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El editor de Homero en aquenopuedesleersolouna

El editor de Homero

Novela thriller no-la-puedo-dejar-ni-un-segundo Lee las primeras páginas. No podrás dejarla, eso ya lo sé yo, pero tendrás que pedirme más capítulos a enola01@yahoo.es
Ahí van los dos primeros:
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1
Hombre de palabra, como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta que toda su vida no había hecho otra cosa que dedicarse a la lectura. A los tres años aprendió a leer, a los cuatro recitaba de corrido La canción del Pirata y a los cinco ya leía a Enid Blyton. No parece mucho, pero lo es. Los amantes de las comparaciones más extremadas tal vez se asombren si les digo que a los doce ya había leído a Camús y empezaba con Hermann Hesse, Sidharta nada menos, aunque se inició con Narciso y Goldmundo.
Estudió filología, por si alguien lo dudaba, y se pagó los estudios trabajando: como dependiente en una librería durante el día y leyendo libros a ancianos y ciegos los fines de semana. Afortunadamente para él, solo pagó las cuatro asignaturas de primero, en las que obtuvo matrícula y que le permitieron cursar las cuatro de segundo sin pagar. Lo mismo ocurrió en tercero, en cuarto y en quinto. Fue premio extraordinario de carrera, lo que le permitió acceder a una beca fullbright, que eran las mejores de entonces, y doctorarse.
Su vida, entonces y ahora, yo creo que siempre, se dividía en leer y lo que había que hacer para poder leer. El transporte, la comida o la fisiología eran actividades necesarias pero automáticas y las realizaba siempre leyendo. Sacarse el carné de conducir, por ejemplo, habría requerido mucho tiempo en el adiestramiento físico, así que nunca lo obtuvo. Análogamente, con la televisión, el cine, el fútbol o los toros. Se hizo ateo porque no le dejaban leer en misa. Si le hubieran dejado, incluso si le hubieran facilitado libros, habría sido cura, mosén Floren o don Floren. En fin, la cosa es que solamente seis de las 24 horas del día las empleaba en otra cosa que no fuera leer: dormir.
Floren, Florentino García Conde, no dedicó nunca tiempo al amor y muy poco al sexo. Si ahora hay heterosexuales, homosexuales, transexuales, bisexuales y últimamente metrosexuales, con Floren inauguraríamos la galería de los asexuales. Y desde luego no le suponía ningún problema.
No resulta difícil imaginar a qué podría dedicarse en la vida, así que lo diré sin rodeos: era lector profesional. Empezó leyendo los originales que escritores inéditos enviaban a una editorial con fama de literaria, Seix Barral. Por entonces todavía estaba vivo y al frente don Carlos Barral, el editor poeta, por contradictorio que pueda parecer. Floren recibía unas tres novelas a la semana. En junio y en septiembre recibía apenas alguna porque eran los meses de cierre de las convocatorias del Planeta y del Nadal respectivamente y los noveles, que además de bisoños eran idiotas, preferían probar suerte. Las leía rápidamente y las valoraba artística y comercialmente. Si recibían una nota media superior a 3, sobre 5, pasaban a un lector jefe y si éste también la puntuaba adecuadamente, la novela pasaba al comité de edición, donde competía con otras opciones y, si ganaba, se publicaba unos tres meses después. Floren casi siempre las leía hasta la última palabra y con una lectura atenta y activa; aun así, de las cuarenta horas semanales que le pagaban en su nómina, apenas dedicaba unas siete a esta actividad. El resto del tiempo lo empleaba en leer todo el fondo editorial. No es de extrañar que con política salarial tan peregrina, Seix Barral, como empresa, fuera de culo.
Unos años después, pero antes de que Editorial Planeta se hiciera cargo de la empresa, Floren fue ascendido a lector jefe. Cuando Planeta pasó a ser su nuevo empleador, lo pusieron de lector, sí, jefe de grupo de lectores, sí, pero también hubo de trabajar en otras labores, afortunadamente para él, afines. Dirigió alguna colección menor y fue alabado por ello, pero no quería ninguna prebenda ni ascensos ni otro trabajo que no tuviera por fin y materia misma la lectura. Al poco tiempo pasó al comité de lectura del premio Planeta y llegó hasta el máximo nivel: uno de los dos lectores que decide las diez novelas que finalmente leerá el jurado. El otro era yo.
Si los escritores noveles no fuesen también idiotas, como ya he dicho, no presentarían sus novelas al premio, a ningún premio bien pagado. Lo que digo fundamentalmente es que las probabilidades de que gane alguno de ellos son tan inexistentes que se equivalen a las de que lo ganara un ciudadano cualquiera que ni se hubiera presentado. No se trata de trampa, se trata de planificación. Cuando Floren y yo decidíamos los diez títulos de cada año, ya sabíamos que cualquiera de ellos iba a tener un gran comportamiento comercial. Luego, sus señorías decidirían lo que más pijotero les pareciera. En realidad, el poder lo teníamos nosotros, Floren y yo.
Un original realiza el siguiente camino: se recepciona, se comprueba que las dos copias cumplan los formalismos exigidos, se sella la entrada y se envía por correo un comprobante de participación al autor. El primer día hábil de julio los originales son repartidos entre los lectores del nivel inferior. Estos desechan toda la bazofia: novelas mal planteadas o de escaso valor literario, con mínimo valor comercial, cosas así. Aproximadamente el 85 de los originales se va por este sumidero. Estos lectores hacen su trabajo rápido, en 48 horas a lo sumo. Después, otros lectores más avezados leen las novelas aprobadas y descartan aquellas con fallos de estructura y destacan aquellas que su olfato les dice que son de autores conocidos. Unos dos días después, Floren y yo nos repartimos unos treinta originales de los que elegiremos diez para la final.
Entre ellos hay siempre varios de escritores de la casa a los que se invita a participar. Floren y yo sabemos qué originales son los de los “invitados”, pero no sabemos quien es el escritor que se esconde detrás de cada pseudónimo. En realidad, tampoco hace falta. Nos bastan unas pocas páginas para adivinarlo. Así, nuestro poder es grande: podemos poner una novela de Bryce Echenique rodeada de otras nueve de segunda categoría y ganará fácilmente nuestro autor. O podemos ponérselo realmente difícil.
El año 2003 Floren leyó un original titulado Biblos que venía con dos cincos y dos treses y a la que él mismo calificó con cinco, nuestra máxima nota. Si los dos la calificábamos igual, pasaría, casi seguro, a la final. Me pareció raro que Floren no hubiera sido capaz de decir qué autor se escondía tras el pseudónimo, así que cuando me tocó leerla estaba ansioso: si lo averiguaba ganaría una cena en un buen restaurante porque Floren estaba seguro de que tampoco yo lo sabría.
Mi primer impulso fue abrir el original al azar, por la mitad, y leí. La lectura me atrapó inmediatamente y no había acabado de leer la página cuando noté que me remecía por dentro y tenía ganas de llorar. Cerré, me enjugué las lágrimas y abrí más hacia el principio. No hube leído ni cuatro líneas cuando un ataque de risa me llevó hasta perder el resuello y tener que beber un vaso de agua.
Me senté durante un instante, tenía que pensar; podía estar sucediendo. Podía ser verdad que las palabras causaran tales impactos en mí: la idea no me era desconocida. Probé nuevamente y abrí al azar. Esta vez solamente dos palabras me hicieron sentir tal pavor, tan grande miedo, que tuve que encender todas las luces y encerrarme en el salón de mi apartamento. No necesité más pruebas: sabía perfectamente ante qué me encontraba y no pensaba cometer la misma estupidez que mi colega. Dejé de leer y devolví mi valoración: un uno. Eliminado. Un par de días después, acabada nuestra labor y decididos los diez títulos finalistas, pagué mi deuda e invité a Floren a cenar en La Venta.
Hablamos de literatura y de novelas y de autores y de editores, pero en ningún momento me preguntó por qué lo hice, por qué hundí una novela tan maravillosa. Durante la cena me sentí aliviado con su silencio, no era un tema del que quisiera hablar y tampoco estaba muy seguro de cómo justificar mi uno, así que me pareció de perlas que no preguntara. Ahora, en cambio, sé que tuve que haberme dado cuenta de que un lector del nivel de Floren sabría perfectamente que mi veredicto no era razonable. Así que si calló aquella noche no fue por su natural discreto, sino porque eludía el tema.
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2
Romano había estado las últimas semanas comprando libros viejos por el mundo. Traía un container enterito de Suramérica y medio del resto del mundo. Era algo que venía haciendo cada dos años desde que se asentara en España.
Romano estaba a punto de cumplir la edad de jubilación, pero nadie en su entorno –familia propia no tenía- creía que fuera a dejarlo nunca. Le encantaba su trabajo de librovejero.
Cuando llegó a su despacho, encontró una nota de Samuel y otra de Ánder. Debían reunirse inmediatamente. Llamó a sus sobrinas, Candela y Jimena, al mando de la empresa desde hacía ya años porque Romano solamente quería comprar los libros, el resto del asunto no le interesaba.
A finales de los setenta del siglo pasado se le ocurrió la idea. Había pocos lectores y los libros resultaban caros, siempre resultan caros. Romano creyó que una buena idea era comprar libros de segunda mano y revenderlos. No era, visto así, un negocio nuevo: librerías de viejo siempre ha habido. Pero Romano entrevió su negocio de manera diversa.
En realidad, lo que hacía era comprar libros viejos, limpiarlos y clasificarlos y luego colocarles a todos unas tapas que los identificaban claramente: título, autor, colección y, por supuesto, el anagrama LVR, libro viejo Romano. Es decir, hacía de reeditor con imagen propia: inventaba sus colecciones, diseñaba las portadas y contraportadas de sus propias tapas y los clasificaba por colecciones: El precio del Misterio, Narrativa Española S. XIX, Narativa Europea S. XIX, Filosofía alemana, Ciencias sociales, Gastronomía y culinaria, etc. Las tapas de cada colección tenían su propio código visual y todas las colecciones tenían un sello que las hacían reconocibles a kilómetros de distancia como productos de LVR.
Romano, además, había negociado con cientos de pequeñas librerías, de libro nuevo o de libro viejo y antiguo. Al principio, muchas eran reticentes y no acababan de ver el negocio, pero pronto las cosas cambiaron y cuando los libreros vieron que había un nuevo público que hizo crecer sus recaudaciones, la cosa cambió. Los libros LVR no solo eran más baratos –un 40 más- sino que además les dejaban mayor margen que los nuevos. Los editores protestaron, claro, pero tampoco la presión fue mucha porque los libreros presentaron batalla y, entre otras cosas, demostraron que las ventas de libro nuevo se mantenían en los niveles de siempre y que la tan temida canibalización no dejó de ser un resfriado.
La idea de Romano fue un éxito silencioso y cuando sus sobrinas se hicieron con la dirección, la empresa experimentó un más que notable crecimiento. Las chicas inventaron el palet leger, como le llamaron y como es conocido aún hoy en todo el mundo. Se trataba de un embalaje de cartón que ocupaba la mitad de un palet. Contenía libros LVR clasificados por colecciones y que, con una simple manipulación del cartón que hacía de embalaje, se convertía en un expositor de metro y medio de altura y 60 centímetros de lado que mostraba nada menos que dos cientos títulos distintos distribuidos en cinco colecciones. Primero lo presentaron como pedido de introducción para las librerías que alegaban falta de espacio en sus estanterías, pero en unos meses se convirtió en el producto estrella de la compañía.
Lo idearon entre ambas una mañana después de ver los resultados de las últimas semanas: no habían conseguido introducirse en ninguna nueva librería. El argumento más utilizado era la falta de espacio en los estantes. Se fueron a recorrer librerías por todo Valencia y poco a poco fue surgiendo: era necesario encontrar la forma de colocar libros fuera de los estantes sin que ocuparan mucho más que una silla. El embalaje de cartón era una caja, pero al ensamblarlo quedaba un soporte inferior de 60 cms. que soportaba otros 60 cms de libros expuestos en una librería de cartón. En la base se colocaba la mitad de los libros del envío y en los anaqueles la otra mitad, lista para ser vendida y, entonces, repuesta con los libros ocultos en la base.
Las chicas encargaron el diseño de la imagen a un publicitario de Valencia, Borja Azcárraga, que había cogido fama últimamente y consiguieron una pieza que gustaba al librero, atraía al lector, hacía deseables esos precisos libros y mostraba impúdicamente un precio bajísimo.
-Tengo que irme otra vez –dijo a sus sobrinas-, tenéis que haceros cargo de la clasificación del nuevo cargamento.
-¿Cuánto tardarás esta vez? –preguntó Jimena- Te echamos de menos.
-No lo sé, Peque, realmente no lo sé. Ya sabéis como soy.
Candela, 27, y Jimena, 25, se hicieron cargo de la empresa hacía ya más de seis años. En realidad, no era muy difícil. Casi todo estaba subcontratado por lo que el trabajo de gestión era más o menos simple. Los libros se enviaban a las librerías a través de distribuidoras independientes y la clasificación se hacía con personal subcontratado por obra. Toda la infraestructura, por tanto, se reducía a dos naves industriales de unos dos mil metros cuadrados de superficie y seis metros de altura cada una. En 6.000 metros cúbicos caben muchos libros y en un metro cúbico entre 1.000 y 1.200 libros. Así que en una sola nave Romano podía albergar hasta siete millones de volúmenes.
En la nave los libros se apilaban en cajas y se guardaban en estantes enormes, formando calles como en un hipermercado. Las cajas se transportaban en palets a la otra nave donde una veintena de estudiantes los clasificaban de acuerdo al esquema que Romano les facilitaba. Finalmente, eran reembalados según las clasificaciones y recolocados en estantes preparados para su expedición. Candela y Jimena debían comprobar la puntualidad del sistema: nunca había menos de 1.000.000 de libros listos para ser expedidos, la velocidad media de clasificación por operario no debía bajar de 60 a la hora, aunque el histórico era de 68, una capacidad total de producción de 2.807.040 volúmenes fácilmente duplicable. La mayor parte del trabajo de dirección, por tanto, tenía carácter administrativo; había que facturar, pagar nóminas, pagar distribución e impuestos y mantener a las ratas alejadas.
-Esta vez –dijo Romano- puede que sea algo diferente a las otras veces.
Sus sobrinas le conocían bien y toda la familia siempre aceptó sin fisuras las rarezas de Romano: solterón empedernido, gran jugador de todo, hipercultísimo, práctico contra todo pronóstico, polemista y “desapareciente”, que era el término que utilizaban para explicar que Romano desaparecía muy a menudo, siempre sin dejar rumbo ni dirección, siempre por tiempo indefinido, a veces avisando.
Las sobrinas se miraron y se sintieron nerviosas, excitadas como si fueran a probarlas y no se sintieran capacitadas suficientemente. Romano las cogió por las manos y las llevó hasta el ventanal de las oficinas que daba sobre el puerto de Valencia. “Cuando se me ocurrió este negocio ahí solo vivían pescadores y estibadores, pero ya entonces sabía que este día podía llegar”. Miró a su alrededor. Tres escritorios de madera, teléfonos en dos de ellos, un botellón de agua y una foto enorme de Benito Pérez Galdós titulada, obvio es, don Benito el Garbancero. El resto era una enorme biblioteca llena de libros, ordenados y clasificados.
-Ha llegado el momento. Pensad si queréis oírme y en unos días me hacéis saber cada una por separado vuestra decisión –el viejo las miró con ternura y las abrazó-. Siento que vuestro gran Sí o gran No os llegue tan pronto en la vida. Solo recordad que la única respuesta adecuada es la que os haga sentir cómodas.
Cada uno volvió a sus quehaceres, pero el día no fue como otros en los que regresó Romano de sus viajes, repleto de buen humor y de historias increíbles. Un silencio inaudito pero confortable se instaló entre ellos, aislándoles y permitiéndoles reflexionar en solitario. A la hora de comer Romano dejó solas a las hermanas.
Pero nada sucedió entre ellas. Sabían que no debían volver a hablar del asunto hasta que cada una hubiera contado su decisión a Romano. Ambas se querían y se respetaban así que todo estaba bien.
El día que Jimena cumplió 16 años no fue al colegio y le pidió a su hermana que la acompañara al almacén. Quería ver a Romano y su tío las recibió como a dos princesas. Entonces Romano se sentó entre ellas en un gran sofá rojo que tenía frente a la ventana y les dijo: “Os voy a contar lo que me acaba de pasar”.
Así solían comenzar las historias que Romano les contaba como si realmente le hubieran ocurrido. Jimena lo había echado de menos esta vez y recordó el día que les contó que viniendo al trabajo por la mañana, desde su casa y andandito, le pareció notar que le seguían. No alcanzaba a vislumbrar a nadie, pero tenía una mala sensación. “Es la intuición, niñas, y cuando os hable, escuchadla siempre porque sabe más que el cerebro”. Una sombra, tenía una sombra y alguien le seguía con intenciones ocultas; “aviesas intenciones, pues”, dijo. Romano. El último tramo, unos doscientos metros, era el interior de una nave vacía que debía atravesar para llegar al almacén. Seguramente la sombra actuaría allí, si es que tenía que actuar. Romano entró en la nave, una de las más grandes y que había sido utilizada como tinglado hasta la última remodelación del puerto en quedó sin utilidad, vacía y mugrienta. Romano entró decidido y con paso prieto. La luz del día se filtraba por las sucias claraboyas del techo. Las paredes, las columnas de sujeción y el suelo estaban recubiertos de una película gris que daba a todo el lugar una homogeneidad fantasmagórica. El eco de los pasos rápidos se expandía hacia arriba y rebotaba en los ladrillos renegridos del techo. Romano caminaba muy cerca de una fila de columnas previendo una vía de escape posible. Cuando ya había recorrido un buen trecho se detuvo. No se volvió, pero aguzó el oído. El eco de sus pasos se deshizo y un silencio de vacuidad lo invadió todo. Se dio la vuelta y no vio a nadie ni intuyó sombra alguna. Estaba solo, los únicos pasos que había oído eran los suyos. Retrocedió unos metros para cerciorarse, miró hacia el portalón por el que entró y calibró que era distancia suficiente. Se tranquilizó, sonrió y decidió reemprender el camino hacia la otra salida, cerca ya de su destino. Giró, pues, ciento ochenta grados y dio la espalda a la puerta de entrada. Si estaba sonriendo tranquilizado, se le heló la sonrisa de golpe: allí estaba, frente a él y tan cerca que notaba su aliento, un hombretón de dos metros de altura y otros dos de envergadura, con una cicatriz tendida que le dividía en dos el rostro, le estaba apuntando con una pistola a escasos veinte cms. de su frente.
No había nadie y aunque lo hubiera era imposible intervenir antes de que aquel gigante le incrustara una bala en el cráneo. No había mucho que pensar ni mucho que decir y un nanosegundo antes de que pudiera amartillar el arma, Romano le descerrajó una patada en las pelotas a resultas de la cual el gigantón se dobló por la mitad. No soltó el arma, pero el dolor le tenía paralizado. Romano le miró. Ahora su enemigo medía un metro, tan solo un metro, y no tuvo piedad con el enano: a patadas y puñetazos acabó con él que, cuando perdió su arma, salió corriendo como alma que lleva el diablo. “Esto acaba de pasarme hace apenas una hora”, dijo Romano a sus sobrinas y cuando Jimena se burló, el librovejero cogió una caja de puros de su mesa, “tu regalo, princesa”. Jimena levantó la tapa y encontró un revólver.
Así era Romano y no fue de extrañar que ambas sobrinas, cada una por su lado, le dijeran que querían oír.
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Creado por aquenopuedesleersolouna | 0 comentarios | 20/12/04 20:31

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