LITERALMENTE CORRECTO
"LAS AMISTADES PELIGROSAS" en LITERALMENTE CORRECTO
"LAS AMISTADES PELIGROSAS"
CARTA LXI
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
Compadece a tu Cecilia, que es muy desgraciada, mi querida Sofía. Mamá se ha enterado de todo; no concibo cómo ha podido sospechar la menor cosa; y, no obstante, todo lo ha descubierto. Ayer noche creí, en verdad, que tenía un poco de mal humor; pero no puse mucha atención, y mientras acababa su partida hablé muy festivamente con la señora de Merteuil, que había cenado aquí, y charlamos mucho de Danceny. No creo hayamos podido ser oídas. Dicha señora se fue, y yo me retire a mi cuarto. Ya me estaba desnudando, cuando mamá entró, y mandó salir a la doncella. Luego me pidió la llave de mi papelera. El tono con que lo hizo me causó un temblor tan grande, que apenas podía sostenerme. Yo hacía como que no la encontraba, pero al fin fue preciso obedecer. El primer cajoncillo que abrió era justamente el que contenía las cartas del caballero Danceny. Yo estaba tan turbada, que cuando me preguntó qué era aquello, no pude sino responder que no era nada; pero cuando la vi que empezaba a leer la primera carta, entonces no tuve tiempo más que para echarme en un sillón, donde me desvanecí. Cuando volví en mí, mamá, que había llamado a la doncella, se retiró, mandándome acostar, y llevándose las cartas de Danceny.
Toda la noche la he pasado llorando, y tiemblo cada vez que pienso que he de volver a su presencia.
Te escribo al rayar el día, esperando que vendrá Pepa. Si puedo hablarle a solas, le suplicaré que lleve a casa de la señora de Merteuil un billete que voy a escribir; sino lo incluiré en tu carta, y tú me harás el favor de enviárselo como cosa tuya. Sólo ella puede procurarme algún consuelo. Hablaremos de él, pues ya no cuento con verle más. ¡Soy muy desdichada! Acaso tendrá la bondad de encargarse de una carta para Danceny. No me atrevo a fiarme para esto de Pepa, y mucho menos de mi doncella; porque tal vez ésta será la que habrá dicho a mi madre que yo tenía cartas en mi papelera.
Quiero que no me falte tiempo para escribir a la señora de Merteuil, y también a Danceny, y no te escribo más largo; después me volveré a la cama, para que me encuentren acostada cuando entren en mi cuarto. Diré que estoy mala, para no tener que ir al de mi madre. Y no mentiré mucho, pues sufro más, ciertamente, que si tuviese calentura. Los ojos me arden a fuerza de tanto como he llorado, y tengo un gran peso en el estómago que me impide respirar.
Cuando pienso que no volveré a ver más a Danceny, preferiría estar muerta. Adiós, mi querida Sofía. No puedo decirte más, las lágrimas me sofocan.
En..., a 7 de septiembre de 17...
NOTA: Se ha suprimido la carta de Cecilia Volanges a la marquesa, porque sólo contenía los mismos hechos y con menos detalles. La escrita al caballero Danceny no se ha encontrado, y se verá el motivo en la carta LXIII de la marquesa al vizconde.
CARTA LXII
LA SEÑORA DE VOLANGES AL CABALLERO DANCENY
Después de haber abusado, caballero, de la confianza de una madre y de la inocencia de una niña, no sorprenderá a Ud. no verse más recibido en una casa en que ha correspondido a las pruebas más sinceras de amistad con el proceder más impropio de un hombre honrado. Prefiero suplicarle que no vuelva a poner los pies en mi casa, a dar a mi portero unas órdenes que nos comprometerían a los dos igualmente, por las observaciones que los criados no dejarían de hacer. Tengo derecho a creer que usted no me obligará a acudir a este medio tan poco favorable para ambos.
Le prevengo también que, si en lo sucesivo hace la menor tentativa para mantener a mi hija en el descarrío en que la ha precipitado, una clausura austera y eterna la sustraerá a sus pesquisas. Por consiguiente, a usted toca el ver si temerá tan poco el ocasionar su infortunio, como ha temido poco el intentar colmarla de deshonor.
Por lo que hace a mí, tengo tomado este partido y se lo he dicho. Adjunto hallará usted el paquete de sus cartas. Cuento con que en cambio me devolverá todas las de mi hija, y que se prestará así a no dejar traza alguna de un suceso de que no podríamos conservar el recuerdo, yo sin indignación, ella sin vergüenza y usted sin remordimiento.
Tengo el honor de ser, etc.
En..., a 7 de septiembre de 17...
CARTA LXIII
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
Claro que puedo explicarle el billete de Danceny. El suceso que se lo hizo escribir es obra mía, y en mi sentir obra maestra. No he perdido tiempo desde que recibí la última carta de usted, y he dicho como el arquitecto de Atenas: "Lo que él dice yo lo haré". ¡Con que son necesarios obstáculos a ese bello héroe de novela y se duerme en el seno de su dicha! ¡Descuide en mí! Yo le daré en qué ocuparse, y apuesto que su sueño no será en adelante tan tranquilo. Era menester enseñarle lo que vale el tiempo, y me lisonjeo de que ahora siente el que ha perdido. Era menester, dice usted también, que necesitase de más misterio: pues bien, esta necesidad tampoco le faltará y tengo eso de bueno, que apenas se me hacen conocer mis faltas, no me sosiego hasta repararlas del todo. Y vea, pues, lo que he hecho.
Entrando en mi casa antes de ayer mañana, leí la carta de usted y la hallé luminosa. Persuadida de que había indicado perfectamente la causa del mal, me ocupé únicamente en encontrar el modo de curarle. Sin embargo, empecé por acostarme, porque mi infatigable caballero no me había dejado dormir un instante y creía tener sueño; pero no era así, enteramente ocupada de Danceny, el deseo de sacarle de su indolencia o de castigarle por ella no me dejó pegar los ojos; y sólo cuando hube concertado mi plan, pude reposar dos horas.
Fui por la noche a casa de la señora de Volanges, y según mi proyecto le confié que creía estar cierta de que existía entre su hija y Danceny una amistad peligrosa. Esta mujer, tan perspicaz respecto a usted, estaba tan ciega que me respondió al instante que seguramente me engañaba; que su hija era una niña, etc., etc. Yo no podía decirle cuanto sabía, pero le cité ciertas expresiones, ciertas miradas que alarmaban mi virtud y mi amistad. Hablé en fin casi tan bien como podría hacerlo una devota, y para dar el golpe decisivo me extendí hasta decir que creía haber visto dar y recibir una carta. "Esto me recuerda que un día abrió ella delante de mí un cajón de su papelera en el cual vi muchos papeles que sin duda guardará. ¿Sabe usted si tiene alguna correspondencia frecuente?" Entonces el rostro de la señora Volanges se mudó y vi que se le saltaban las lágrimas. "Doy a usted mil gracias, mi buena amiga, me dijo apretándome la mano. Yo me enteraré"
Después de esta conversación, demasiado corta para que la niña sospechase nada, me acerqué a ella, y me separé de ella en breve, para decir a la madre que no me comprometiera con su hija. Me lo prometió con tanto más gusto, cuanto que le hice observar que sería una fortuna que la chica tomase bastante confianza conmigo, para abrirme su corazón y ponerme en aptitud de darle mis prudentes consejos. Lo que me hace esperar que me guardará la promesa, es que no dudo que quiera jactarse con su hija de su propia penetración. De esta manera yo quedaba autorizada a continuar en mi tono de amistad con la muchacha sin parecer falsa a los ojos de su madre, lo que quería yo evitar. Ganaba además el quedarme en lo sucesivo con ella cuanto tiempo y cuan íntimamente quisiese.
Aproveché de ello la noche misma, y cuando acabé mi partida, llevé a un rincón a mi jovencita y entablé la conversación acerca de Danceny, sobre el cual nunca le falta que decir. Me divertí en levantarla de cascos hablándola del gusto que tendría al verle al día siguiente, y no hubo género de locuras que no le hiciese decir. Era necesario darle en esperanzas cuanto le quitaba en realidad, y además todo esto debía hacerle el golpe más sensible, porque está persuadida de que cuanto más haya sufrido, tanta más prisa se dará en desquitarse a la primera ocasión. Últimamente, bueno es acostumbrar a los grandes lances a aquél que se destina a grandes aventuras.
En suma, ¿no debe pagar con algunas lágrimas el placer de gozarle ese Danceny? Está loca por él; pues bien, yo le aseguro que le logrará, y también que no lo habría tenido sin esta tempestad. Es un sueño desagradable cuyo despertar será delicioso, y todo bien calculado, me parece que debe estarme agradecida; en efecto, aunque haya habido de mi parte cierta malicia, es preciso divertirse un poco: Para deleite nuestro hay tontos en el mundo.
En fin, me retiré muy contenta de mí misma.
O Danceny, me decía yo, excitado con los obstáculos va a estar doblemente enamorado, y entonces le serviré con toda mi eficacia; o si no es más que un tonto, como a veces lo creo, se desesperará y se dará por batido: en tal caso al menos me habré vengado de él cuanto habrá estado en mi mano y de paso me habré granjeado más la estimación de la madre, la amistad de la hija y la confianza de ambas. En cuanto a Gercourt, he de ser muy desgraciada o muy torpe, si dueña ya del corazón de su mujer, no hallo mil medios de hacer que sea lo que yo quiero. Con este agradable plan en la cabeza me acosté y dormí muy bien, y desperté
muy tarde.
Al abrir los ojos me encontré con dos billetes: uno de la madre y otro de la hija; y no pude menos de reírme leyendo en ambos esta misma frase: "De usted sólo espero algún consuelo". ¿No es curioso consolar en pro y en contra, y ser único agente de dos intereses directamente opuestos? Véame pues usted ya como la Divinidad, recibiendo los deseos encontrados de los ciegos mortales y no cambiando en nada mis inmutables decretos. He abandonado, sin embargo, este empleo por el de ángel consolador, y, según el precepto, he ido a visitar a mis amigos afligidos.
Empecé por la madre. La he hallado tan triste, que esto sólo venga a usted, en parte, de las contrariedades que le hace sufrir por causa de su bella devota. Todo ha salido perfectamente. Mi único cuidado era que no hubiese aprovechado la madre del momento para ganar la confianza de su hija, lo que habría sido muy fácil, sólo empleando con ella el lenguaje de la dulzura y la amistad, y dando a los consejos de la razón el aire y el tono de la ternura indulgente. Por fortuna ha empleado la severidad, y en fin, se ha conducido todo lo mal que yo podía desear. Cierto que ha estado por echar abajo todo nuestro plan con la resolución que había tomado de volver a su hija al convento; pero yo he parado el golpe, persuadiéndola a que sólo haga esta amenaza para el caso en que Danceny siga con el mismo proceder, y en ello he llevado la mira de forzar a los dos a cierta circunspección que ahora creo necesaria para el logro.
Fui luego a ver a la hija. ¡Cuánto la hermosea el dolor! Con poco coqueta que se haga, llorará a menudo, pero esta vez lloraba sin malicia. Sorprendida yo de este nuevo encanto que no conocía y que tenía infinito placer en conservar, no le di por lo pronto más que aquellos insípidos consejos que aumentan las penas más que las mitigan, y de este modo, la puse en términos que iba a caer en convulsiones. Le aconsejé que se acostase, y consintió, sirviéndole yo de doncella. No había arreglado su pelo y bien pronto sus cabellos cayeron sueltos sobre sus espaldas, y su garganta descubierta: yo la besé, ella se dejó caer en mis brazos, y sus lágrimas volvieron a correr. ¡Oh Dios, qué hermosa estaba! ¡Si la Magdalena era así, debió ser mucho más peligrosa como penitente que como pecadora!
Así que la bella desolada estuvo en su cama, entonces me puse a consolarla de buena fe. Por de contado la tranquilicé sobre el temor de volver al convento. Le hice concebir esperanzas de ver a Danceny en secreto y, sentándome sobre su lecho: "¡Si estuviese aquí!" le dije: y después sobre este tema, de distracción en distracción la conduje a no acordarse más de que estaba afligida. Nos hubiésemos separado enteramente amigas si no hubiera querido confiarme una carta para Danceny, lo que yo rehusé; y vea usted mis razones que aprobará, de fijo.
Desde luego era comprometerme con Danceny; y si era ésta la única disculpa que yo podría dar a Cecilia, de usted a mí existen otras muchas. ¿No hubiera sido arriesgar el fruto de mi trabajo el proporcionar tan pronto a estos amantes el medio fácil de calmar sus penas? Además, no me pesaría obligarlos a hacer intervenir algunos criados en esta aventura, porque, en fin, si lo llevamos a cabo, como espero, será menester que sea divulgado inmediatamente de la boda; y hay pocos medios más seguros; o bien si por milagro los criados no hablasen, lo haremos nosotros, y será más cómodo imputar a ellos la indiscreción.
Fuerza, pues, que dé usted hoy esta idea a Danceny; y como no estoy segura de la doncella de Cecilia, de que ella misma duda, indíquele a mi fiel Victorina. Yo cuidaré que el paso salga bien. Esta idea me agrada tanto más, cuanto que la confianza sólo será útil para nosotros y no para ellos, porque no estoy al cabo de mi cuento.
Mientras me rehusaba yo a encargarme de la carta de la muchacha, temía a cada instante que me propusiese echarla al correo, a lo que no hubiera podido negarme. Felizmente, fuese por lo turbada que estaba, por ignorancia, o porque le importase más que la carta la respuesta, que
no hubiera podido recibir de ese modo, no me habló de tal cosa; pero para evitar que le viniese la idea, o al menos que le aprovechara, tomé al instante mi partido, y volviendo al cuarto de la madre, la decidí a alejar por algún tiempo de París a su hija, a llevársela al campo. ¿Y adónde? ¡Cómo! ¿El corazón no le palpita de alegría?... A casa de su tía de usted, la señora de Rosemonde. Hoy mismo se lo debe avisar. Con que ya está autorizado a ir a ver a su devota, que no tendría ya que echarle en cara el escándalo de hallarse a solas con usted; y gracias a mi cuidado, la misma señora de Volanges reparará el mal que le ha hecho.
Pero escúcheme bien, y no se ocupe tan exclusivamente de sus asuntos propios, que pierda éste de vista; piense cuánto me interesa. Quiero que sea usted el corresponsal y el consejero de los jóvenes. Informe, pues, de este viaje a Danceny, y ofrézcale sus servicios. No halle dificultad sino en hacer llegar a manos de la bella su carta credencial, y venza al instante el obstáculo, indicándole el medio de mi doncella. No hay duda en que él aceptará, y usted, en premio de su trabajo, logrará la confianza de un corazón nuevo en amor, lo que siempre es interesante. ¡Pobrecilla! ¡cómo se sonrojará al entregar a usted su primera carta! En realidad, este papel de confidente, contra el cual hay tantas preocupaciones, me parece un entretenimiento muy agradable, cuando uno tiene ocupación por otro lado; y en este caso estará usted.
De su cuidado depende el desenlace de esta intriga. Juzgue cuál es el momento oportuno para reunir los actores. El campo ofrece mil medios, y Danceny, sin duda, estará pronto a ir a la primera señal que usted le dé. Una noche, un disfraz, una ventana... ¿qué sé yo? Pero en fin, si la chica vuelve en el mismo estado en que se ha ido, echaré a usted la culpa. Si cree que necesita de algún nuevo estímulo por mi parte, dígalo. Creo haberla dado una buena lección sobre el peligro que hay en guardar cartas, para atreverme a escribirle; siempre sigo en la idea de hacer de ella una discípula mía.
Creo que he olvidado decirle que sus sospechas, en punto al descubrimiento de su correspondencia, habían recaído sobre su doncella; pero yo las hice caer sobre su confesor. Esto es matar dos pájaros de un tiro.
Adiós, vizconde mío; hace mucho tiempo que estoy escribiéndole, y se ha retardado mi comida; pero el amor propio y la amistad han dictado mi carta, y ambos son parleros; por lo demás, usted la recibirá a las tres, y es lo que basta.
Quéjese ahora de mí, si se atreve; y vaya a ver si le tienta el monte del conde B***. Dice usted que lo conserva para el placer de sus amigos. ¿Con que ese hombre es amigo de todo el mundo? Adiós, que tengo hambre.
En..., a 9 de septiembre de 17...
CARTA LXIV
EL CABALLERO DANCENY A LA SEÑORA DE VOLANGES
(Borrador incluido en la carta LXVI del vizconde a la marquesa.)
Muy señora mía: sin intentar justificar mi conducta, ni quejarme de la de Ud., no puedo menos de lamentarme por un suceso que hace la desgracia de tres personas, todas dignas de una suerte más feliz. Sintiendo más ser la causa que la víctima, he querido desde ayer muchas veces ponerme a responder a usted, sin poder hallar fuerzas suficientes para verificarlo. Tengo, sin embargo, tantas cosas que decirle, que es indispensable haga por fin un esfuerzo; y si esta carta lleva poco orden en las ideas que expresa, usted debe conocer cuán dolorosa es mi situación, para concederme alguna indulgencia.
Permítame, desde luego, que reclame contra la primera frase de su carta. Yo no he abusado, me atrevo a decirlo, de su confianza ni de la inocencia de su señora hija; he respetado una y otra en mis acciones. Estas solas dependían de mí, y aun cuando usted quisiese hacerme responsable de un sentimiento involuntario, no temo añadir que el que me ha inspirado esta señorita es tal, que puede desagradar a usted, mas no ofenderla.
Sobre este punto, que me interesa más de lo que puedo explicar, no quiero tener otro juez sino usted misma, ni otros testigos que mis cartas.
Me prohíbe volver a poner los pies en su casa en lo sucesivo, y seguramente me someteré a cuanto usted guste mandar sobre este particular; ¿pero esta ausencia repentina y total no dará lugar igualmente a las observaciones que usted quiere evitar, como daría la orden que por esta
razón no ha querido dar a su portero? Insisto tanto más sobre este punto, cuanto que importa mucho más a su hija que a mí. La pido, pues, que se sirva pesar todo con madurez, y no haga que la severidad perjudique a la prudencia. Persuadido de que el interés sólo de su hija dictará sus resoluciones, esperaré en cuanto a esto nuevas órdenes de su parte.
En caso que me permitiese presentar mis respetos algunas veces en su casa, me obligo -y puede usted, señora, fiarse en mi promesa- a no abusar de dichas ocasiones para intentar hablar en particular a su señora hija, o darle alguna carta. El temor de comprometer su reputación me fuerza a este sacrificio, y la dicha de mirarla me desquitará.
Este artículo de mi carta es la única respuesta que puedo hacer a lo que me dice sobre la suerte que destina a su hija, y que quiero hacer que dependa de mi conducta. Sería engañar a usted el ofrecerle más. Un vil seductor puede acomodar su plan a las circunstancias, pero el amor que me anima sólo me permite dos sentimientos, el valor y la constancia.
¿Consentir ya en que la hija de usted me olvide y en olvidarla yo mismo? No, no, jamás. Le seré fiel, ha recibido mi juramento, y lo renuevo ahora. Perdón, señora, me extravío; es preciso reportarme.
Me queda otro punto que tratar con usted, el de las cartas que me pide. Siendo infinito tener que añadir una negativa a las ofensas que usted me supone ya; pero le pido que oiga mis razones, y que, para apreciarlas, se acuerde de que sólo puede consolarme de haber perdido su amistad la esperanza de conservar su estimación. Las cartas de esta señorita, preciosas siempre para mí, vienen a serlo mucho más en este momento. Son el único bien que me queda; ellas solas me recuerdan un sentimiento que hacen la felicidad de mi vida. Sin embargo, puede creerme, no titubearía un sólo instante en hacer este sacrificio, y el pesar de esta privación cedería al deseo de probarle mi deferencia respetuosa; pero me detienen consideraciones del mayor peso, y que estoy cierto que usted misma aprobará.
Usted sabe ya el secreto de su hija, no hay duda; pero, permítame decirlo, estoy autorizado a creer que ha sido por efecto de sorpresa, y no de la confianza. No pretendo censurar un paso que autoriza tal vez la solicitud de una madre. Respeto sus derechos, pero no alcanzan a dispensarme de mis deberes. El más sagrado de todos es el de no faltar nunca a la confianza que se nos entrega, y sería incurrir en esta falta el hacer ver a otro los secretos de un corazón que no ha querido manifestarlos sino a mí.
Si su señora hija consiente en confiarlas a usted, que hable. Sus cartas entonces son inútiles. Si, al contrario, quiere encerrar en su pecho su secreto, no espere usted, ciertamente, que sea yo quien la instruya.
En cuanto al misterio que desea que cubra este suceso, viva usted tranquila; sobre todo lo que interesa a la señorita de Volanges, desafío yo hasta el corazón de una madre. Para acabar de quitarle toda inquietud, todo lo he previsto; y este depósito precioso, cuyo paquete llevaba antes por letrero Papeles para quemar, lleva ahora el de Papeles que pertenecen a la señora de Volanges. Este partido que tomo debe probarle también que el negárselos yo ahora, no proviene tampoco de que tema que en ellos encuentre usted un solo sentimiento ofensivo a su persona.
Vea pues, señora, una carta bien larga; no lo fuera bastante todavía, si le dejase la mayor duda sobre la honradez de mis sentimientos, sobre mi pesar bien sincero de haberla desagradado, y sobre el profundo respeto con que tengo el honor de ser su más atento servidor, etc., etc.
En..., a 7 de septiembre de 17...
CARTA LXV
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA VOLANGES
(Enviada abierta a la marquesa de Merteuil, en la carta LXVl del vizconde.)
¡Oh, mi Cecilia! ¿Qué será de nosotros? ¿Qué Dios nos salvará de las desgracias que nos amenazan? ¡Ah! Denos el amor, a lo menos, valor bastante para soportarlas. ¿Cómo podré pintar cuál ha sido mi sorpresa, mi desesperación, al ver mis cartas, y a la lectura del billete de la señora de Volanges? ¿Quién ha podido vendernos? ¿Quién sospecha usted? ¿Ha cometido, por ventura, alguna imprudencia? ¿Qué hace usted ahora?
¿Qué le han dicho? Quisiera saberlo todo, y todo lo ignoro. Tal vez usted misma no sabe más que yo.
Envíole el billete de su madre, y copia de mi respuesta, esperando aprobará lo que le digo. También tengo mucha necesidad de que apruebe los pasos que he dado desde este lance fatal; todos han tenido por objeto el tener noticias de usted y dárselas mías; y ¿quién sabe? Tal vez con ellos lograré volver a verla y acaso con mayor libertad.
¿Concibe usted, mi Cecilia, adónde llegará el placer de volver a vernos, de poder jurarnos mutuamente un amor eterno, y de ver en nuestros ojos y sentir en nuestras almas que este juramento no será falso ni engañoso? ¿Qué penas no haría olvidar un momento semejante? Pues esa misma esperanza es la que tengo, y la debo a estos pasos que se dignará en aprobar. ¿Qué digo? Lo debo al cuidado y a la solicitud del más tierno de los amigos, y lo que únicamente le suplico es que permita que este mi amigo lo sea suyo.
Acaso yo no debía dar a nadie una confianza que concierne a usted, sin su permiso; pero tengo por excusa, la desgracia y la necesidad. El amor ha sido mi guía; él es el que reclama su indulgencia, el que le pide que perdone una confianza necesaria, y sin la cual quedábamos tal vez separados para siempre . Usted conoce el amigo de que hablo; lo es también de la mujer que más ama usted; es el vizconde de Valmont.
Mi proyecto dirigiéndome a él, era por lo pronto empeñar a la señora de Merteuil a que se encargase de una carta para usted. No ha creído que este medio pudiese lograrse, pero en falta del ama responde de su doncella que le debe obligaciones. Ella será la que le entregará esta carta y a quien podrá darle igualmente su respuesta.
Este recurso no le será útil si, como lo cree el vizconde, debe usted partir muy pronto para el campo; pero entonces él mismo se ofrece a servirnos. La señora a cuya casa va usted, es parienta suya, y aprovechará de esta circunstancia para ir allá cuando usted esté, de modo que pasará por su mano nuestra correspondencia. Aun me asegura que, si usted se deja dirigir, nos procurará los medios de vernos allí sin riesgo de comprometernos.
Ahora, mi querida Cecilia, si me ama, si se compadece de mi desgracia; si, como lo espero, siente el mismo pesar que yo, ¿negará usted su confianza a un hombre que será nuestro ángel tutelar? Sin él me vería yo reducido a la desesperación de no poder mitigar las penas que le ocasiono. Espero que acabarán; pero, permítame decirle mi buena amiga que no se abandone a ellas, ni se deje por ellas abatir. La idea de que usted sufre me es insoportable. Daría mi vida por hacerla feliz, bien lo sabe. ¡Ojalá que la certidumbre de ser adorada pueda consolar algo los tormentos que padece el alma! La mía necesita que usted le asegure que perdona al amor los males que le hace sufrir.
Adiós, mi Cecilia, adiós, mi tierna amiga.
En..., a 7 de septiembre de 17...
CARTA LXVI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Usted verá, mi bella amiga, leyendo las dos cartas adjuntas, si he sabido llenar bien sus ideas. Aunque llevan la fecha de hoy, han sido escritas ayer en mi casa, y a mi vista. La que está dirigida a la jovencita dice cuanto queríamos. Es preciso prosternarse ante el profundo talento de usted, si hemos de juzgar de él por el acierto de sus planes. Danceny está hecho un fuego, y seguramente a la primera ocasión no habrá nada que reprenderle. Si su bella inocente quiere mostrar docilidad, todo estará acabado poco después de su llegada a la casa de campo; tengo cien medios preparados. Gracias a su cuidado, soy ya muy decididamente el amigo de Danceny; no le falta más que ser príncipe .
Es muy joven aún este pobre Danceny. ¿Creerá usted que no he podido obtener de él que prometa a la madre que renunciará al amor de su hija? ¡Como si fuese tan difícil prometer cuando uno está bien resuelto a no cumplir! Sería engañar, me decía a cada instante: este escrúpulo me edifica sobre todo en un joven que quiere seducir a la hija. He aquí los hombres: siendo todos igualmente malvados, en los proyectos que forman, a la flaqueza que ponen en realizarlos dan el nombre de probidad.
A usted toca impedir que la señora de Volanges no se asuste con ciertas imprudencias que se le han escapado en su carta a nuestro joven; presérvenos del convento, y procure hacer también que esa señora abandone la idea de que se le devuelvan las cartas de su hija. Por de contado él no las devolverá; no quiere, y pienso como él; en esto el amor y la razón marchan de acuerdo. Yo he leído estas cartas; me he tragado este fastidio: pueden sernos útiles; me explico.
A pesar de toda nuestra prudencia, pudiera la cosa dar un estallido. Éste haría fallar el casamiento, y destruiría todos nuestros planes respecto a Gercourt. ¿No es verdad? Pero, como por parte mía tengo también que vengarme de la madre, me reservo en tal caso el deshonrar yo a su hija. Escogiendo bien estas cartas y no presentando sino algunas, parecería que ella había dado los primeros pasos, y se había entregado abiertamente. Algunas otras podrían comprometer a la madre, y la harían a lo menos culpable de un descuido sin excusa. Danceny se opondría por lo pronto, bien lo veo; mas como se vería atacado personalmente, creo que al fin se le reduciría. Puede apostarse mil contra uno que no sucederá esto; pero es preciso preverlo todo.
Adiós, bella amiga; sería usted muy amable si quisiese ir mañana a cenar a casa de la mariscala de***; yo no he podido excusarme.
Me imagino que no es preciso recomendar a usted el secreto con la señora de Volanges sobre mi intención de ir al campo; al instante decidiría quedarse en la ciudad; en cambio, una vez llegada allí, no partirá al día siguiente, y si nos da solamente ocho días, yo respondo de todo.
En?, a 7 de septiembre de 17?
CARTA LXVII
LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT
Muy señor mío: No quería responderle, y tal vez el embarazo que experimento es buena prueba de que no debiera hacerlo. Sin embargo, no quiero dejarle ningún motivo de queja contra mí; quiero más bien convencerle de que tengo hecho por usted cuanto era posible.
Usted dice que le he permitido escribirme. Convengo. Pero, cuando me recuerda ese permiso, ¿piensa que he olvidado con qué condiciones lo di? Si las hubiese yo cumplido tan bien como usted las ha observado mal, dígame en verdad, ¿hubiera recibido una sola respuesta mía? Vea, sin embargo, la tercera, y, cuando usted hace todo lo que es preciso para obligarme a romper esta correspondencia, soy yo la que me ocupo de los medios de mantenerla. Uno hay, pero es el único, y si usted rehúsa emplearle, será, por más que diga, probarme lo poco que le importa.
Deje, pues, un lenguaje que no puedo ni quiero oír; renuncie a un sentimiento que me ofende y me alarma, y que tal vez debería agraciar menos a usted, al pensar que es obstáculo que nos separa. ¿Qué, será este solo el sentimiento que únicamente puede usted cultivar, y el amor tendrá a mis ojos ese defecto más, el excluir la amistad? ¿Usted mismo tendría el de no querer por amiga aquella en quien hubiera deseado ver nacer otros sentimientos más tiernos? No puedo creerlo; esta idea humillante me indignaría, y me alejaría de usted para siempre.
Concediéndole mi amistad, le doy cuanto me pertenece, y lo único de que puedo disponer. ¿Qué más puede desear? Para entregarme a este sentimiento tan tierno, tan hecho para mi corazón, no espero sino su consentimiento y su palabra, que exijo, de que esta amistad bastará para su felicidad.
Olvidaré todo lo que se me ha podido decir, y fiaré a usted el cuidado de justificar con su conducta mi elección.
Ya ve mi franqueza: ella debe probarle mi confianza, y de usted sólo dependerá el aumentarla; pero le prevengo, que la primera palabra de amor que diga, la destruirá para siempre y me devolverá todos mis temores; sobre todo, será para mí la seña de un eterno silencio con usted.
Si como me dice, está corregido de sus errores, ¿no querrá ser más el objeto de la amistad de una mujer honrada, que el de los remordimientos de una mujer culpable?
Quede con Dios, señor vizconde; usted conoce que, después de haberle hablado de este modo, nada puedo añadir antes de haber recibido su respuesta.
En..., a 9 de septiembre de 17...
CARTA LXVIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Muy señora mía: ¿Cómo he de poder responder a su última carta? ¿Cómo me atreveré a ser franco, cuando mi sinceridad puede perderme? No importa; es preciso, y tendré valor para ello. Yo me digo y me repito, que vale más merecer a usted que lograrla, y aunque deba rehusarme siempre una dicha, que desearé sin cesar, es preciso probar, a lo menos, que mi corazón la merecía.
¡Lástima que, como usted dice, haya vuelto yo de mis errores! ¡Con qué transportes de alegría hubiera leído esa misma carta, a la que hoy contesto temblando! Me habla con franqueza, me atestigua confianza, me ofrece, en fin, su amistad; ¡cuántos bienes, señora, y cuánto siento no poderlos aprovechar! ¡Ah! ¿por qué no soy el mismo? Si aún lo fuera; si no tuviese por usted más que un vulgar deseo, hijo de la seducción y del placer que hoy se llama amor, me apresuraría a sacar provecho de lo que pudiera obtener. Poco mirado de los medios, con tal me procurasen el éxito, excitaría la franqueza de usted para venderla; desearía su confianza para traicionarla; aceptaría su amistad esperando descarriarla... ¿Le asusta, señora, este cuadro? Sería, sin embargo, mi retrato, si aceptara el ser sólo su amigo. ¿Había yo de consentir en partir con nadie un sentimiento suyo? Si tal dijese, no me crea más. Desde entonces procuraría engañarla; podría aún desearla, pero amarla, no.
Y no es que la amable franqueza, la dulce confianza y la sensible amistad hallen en mí desprecio... Pero el amor, el verdadero amor que usted me inspira, reuniendo todos esos sentimientos, dándoles mayor energía, no se presta como ellos a esa tranquilidad, esa frialdad del alma que permite comparaciones que sufre preferencias. No, señora, no seré su amigo; la amaré con el amor más tierno y más ardiente, aunque más respetuoso. Y usted podrá desesperarlo, pero nunca aniquilarlo.
¿Con qué derecho pretende disponer de un pecho de quien rehúsa el homenaje? ¿Con qué crueldad refinada me quita hasta la dicha de amarla; que es mía y que no le pertenece y que sabré defender? Que si es fuente de mis males, también es el remedio. No, mil veces no. Persista en sus crueles negativas; pero déjeme mi amor. Usted se complace en hacerme desdichado, sea; procure vencer mi valor. Podré, al menos, forzarla a decidir de mi suerte y tal vez, un día me haga más justicia. No que espere nunca volverla sensible; pero, sin persuadirse, quedará convencida y se dirá: lo había juzgado mal.
Mejor diría que a usted misma es a quien hace injusticias usted. Conocerla sin amarla, amarla sin ser constante, son dos igualmente imposibles: y a pesar de la modestia que la adorna, debe ser a usted más fácil quejarse que asombrarse de los sentimientos que despierta. Mi sólo mérito es haberla apreciado y no quiero perderlo; y lejos de consentir con sus insidiosas ofertas, renuevo a los pies de usted el juramento de amarla siempre.
En..., a 10 de septiembre de 17...
CARTA LXIX
CECILIA VOLANGES AL CABALLERO DANCENY
(Billete escrito con lápiz, y recopiado por Danceny.)
Me pregunta que hago: le amo, y lloro. Mi madre no me habla; me ha quitado papel, plumas y tintero; le escribo con un lápiz, que por suerte me ha quedado y en un pedazo de la carta de usted. ¿Cómo no aprobar cuanto hace y dispone para recibir noticias mías y darme las suyas? ¡Le quiero tanto! El señor de Valmont no me gustaba y no lo creía tan amigo suyo. Trataré de acostumbrarme a él y lo amaré por usted. No sé quién nos ha vendido; sólo puede ser mi doncella o mi confesor. ¡Qué desgraciada soy! Partimos al campo mañana; ignoro por cuánto tiempo. ¡Dios mío, no ver a usted! Adiós, procure leerme. Estas palabras, trazadas con lápiz, se borrarán tal vez; pero nunca los sentimientos grabados en mi corazón.
En..., a 10 de septiembre de 17...
CARTA LXX
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Tengo que darle un importante aviso, mi amiga querida. Cuando ayer, como usted sabe, en casa de la mariscala de *** se habló de usted, y yo dije no todo lo bien que pienso, sino lo que no pienso, todo el mundo parecía de mi opinión y la conversación languidecía como siempre que se habla bien del prójimo, cuando salió un contradictor: Prevan.
"No permita Dios, dijo, que yo dude de la honestidad de la señora de Merteuil. Pero osaría creer que la debe más a su ligereza que a sus principios; es tal vez más difícil seguirla que agradarla; y como corriendo tras una suelen encontrarse otras mujeres, que valen tanto o más, los unos se han distraído y los otros parado de cansancio. Y es quizás la mujer de París que menos ha tenido que defenderse. En cuanto a mí, añadió animado por la sonrisa de algunas damas, no creeré en la virtud de la marquesa de Merteuil, antes de haber reventado seis caballos en hacerle la corte."
El mal chiste hizo fortuna como todos los que encierran maledicencia, y, entre las risas que excitó, Prevan tomó su sitio y cambió la conversación general. Pero las dos condesas de B***, con quienes estaba nuestro incrédulo, continuaron con él el asunto de modo que felizmente yo lo oía todo. El desafío de hacer a usted sensible, quedó aceptado, dada la palabra de contarlo todo y de todas las empeñadas en esta aventura, sin duda sería ésta la cumplida más religiosamente. Pero prevenida usted, ya sabe el proverbio.
Quédame por decirle que este Prevan, a quien no conoce usted, es infinitamente amable y aún más diestro. Que si a veces se me oyó decir lo contrario, es porque no lo quiero bien y gusto de contrariar sus éxitos, y no ignoro qué peso tiene mi sufragio en una treintena de nuestras mujeres de moda.
Así he conseguido largo tiempo impedirle que apareciera en lo que llamamos gran teatro y haciendo verdaderos prodigios, se conservaba en la obscuridad. Pero el brillo de su triple aventura, atrajo sobre él las miradas, le dio la confianza que le faltaba y lo ha hecho, en verdad, temible. Es, en fin, hoy, el único hombre que temería encontrar en mi camino. Y, aparte el interés de usted, me hará un gran servicio proporcionándole, de camino, algún ridículo. Lo dejo en buenas manos y espero que, a mi vuelta, será hombre al agua.
Le prometo en pago, llevar a feliz término la aventura de su pupila y ocuparme de ella tanto como de mi bella mojigata.
Ésta acaba de enviarme un proyecto de capitulación. Toda su carta declara el deseo de ser engañada. Imposible ofrecer un medio más cómodo ni más gastado. Quiere que sea su amigo. Pero yo, que gusto de los procedimientos nuevos y difíciles, no quiero liquidar tan barato, y no me hubiese tomado tanto trabajo para acabar en una seducción vulgar.
Mi proyecto, al contrario, es que sienta ella bien el valor y la extensión de cada sacrificio que me haga; no conducirla tan de prisa que no pueda seguirla el remordimiento y no concederle la dicha de tenerme en sus brazos hasta haberle obligado a no disimular el deseo. Poco valgo, si no valgo la pena de ser solicitado. Ni puedo vengarme menos de una altiva mujer que parece sonrojarse de confesar que adora.
He, pues, rehusado la preciosa amistad y atenídome a mi título de amante. Y como no se me oculta que el tal título que parece al principio una disputa de palabras, es de importancia real el obtenerlo, he puesto gran cuidado en mi carta llenándola de ese desorden que pinta sólo el sentimiento. He desvariado, en fin, lo más posible, porque sin desvarío no hay ternura, y creo que por esto las mujeres nos son superiores en las cartas de amor.
He terminado la mía con una adulación, lo que es aún consecuencia de largas observaciones. cuando el corazón de una mujer se ejercita algún tiempo, ha menester reposo, y he notado que una zalamería era para todas la mejor almohada que ofrecerle; se puede.
Adiós, mi bella amiga. Parto mañana. Si tiene algo que mandarme para la condesa de***, me detendré en su casa, al menos, a comer. Siento partir sin ver a usted. Páseme sus sublimes instrucciones y ayúdeme con sus sabios consejos en este momento decisivo.
Sobre todo, defiéndase de Prevan y ojalá pueda yo un día indemnizarla de este sacrificio. Adiós.
En..., 11 de septiembre de 17...
CARTA LXXI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
¡Pues no se ha dejado mi cartera en París el aturdido de mi criado! Las cartas de mi hermosa, las de Danceny para la joven Volanges, todo está allá y todo lo necesito. Mientras él ensilla su caballo y se dispone a partir para reparar su estupidez, yo le contaré a usted mi historia de esta noche, para que vea que no pierdo el tiempo.
La aventura en sí no es nada; una simple recaída con la vizcondesa de M***. Pero en los detalles me intereso y tengo además gusto en mostrarle que si sé perder a las mujeres, sé también salvarlas cuando las quiero. El partido más difícil o más alegre es el que tomo; y no me reprocho una buena acción con tal que me ejercite o me divierta.
Encontré aquí, pues, a la vizcondesa, y como ella juntara sus instancias a las que se me hacían de que me quedase en el castillo: "Consiento, le dije, a condición de que pasaremos la noche juntos". "Me es imposible, respondió ella, Vressac está ahí." Yo, que no lo había dicho por tanto hasta entonces, me rebelé como siempre ante la palabra imposible. Me sentí humillado de que me sacrificaran a Vressac, y resolví no sufrirlo. Insistí.
No me ayudaban las circunstancias. Este Vressac ha tenido la torpeza de inspirar celos al vizconde, de modo que la vizcondesa no puede ya recibirlo en casa y este viaje a la de la buena condesa, estaba concertado entre ellos para poder aprovechar algunas noches. El vizconde, había empezado por poner ceño al hallarse con Vressac: pero como es más cazador que celoso, se quedó sin embargo; y la condesa, siempre la misma que conoce usted, después de alojar a la esposa en el gran corredor, ha puesto a un lado al marido, y al otro el amante, y los ha dejado arreglarse entre ellos. El mal destino de ambos quiso que a mí me alojaran enfrente.
El mismo día, es decir ayer, Vressac que como supone usted, mima al vizconde, cazaba con él, a pesar de no gustarle la caza, contando consolarse por la noche, entre los brazos de la mujer, del fastidio que de día le causaba el marido; pero yo juzgaba que mejor le vendría el reposo y me ocupé de los medios de que su querida se lo proporcionase.
Salíme con ello y obtuve que ella le armara una disputa sobre aquella misma partida de caza, en la que sólo había consentido por culpa suya. No podía escoger peor pretexto; pero nadie mejor que la vizcondesa posee ese talento común a todas, de sustituir la razón con el humor y de ser más invencible cuanto menos razón lleva. El momento no se prestaba tampoco a explicaciones, y el ser fútil la causa facilitaba el arreglo al día siguiente, pues yo no pedía más de una noche.
Vressac halló pues cara de juez al llegar, y cuando quiso preguntar la causa, se le enfadaron. Trató de justificarse; la presencia del marido sirvió de pretexto para romper la conversación: quiso cuando salió el esposo que le prometieran oírle a la noche. Aquí se puso sublime la vizcondesa. "Estos hombres audaces, que porque han gozado los favores de una dama se creen con derecho para abusar, aun cuando ella tenga justos motivos de queja." Y, cambiando de tesis tomó tan bien el tono delicado y sentimental, que Vressac se quedó mudo y confuso y yo mismo estuve sobre creer que tenía razón; pues ya sabe usted que, como amigo de ambos, terciaba en la conversación.
Finalmente, ella declaró que no añadiría las fatigas del amor a las de la caza, y que no quería turbar tan dulces placeres. Volvió el marido. El desolado Vressac, que ya no podía replicar, me tomó aparte, y después de contarme por menudo sus razones, que yo me sabía tanto como él, me suplicó que hablase a la vizcondesa. Hablé yo en efecto, pero para darle las gracias y convenir la hora y modo de nuestra cita.
Me dijo que, alojada entre su marido y su amante, había creído más prudente ir al cuarto de Vressac, que recibirle en el suyo y que puesto que yo dormía frente a ella, juzgaba también más seguro pasar a mi habitación a donde iría cuando despidiese a su doncella. Restábame sólo dejar mi puerta entreabierta y esperar.
Todo sucedió como convinimos, y llegó ella a mi cuarto con el simple aparato de una hermosura al sueño sustraída .
Falto de vanidad, no me paro en los detalles de la noche, usted me conoce, y quedé satisfecho de mí.
Fue preciso separarse al amanecer. Y aquí comienza lo interesante. La atolondrada había creído dejar su puerta entornada y la encontramos cerrada, y con la llave por dentro. No tiene usted idea de la expresión desesperada con que la vizcondesa exclamó al instante: "¡Ay, estoy perdida!" Hubiera sido chusco, lo confieso, dejarla en tal situación: pero, ¿podía yo tolerar que una mujer se perdiese por mí sin perderla yo? ¿Debía como los hombres vulgares dejarme dominar por las circunstancias? Preciso era hallar un medio. ¿Qué hubiera usted hecho, mi bella amiga? He aquí mi ardid que salió bien.
Pronto vi que la puerta en cuestión podría echarse abajo, permitiéndose hacer mucho ruido. Obtuve pues de la vizcondesa, no sin trabajo, que se pusiera a dar gritos penetrantes de ladrones, asesinos, etc., para que al primer grito derribara yo la puerta, y ella corriera a su cama. Acabamos al fin por hacerlo así, y al primer puntapié cedió la puerta.
Bien hizo la vizcondesa en no perder tiempo: en un instante el vizconde y Vressac se hallaban en el corredor y también la doncella.
Yo, el único que conservaba sangre fría, me aproveché para apagar una mariposa que ardía aún en el cuarto y derribarla por tierra, pues ya piensa usted cuán ridículo hubiera sido fingir tal pánico teniendo luz en el cuarto. Y luego, regañé al marido y al amante por tener un sueño tan pesado, asegurándoles que los gritos a que yo había acudido y mis esfuerzos para derribar la puerta duraban hacia cinco minutos por lo menos.
La vizcondesa, que en su cama había recobrado su valor, me secundó bastante bien, y juró por Dios y por los santos, que había un ratón en su aposento: y protestó con la mayor sinceridad, que en su vida había tenido un miedo igual. Buscábamos en balde, cuando yo hice reparar en la mariposa caída y concluí, que sin duda un ratón había causado el daño y el terror. Mi opinión fue la de todos, y tras algunas bromas sobre los ratones, fuese el primero a la cama el vizconde, rogando a su mujer que tuviera en adelante ratones más tranquilos.
Vressac, solo con nosotros, se acercó a la vizcondesa para decirle tiernamente que aquello era una venganza del amor, a lo que ella dijo mirándome: "Pues muy enfurecido debía estar, porque bien se ha vengado; pero, añadió, estoy rendida de fatiga y quiero dormir."
Yo me sentí bueno; antes de separarnos abogué por la causa de Vressac y conseguí la reconciliación. Ambos amantes se abrazaron y me abrazaron a su vez. Nada me daban los besos de la vizcondesa, pero confieso que el de Vressac me hizo gracia. Salimos juntos, y después de recibir sus largos cumplimientos, nos fuimos cada uno a su cama.
Si le place la historia, no le pido el secreto. Ya me ha divertido a mí, tome el público su parte. Me refiero a la historia ¿diremos pronto lo mismo de la heroína?
Adiós, hace una hora que aguarda mi lacayo; un momento sólo para abrazar a usted, y recomendarle sobre todo que se guarde de Prevan.
Del palacio de..., a 15 de septiembre de 17...
CARTA LXXII
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA VOLANGES
(No entregada hasta el 14.)
¡Cuánto, Cecilia mía, envidio la suerte de Valmont que la verá mañana! ¡Él le entregará esta carta y yo languideciendo lejos de usted arrastraré mi penosa existencia entre penas y recuerdos! Amiga mía, mi tierna amiga, compadezca mis males, compadézcame más aún por los suyos, contra ellos sí que me abandona el valor.
¡Qué horrible causar la pena de usted! Sin mí estaría dichosa y tranquila. ¿Me perdona, Cecilia? Diga, sí, diga que me perdona, diga que me ama, que me amará siempre. Necesito que me lo repita. No porque dude... pero mientras más seguro estoy de ello, más dulce me es el escucharlo. Me ama usted, verdad. Sí, me ama con toda su alma. No olvido que ésta es la última palabra que le he oído. ¡Cómo la conservo en mi corazón! ¡Cómo está allí grabada, profunda y con qué delirio le responde el mío!
¡Ay! en aquel momento dichoso, estaba yo lejos de prever la horrible suerte que nos esperaba. Ocupémonos, mi Cecilia, del modo de dulcificarla. De creer a mi amigo, bastará que usted le otorgue su completa confianza. Él la merece.
Apenábame, lo confieso, la idea desventajosa que usted parecía tener de él; en ella he visto las prevenciones de su madre; para someterme también a ellas, había yo descuidado hacía tiempo a este hombre tan amable que hoy lo hace todo por mí, que trabaja en fin para reunirnos, cuando su mamá de usted nos ha separado. Ruégole, mi querida amiga, que lo vea con ojos más favorables. Piense que es mi amigo, que quiere serlo suyo, y que puede darme la dicha de verla. Si estas razones no la convencen, Cecilia mía, usted no me ama como la amo, no me quiere como yo la quiero. ¡Ah! si llegase a amarme menos... Pero no, mío es el corazón de mi Cecilia y para toda la vida, y si debo temer las penas de un amor infeliz, su constancia me salvará al menos los tormentos de un amor traicionado.
Adiós, mi amiga encantadora; no olvide que sufro y que sólo de usted depende el hacerme dichoso, dichoso del todo. Escuche los votos de mi corazón, y reciba el más tierno beso de amor.
París, a 11 de septiembre de 17...
CARTA LXXIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A CECILIA VOLANGES
(Adjunta a la anterior.)
El amigo que la sirve, ha sabido que usted carece de lo necesario para escribir, y se lo ha proporcionado. En la ante-sala de su aposento hallará, bajo el gran armario, a mano izquierda, provisión de papel, tinta y plumas, que se renovará cuando quiera, y que puede dejar en el mismo sitio, si no encuentra otro más seguro.
Y le ruega que no se ofenda si aparenta no atenderla en el círculo, y mirarla como a una niña. Esta conducta le parece necesaria para inspirar la seguridad de que necesita y poder trabajar con más eficacia en la dicha de su amigo y de usted.
Tratará de originar ocasiones de hablarle cuando tenga algo que decirle o que darle, y espera conseguirlo si usted pone celo en secundarlo.
También le aconseja devolver las cartas conforme las vaya recibiendo, para arriesgar menos un compromiso.
Y termina asegurándole que si usted quiere darle su confianza, pondrá el mayor cuidado en dulcificar la persecución que una madre harto cruel inflige a dos personas, una de las cuales es ya su mejor amigo y la otra le parece merecer el más tierno interés.
En quinta de..., a 14 de septiembre de 17...
CARTA LXXIV
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT
¿Y desde cuándo, mi amigo, se me asusta tan fácilmente? ¿Tan temible es ese Prevan? Pues mire qué sencilla y modesta soy. Mil veces lo he encontrado, y no lo he mirado siquiera. Nada menos que la carta de usted fue preciso para llamarme la atención. Ayer he reparado mi injusticia. Estaba en la ópera casi frente a mí, y me ocupé de él. Es guapo al menos, pero muy guapo; rasgos finos y delicados; debe ganar visto de cerca. ¿Y usted dice que quiere conquistarme? pues de fijo me hará honor y gusto. Seriamente, tengo el capricho, y empiezo por confiar a usted aquí que he dado ya los primeros pasos. No sé si saldrán bien. He aquí el caso.
Estaba él a dos pasos de mí a la salida de la ópera, y he dado en alta voz cita a la marquesa de*** para cenar el viernes en casa de la mariscala. Sólo allí creo poderlo ver. No dudo de que me haya oído. ¿Si no vendrá el ingrato? Pero dígame, ¿cree que vendrá? ¿Sabe usted que si no viene estaré de mal humor toda la noche? Ya ve cómo no encontrará tanta dificultad en seguirme; y lo que más le extrañará, menos va a encontrar en gustarme. ¡Quiere, dice, reventar seis caballos haciéndome la corte! Yo salvaré la vida a esos pobres caballos. No tendría paciencia para esperar tanto. Usted sabe que no está en mis principios el dilatar las cosas cuando estoy decidida, y por él lo estoy.
Sí que da gusto ¿verdad? el darme consejos. El importante aviso de usted no tiene gran éxito. Pero ¡qué quiere, hace tanto tiempo que vegeto! más de seis semanas ha que no me he permitido alegría ninguna. Ésta se presenta: ¿cómo rehusármela? ¿Y no vale la pena el asunto? ¿qué otro más agradable en cualquier sentido que tome la palabra?
Usted mismo está obligado a hacerle justicia; y hace más que elogiarle, tiene celos de él. Pues bien, yo me instituyo juez entre ambos. Pero por lo pronto hay que instruirse, y a eso voy. Seré juez íntegro, y pesaré a los dos en la misma balanza. De usted tengo ya las memorias y su causa perfectamente instruida. ¿No es justo que ahora me ocupe de su adversario? Vamos, sométase de buen grado, y para empezar cuénteme luego cuál es esa triple aventura de que él es el héroe. Me habla de ella usted como si la supiera yo de memoria, y no sé una palabra. A lo que parece, habrá ocurrido cuando mi viaje a Ginebra, y sus celos no lo dejaron escribírmela. Repare luego esa falta; nada de lo que le concierne me es extraño. Creo que aún se hablaba a mi regreso; pero ocupada de otras cosas, oigo rara vez en ese género lo que no es del día o de la víspera.
Y aunque lo que le pido le contraríe algo, ¿no es lo menos que debe a los cuidados que tomo por usted? ¿no son ellos los que lo han acercado a su presidenta cuando sus tonterías lo tenían alejado? ¿Y no soy yo también quien le ha puesto entre las manos el tomar venganza del amargo celo de la señora de Volanges? Tantas veces como se ha quejado usted del tiempo empleado en buscar las aventuras. Ahora las tiene en la mano. El amor, el odio, a escoger, y todo bajo el mismo techo; acariciar con una mano y herir con la otra.
Y aún es a mí a quien debe la aventura de la vizcondesa. Mucho me alegro; pero, como dice usted, hoy hay que hablar de ello; porque si la ocasión le ha hecho preferir el misterio al lustre, por el momento hay que reconocer que la dama no merecía tan honrado proceder.
Y a más yo estoy quejosa de ella. El caballero de Belleroche la encuentra más bonita que yo quisiera, y por muchas razones me alegraría de un pretexto para romper. Y nada más cómodo que tener que decirse: "No se puede tratar a esa mujer."
Adiós, vizconde. Piense que en su situación el tiempo es precioso: voy a emplear el mío en ocuparme de la dicha de Prevan.
París, 15 de septiembre de 17...
CARTA LXXV
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
NOTA. En esta carta Cecilia Volanges da cuenta minuciosa de lo relativo a ella en los sucesos que el lector ha visto en la carta LIV y siguientes. Pareció bien suprimir esta repetición. Hablando, en fin, del vizconde de Valmont, se expresa así:
Te aseguro que es un hombre extraordinario. Mamá habla muy mal de él; pero el caballero Danceny dice mucho bien, y yo creo que es él quien tiene razón. Jamás vi hombre más diestro. Al entregarme la carta de Danceny estaba todo el mundo delante, y nadie lo notó; verdad que yo pasé mucho miedo, porque no estaba prevenida; pero ahora ya lo sé. Entendí perfectamente cómo quiere que haga para darle la respuesta. Es muy fácil entenderse con él, porque tiene una mirada que lo expresa todo. No sé como lo hace; en su billete me decía que iba a aparentar no ocuparse de mí delante de mamá; y en efecto, diríase que yo no existo para él; y sin embargo, siempre que busco sus ojos estoy cierta de encontrarlos en el acto.
Hay aquí una buena amiga de mamá, que yo no conocía, que también parece no gustar nada del señor de Valmont, aunque éste la atiende mucho. Temo que se fastidie pronto de la vida de aquí, y se vuelva a París. Sería bien triste. Preciso es que tenga buen corazón, para haber venido sólo por servir a su amigo y a mí. Quisiera atestiguarle mi gratitud; pero no sé cómo hacer para hablarle, y cuando lo consiguiese, me daría mucha vergüenza, y no sabría qué decirle.
Sólo ala señora de Merteuil hablo libremente. Quizás contigo misma, hablando me sentiría embarazada. Con el mismo Dancenv he sentido a veces como, a pesar mío, cierto temor que me impedía decirle todo lo que pensaba. Ahora lo siento, y daría todo el mundo por decirle una vez, una sola vez, cuánto le amo. El señor de Valmont le ha prometido que si yo me dejo conducir, él nos procuraría la ocasión de volvernos a ver. Yo haré lo que quiera; pero no crea que sea posible.
Adiós, mi buena amiga; no tengo más tiempo.
En la quinta de..., a 14 de septiembre de 17...
CARTA LXXVI
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
O su carta es una broma que no entiendo, o se hallaba al escribírmela en un delirio muy peligroso. Si la conociera menos estaría de veras asustado; y, diga usted lo que quiera, no me asustaría fácilmente.
La leo y releo en vano; nada saco en limpio; porque tomar su carta al pie de la letra, no es posible. ¿Qué ha querido, pues, decirme?
¿Es sólo que cree inútil darse tanto cuidado en un enemigo tan poco temible? Pues en ese caso pudiera hacer mal. Prevan es realmente amable; más de lo que cree usted; tiene, sobre todo, el talento de interesar mucho de su amor con la destreza que pone en hablar delante de todo el mundo, sirviéndose de cualquier conversación. Pocas mujeres hay que se salven así del lazo de responder, porque todas, picándose de agudas, encuentran la ocasión de mostrarlo. Ahora bien, usted sabe de sobra que la mujer que consiente en hablar de amor, acaba pronto por tenerlo, o al menos por conducirse como si lo tuviera. Y él gana en este método, que ha perfeccionado, el llamar a veces a las mismas mujeres a testificar de su derrota; y de esto le hablo, porque lo he visto.
Yo estaba en el secreto, de segunda mano, porque nunca tuve relación directa con Prevan; pero, en fin, éramos seis; y la condesa de P***, creyéndose muy lista, y pareciéndolo, en efecto, para los que no estaban instruidos de sostener una conversación general, nos contaba con el mayor detalle cómo se había rendido a Prevan y cuanto había pasado entre ellos. Hacía su relación con tal seguridad, que ni siquiera la turbó la loca risa que nos dio a los seis al mismo tiempo; y me acordaré siempre que, habiendo uno querido excusarse haciendo como que dudaba de la exactitud del cuento, respondió gravemente que de fijo ninguno podíamos saber tanto como ella; y no temió preguntar a Prevan si habíase equivocado en una sola palabra.
He podido creer, pues, a este hombre peligroso para todo el mundo... pero para usted, marquesa, ¿no bastaba que fuese guapo, muy guapo, como usted misma lo dice? ¿que le dirigiese uno de esos ataques que usted gusta de recompensar sin más que por hallarlos bien hechos? ¿Qué, le hubiera parecido bien rendirse por una razón cualquiera? o... ¿qué se yo? ¿Puedo adivinar los cien mil caprichos que rigen la cabeza de una mujer, sólo por lo cual pertenece usted a su sexo? Ahora que está advertida del peligro, ya supongo que saldrá de él fácilmente, pero había que advertirla. Vuelvo, pues, a mi tema: ¿qué ha querido decir?
Si no es más que una broma sobre Prevan, además de larga, es inútil conmigo. En la sociedad es donde hay que ponerlo un poco en ridículo y le renuevo mi ruego a este punto.
¡Ah! Creo haber hallado el quid. Su carta es una profecía, no de lo que usted hará, sino de lo que él la creerá dispuesta a hacer en el momento de la caída que le prepara. Apruebo el proyecto. Pero exige gran cuidado. Usted sabe, como yo, que para el público tener un hombre o recibir sus atenciones, es la misma cosa, a menos que el hombre no sea tonto; y Prevan no lo es ni mucho menos. Con una sola apariencia que alcance, se notará y se dirá todo. Los tontos lo creerán; los malos afectarán creerlo; ¿qué recursos quedarían a usted? Vaya, tengo miedo. No que dude de su habilidad, pero los buenos nadadores se ahogan.
No me creo yo más tonto que cualquiera; medios de deshonrar a una mujer he encontrado ciento, mil; pero cuando me he puesto a buscar cómo podría salvarla, no he visto nunca la posibilidad. En usted misma cuya conducta es una obra maestra, he creído ver cien veces más suerte que buen juego.
Después de todo, tal vez estoy buscando razones a lo que no las tiene y tratando en serio lo que no es de seguro, sino una chanza suya. ¿Usted va a burlarse de mí? bien, sea; pero pronto, y no hablemos de otra cosa. De otra cosa, digo mal, siempre de la misma, de las mujeres a ganar o a perder y a veces de ambas.
Tengo yo aquí, como dice usted, con qué ejercitarme en los dos géneros, pero no con la misma facilidad. Preveo que la venganza correrá más que el amor. Respondo de la joven Volanges; sólo depende de la ocasión, y yo me encargo de originarla. No así con la señora de Tourvel; no concibo a esta mujer desesperante; tengo cien pruebas de su amor; pero mil de su resistencia; temo, en verdad, que llegue a escapárseme.
El primer efecto producido por mi regreso, me auguraba mejor. Adivinará que para juzgar por mí mismo y sorprender los primeros movimientos, llegué de improviso y calculando el momento de que estuvieran a la mesa. Caí de las nubes como las divinidades de ópera en el trance del desenlace.
Entré haciendo ruido para llamar la atención, y pude ver con la misma ojeada el júbilo de mi vieja tía, el despecho de la señora de Volanges y el placer desenfrenado de su hija. Mi bella, que estaba de espalda a la puerta, no volvió siquiera la cabeza; pero yo dirigí la palabra a la señora de Rosemonde, y, a la primera sílaba, la sensible devota dejó escapar un grito, en el que yo creí reconocer más amor que sorpresa o espanto. Vi entonces su cara: el tumulto de su alma, el combate de sus ideas y sus sentimientos, se pintaban en ella de mil modos. Me senté a su lado a la mesa; no sabía que hacía ni que decía. Trató de seguir comiendo; no hubo medio, en fin: antes de un cuarto de hora, su embarazo y su placer aumentados, no halló nada mejor que pedir permiso para levantarse de la mesa, y se escapó al jardín, con pretexto de tomar el aire. La de Volanges quiso acompañarla; la tierna virtuosa no lo consintió; feliz de hallarse sola y entregarse, sin recato, a la dulce emoción de su pecho.
Abrevié yo la comida cuanto pude. Apenas servido el postre, la infernal Volanges, movida, sin duda, del deseo de perjudicarme, se levantó para ir en pos de la encantadora enferma. Yo había previsto el proyecto y lo destruí. Fingí tomar aquel movimiento particular por el movimiento general, y me levanté: la joven Volanges y el cura del lugar hicieron lo propio al ver el doble ejemplo, y mi tía y el comendador de T***, que se quedaban solos, nos siguieron también. Fuimos todos en busca de mi hermosa a quien hallamos en el bosquecillo junto al palacio, y como necesitaba más soledad que paseo, prefirió volver con nosotros a hacernos quedar con ella.
Seguro ya de que la señora de Volanges no hallaría ocasión de hablarle a solas, pensé en ejecutar las órdenes de usted. Después del café subí a mi cuarto, inspeccionando de paso los otros, para reconocer el terreno; tomé mis disposiciones para asegurar la correspondencia de la muchacha y tras este primer beneficio le escribí dos líneas para instruirla y pedirle su confianza; junté al billete la carta de Danceny y salí al salón. Mi bella estaba en una chaise longue en un abandono delicioso.
Este espectáculo, despertando mis deseos, animó mis miradas; comprendí que debían ser tiernas y apremiantes y me coloqué de modo de aprovecharlas. Su primer efecto fue el de haber bajar los grandes y honestos ojos de mi celeste recatada. Primero consideré un rato aquel semblante angelical, luego recorrí toda su persona, adivinando los contornos y las formas a través de un vestido ligero, pero siempre importuno. De los pies volví a la cabeza. La dulce mirada estaba fija en mí; en el acto se bajó de nuevo, y queriendo yo favorecer su vuelta, aparté mis ojos. Entonces se estableció entre ambos esa tácita convención, primer tratado de amor tímido que permite a las miradas sucederse esperando confundirse.
Persuadido de que este nuevo placer ocupaba toda a mi hermosa, me encargué de velar por nuestra común seguridad; pero luego de asegurarme que una conversación muy viva nos salvaba de la observación del círculo, traté de obtener que aquellos ojos hablasen francamente su lenguaje. Sorprendí primero algunas mirarlas, pero con tanta reserva que no podía alarmarse la honestidad y para tranquilizar a la tímida persona, me puse tan azorado como ella. Pero, a poco, nuestros ojos, habituados a encontrarse, se fijaron más tiempo; al cabo no se separaron ya y yo noté en los suyos esa dulce languidez, señal dichosa de amor y deseo; pero sólo un momento: vuelta en sí, cambió, no sin cierta vergüenza, su posición y su mirada.
No queriendo que dudase de que yo me percataba de todos sus movimientos, me levanté con viveza y le pregunté si se hallaba mal. Todo el mundo llegó en seguida a rodearla. Los dejé pasar y como la jovencita Volanges, que bordaba junto a una ventana, necesitaba tiempo para apartarse de su labor, aproveché el momento para dejarle la carta de Danceny. Desde lejos le eché la epístola sobre las rodillas. Ella no sabía qué hacer. Usted se hubiera reído de su aire de sorpresa e inquietud. Yo no me reía, sin embargo, temiendo que tanta torpeza nos perdiera. Una ojeada y un gesto imperativo le hicieron, en fin, comprender que debía guardarse la carta.
Nada de interesante el resto del día. Lo que pasó después, traerá tal vez sucesos de que se alegrará, al menos por lo que hace a su pupila. Pero más vale emplear el tiempo en ejecutar los proyectos que en contarlos. Esta es, además, la octava carilla que escribo y estoy cansado, con que adiós.
Ya supone bien que la niña ha respondido a Danceny . También yo he tenido respuesta de mi bella, a quien escribí al día siguiente de mi llegada. Léala usted o no la lea; porque este perpetuo escarceo que ya va dejando de divertirme, debe ser bien insípido para las personas ajenas.
Otra vez, adiós. Siempre amo a usted; pero le prevengo, que si me habla de Prevan, lo haga de modo que yo lo entienda.
En la quinta de..., a 17 de septiembre de 17...
CARTA LXXVII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
¿De dónde, señora, el cruel cuidado que pone usted en huirme? ¿Cómo mi interés más tierno no obtiene sino procederes que apenas se emplearían con el hombre que más le diera que quejarse? ¡Qué! El amor me trae a sus pies y cuando una dichosa casualidad me coloca a su lado ¿gusta usted de fingir una indisposición y alarma a sus amigos, antes que consentir estar junto a mí? ¡Cuántas veces, ayer, separó sus ojos para privarme del favor de una mirada! Y si un solo instante pude ver menos severidad, tan corto fue, que sólo me dio tiempo a lamentar su pérdida.
No es ése, no, ni el trato que merece el amor, ni el que puede permitirse la amistad. Esa amistad preciosa de que sin duda usted me ha creído digno, pues me la ofreció ¿qué he hecho yo para perderla? ¿me habrá perjudicado mi confianza o me castiga usted por mi franqueza? ¿No teme al menos abusar de la una y de la otra? ¿No es, en efecto, en el seno de mi amiga donde he entregado el secreto de mi alma? ¿No me he creído obligado con ella a rehusar condiciones que me bastaba aceptar para no cumplirlas y abusar en provecho mío? ¿Quiere, en fin, obligarme a creer que hubiera sido mejor engañarla para obtener indulgencia?
No me arrepiento de una conducta que debía a usted y a mí mismo; pero, ¿por qué fatalidad cada acción loable es para mí anuncio de una nueva desgracia?
Después de ocasionar el único elogio que usted se ha dignado hacerme, he tenido que gemir por la primera vez el infortunio de haberla disgustado. Después de probarle mi sumisión perfecta, privándome de la dicha de verla, usted quiso romper toda correspondencia conmigo; quitarme el débil consuelo de un sacrificio que usted exigió y privarme del amor que sólo le había dado tal derecho. Y finalmente, después de hablarle con sinceridad, me huye hoy como a seductor peligroso de perfidia reconocida.
¿No se cansa de ser injusta? Dígame al menos qué nuevos engaños han podido llevarla a tanta severidad y no se niegue a dictarme las órdenes que he de seguir. Cuando me comprometo a obedecerlas ¿es mucho querer saberlas?
En..., a 15 de septiembre de 17...
Creado por carlos.rouen.menard | 0 comentarios | 29/09/06 00:08
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