dan de baja en la Marina por la cadera. Se descaderó, el hijo de puta.—Se irguió de nuevo e intentó eructar otra vez, pero no tuvo éxito como la vez anterior. De pronto la cara se le iluminó con una pizca de atención—. Eh, antes de que me olvide. Mañana tenemos que levantarnos a las cinco para ir a Hamburgo o a un sitio así. A buscar chaquetillas tipo Eisenhower para todo el regimiento.
X lo miró con hostilidad y dijo que no quería una chaquetilla estilo Eisenhower.
Clay lo miró sorprendido, casi ofendido.
—Pero... son muy buenas. Quedan muy bien. ¿Cómo puede ser?
—No hay motivo. ¿Por qué tenemos que levantarnos a las cinco? La guerra ya terminó, gracias a Dios.
—No sé... Tenemos que volver antes del almuerzo. Trajeron unos formularios nuevos que hay que llenar antes del almuerzo... Le pregunté a Bulling por qué diablos no podíamos llenarlos por la noche. Tiene esos formularios del diablo ahí, en el escritorio. No quiere abrir los sobres, el hijo de puta.
Los dos guardaron un momento de silencio, odiando a Bulling.
De pronto Clay miró a X con renovado interés.
—Eh—dijo—. ¿Sabes que se te mueve endiabladamente todo el costado de la cara?
X dijo que ya lo sabia, y se cubrió el tic con la mano.
Clay lo miró detenidamente un instante, y después dijo con cierta vivacidad, como si fuera portador de alguna noticia excepcionalmente buena:
—Le escribí a Loretta que tuviste un colapso nervioso.
—¿Sí?
—Sí. Todo eso le interesa la hostia. Está a punto de licenciarse en psicología.—Clay se estiró sobre la cama, con zapatos y todo—. ¿Sabes lo que dijo? Dijo que nadie sufría de colapso nervioso simplemente por la guerra. Dice que tú probablemente ya fuiste un desequilibrado durante toda tu perra vida.
X se tapó los ojos con la mano, la luz parecía cegarlo, y dijo que era una maravilla la visión que Loretta tenía de las cosas.
Clay lo miró fijamente.
—Escucha, mal nacido—dijo—. Ella sabe mucho más de psicología que tú.
—¿Podrías molestarte en sacar tus hediondos pies de mi cama?—preguntó X.
Clay dejó los pies donde estaban durante algunos segundos al modo de tú-no-vas-a-decirme-dónde-tengo-que-poner-los-pi es, y después los levantó, los apoyó en el suelo y se sentó.
—Me voy abajo, después de todo. En la habitación de Walker tienen encendida la radio.—Aunque no se levantó de la cama—. Oye. Le estaba diciendo a ese nuevo hijo de puta, Bernstein, ahí abajo. ¿Recuerdas la vez que yo y tú fuimos a Valognes en el jeep, y nos bombardearon durante dos endiabladas horas, y ese gato de mierda que yo despache de un tiro cuando estábamos en el pozo y que subió al capó del Jeep? ¿Te acuerdas?
—Sí... no empieces otra vez con ese asunto del gato, Clay. No me interesa escucharlo. ¿Cómo tengo que decírtelo?
—No, lo que quiero decir es que le escribí a Loretta. Ella y todos los alumnos de psicología discutieron el asunto. En clase y todo. Hasta el infeliz del profesor y todos los demás.
—Formidable. Pero no quiero saber nada de eso, Clay.
—No ¿sabes por qué dice Loretta que le pegué un tiro? Dice que yo tenía locura pasajera. En serio. Por el bombardeo y todo eso.
X se pasó los dedos por el pelo sucio y luego volvió a protegerse los ojos de la luz.
—No estabas loco. Estabas cumpliendo con tu deber. Mataste ese gatito en forma tan valiente como cualq uier otro en las mismas circunstancias.
Clay lo miró receloso:
—¿De qué diablos estás hablando?
—Ese gato era un espía. Tú tenías que pegarle un tiro. Era un enano ale