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CEREMONIA SIN TELÓN:Un sitio sobre artes escénicas

EGMONT en CEREMONIA SIN TELÓN:Un sitio sobre artes escénicas

EGMONT

EGMONT

PERSONAJES

MARGARITA DE PARMA, hija de Carlos V, re-
gente de los Países Bajos.
EL CONDE DE EGMONT, príncipe de Gavre.
GUILLERMO DE ORANGE.
EL DUQUE DE ALBA.
FERNANDO, su hijo natural.
MAQUIAVELO, al servicio de la regente.
RICARDO,

secretario de EGMONT.
SILVA.
GÓMEZ. Servidores de Alba
CLARITA, amante de EGMONT.
SU MADRE.
BRACKENBURG, joven ciudadano.
SOEST, tendero
JETTER, sastre.

Ciudadanos de Bruselas.
UN CARPINTERO
UN JABONERO..
BUYCK, soldado de EGMONT.
RUYSUM, inválido y sordo.
VANSEN, escribiente.
Pueblo, séquito, guardias, etc.

La acción es en Bruselas.
J. W. GOETHE

ACTO PRIMERO


CAMPO DE TIRO DE BALLESTAS
SOLDADOS Y CIUDADANOS CON
BALLESTAS

JETTER, ciudadano de Bruselas, sastre, avanza y empulga
la ballesta. SOEST, ciudadano de Bruselas, tendero.
SOEST.- ¡Vamos! ¡Tirad! ¡Acabemos de una vez!
¡No me venceréis! Tres círculos negros; tiro como
ése no lo habéis hecho en toda vuestra vida. Y de
este modo, seré el maestro de este año.
JETTER.- Maestro y rey. ¿Quién os lo disputará?
Pero también tendréis que pagar doble escote; según
es justo, tendréis que pagar por vuestra destreza.

BUYCK, holandés, soldado de EGMONT.- Jetter, os
compro vuestro derecho a tirar; repartiremos la ga-
nancia; convidaré a los señores. Hace ya mucho
tiempo que estoy aquí y a todos debo muchas aten-
ciones. Si yerro el tiro, es como si hubierais dispa-
rado vos mismo.
SOEST.- Tendría mucho que oponer, porque real-
mente pierdo en el trato. Pero, Buyck, veamos.
BUYCK.- (Dispara.) ¡Vamos, bufón, la reverencia!...
¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro!
SOEST.- ¿Cuatro círculos? ¡Bravo!
TODOS.- ¡Viva, viva el señor rey! ¡Otra vez viva!
BUYCK.-Gracias, gracias, señores. Maestro sería
ya demasiado. Gracias por el honor.
JETTER.-Sólo os lo debéis a vos mismo.
RUYSUM.-(Frisón, inválido y sordo.) Permitid que os
diga...
SOEST.- ¿Qué queréis decir, buen viejo?
RUYSUM.- Permitid que os diga... Tira como su
señor, tira como EGMONT.
BUYCK.- A su lado no soy más que un pobre cha-
pucero. Maneja la ballesta como nadie en el mundo.
Y no cuando está de suerte o tiene una buena racha;
no; sólo con encarar el arma da siempre en el blan-
co. Lo he aprendido de él. Sería bien torpe quien

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sirviera a sus órdenes y no aprendiera nada... Pero no hay que olvidar, señores, que un rey sustenta a sus servidores; por lo tanto, ¡venga vino, a cuenta del rey! JETTER.-Está acordado entre nosotros que cada cual... BUYCK.-Soy forastero y soy rey y no respeto vuestras leyes y costumbres. JETTER.- Pues eres peor que el español; éste, por lo menos, ha tenido que respetárnoslas hasta ahora. RUYSUM.-¿Qué? SOEST.- (En voz más alta.) Quiere obsequiarnos; no quiere consentir que paguemos nuestro escote y el rey solamente doble que los otros. RUYSUM.- ¡Dejadle hacer! ¡Pero sin sentar pre¬cedentes! También esa es la manera de proceder de su señor: ser espléndido y dejar que rueden las cosas cuando vienen derechas. (Traen vino.) TODOS.-¡A la salud de Su Majestad! ¡Viva! ¡Viva! JETTER.-(A Buyck.) Se sobreentiende que a la de Vuestra Majestad. BUYCK.-Gracias de todo corazón, si tiene que ser así.
SOEST.- ¡Claro! Porque a la salud de la Majestad española no es fácil que ningún neerlandés brinde sinceramente. RUYSUM.-¿Por quién? SOEST.-(En voz más alta.) Por Felipe II, rey de Es¬paña. RUYSUM.- ¡Nuestro clementísimo señor y so¬berano! ¡Concédale Dios larga existencia! SOEST.- ¿No hubierais preferido a su padre, Carlos V? RUYSUM.-¡Dios lo tenga en su santa paz! Ese sí que era un soberano. Tenía en su mano toda la tie¬rra y sabía ser todo para todos; y si os encontraba, os saludaba como cualquier vecino saluda a otro; y si os espantabais de su presencia, con tan buenas maneras sabía... Ya me comprendéis... Salía, monta¬ba a caballo cuando se le antojaba, casi sin escolta. ¡Lo que lloramos todos cuando le transmitió el go¬bierno a su hijo!... Yo digo, ya me comprendéis, que éste es de otro es más majestuoso... JETTER.- Cuando estuvo aquí, no se dejaba ver sino en medio de la pompa y aparato real. Hablaba poco, según decían las gentes. SOEST.- No es señor para nosotros los neerlan¬deses. Nuestros príncipes tienen que ser alegres y
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francos como nosotros; que vivan y dejen vivir. No queremos ser despreciados ni oprimidos, siendo lo buenazos que somos. JETTER.- El rey, según pienso, sería más benévolo señor si tuviera mejores consejeros. SOEST.- No, no. No tiene ninguna simpatía por nosotros los neerlandeses; su corazón no se siente inclinado hacia este pueblo; no nos quiere. ¿Cómo podríamos quererlo nosotros? ¿Por qué todo el mundo es tan afecto al conde de Egmont? ¿Por qué todos nosotros lo llevaríamos sobre nuestros hom¬bros? Porque se ve que nos quiere bien; porque la alegría, la franqueza y la benevolencia brillan en sus ojos; porque no posee cosa alguna que no comparta con el necesitado, y hasta con el que no lo necesita. ¡Viva el conde de Egmont! Buyck, os corresponde pronunciar el primer brindis. Brindad por la salud de vuestro señor. BUYCK.- Con mi alma entera. ¡Por el conde de Egmont! RUYSUM.-¡Por el vencedor de San Quintín! BUYCK.- ¡Por el héroe de Gravelinas! TODOS.-¡Viva! RUYSUM.-La de San Quintín fue mi última ba¬talla. Apenas podía ya caminar, apenas podía arras¬
trar el pesado arcabuz. Pero con él, aun le chamus¬qué la pelleja a más de un francés y aun recibí como despedida un balazo que me rozó la pierna derecha. BUYCK.-¡La batalla de Gravelinas, amigos! ¡Aquello sí que fué bueno! La victoria fué sólo nuestra. ¿Los perros de los gabachos no iban por toda Flandes a sangre y fuego? Pues me parece que les dimos su merecido. Sus veteranos y vigorosos soldados resistieron largo tiempo y nosotros les apretamos, disparamos sobre ellos y los machaca¬mos hasta que torcieron el hocico y sus líneas on¬dularon. Entonces a Egmont le mataron el caballo en que iba montado y luchamos largo tiempo, avan¬zando y retrocediendo, hombre contra hombre, ca¬ballo contra caballo, pelotón contra pelotón, en el dilatado arenal del borde del mar, De pronto, como llovidos del cielo, desde la desembocadura del río, ¡pum! ¡pum! cañonazos contra los franceses. Eran los ingleses que, bajo el mando del almirante Malin, venían, por casualidad, de Dunkerque. Cierto que no nos sirvieron de mucho, sólo podían avanzar con los barcos más pequeños y no hasta una dis¬tancia lo bastante próxima; también caían sus balas en medio de nosotros... Sin embargo, hizo buen efecto. Quebrantó el de los franchutes y reforzó
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nuestro valor. ¡Entonces sí que fue ella! ¡Rif! raf! ¡arriba! ¡abajo! Todos fueron muertos, todos arro¬jados al agua. Y los bribones se ahogaban no bien la probaban; y nosotros, los holandeses, pegados a sus espaldas. Nosotros, que como somos anfibios, está¬bamos en el agua tan bien como las ranas, y seguía¬mos golpeando en el río a nuestros enemigos y los cazábamos lo mismo que a patos. El que se nos es¬capó, fue muerto por las aldeanas con azadones y horcas. Su Majestad el rey de los gabachos tuvo en seguida que tender la pata y concertar la paz. Y la paz nos la debéis a nosotros, se la debéis al gran Egmont. TODOS.- ¡Viva! ¡Viva el gran Egmont! ¡Viva! ¡Vi¬va! JETTER.- ¡Si nos lo hubieran dado a él como re¬gente en vez de Margarita de Parma! SOEST.- ¡Eso no! ¡Lo que es verdad es verdad! No consiento que se hable mal de Margarita. Ahora me toca a mí. ¡Viva nuestra benigna señora! TODOS.-¡Viva! SOEST.- Verdaderamente, hay en esa casa mujeres excelentes. ¡Viva la regente! JETTER.- ES prudente y moderada en todo lo que hace. ¡Si no estuviera unida a los curas con tanta tenacidad y obstinación! También es culpa suya que tengamos en el país las catorce nuevas mitras epis¬copales. ¿Para qué las queremos? ¿No es verdad que será para poder introducir extranjeros en los buenos puestos para los cuales antes se elegían abades de los capítulos? ¿Y hemos de creer que sea por moti¬vos de religión? ¡Vamos! Con tres obispos teníamos bastante; todo marchaba digna y ordenadamente. Ahora es preciso que cada uno de ellos haga como si fuera necesario; y así, a cada instante se originan disgustos y querellas. Y cuanto más agitéis y sacu¬dáis el líquido, más turbio se pone. (Beben.) SOEST.- Fue voluntad del rey; ella no puede su¬primir ni añadir nada a lo que él ordene. JETTER.- ¡Y ahora no se nos permite cantar los nuevos salmos! A la verdad, están compuestos en muy hermosas rimas y tienen unos versos muy edi¬ficantes. No debemos cantarlos; pero canciones pícaras, tantas como queramos. ¿Y por qué? Dicen que hay en ellos herejías y Dios sabe qué cosas. No obstante, también yo los he cantado, y si contienen algo nuevo no he sabido notarlo. BUYCK.- Quería preguntaros sobre ello. En nuestra provincia cantamos lo que queremos. Eso depende de que el conde de Egmont es nuestro gobernador y no se mete a averiguar esas cosas... En Gante, en Ipres, en toda Flandes cantan lo que se les antoja. (En voz más alta.) ¿Hay algo más inocente que un cántico de iglesia? ¿No es verdad, tío Ruysum? RUYSUM.- ¿Quién lo duda? Es un acto del servicio divino, cosa edificante. JETTER.-Pero ellos dicen que no es ese el buen modo de adorar a Dios, que no es ese su modo; y siempre es peligroso: lo mejor es abstenerse. Los servidores de la Inquisición se deslizan por todas partes y están al acecho; más de un hombre digno ha labrado ya su desgracia. ¡Sólo les faltaba subyu¬gar las conciencias! Ya que no me es dado hacer lo que quisiera, podrían siquiera dejarme pensar y cantar lo que se me antojara. SOEST.- La Inquisición no arraigará entre nos¬otros. No somos de la misma madera que los espa¬ñoles para dejar que tiranicen nuestras conciencias. Y además, la nobleza busca también el medio de cortarle las alas a tiempo. JETTER.- Es odioso. Si a esas buenas gentes se les antoja invadir mi casa cuando estoy sentado a mi trabajo y quizá canturreo un salmo francés, sin pen¬sar en nada al hacerlo, ni malo ni bueno, sólo lo mascullo porque lo tengo en la garganta, al punto soy declarado hereje y metido en la cárcel. O si voy por el campo y me detengo junto a una masa de gentes que escuchan a un nuevo predicador, uno de esos que han venido de Alemania, inmediatamente soy declarado rebelde y estoy en peligro de perder la cabeza. ¿Acaso habéis oído predicar a alguno de esos hombres? SOEST.- ¡Gente de primera! Hace poco oía a uno hablar en el campo, delante de miles y miles de per¬sonas. Era otro guiso que el que nos dan los nues¬tros cuando trompetean en el púlpito y atragantan a la gente con tarugos de latín. Éste hablaba con su corazón; decía que el clero hasta ahora nos ha lleva¬do cogidos por las narices y nos ha mantenido en la ignorancia y que podíamos recibir mayores luces. ¡Y todo os lo probaba con la Biblia! JETTER.- Bien puede haber algo de cierto en ello. Yo mismo lo dije siempre, y cavilaba sin cesar sobre la cuestión. Hace mucho que me da vueltas por la cabeza. BUYCK.- Todo el pueblo corre en su seguimiento. SOEST.- Ya lo creo. Adonde se puede oír algo bueno y algo nuevo. JETTER.- Y después de todo, ¿qué importa? Puede dejarse a cada cual que predique a su manera.
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BUYCK.- ¡Ánimo, señores! Con la charla os ol¬vidáis del vino y de Orange. JETTER.- Pues no hay que olvidarlo. Es una ver¬dadera, fortaleza: sólo con pensar en él ya cree uno que podría ocultarse a sus espaldas y que el diablo no sería capaz de arrancarlo de allí. ¡Viva! ¡Viva Guillermo de Orange! TODOS.- ¡Viva! ¡Viva! SOEST.- Vamos, viejo; pronuncia tú también tu brindis. RUYSUM.- ¡Por los antiguos soldados! ¡Por todos los soldados! ¡Viva la guerra! BUYCK.- ¡Bravo, viejo! ¡Por todos los soldados! ¡Viva la guerra! JETTER.-¡La guerra! ¡La guerra! ¿Sabéis lo que evocáis? Es muy natural que esa palabra salga fá¬cilmente de vuestra boca; pero lo que no puedo de¬ciros es lo miserable que se sienten nuestros co¬razones cuando se la pronuncia. Durante todo el año, el resonar el tambor en nuestros oídos, y no escuchar otra cosa, sino cómo desfila una patrulla por aquí y otra por allí, cómo traspasan una colina y se alojan en un molino; cuántos quedan en este lu¬gar, cuántos en aquel otro, y cómo se combaten y el uno gana y el otro pierde, sin que en toda vuestra
vida sepáis lo que se gana ni lo que se pierde. Cómo
es tomada una ciudad, asesinados sus habitantes y lo
que les ocurre a las pobres mujeres y a los niños
inocentes. Es una constante angustia y riesgo, pién-
sase a cada instante, ¡Ahí vienen! Ahora nos ocurri-
rá lo mismo a nosotros.
SOEST.- Por eso es preciso que un ciudadano esté
siempre ejercitado en el manejo de las armas.
JETTER.- Sí; se ejercita quien tiene mujer e hijos. Y,
no obstante, prefiero oír hablar de soldados que
verlos delante.
BUYCK.- Debería tomarlo a mal.
JETTER.- Paisano, no es a vosotros a quien me re-
fiero. Si nos viéramos libres de las guarniciones es-
pañolas, podríamos volver a respirar.
SOEST.- ¡Ah! ¿Son las que más te pesan?
JETTER.- Búrlate de ti mismo.
SOEST.- Tuvieron en tu casa un duro alojamiento.
JETTER.- ¡Cállate la boca!
SOEST.- Lo desterraron de la cocina, de la bodega,
de la sala, del lecho. (Se ríen.)
JETTER.- Eres un mentecato.
BUYCK.- ¡Paz, señores! ¿Tiene que ser el soldado
quien predique la paz?… Pues bien, ya que no que-

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réis saber nada de nosotros, pronunciad también
vuestro brindis, un brindis civil.
JETTER.- Siempre estamos dispuesto a ello. ¡Se-
guridad y paz!
SOEST.- ¡Orden y libertad!
BUYCK.- ¡Bravo! ¡Con eso también estamos nos-
otros conformes!
(Chocan los vasos y repiten alegremente las anteriores palabras,
pero en forma que cada uno diga la del anterior con lo que se
origina una especie de canon. El viejo escucha atentamente y,
por último, acaba por juntarse a los otros.)
TODOS.- ¡Seguridad y paz! ¡Orden y Libertad!



PALACIO DE LA GOBERNADORA
MARGARITA DE PARMA, en traje de caza.
CORTESANO, FAJES, SERVIDORES

GOBERNADORA.- Suspended la cacería; no sal¬dré hoy a caballo. Decidle a Maquiavelo que venga.
(Vanse todos.)
¡No me deja reposo la idea de estos espantosos acontecimientos! Nada puede entretenerme, nada distraerme; siempre tengo ante mí estas imágenes y preocupaciones. Ahora dirá el rey que todo es con¬secuencia de mi bondad, de mi indulgencia; y, sin embargo, la conciencia me dice a cada instante que he hecho lo más prudente, lo mejor que podía ser hecho. ¿Habría debido atizar más bien estas llamas con el vendaval de la cólera y esparcirlas por todas partes? Esperaba poder aislarlas, hacer que se extin¬guieran por sí propia. Sí; lo que me digo a mí mis¬ma, lo que sé muy bien, me justifica ante mi pensamiento, pero ¿cómo lo recibirá mi hermano? Pues ¿cómo negarlo? La arrogancia de los doctores extranjeros ha crecido de día en día; han profanado nuestro santuario, conmovido la simplicidad del pueblo e infundido entre él un soplo de locura. Es¬píritus impuros se han mezclado con los rebeldes y han ocurrido sucesos espantosos, que hacen temblar sólo de pensar en ellos, y de los que tengo que in¬formar circunstanciadamente a la Corte para que no llegue antes el rumor general y no pueda pensar el rey que quieren ocultársele cosas aún más graves. No veo ningún medio de detener el mal, ni severo ni pacífico. ¡Oh! ¿qué somos nosotros, los grandes de la tierra, sobre las olas de la humanidad? Cre¬
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emos dominarla, y nos impulsa de un lado a otro, abajo y arriba. (Entra Maquiavelo.) GOBERNADORA.-¿Están redactadas las cartas para el rey? MAQUIAVELO.- Dentro de una hora podréis fir¬marlas. GOBERNADORA.- ¿Habéis hecho bastante deta¬llado el informe? MAQUIAVELO.- Detallado y circunstanciado, co¬mo le gusta al rey. Refiero cómo el furor iconoclasta se manifiesta primero en Saint- Omer; cómo una enloquecida muchedumbre, provista de palos, ha¬chas, martillos, escalas y cuerdas, acompañada de escasas gentes de armas, ataca primero las capillas, iglesias y monasterios, expulsa a los fieles, echa abajo las cerradas puertas, lo trastorna todo, derriba los altares, destruye las imágenes de los santos, des¬garra todos los cuadros, destroza, despedaza y pi¬sotea todo lo consagrado y santificado que puede encontrar. Refiero cómo en el camino se acrecientan las masas; los habitantes de Ipres les abren sus puertas; con increíble rapidez, devastan la catedral, queman la biblioteca del obispo. Narro cómo una gran muchedumbre de pueblo, poseída del mismo delirio, se esparce por Menin, Comines, Werwick y Lille, no halla ninguna resistencia, y cómo, casi en un momento, esta monstruosa conjuración se decla¬ra y extiende casi por toda Flandes. GOBERNADORA.-¡Ay, de qué modo al repetir tú esas cosas vuelve a apoderarse de mí el dolor! Y súmase a ello, el temor de que el mal se haga cada vez más grande. Decidme lo que pensáis, Maquia¬velo. MAQUIAVELO.- Perdone Vuestra Alteza que mis pensamientos sean tan parecidos a manías. Aunque siempre hayáis estado contenta de mis servicios, rara vez habéis querido seguir mis consejos. Con frecuencia me tiene dicho, bromeando, Vuestra Al¬teza: «Ves demasiado lejos, Maquiavelo. Deberías hacerte historiador: quien ha de gobernar tiene que preocuparse de lo más inmediato» Y, sin embargo, ¿no he referido anticipadamente esta dolorosa his¬toria? ¿No he previsto todo lo que había de ocurrir? GOBERNADORA.-También yo preveo muchas cosas sin poder modificarlas. MAQUIAVELO.- Una única palabra: jamás ahoga¬réis la nueva doctrina. Dejadla vivir, separadla de los ortodoxos, dadles iglesias, hacedlos entrar en el orden civil, imponedles límites; y de este modo, en
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un momento, apaciguaréis a los sublevados. Todo otro procedimiento será vano y arruinaréis el país. GOBERNADORA.-¿Has olvidado el horror con que rechazó mi hermano hasta la pregunta de si se podía tolerar la nueva doctrina? ¿No sabes que del modo más ardiente me recomienda en cada una de sus cartas el mantenimiento de la verdadera fe? ¿Que no quiere que sean restablecidas la calma y la unidad a costa de la religión? ¿No llega hasta el punto de mantener espías en las provincias a los cuales no conocemos, para saber quién se inclina a las nuevas opiniones? Con gran asombro nuestro, ¿no nos ha citado a tal o cual persona, que, cerca de nosotros, se sentía secretamente inclinada hacia la herejía? ¿No ordena la severidad y el rigor? ¿Cómo puedo yo ser indulgente? ¿Puedo hacerle la pro¬puesta de que cierre los ojos y lo soporte todo? ¿No perdería con él toda confianza y todo crédito? MAQUIAVELO.- Ya lo sé; el rey ordena, os hace saber sus propósitos. Debéis restablecer la calma y la paz por un medio que todavía agriará más los es¬píritus que la guerra que, inevitablemente, ha de en¬cenderse por todas partes. Reflexionad en lo que hacéis. Los más ricos comerciantes, la nobleza, el pueblo, los soldados, están contagiados del mal.
¿De qué sirve perseverar en nuestras ideas cuando todo cambia en torno nuestro? ¡Si un buen espíritu pudiera inspirarle a Felipe que es más digno de un rey gobernar súbditos de dos religiones que exter¬minar a unos por mano de los otros! GOBERNADORA.-¡No repitas jamás tales pala¬bras! Bien sé que la política rara vez puede mantener la fidelidad y la buena fe; que excluye de nuestro corazón la franqueza, bondad e indulgencia. Todo ello, por desgracia, es harto verdadero en las cues¬tiones mundanas; pero ¿también hemos de jugar con Dios como lo hacemos unos con otros? ¿He¬mos de sacrificarlo por novedades inciertas, venidas no se sabe de dónde, y que hasta se contradicen en¬tre sí? MAQUIAVELO.- No penséis mal de mí, a causa de esto. GOBERNADORA.-Te conozco a ti y conozco tu fidelidad, y sé que se puede seguir siendo hombre honrado y prudente, aun habiéndose equivocado al escoger el camino mejor y más próximo para la sal¬vación del alma. También hay otros hombres, Ma¬quiavelo, a los que a un tiempo tengo que estimar y censurar. MAQUIAVELO.- ¿A quién os referís?
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GOBERNADORA.-Debo confesar que en el día de hoy Egmont me ha producido un profundo e íntimo disgusto. MAQUIAVELO.-¿En qué forma? GOBERNADORA.-Con su indiferencia y ligereza habituales. Recibí el espantoso mensaje precisa¬mente en el momento en que me dirigía a la iglesia acompañada por él y otros muchos. No pude re¬primir mi dolor, me quejé en voz alta y exclamé, dirigiéndome a él: «¡Ved lo que sucede en vuestra provincia! ¿Toleraréis eso, conde, vos de quien se prometía tanto el rey?» MAQUIAVELO.- Y ¿qué respondió? GOBERNADORA.-Como si se tratara de una pe¬queñez, de una bagatela, replicó diciendo: «¡Ojalá que los neerlandeses estuvieran tranquilos respecto a su constitución! Todo lo demás se arreglaría fá¬cilmente.» MAQUIAVELO.- Quizá habló de un modo más verdadero que piadoso y prudente. ¿Cómo puede producirse y subsistir la confianza si el neerlandés comprende que se trata de sus riquezas más que de su bien y de la salud de su conciencia? Los nuevos obispos ¿han salvado más almas que disfrutado de suculentos beneficios y no son extranjeros en su mayor parte? Todos los gobiernos están aún ocu¬pados por neerlandeses, pero los españoles ¿no de¬jan notar muy claramente que sienten los anhelos más fuertes e irresistibles por poseer esos puestos? ¿No prefiere un pueblo ser gobernado a su manera, por los suyos, que no por extranjeros, que primero tratan de adquirir bienes en el país, a expensas de todos, que traen consigo una extranjera regla de go¬bierno y dominan sin benevolencia ni simpatía? GOBERNADORA.- Te pones del lado de mis ad¬versarios. MAQUIAVELO.- No con mi corazón, segura¬mente; y desearía que con mi razón pudiera colo¬carme del todo a vuestro lado. GOBERNADORA.- De hacerte caso, sería preciso que les cediera yo mi gobierno; pues Egmont y Orange se hacían las mayores ilusiones de ocupar este puesto. Antes eran adversarios; ahora se han ligado contra mí, se han hecho amigos, amigos in¬separables. MAQUIAVELO.-¡Peligrosa pareja! GOBERNADORA.- Si he de hablar sinceramente, temo a Orange y temo por Egmont. Orange no me¬dita nada bueno, sus pensamientos vuelan a muy lejos, es misterioso, parece aceptarlo todo, no con¬
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tradice jamás, y hace lo que se le antoja con el más profundo respeto, con la mayor cautela. MAQUIAVELO.- Egmont, por el contrario, cami¬na con paso libre como si todo el mundo le pertene¬ciera. GOBERNADORA.-Lleva la cabeza tan alta como si la mano de Su Majestad no se cerniera sobre él. MAQUIAVELO.- Las miradas del pueblo están to¬das dirigidas a él y los corazones le pertenecen. GOBERNADORA.- Jamás ha evitado una sospe¬cha que le comprometiera, como si nadie tuviera derecho a pedirle cuentas. Aun sigue usando el nombre de Egmont. Le gusta oírse llamar conde de Egmont, como si no quisiera olvidar que sus ante¬pasados fueron poseedores de Gelder. ¿Por qué no se titula príncipe de Gavre como le corresponde? ¿Por qué procede así? ¿Quiere volver a revalidar extinguidos derechos? MAQUIAVELO.- Lo tengo por un fiel servidor del rey. GODERNADORA.- Si quisiera hacerlo, ¡qué mere¬cimientos podría adquirir ante el gobierno! Pero en vez de ello, sin provecho para sí mismo, nos ha producido ya innumerables disgustos. Sus reunio¬nes, sus banquetes y fiestas, han ligado y enlazado más a la nobleza que las más peligrosas asambleas secretas. Con sus brindis, los huéspedes han adqui¬rido una embriaguez permanente, un vértigo que no se disipa jamás. ¡Qué frecuentemente, con sus bro¬mas, ha conmovido los ánimos del pueblo, y cómo se queda boquiabierta la plebe ante las nuevas li¬breas, las ridículas insignias de sus servidores!1 MAQUIAVELO.- Estoy convencido de que fué sin intención. GOBERNADORA.- Ya es bastante dañino aún sin eso. Es lo que yo digo: nos perjudica sin provecho suyo. Toma a broma lo más serio y nosotros, para no parecer indolentes y descuidados, tenemos que tomar la broma en serio. De este modo una cosa provoca otra; y lo que se trata de evitar es justa¬mente lo que se realiza. Es más peligroso que el jefe franco de una conspiración y me equivocaría mucho si en la Corte no le llevaran cuenta de todo. No puedo negar que pasan pocos días en que no me hiera, en que no me hiera dolorosamente. MAQUIAVELO.- Paréceme que procede en todo según su conciencia.
Véase la nota de las páginas 80 y 81.
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GOBERNADORA.- Su conciencia es un espejo complaciente. Su conducta suele ser ofensiva. A ve¬ces semeja como si viviera en el pleno convenci¬miento de que él es el señor y que sólo por amabilidad no quiere hacérnoslo notar, no quiere arrojarnos del país directamente; ya ocurrirá más tarde. MAQUIAVELO.- Os ruego que no interpretéis de una manera harto peligrosa su franqueza, su buen carácter, que le hace tratar todo lo importante con ligereza. Lo dañáis a él y os dañáis a vos misma. GOBERNADORA.- No interpreto. Hablo sólo de inevitables consecuencias y conozco a Egmont. Su nobleza flamenca y su toisón de oro pendiente so¬bre el pecho, fortalecen su confianza, su osadía. Ambas cosas pueden protegerle de un precipitado y arbitrario enojo del rey. Considéralo despacio: él es el único culpable de todas las desgracias que afligen a Flandes. En primer lugar, toleró a los doctores extranjeros; no consideró el asunto con suficiente reflexión y acaso se alegró en lo secreto de que tu¬viéramos que luchar con algo. Déjame; he de mani¬festar en esta ocasión todo lo que guardo en mi pecho. Y no quiero lanzar en vano mis flechas; sé cuál es su punto vulnerable; porque también él es vulnerable. MAQUIAVELO.- ¿Habéis hecho convocar el con¬sejo? ¿Vendrá también Guillermo de Orange? GOBERNADORA.- En su busca he enviado un mensajero a Amberes. Quiero imputarle directa¬mente todo el peso de la responsabilidad; han de combatir realmente el mal juntos conmigo, o decla¬rarse rebeldes. Apresúrate para que las cartas estén dispuestas y tráemelas a la firma. Después envía rá¬pidamente a Madrid a nuestro acrisolado Vasca; es infatigable y fiel; que mi hermano sepa primero las noticias por él y que la voz pública no se adelante. Quiero hablarle yo misma antes de que parta. MAQUIAVELO.- Vuestras órdenes serán cumpli¬das fiel y puntualmente.


CASA DE ARTESANOS
CLARA. LA MADRE DE CLARA,
BRACKENBURG

CLARA.-¿No queréis tenerme la madeja, Bra¬ckenburg?
J. W. GOETHE

BRACKENBURG.- Clarita, os ruego que me dis-
penséis.
CLARA. ¿Qué vuelve a ocurriros? ¿Por qué me ne-
gáis este pequeño servicio amistoso?
BRACKENBURG.- Con vuestra hebra me amarráis
firmemente delante de vos y no puedo evitar la mi-
rada de vuestros ojos.
CLARA.-¡Qué tontería! Vamos, sostenedla.
LA MADRE (Calcetando en su sillón.) -Cantad alguna
cosa. ¡Brackenburg acompaña tan bien! En otro
tiempo estabais siempre alegres y no estaba yo pri-
vada de algo de que reír.
BRACKENBURG.-¡Sí, en otro tiempo!
CLARA.-Cantemos.
BRACKENBURG.-Como queráis.
CLARA.- Pero con animación y viveza. Una can-
ción militar: mi pieza favorita. (Devana la madeja y
canta con BRACKENBURG):

El tambor redobla,
los pífanos suenan.
Armado, mi amante
sus huestes ordena;
con lanza en el puño
sus gentes gobierna.

Mi pecho palpita,
mi sangre se quema:
¡Quién sombrero y calzas
y jubón tuviera!

Con resuelto paso
salgo tras sus fuerzas;
cruzo las provincias,
voy adonde él quiera.
Cede el enemigo,
nuestras balas vuelan.
¡Dicha incomparable
si un hombre yo fuera!

Al cantar, BRACKENBURG contempla frecuentemente a CLARITA; por último, fáltale la voz, llénansele de lágrimas los ojos, deja caer la madeja y se asoma a la ventana. CLARITA acaba de cantar sola; la madre le hace señas semiinvoluntarias; la muchacha se levanta, avanza algunos pasos hacia BRACKENBURG, vuélvese semiindecisa y se sienta de nuevo.
MADRE.- ¿Qué pasa en la calle, Brackenburg? Oi¬go pasos.
J. W. GOETHE

BRACKENBURG.-Es la guardia de la gobernado¬ra. CLARA.- ¿A esta hora? ¿Qué quiere decir eso? (Se levanta y se asoma a la ventana junto a Brackenburg.) No es la guardia ordinaria; ¡es mucho mas numerosa! Casi todas sus tropas. ¡Ah, Brackenburg! ¡Salid! ¡Id a saber qué es lo que ocurre! Tiene que ser algo ex¬traño. Id, buen Brackenburg; hacedme esa merced. BRACKENBURG.-Voy. Volveré al instante. (Al salir, le tiende la mano; ella le da la suya.) MADRE.-¿Lo despachas ya? CLARA.- Me siento curiosa; y, además, no lo toméis a mal, su presencia me causa dolor. Nunca sé cómo debo portarme con él. Me reconozco culpable en relación con su persona y me corroe el alma que lo sienta tan vivamente... Pero ¿puedo hacer que sea de otro modo? MADRE.-¡Es tan buen muchacho! CLARA.- Por eso no puedo dejar de recibirlo con afecto. Mi mano oprime la suya inadvertidamente, cuando me la coge con tanta dulzura y terneza. Me hago el reproche de que lo estoy engañando, de que alimento en su pecho una vana esperanza. Eso me atormenta. Pero Dios sabe que no lo engaño. No quiero que conserve esperanzas y, sin embargo, no soy capaz de hacerle desesperar. MADRE.-Eso no está bien. CLARA.-Me gustaba su compañía y aun hoy no lo quiere mal mi alma. Hubiera podido ser su mujer y creo que nunca estuve enamorada de él. MADRE.-Siempre hubieras sido feliz a su lado. CLARA.- No hubiera carecido de nada y tendría una pacífica existencia. MADRE.-Y todo lo has dejado perder por tu cul¬pa. CLARA.- Me encuentro en una extraña situación. Cuando reflexiono en cómo ha ocurrido esto, lo sé y no lo sé al mismo tiempo. Pero sólo necesito vol¬ver a ver a Egmont y todo se me hace comprensible; aunque fuera mucho más, también lo comprendería. ¡Ah, ese sí que es un hombre! Todas las provincias lo veneran, y yo, entre sus brazos, ¿no había de ser la criatura más dichosa del mundo? MADRE.-¿Qué porvenir nos espera? CLARA.-¡Ah! yo no me pregunto nada más, sino si él me quiere; y si me quiere ¿cabe preguntar otra cosa? MADRE.-No tiene una más que preocupaciones con sus hijos. ¿Cómo acabará esto? Siempre penas y
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cuidados. No terminará con bien. ¡Te has hecho desgraciada! ¡Me has hecho desgraciada! CLARA.- (Tranquilamente.) Sin embargo, al principio no os opusisteis. MADRE.- Por desgracia fui demasiado buena; siempre soy demasiado buena. CLARA.- Cuando Egmont pasaba a caballo y yo corría a la ventana, ¿me reprendíais por ello? ¿No os asomabais vos misma? Cuando levantaba a mí los ojos, se sonreía, me hacía señas y saludaba, ¿os causaba algún enojo? ¿No era más bien como si os sintierais honrada en vuestra hija? MADRE.-¡Hazme aún reproches! CLARA.- (Conmovida.) Y cuando todavía pasó con más frecuencia por nuestra calle, y conocimos muy bien que era por mí por quien recorría aquel cami¬no, ¿no fuisteis vos misma quien lo hizo observar con secreta alegría? ¿Me mandabais retirar cuando me ponía detrás de la vidriera, esperándolo? MADRE.-¿Podría pensar que llegara hasta tan le¬jos? CLARA.- (Con voz entrecortada y conteniendo el llanto.) Y aquella noche, cuando nos sorprendió al pie de nuestra lámpara, envuelto en su capa, ¿quién se apresuró a recibirlo, ya que yo me quedé en mi asiento como pasmada, paralizada por el asombro? MADRE.- ¿Podría yo temer que este desdichado amor arrebataría tan pronto a la sensata Clarita? Ahora tengo que soportar que mi hija... CLARA.- (Deshecha en llanto.) ¡Madre! ¡Os empeñáis en ello! Gozáis en atormentarme. MADRE.- (Llorando.) ¡Y además llora! Haz aún ma¬yor mi desdicha con tu aflicción. ¿No es ya bastante pena para mí el que mi única hija sea una muchacha perdida? CLARA.- (Fríamente, poniéndose en pie.) ¡Perdida! ¿La amada de Egmont una muchacha perdida?... ¿Qué princesa no envidiaría a la pobre Clarita por el puesto que ocupa en su corazón? ¡Oh, madre! ¡Ma¬dre mía! Antes no hablabais así. Sed buena, querida madre. ¿Qué importa el pueblo y lo que piense, las vecinas y sus murmuraciones?... Esta habitación, esta casita, son un paraíso desde que en ellas vive el amor de Egmont. MADRE.- Eso es verdad, hay que quererlo. Siempre se muestra tan afectuoso, franco y abierto. CLARA.- No hay en él ni una veta de falsedad. Mi¬rad, madre, es el gran Egmont, y, sin embargo, cuando viene a verme, ¡qué cariñoso y qué bueno se
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muestra! ¡Con qué gusto me ocultaría su rango y su valor! ¡Cómo se ocupa de mí, sólo como hombre, como amigo, como enamorado! MADRE.- ¿Vendrá hoy quizá? CLARA.- ¿No me habéis visto ir frecuentemente a la ventana? ¿No habéis observado con qué atención escucho si hay algún rumor en la puerta?... Aunque ya sé que no viene antes de la noche, barrunto su presencia desde por la mañana cuando me levanto. ¡Oh! ¡Si fuera un rapaz para poder ir siempre con él, a la corte y a todas partes! ¡Si pudiera seguirle llevando su estandarte en las batallas! MADRE.- Siempre has sido una aturdida; ya desde niña pequeña, tan pronto alocada como pensativa. ¿No te arreglas un poco? CLARA.- Acaso, madre; sí me aburro... Figuraos que ayer pasaron por aquí algunas de sus gentes y cantaban canciones en su honor. Por lo menos su nombre figuraba en la letra; lo demás no pude com¬prenderlo. El corazón me saltaba hasta la garganta. Me habría gustado llamarlos si no me hubiera dado vergüenza. MADRE.- Ten cuidado. Tu vivacidad puede es¬tropearlo todo; te haces manifiestamente traición delante de la gente. El otro día, en casa de tu primo, cuando encontraste el grabado en madera con la descripción al pie, exclamaste de pronto: ¡El conde de Egmont!... Me puse roja como el fuego. CLARA.- ¿Y cómo no gritar? Era la batalla de Gra¬velinas, y encontré arriba en el cuadro la letra C y busqué la C abajo en la descripción, y ponía: «El conde de Egmont a quien le fue muerto bajo él el caballo que montaba» Me aterré toda, y en seguida tuve que reírme del Egmont del grabado que era tan grande como la torre de Gravelinas, que estaba pe¬gada a él, y como los navíos ingleses allí al lado... Cuando recuerdo, a veces, cómo me imaginaba an¬tes una batalla, y la imagen que, de muchachilla, me formaba del conde de Egmont, al oír hablar de él y de todos los condes y príncipes... y lo que me ocurre ahora.
(Entra BRACKENBURG.)
CLARA.- ¿Qué pasa? BRACKENBURG.- No se sabe nada a punto fijo. En Flandes deben haberse producido recientemente unos tumultos; la gobernadora debe estar con cui¬dado por si se extienden aquí. El palacio está fuer¬temente guardado; hay muchos ciudadanos en las
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puertas de la ciudad; el pueblo murmura por las ca¬lles... Corro a toda prisa a reunirme con mi anciano padre. (Hace que se va.) CLARA.- ¿Os veremos mañana? Voy a arreglarme un poco. Va a venir mi primo y estoy vestida con demasiado descuido. Ayudadme un momento, ma¬dre... Llevaos ese libro, Brackenburg, y traedme otra historia semejante. MADRE.-Adiós. BRACKENBURG.- (Tendiéndole su mano.) Vuestra mano. CLARA.- (Negándole la suya.) Cuando volváis.
(Vanse la madre y la hija.)
BRACKENBURG.- (Solo.) Habíame propuesto mar¬char inmediatamente, y como ella me lo consiente y me deja partir monto en furia... ¡Desdichado! ¿Y no te conmueve la suerte de tu patria? ¿El creciente tumulto?... ¿Es para ti lo mismo compatriota que español, quién gobierna y quién tiene razón?... ¡De qué otro modo era yo cuando estudiante!... Cuando se nos daba por tema: «Discurso de Bruto en defen¬sa de la libertad como ejercicio de elocuencia.» Fritz era siempre el primero, y el rector decía: - ¡Si hu¬biera estado todo en mejor orden y no se amonto¬naran las cosas unas sobre otras!... Entonces hervía mi ánimo y sentía arrebatos... Ahora me arrastro bajo las miradas de una muchacha. ¿No puedo li¬brarme de ella? ¿No puede ella quererme? ¡Ah!... No... No puede haberme rechazado por completo... Por completo no... ni a medias... No lo sufriría por más tiempo... (Pausa.) ¿Será verdad lo que hace poco me dijo al oído un amigo? Que por la noche recibe en secreto a un hombre en su casa, después de ha¬berme hecho salir púdicamente antes de anochecer. No, no es verdad; ¡es mentira! ¡una vil y calumniosa mentira! Clarita es tan inocente como soy yo desgra¬ciado... Me ha despreciado, me ha expulsado de su corazón... Y ¿he de seguir viviendo de este modo? No, no; no lo soporto... Cuando mi patria está vio¬lentamente agitada por interna discordia, yo ¿no he de hacer más que languidecer en medio del tumulto? No lo soporto... Al sonar la trompeta, cuando se oye un disparo, me conmuevo hasta lo más profundo de mi ser. Pero ¡ay! no me espolea, no me inclina a que yo también tome las armas, a que me redima y aventure como todos... ¡Miserable y vergonzosa situación! Mejor sería que acabara de una vez. Arrojéme al agua hace poco tiempo, me sumergí...
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pero la atemorizada naturaleza fue más fuerte que yo; comprendí que podía nadar y me salvé a pesar mío... ¡Si pudiera olvidar los tiempos en que me quería, en que parecía quererme!... ¿Por qué penetró esa dicha hasta lo más profundo de mi ser? ¿Por qué esas esperanzas han consumido todo mi goce de vivir, mostrándome desde lejos un paraíso?... ¡Y aquel primer beso! ¡Aquel único!... Aquí (Pone la ma¬no sobre la mesa), aquí estábamos solos... Siempre se me había mostrado bondadosa y amable... Entonces pareció ablandarse... Me miró... Todos mis sentidos se turbaron y sentí sus labios sobre los míos. Y... ¿y ahora?... ¡Perece, desdichado! ¿Por qué vacilas? (Sa¬ca un frasquito del bolsillo.) ¡Veneno saludable, no quie¬ro haberte robado en vano del estuche de mi hermano el doctor! Tú debes consumir y resolver de repente este miedo, este vértigo, este sudor de muerte.
ACTO SEGUNDO


PLAZA EN BRUSELAS
JETTER y un MAESTRO CARPINTERO se encuen¬tran
CARPINTERO.- ¿No lo había yo ya predicho? Aun hace ocho días, en nuestro gremio, dije que iba a haber graves luchas. JETTER.- Pero ¿es verdad que han saqueado las iglesias de Flandes? CARPINTERO.- Han destrozado por completo iglesias y capillas. No han dejado otra cosa sino las cuatro desnudas paredes. ¡Valiente canalla! Y eso empeora nuestra buena causa. Antes, con todo or¬den y perseverancia, le habríamos expuesto nuestros
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derechos a la gobernadora, y los habríamos sosteni¬do. Si ahora hablamos, si ahora nos reunimos, quie¬re decirse que nos juntamos a los sublevados. JETTER.- Sí; eso es lo que cada cual piensa pri¬mero: ¿Para qué vas a meter tus narices en esa cues¬tión? El gaznate está en relación muy inmediata con ellas. CARPINTERO.-Temo que comience a alborotar¬se la chusma, la gente del pueblo que no tiene nada que perder. Tomarán por pretexto lo que nosotros tenemos también que reclamar y llevarán al país (SOEST se junta a ellos.) SOEST.- Buenos días, señores. ¿Qué hay de nuevo? ¿Es verdad que los destructores de santos se dirigen aquí precisamente? CARPINTERO.- ¡No tocarán a nada! SOEST.- Para comprar tabaco, entró un soldado en mi tienda y le he preguntado. La gobernadora, aun¬que mujer cauta y valiente, está fuera de sí esta vez. Tiene que ser muy mala la situación para que se es¬conda, como lo hace, detrás de su guardia. La ciu¬dadela está llena de tropas. Hasta se cree que quiere huir de la ciudad. CARPINTERO.- ¡No debe marcharse! Su presencia nos protege y debemos inspirarle más confianza que los bigotazos que la rodean. Y si nos conserva nuestras franquicias y libertades, la llevaremos en palmas. (Un fabricante de jabón se une a ellos.) JABONERO.-¡Mala cuestión! ¡Feo asunto! Hay malestar y todo anda revuelto... Tratad de perma¬necer bien tranquilos para que no os tomen también por sublevados. SOEST.-Aquí vienen los siete sabios de Grecia. JABONERO.- Ya sé que hay muchos que se en¬tienden secretamente con los calvinistas, que acusan a los obispos, que no temen al rey; pero un súbdito fiel, un católico sincero...
(Poco a poco júntanse en torno a ellos toda especie de gentes que escuchan sus palabras. Acércase VANSEN.)
VANSEN.- Dios os guarde, señores. ¿Qué hay de nuevo? CARPINTERO.- No os rocéis con ese; es un mal sujeto. JETTER.- ¿No es el escribiente del doctor Wiets? CARPINTERO.- Ha tenido muchos amos. Primero fué escribiente y como todos los patronos lo echa¬ban, a causa de sus bribonerías, se entremete ahora
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a ejercer la profesión de los notarios y abogados y es un tonel de aguardiente.
(Reúnese más gente y se forman grupos.)
VANSEN.-Ya que estáis reunidos, hablaos en voz baja para poneros de acuerdo. Siempre vale la pena de tratar del asunto. SOEST.- Esa es también mi opinión. VANSEN.- Si en este momento algunos de nos¬otros tuvieran corazón y otros cabeza, bien pronto podríamos sacudir las cadenas españolas. SOEST.-Señor, no debéis hablar así. Hemos pres¬tado juramento al rey. VANSEN.- También él a nosotros. Fijaos en ello. JETTER.- ¡Eso es hablar! Decid vuestra opinión. OTROS.- Oíd, oíd. Ese sabe lo que dice. Es un buen truchimán. VANSEN.- Tuve un viejo patrón que poseía per¬gaminos y documentos de antiquísimas fundaciones, contratos y sentencias: le interesaban los libros más raros. En uno de ellos estaba toda nuestra constitu¬ción: cómo nosotros, los neerlandeses, fuimos al principio regidos por príncipes independientes, to¬do según tradicionales derechos, privilegios y cos¬tumbres; cómo nuestros antepasados tenían el ma¬yor respeto por sus príncipes cuando gobernaban como era debido, y cómo se precavían en seguida si los gobernantes querían propasarse. Los estados generales del reino estaban siempre dispuestos a reunirse: pues cada provincia, por pequeña que fue¬ra, tenía sus estados, sus asambleas. CARPINTERO.- ¡Cállate la boca! ¡Eso lo sabemos desde hace mucho tiempo! Todo ciudadano digno conoce todo lo que necesita saber acerca de la cons¬titución del país. JETTER.- Dejadle hablar; siempre se aprende algo. SOEST.- Tiene plena razón. VARIAS VOCES.-¡Que hable! ¡Que hable! Cosas así no se oyen todos los días. VANSEN.- ¡Así sois vosotros, los ciudadanos! Vi¬vís al día; y una vez que habéis heredado de vues¬tros padres vuestro oficio, dejáis que el Gobierno os rija y disponga de vosotros como pueda y quiera. No preguntáis por las tradiciones, por la historia, por los derechos de un gobierno; y gracias a vuestra negligencia, los españoles han tendido sus redes sobre vuestras cabezas. SOEST.- ¿Quién piensa en eso, con tal de que no falte el pan de cada día?
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JETTER.-¡Maldita sea! ¿Por qué no se presentará de cuando en cuando alguien que le diga a uno estas cosas? VANSEN.- Os las digo yo ahora. El rey de España, que por casualidad posee todas las provincias uni¬das, debe regir y gobernar en ellas no de otra suerte sino como lo hacían los pequeños príncipes que las poseían aisladamente en otro tiempo. ¿Lo com¬prendéis? JETTER.- Explícanoslo. VANSEN.- Es claro como la luz del día. ¿No tenéis que ser juzgados según las leyes de vuestra propia provincia? ¿De dónde procederá eso? UN CIUDADANO.-Es verdad. VANSEN.- ¿Los de Bruselas no tienen un derecho diferente que los de Amberes? ¿Los de Amberes que los de Gante? ¿De dónde vendrá eso? OTRO CIUDADANO.-¡Pardiez! VANSEN.- Pero si dejáis que sigan así las cosas, pronto seréis tratados de otro modo. ¡Uf! Lo que no lograron Carlos el Temerario, Federico el Belicoso y Carlos V, lo realiza Felipe por medio de una mujer. SOEST.- Sí, sí. Los antiguos príncipes también tra¬taron de hacerlo.
VANSEN.- ¡Indudablemente!... Pero nuestros ante-
pasados vigilaban. Cuando un señor se les hacía
odioso, le capturaban su hijo y heredero, lo retenían
entre ellos y no se lo devolvían sino bajo las mejo-
res condiciones. ¡Nuestros padres eran hombres!
¡Sabían apoderarse de lo que les convenía y hacerse
firmes en ello! ¡Hombres auténticos! Por eso son
tan claros nuestros privilegios, están tan bien garan-
tizadas nuestras libertades.
JABONERO.- ¿Qué decís de libertades?
EL PUEBLO.- ¡De nuestras libertades! ¡De nues-
tras franquicias! ¡Habladnos algo más de nuestras
franquicias!
VANSEN.- En especial nosotros, los brabanzones,
aunque todas las provincias tengan sus privilegios,
estamos provistos de ellos del modo más soberbio.
He leído todo eso.
SOEST.- Decidlo.
JETTER.- Dejad oír.
UN CIUDADANO.-¡Por favor!
VANSEN.- En primer lugar está escrito: el duque
de Brabante debe ser un señor bondadoso y fiel.
SOEST.- ¡Bien! ¿Lo dice de ese modo?
JETTER.- ¿Es verdad? ¿Fiel?

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VANSEN.- Como os lo digo. Tiene obligaciones
para con nosotros, como nosotros para con él. En
segundo lugar: en modo alguno debe mostrar, dejar
aparecer o pensar en permitir ninguna especie de
poder o voluntad arbitrarios.
JETTER.- ¡Admirable! ¡Admirable! No debe mos-
trar...
SOEST.- Ni dejar aparecer...
OTRO.- O pensar en permitir... Ese el punto capi-
tal. No permitirle a nadie, de ninguna manera...
VANSEN.- Así consta, en términos expresos.
JETTER.- Tráenos el libro.
UN CIUDADANO.- Sí; tiene que ser nuestro.
OTRO.- ¡El libro! ¡El libro!
OTRO.- Nos presentaremos con él a la goberna-
dora.
OTRO.- Vos seréis el que hable, señor doctor.
JABONERO.- ¡Oh! ¡qué necios!
OTROS.- Dinos alguna cosa más del libro.
JABONERO.- ¡Le clavo los dientes en el gañote si
vuelve a decir palabra!
EL PUEBLO.- Ya veremos si hay alguien capaz de
hacerle daño. ¡Decidnos algo más de nuestros pri-
vilegios! ¿Todavía tenemos privilegios?

VANSEN.- Muchos y muy buenos; muy saludables.
También está allí escrito que el príncipe no puede
reformar ni aumentar el brazo eclesiástico sin asen-
timiento de la nobleza y de los estados generales.
¡Fijaos en esto! Ni tampoco modificar el régimen
del país.
SOEST.- ¿Lo dice de ese modo?
VANSEN.- Os lo mostraré; escrito hace dos o tres
siglos.
VARIOS CIUDADANOS.- ¿Y soportamos a los
nuevos obispos? La nobleza tiene que ayudarnos y
comenzaremos la lucha.
OTROS.- ¿Y dejamos que nos intimide la Inqui-
sición?
VANSEN.- Es culpa vuestra.
EL PUEBLO.- ¡Aun tenemos a Egmont! ¡Aun te-
nemos a Orange! Esos cuidan de nuestro bien.
VANSEN.- Vuestros hermanos de Flandes han
comenzado la buena obra.
JABONERO.- ¡Ah perro! (Lo golpea.)
OTROS.- (Oponiéndose a él y gritando.) ¿También tú
eres un español?
OTRO.- ¿Cómo? ¿Pegarle a este hombre digno?
OTRO.-¿A este sabio? (Se lanzan contra el
JABONERO.)

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CARPINTERO.- ¡Paz en nombre del cielo! (Méz-
clanse otros en la contienda.) Ciudadanos, ¿qué es esto?
(Unos pilluelos silban, arrojan piedras, azuzan perros; los
transeúntes se detienen y miran boquiabiertos; corren gentes del
pueblo, otras van tranquilamente de un lado a otro, otras ha-
cen toda suerte de burlas, gritando y lanzando clamores de
júbilo.)
OTROS.- ¡Libertad, privilegios! ¡Privilegios y li-
bertad. (Entra EGMONT con acompañamiento.)
EGMONT.- ¡Paz! ¡paz, ciudadanos! ¿Qué es lo que
ocurre? ¡Separadlos!
CARPINTERO.-Benigno señor, llegáis como un
ángel del cielo. ¡Silencio! ¿No veis quién está aquí?
¡El conde de Egmont! ¡Respetad al conde de Eg-
mont!
EGMONT.- ¿También entre nosotros? ¿Qué osáis?
¿Ciudadanos contra ciudadanos? ¿Ni siquiera os
detiene la proximidad de nuestra regia gobernadora?
¡Separaos! ¡Id cada cual a vuestros asuntos! Mala
señal es cuando aparecéis ociosos en día de trabajo.
¿De qué se trataba?
(El tumulto se calma poco a poco y todos le rodean.)
CARPINTERO.- Se pegaban por sus privilegios.

EGMONT.- Que todavía están destruyendo atur¬didamente... Y ¿quién sois vosotros? Me parecéis gente honrada. CARPINTERO.- A eso aspiramos. EGMONT.- ¿De qué gremio? CARPINTERO.- Carpintero y maestro jurado. EGMONT.-¿Y vos? SOEST.- Tendero. EGMONT.- ¿Vos? JETTER.- Sastre. EGMONT.- Recuerdo que habéis ayudado a hacer las libreas de mis gentes. Os llamáis Jetter. JETTER.- Os doy gracias, por acordaros de mi nombre. EGMONT.- No es fácil que yo me olvide de quien he visto y hablado una vez sola... Buena gente, en cuanto el mantenimiento de la paz dependa de vos¬otros, no dejéis de procurarlo; estáis ya bastante mal notados. No incitéis más al rey, que, en resumidas cuentas, tiene el poder en sus manos. Un ciudadano como es debido, que gana su sustento honrada y diligentemente, tiene siempre y en todas partes tanta libertad como precisa. CARPINTERO.- Sí, sí; ese es justamente el mal. Los haraganes, los borrachos, los poltrones, con li¬
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cencia de Vuestra Alteza, huronean por aburri¬miento y escarban por hambre en busca de privile¬gios y les cuentan mentiras a los curiosos y crédulos; y para que les paguen un jarro de cerveza, comien¬zan luchas que hacen desgraciados a muchos miles de hombres. Justamente eso es lo que quieren. Te¬nemos demasiado bien guardadas nuestras casas y nuestros caudales; querrían expulsarnos de ella a tizonazos. EGMONT.- Seréis defendidos eficazmente; se han tomado las necesarias medidas para oponerse al mal con todo rigor. Manteneos firmes contra las doctri¬nas extranjeras y no creáis que se fortalecen los pri¬vilegios con motines. Permaneced en vuestras casas; no permitáis que se produzcan disturbios en las ca¬lles. Las gentes sensatas pueden hacer mucho.
(Mientras tanto se ha disuelto el grupo mayor.) CARPINTERO.- Damos gracias a Vuestra Excelen¬cia; dámosle gracias por su buena opinión.
(Vase EGMONT.)
CARPINTERO.- ¡Un noble señor! ¡Un verdadero neerlandés! ¡Absolutamente nada español!
JETTER.- ¡Si lo tuviéramos por gobernador! Daría gusto obedecerle. SOEST.- El rey no lo entiende así. Siempre ocupa ese puesto con gente suya. JETTER.- ¿Te has fijado en el traje? A la española, de la forma más reciente. CARPINTERO.- ¡Hermosa figura! JETTER.- Su cuello sería un verdadero regalo para el verdugo. SOEST.- ¿Estás loco? ¿Cómo puede ocurrírsete eso? JETTER.- Es bastante estúpido pensar en tales co¬sas... Pero ahora me sucede. Si veo un cuello largo y hermoso, al punto tengo que decirme a pesar mío: bueno para cortado... ¡Las malditas ejecuciones! No logra uno expulsarlas del espíritu. Cuando nadan los mozos y veo unos lomos desnudos, en seguida se me representan por docenas los que he visto casti¬gados con baquetas. Si encuentro una hermosa pan¬za, pienso que ya la veo puesta a asar atada al poste de la hoguera. Por la noche, en sueños, me son ate¬nazados todos los miembros de mi cuerpo; no tiene uno ni una hora de alegría. Pronto me habré olvida¬do de toda diversión, de toda broma; esas espanto¬
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sas imágenes están como impresas en mi frente con un hierro candente.


MORADA DE EGMONT
EL SECRETARIO, sentado a una mesa llena de papeles; se levanta intranquilo
SECRETARIO.-¡Siempre sin venir! Y hace ya dos horas que le espero con la pluma en la mano y los papeles delante; ¡y justamente hoy que me gustaría salir temprano! Tengo como fuego bajo los pies. Apenas puedo contener mi impaciencia. «Estate aquí a la hora exacta», ordenóme todavía antes de su marcha; y ahora no viene. Hay tanto que hacer que no terminaré antes de media noche. Cierto que a veces hace la vista gorda. Pero preferiría que fuera severo y le dejara a uno libre en el debido momento. Podría uno concertar sus asuntos. Hace ya dos ho¬ras que salió de junto a la gobernadora; sabe Dios con quién habrá pegado la hebra por el camino.
(Entra EGMONT.)
EGMONT.- ¿Cómo andan las cosas?
SECRETARIO.- Estoy dispuesto y esperan tres
mensajeros.
EGMONT.- Encuentras que me he demorado de-
masiado; tienes cara enfadada.
SECRETARIO.- Espero hace ya tiempo para obe-
decer vuestras órdenes. Aquí están los documentos.
EGMONT.- Doña Elvira se enojará conmigo si oye
decir que te he retrasado.
SECRETARIO.- ¡Bromeáis!
EGMONT.- No, no. No te avergüences. Demues-
tras tener buen gusto. Es bonita y me agrada mucho
que tengas una amiga en Palacio. ¿Qué dicen las
cartas?
SECRETARIO.- Diversas cosas y poco divertidas.
EGMONT.- Gracias que tenemos la alegría en casa
y no necesitamos esperarla de fuera. ¿Hay muchos
asuntos?
SECRETARIO.- Bastantes y esperan tres mensa-
jeros.
EGMONT.- Dime lo más preciso.
SECRETARIO.- Todo es preciso.
EGMONT.-Una cosa tras otra, pero de prisa.
SECRETARIO.- El capitán Breda envía una rela-
ción de lo que ha seguido ocurriendo en Gante y las

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comarcas vecinas. Los disturbios están apaciguados,
en su mayor parte...
EGMONT.- ¿Comunica que se han producido aún
diversas majaderías y locuras?
SECRETARIO.- Sí. Aun hay algo de eso.
EGMONT.- Exímeme de oírlo.
SECRETARIO.- Han sido presos otros seis crimi-
nales que han destrozado en Werwick una imagen
de la virgen. Pregunta si deben ser ahorcados como
los otros.
EGMONT.- Estoy cansado de mandar ahorcar.
Que los azoten y se vayan.
SECRETARIO.- Hay dos mujeres entre ellos.
¿También deben ser azotadas?
EGMONT.- Que las amoneste y las deje correr.
SECRETARIO.- Brinck, de la compañía de Breda,
quiere casarse. El capitán espera que le neguéis el
permiso. Escribe que hay demasiadas mujeres en las
tropas y que si salimos a campaña no parecerá un
ejército de soldados, sino una cuadrilla de gitanos.
EGMONT.- Déjese casar aún a éste! Es un buen
mozo; me lo rogó insistentemente antes de mi par-
tida. Pero que no se le permita a ninguno más, por
mucho que me duela privarles de su mejor diversión

a esos pobres diablos, que ya están bastante fasti¬diados sin eso. SECRETARIO.- Dos de vuestros soldados, Seter y Hart, le han jugado una mala pasada a una moza, hija de un hostelero. La encontraron sola y la niña no pudo defenderse de ellos. EGMONT.- Si es muchacha honrada y han em¬pleado violencia, que les den tres días consecutivos carrera de baquetas, y si poseen algunos bienes, que se tome de ellos lo necesario para poder dotar a la rapaza. SECRETARIO.- Uno de los doctores extranjeros pasó secretamente por Comines y fue descubierto. Jura que su intención, era la de pasar a Francia. De¬be ser decapitado, según lo dispuesto. EGMONT.- Que lo pongan secretamente en la frontera y le aseguren que la segunda vez no es¬capará de este modo. SECRETARIO.- Carta de vuestro tesorero. Escribe que ingresa poco dinero y que le será difícil enviar en esta semana la cantidad pedida; los disturbios han producido en todo la mayor confusión. EGMONT.- ¡Tiene que mandar el dinero! Él verá como lo junta.
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SECRETARIO.-Dice que hará todo cuanto pueda y que por fin demandará y hará encarcelar a ese Ra¬ymond que es vuestro deudor desde hace tanto tiempo. EGMONT.- Pero ha prometido pagar. SECRETARIO.- La última vez; él mismo fijó el plazo de quince días. EGMONT.- Pues que le concedan otros quince, y después pueden proceder contra él. SECRETARIO.-Hacéis bien. No es falta de recur¬sos, es mala voluntad. Sin duda que se conducirá con seriedad cuando vea que no bromeáis... Ade¬más, dice el recaudador que quiere retener medio mes de pensión a los antiguos soldados, las viudas y algunas otras gentes a quienes socorréis; mientras tanto, ya se verá lo que se hace; los socorridos se arreglarán como puedan. EGMONT.- ¿Cómo que se arreglarán? Esas gentes tienen más necesidad que yo de dinero. Que no se meta en eso. SECRETARIO.- Pues ¿de dónde ordenáis que sa¬que los cuartos? EGMONT.- Él verá; ya se lo dije en la carta an¬terior. SECRETARIO.- Por eso hace estas proposiciones.
EGMONT.- Que no sirven de nada. Que piense otra cosa. Que haga proposiciones que sean acepta¬bles, y sobre todo, que se proporcione el dinero. SECRETARIO.- Vuelvo a presentaros la carta del conde Oliva. Perdonad que os la recuerde. Este an¬ciano merece, antes que nadie, una circunstanciada respuesta. Ibais a escribirle vos mismo. De fijo que os quiere como un padre. EGMONT.- No me es posible hacerlo. De todas las cosas que me son odiosas, ninguna lo es más que escribir. ¡Imitas tan bien mi letra! Escríbele en mi nombre. Yo espero a Orange. No me es posible ha¬cerlo yo mismo, pero deseo que se conteste a sus inquietudes diciéndole algo muy tranquilizador. SECRETARIO.- Decidme aproximadamente cómo pensáis que debe ser la respuesta; redactaré la carta y la someteré a vuestra aprobación. Será escrita en tal forma que hasta ante un tribunal pueda pasar por letra vuestra. EGMONT.- Dame su carta. (Después de haberle echado la vista encima.) ¡Venerable anciano! ¿Eras ya tan prudente en tu juventud? ¿No has escalado jamás una fortaleza? ¿Te quedabas a retaguardia en la ba¬talla, como aconseja la prudencia?... ¡Qué cariñosa solicitud! Desea mi felicidad y mi vida y no advierte
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que ya está muerto aquel que sólo vive o para guar¬darse... Dile que puede estar descuidado; que proce¬do como debo, que ya cuido de mi seguridad; que emplee en mi favor su consideración en la Corte y que esté convencido de mi completo agradecimien¬to. SECRETARIO.- ¿Nada más? ¡ Oh, él espera otra cosa! EGMONT.- ¿Qué más puedo decirle? Si quieres poner más palabras, de ti depende. Da siempre vueltas alrededor del mismo punto: que debo vivir como no soy capaz de vivir. Que soy alegre, que to¬mo las cosas ligeramente, que vivo de prisa; esa es mi dicha, y no la cambio por la seguridad de un panteón. Ni una gota de sangre tengo en mis venas para vivir a la española; no me divierte acomodar mis pasos a la nueva y grave cadencia de la Corte. ¿No he de vivir más que para pensar en la vida? ¿No he de gozar del momento actual para estar se¬guro del siguiente? ¿Y consumir también éste con preocupaciones y cuidados? SECRETARIO.- Os suplico, señor, que no seáis tan áspero y duro con este hombre excelente, vos que sois tan afable con todo el mundo. Decidme unas palabras afectuosas que tranquilicen a este noble amigo. Fijaos en lo solícito que es, en la delicadeza con que toca lo que cree que puede seros útil. EGMONT.- Sí, pero toca siempre la misma cuerda. Sabe, desde hace mucho, lo odiosas que son para mí estas amonestaciones; no hacen más que confundir, no sirven para nada. Y si yo fuera un sonámbulo y me paseara por el peligroso alero de una casa, ¿es amistoso llamarme por mi nombre, para advertirme, despertarme y hacerme estrellar? Dejad a cada cual que siga su camino; ya se guardará él. SECRETARIO.- No estaría bien en vos el preocu¬paros, pero ¡en quien os conoce y ama!... EGMONT (Mirando la carta).- Vuelve otra vez con las viejas historias de lo que hemos hecho y dicho una noche, en la fácil petulancia de la intimidad y el vino, y con todas las deducciones y consecuencias que de aquí se han sacado, paseándolas por todo el reino... ¡Bueno! Pues es verdad que hemos hecho bordar caperuzas de bufón y cabezas de loco en las mangas de nuestros criados y que después hemos cambiado estos ridículos adornos por haces de fle¬chas, símbolo aun más peligroso a juicio de todos los que quieren encontrar significación en lo que no la tiene. En momentos de placer, hemos concebido y realizado más de una locura; ¿somos culpables de
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que toda una noble tropa, con alforjas de mendigo y un apodo escogido por ellos mismos2, le haya re¬cordado al rey sus deberes, con burlona humildad? Somos culpables... ¿de qué otra cosa? ¿Una fiesta de
2
A principios de diciembre de 1563, en un banquete, habíanse puesto de acuerdo varios nobles neerlandeses, entre los cuales se encontraban Egmont, Berghes y Montigny para adoptar una común librea para sus servidores, según se practicaba en Alemania; echáronlo a suertes y tocóle a Egmont elegir el uniforme, el cual se decidió por un traje de lana negra, con mangas anchas y largas, en las que hizo bordar unas cabezas con capirotes de colorines como los de los juglares. No tardó en verse en ello una alusión al capelo del cardenal Granvela, y la regente mandó que cambiaran de insignias, y Egmont escogió entonces un haz de flechas, que no dejaba de tener alguna semejanza con el de las armas de los Reyes Católicos. La regente fue lo bastante discreta para no ocuparse más del asunto. Más tarde formóse una ligan de nobles para oponerse por todos los medios, entre otras cosas, al establecimiento de la Inquisición en los Países Bajos. Orange, Horn, Egmont y Montigny, aunque quejosos de la conducta del rey, mostrábanse ajenos a la confederación sediciosa. El 2 de abril de 1566 entraron en Bruselas doscientos coligados armados, llevando a su frente a Brederode y Luis de Nassau. La regente se avino a recibirlos, pero sin armas, y en la entre¬vista, como los sediciosos se presentaran sin insignias ni condecoraciones, con unos simples trajes grises, el conde de Barlaimont, partidario del rey, a quien la regente confié la alarma que aquello le causaba, quiso tranquilizarla diciéndole en voz baja, pero que no dejó de ser oída por los de la «noble unión»: «No son más que mendigos» (Ce ne sont que des gueux). Divulgóse la frase en un inmediato banquete de los de la liga y tomáronla por divisa. Brindóse por los mendigos en los festines: Vivent les gueux!; todos los confederados adoptaron el tosco vestido gris e iban con una alforja al cuello, escudillas de palo a la cintura y una medalla al pecho que por una cara tenía la efigie de Felipe II con el mote: En tout fideles au Roi, y por la otra, dos manos que sostenían una alforja, y por lema: jusqu¢á porter la besace. Las escudillas, que al principio eran de palo, acabaron por ser de oro en los jefes de los confederados.- N. del T
carnaval se iguala con un crimen de alta traición? ¿Hay que estar celoso por los breves y abigarrados harapos que un valor juvenil y una excitada fantasía pueden haber colgado en torno a la pobre desnudez de nuestra vida? Si la tomáis demasiado en serio ¿qué encontraréis en ella? Si la mañana no nos des¬pierta para nuevas alegrías y a la noche no podemos esperar ya ningún placer, ¿vale la pena de vestirse y desnudarse? ¿Alúmbrame hoy el sol para que refle¬xione en lo que era ayer, y para adivinar y calcular lo que ni se adivina ni se calcula, el destino de un día por venir?... Aparta de mí esas consideraciones; de¬jémoslas para los escolares y los cortesanos. Que cavilen y mediten, muden de opiniones y avancen furtivamente; que alcancen adonde puedan y obten¬gan lo que puedan... Si te es dado aprovechar algo de esto sin que tu epístola se convierta en un libro, estaré satisfecho con ello. Al buen viejo todo le pa¬rece demasiado importante. Igual que un amigo, que nos ha tenido cogida la mano largo tiempo, la opri¬me aún con más fuerza cuando va a soltarla. SECRETARIO.-Perdonadme, pero un peatón siempre siente vértigos cuando ve pasar a alguien en coche por su lado a una velocidad frenética.
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EGMONT.- ¡No más, no más, criatura! Como azo¬tados por invisibles espíritus, los caballos del sol del tiempo arrastran consigo el ligero carro de nuestro destino; y a nosotros no nos resta otra cosa sino mantener firmes las riendas, con esforzado ánimo, y tan pronto a derecha como a izquierda, apartar las ruedas, aquí de una piedra, allá de un precipicio. Adónde se va, ¿quién lo sabe? Apenas se acuerda uno de dónde viene. SECRETARIO.- ¡Señor! ¡Señor! EGMONT.-Estoy en lo alto y puedo y debo subir más todavía; siento en mí la esperanza, el valor y las fuerzas para hacerlo. Aun no he alcanzado la cúspi¬de de mi desarrollo, y si alguna vez llego arriba, me mantendré firme y sin recelo. Si he de caer, que sea un rayo, un huracán, hasta un mal paso mío lo que me precipite a lo profundo, yaceré allí con muchos miles de hombres. Jamás desdeñé el jugarme san¬grientamente la vida con mis buenos compañeros de armas por cualquier ventaja pequeña, e ¿iba a andar con roñerías ahora cuando se trata de todo el valor de la libre existencia? SECRETARIO.- ¡Oh señor! ¡No sabéis qué pala¬bras pronunciáis! ¡Que Dios os proteja!
EGMONT.-Recoge tus papeles. Orange llega. Despacha lo más necesario para que partan tus mensajeros antes de que estén cerradas las puertas. Para lo otro hay tiempo mañana. Deja hasta mañana la carta del Conde; no dilates el visitar a Elvira y salúdala de mi parte... Entérate de cómo se encuen¬tra la gobernadora; aunque lo oculte, no debe estar buena.
(Vase el SECRETARIO.) Entra ORANGE.
EGMONT.- Orange, bien venido. Me parecéis un tanto preocupado. ORANGE.- ¿Qué me decís de nuestra conversa¬ción con la gobernadora? EGMONT.- No encontré nada de particular en su manera de recibirnos. Con frecuencia la he visto de ese modo. No me pareció que se hallaba del todo bien. ORANGE.- ¿No notasteis en ella una reserva ma¬yor de la acostumbrada? Primero quiso aprobar fríamente nuestra conducta en la nueva revuelta del populacho; después hizo observar la falsa luz que podía ser arrojada sobre esos acontecimientos; deri¬vó después la conversación hacia sus antiguos ha¬
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bituales discursos: que jamás han sido agradecidos suficientemente, que han sido tratados con dema¬siada ligereza sus procedimientos afables y bonda¬dosos, su amistad hacia nosotros los neerlandeses; que no hay cosa alguna que lleve la dirección que ella desea; que, al final, bien puede llegar a sentirse cansada y a tener que decidirse el rey por otros pro¬cedimientos. ¿Habéis oído esto? EGMONT.- No todo; entre tanto pensaba en otra cosa. Ella es mujer, querido Orange, y las mujeres siempre querrían que todo se plegara suavemente bajo su dulce yugo, que cada Hércules depusiera la piel de león y aumentara su corte de hilanderas; que, porque ellas tienen un carácter pacífico, la fermenta¬ción que se apodera de un pueblo, la tormenta que suscitan, unos contra otros, rivales poderosos, pu¬diera terminarse con una amable frase, y que se unieran a sus pies, en una dulce armonía, los más contrarios elementos. Ese es su caso; y como no puede conseguir lo que quiere, no le queda otro ca¬mino sino ponerse de mal humor, quejarse de in¬gratitud e imprudencia, amenazar para el porvenir con espantosas perspectivas y amenazar... con mar¬charse.
ORANGE.- ¿No creéis que esta vez realizará su amenaza? EGMONT.- ¡Jamás! ¡Cuántas veces no la he visto ya dispuesta para el viaje! ¿Adónde podría ir? Aquí es gobernadora, reina; ¿crees tú que le divertiría de¬vanar la madeja de unos insignificantes días en la Corte de su hermano, o ir a Italia para llevar tras sí, de un lado a otro, a toda su vieja parentela? ORANGE.- No se la cree capaz de esta determi¬nación porque se la ha visto vacilar, porque se la ha visto volverse atrás; no obstante, sólo depende de ella: nuevas circunstancias pueden impulsarla hacia una solución demorada largo tiempo. ¿Y si se fuera y el rey mandara a algún otro? EGMONT.- Pues llegaría y encontraría también muchas cosas que hacer. Vendría con grandes pla¬nes, proyectos e ideas, de cómo quería ponerlo todo en su sitio, someterlo y tenerlo en su mano; y hoy tendría que ocuparse de esta pequeñez, mañana de aquella otra, pasado mañana encontraría tal difi¬cultad, pasaría un mes con proyectos, otro enojado por sus fracasadas empresas, medio año preocupa¬do por una sola provincia... También para él correrá el tiempo, sentirá mareos, y las cosas seguirán su curso como antes, de modo que, en lugar de navegar
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por los dilatados mares hacia una línea prescrita por él, tendrá que dar gracias a Dios si, en medio de la tempestad, mantiene su nave libre de arrecifes. ORANGE.- Pero ¿y si le aconsejaran al rey que hi¬ciera una prueba? EGMONT.- ¿Cuál?... ORANGE.- Ver lo que hacía el tronco sin cabeza. EGMONT.- ¿Cómo? ORANGE.- Egmont, hace muchos años que llevo en mi corazón todas las circunstancias del mundo en que nos movemos; estoy siempre como delante de un tablero de ajedrez y no considero insignifi¬cante ninguna jugada del adversario; y lo mismo que hay gentes ociosas que se preocupan con el mayor cuidado de los secretos de la naturaleza, considero yo como deber mío, por mi categoría de príncipe, conocer las opiniones y los propósitos de todos los partidos. Tengo motivos para temer un gran cam¬bio. El rey hace mucho tiempo que viene proce¬diendo según ciertos principios; ve que, con ello no logra lo que quiere; ¿qué cosa más verosímil sino que intente otro camino? EGMONT.- No lo creo. Cuando se hace uno viejo y se han ensayado tantas cosas y nunca se encuentra manera de arreglar el mundo, por último tiene uno que acabar por decirse que ya basta. ORANGE.- Hay una cosa que no ha ensayado to¬davía. EGMONT.- ¿Cuál? ORANGE.- Tratar bien al pueblo y perder a los príncipes. EGMONT.- ¡Cuánto no se ha temido ya eso desde hace tanto tiempo! No hay que inquietarse. ORANGE.- Al principio era una inquietud, poco a poco se me convirtió en sospecha; por último, ha llegado a ser una certidumbre. EGMONT.- Pero ¿tiene el rey servidores más fieles que nosotros? ORANGE.- Le servimos a nuestra manera; y aquí, entre nosotros, podemos confesar que sabemos equilibrar muy bien los derechos del rey y los nues¬tros. EGMONT.- ¿Quién no lo hace? Somos sus súb¬ditos y servidores en lo que le corresponde. ORANGE.- Pero ¿y si él quisiera atribuirse títulos mayores y llamara traición a lo que nosotros deci¬mos mantenimiento de nuestros derechos? EGMONT.- Podremos defendernos. Que convo¬que a los caballeros del Toisón y seremos juzgados.
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ORANGE.- ¿Y si hubiera sentencia antes del pro¬ceso? ¿Castigo antes de la sentencia? EGMONT.- Esa es una injusticia de que jamás se hará culpable Felipe, y una locura que no les impu¬taré a él ni a sus consejeros. ORANGE.- Y ¿si fueran injustos y locos? EGMONT.- No, Orange; es imposible. ¿Quién osa¬ría poner mano en nosotros?... El de prendernos sería un trabajo pérfido y estéril. No, no osan elevar tan alto el pendón de la tiranía. La ráfaga de viento que esta noticia difundiría por todo el país provoca¬ría un espantoso incendio. Y ¿para qué iban a ha¬cerlo? El rey solo no puede juzgar y condenar; ¿atentarían a nuestras vidas como asesinos?... No pueden pretenderlo. En un instante se uniría el pue¬blo en una liga formidable. Serían proclamados, con toda violencia, el odio y la separación eterna de to¬do lo español. ORANGE.- Las llamas bramarían sobre nuestras tumbas y la sangre de nuestros enemigos sería de¬rramada como vano sacrificio expiatorio. Hay que pensarlo, Egmont. EGMONT.- Pero ¿cómo podrían?... ORANGE.- Alba viene de camino. EGMONT.- No lo creo.
ORANGE.- Lo sé.
EGMONT.- La gobernadora pretendía no saber
nada de esto.
ORANGE.- Con lo cual quedé tanto más con-
vencido. La gobernadora le hará sitio. Conozco al
duque y su espíritu sanguinario trae consigo un ejér-
cito.
EGMONT.- ¿Para agobiar de nuevo las provincias?
El pueblo lo soportará muy difícilmente.
ORANGE.- Se apoderarán de los jefes.
EGMONT.- ¡No, no!
dRANGE.- Vayámonos cada cual a nuestra pro-
vincia. Allí nos haremos fuertes; no comenzara por
la violencia.
EGMONT.- ¿No tenemos que saludarle cuando
llegue?
ORANGE.- Lo dilataremos.
EGMONT.- ¿Y si al llegar nos llama en nombre del
rey?
ORANGE.- Buscaremos subterfugios.
EGMONT.- ¿Y si insiste?
ORANGE.- Nos excusaremos.
EGMONT.- ¿Y si se obstina?
ORANGE.- Vendremos cada vez menos.

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EGMONT.- Y si se declara la guerra, seremos re¬beldes... Orange, no te dejes seducir por la pru¬dencia; ya sé que el temor no puede hacerte re¬troceder. Reflexiona en el paso que vas a dar. ORANGE.- Ya he reflexionado. EGMONT.- Piensa en la cosa de que te haces cul¬pable si no aciertas: de la guerra más destructora que puede asolar un país. Tu negativa es la señal que de repente convoca las provincias a las armas; que jus¬tifica todas las crueldades para las que España siempre se ha apresurado a aprovechar todo pre¬texto. Lo que hemos ido calmando lenta y trabajo¬samente, lo azuzarás con un solo gesto hasta que llegue a producirse la confusión más espantosa. ¡Piensa en las ciudades, la nobleza, el pueblo, el comercio, la agricultura, los oficios! ¡Y piensa en la desolación y la muerte!... Cierto que el soldado ve con serena mirada cómo cae junto a él su camarada en el campo de batalla; pero los ríos arrastrarán ha¬cia ti cadáveres de ciudadanos, de niños, de donce¬llas, de modo que lo contemplarás con espanto y ya no sabrás cuya causa defendías, ya que habrán pere¬cido aquellos por cuya libertad tomaste las armas. Y ¿qué sentirás en tu interior cuando tengas que de¬cirte: - Fue por mi seguridad por lo que las tomé?
ORANGE.- No somos particulares, Egmont. Si nos
toca sacrificarnos por muchos, también nos toca
guardarnos para muchos.
EGMONT.- Quien se guarda tiene que hacerse sos-
pechoso a sí mismo.
ORANGE.- Quien se conoce puede avanzar o re-
troceder seguro de sí.
EGMONT.- El mal que temes se convertirá en
cierto con esa acción tuya.
ORANGE.- Es prudente y osado ir al encuentro de
un mal inevitable.
EGMONT.- En peligro tan grande hay que tener en
cuenta la más leve esperanza.
ORANGE.- Y no nos queda espacio ni para el paso
mas pequeño: el abismo se abre cruelmente ante
nosotros.
EGMONT.- ¿El favor real, es terreno tan estrecho?
ORANGE.- Estrecho no, pero resbaladizo.
EGMONT.- ¡Pardiez! Se le injuria. No puedo so-
portar que se piense injustamente de él. Es hijo de
Carlos V y no es capaz de ninguna bajeza.
ORANGE.- Los reyes no hacen nunca ninguna ba-
jeza.
EGMONT.-Habría que conocerlo.

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ORANGE.- Ese conocimiento, precisamente, es lo que nos aconseja que no esperemos una prueba pe¬ligrosa. EGMONT.- No hay prueba peligrosa si se tiene valor para ella. ORANGE.- Te acaloras, Egmont. EGMONT.-Tengo que verlo con mis propios ojos. ORANGE.- ¡ Oh! ¡Si pudieras ver esta vez por los míos! Amigo, porque los tienes abiertos ya crees ver. Yo parto. Espera tú la llegada de Alba y que Dios te proteja. Acaso te salve mi retirada Acaso el dragón no crea tener presa suficiente si no nos devora a la vez a ambos. Acaso lo retrase para ejecutar con ma¬yor seguridad su proyecto, y acaso también, mien¬tras tanto, veas tú las cosas en su figura verdadera. Pero entonces ¡de prisa! ¡de prisa! ¡Sálvate! ¡Sálva¬te!... ¡Adiós!... Que no haya detalle alguno que se escape a tu vigilante atención: cuánta tropa trae con¬sigo, cómo ocupa la ciudad, qué poderes retiene la gobernadora, cómo se conducen tus amigos. Dame noticias... (Pausa.) ¡Egmont!... EGMONT.-¿Qué quieres? ORANGE. (Cogiéndolo por la mano.) - ¡Déjate conven¬cer! ¡Ven conmigo!
EGMONT.-¿Qué es eso? ¿Lloras, Orange? ORANGE.- Llorar por un perdido amigo no es in¬digno de hombres. EGMONT.- ¿Me juzgas perdido? ORANGE. Lo estás. Piensa en ello. Sólo te queda un breve plazo. Adiós. (Vase.) EGMONT. (Solo.) - ¡Que los pensamientos de otras criaturas tengan tal influjo sobre nosotros! Jamás se me hubiera ocurrido; y este hombre me transmite su inquietud... ¡Fuera!... Eso es en m sangre una gota de sangre ajena. ¡Salud mía, recházala! Y para borrar de mi frente las arrugas de la preocupación, todavía tengo un delicioso medio.
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ACTO TERCERO


PALACIO DE LA GOBERNADORA
MARGARITA DE PARMA
MARGARITA.-Hubiera debido sospecharlo. ¡Ah! Cuando pasa uno su vida en medio de molestias y trabajos siempre se imagina que hace todo lo posi¬ble; y el que vigila y ordena desde lejos cree que sólo exige lo que puede ser hecho... ¡Oh! ¡Los reyes!... Jamás habría creído que iba a disgustarme tanto. ¡Es tan hermoso mandar!... ¿Y abdicar?... No sé como lo logró mi padre, pero quiero hacer lo que él. MAQUIAVELO aparece por el fondo GOBERNADORA.- Acércate, Maquiavelo. Estoy aquí pensando en la carta de mi hermano.
MAQUIAVELO.-¿Me es permitido saber lo que contiene? GOBERNADORA.- Tantas tiernas atenciones ha¬cia mi persona como solicitud por sus Estados. Arriba la firmeza, el celo y la fidelidad con que he velado hasta ahora en este país por los derechos de Su Majestad; me compadece porque el indómito pueblo me de tanto que hacer; está tan profunda¬mente convencido de la sagacidad de mis opiniones, tan extraordinariamente contento con la prudencia de mi proceder, que, tengo que decirlo, la carta está casi demasiado bien escrita para un rey y segu¬ramente lo está para un hermano. MAQUIAVELO.- No es la primera vez que os muestra su justa satisfacción. GOBERNADORA.- Pero sí la primera vez que la emplea como figura retórica. MAQUIAVELO.- No os comprendo. GOBERNADORA.- Ahora me comprenderéis... Pues tras esta introducción, añade que sin tropas, sin un pequeño ejército, siempre habré de hacer aquí mala figura. Hemos hecho mal, dice, en retirar de las provincias nuestros soldados atendiendo a las quejas de los habitantes. Opina que una guarnición
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que cargue sobre los hombros del ciudadano le im¬pide, con su peso, el que dé grandes saltos. MAQUIAVELO.-Eso excitará extraordinariamen¬te los ánimos. GOBERNADORA.- Pero el rey opina, ¿me escu¬chas?... Opina que un buen general, un general que no oiga razones, se hará muy pronto dueño del pueblo y de la nobleza, de los ciudadanos y los cam¬pesinos... Y para eso envía, con un fuerte ejercito... al duque de Alba. MAQUIAVELO.- ¿Al de Alba? GOBERNADORA.- ¿Te asombras? MAQUIAVELO.- Dijisteis: envía. Será que pre¬gunta si lo debe enviar. GOBERNADORA.-El rey no pregunta; lo envía. MAQUIAVELO.- De ese modo tendréis a vuestro servicio un militar de gran experiencia. GOBERNADORA.- ¿A mi servicio? Habla franca¬mente, Maquiavelo. MAQUIAVELO.- No querría anticiparme... GOBERNADORA.- ¡Y yo querría disimular! Es muy doloroso para mí, muy doloroso. Preferiría que mi hermano dijera las cosas como las piensa, que no firmara ceremoniosas epístolas redactadas por un secretario de Cámara.
MAQUIAVELO.- ¿No se podría descubrir?... GOBERNADORA.- Los conozco por dentro y por fuera. Les gustaría tenerlo todo limpio y arreglado y como ellos mismos no se ponen al trabajo, prestan confianza a todo el que llega con una escoba en la mano. ¡Oh! Para mí es como si viera al rey y su Consejo pintados en ese tapiz. MAQUIAVELO.- ¿Tan claramente? GOBERNADORA.- No les falta ni un rasgo. Hay buenas gentes entre ellos. El honrado Rodrigo, con tanta experiencia y moderación, que no apunta de¬masiado alto y, sin embargo, no se le va una pieza; el recto Alonso, el diligente Freneda, el firme Las Vargas, y todavía algunos otros que colaboran cuando el partido de los buenos es el poderoso. Pe¬ro allí está el toledano, con sus ojos hundidos, su frente de bronce y su honrada mirada de fuego; barbota algo acerca de la indulgencia de las mujeres, de su condescendencia inoportuna, y dice que les gusta ser llevadas por caballos mansos, pero que ellas mismas son malos domadores, u otras bromas análogas que en otro tiempo tuve que aguantar de los hombres políticos. MAQUIAVELO.- Habéis escogido para vuestro cuadro una buena caja de colores.
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GOBERNADORA.- Pero confiesa, Maquiavelo, que entre todas las tintas sombrías con que pudiera pintarlo, no hay ningún tono tan amarillo ni tan ne¬gro como los matices del semblante de Alba ni co¬mo los colores que emplea él mismo. Para él, todo hombre es blasfemador y reo de lesa majestad, por¬que, con esta opinión, al punto puede enrodar, em¬palar, descoyuntar y quemar a todo el mundo... El bien que yo aquí he hecho es indudable que no pa¬recerá nada desde lejos, justamente por ser bien... Allá se atienen a las locuras ya pasadas, recuerdan todas las perturbaciones ya apaciguadas, y presen¬tan, ante los ojos del rey, tantos motines, subleva¬ciones y locuras, que el monarca se imagina que las gentes se devoran aquí unas a otras, cuando, entre nosotros, un pasajero y transitorio descomedi¬miento de un grosero pueblo está olvidado ya desde hace tiempo. De aquí adquiere Felipe un odio muy cordial contra la obre gente; lo parecen tan repulsi¬vos como bestias y monstruos; vuelve la vista hacia la espada y el fuego y se imagina que de este modo se domeña a los hombres. MAQUIAVELO.- Me parecéis harto agitada; to¬máis la cosa demasiado en serio. ¿No seguís siendo la regente?
GOBERNADORA.- Bien conozco eso. Traerá ins¬trucciones... Soy lo bastante vieja en asuntos de Es¬tado para saber cómo se desposee a alguien sin quitarle su nombramiento... Primero presentara unas instrucciones que serán vagas y tortuosas; empuñará el poder porque tiene la fuerza, y si yo me quejo, alegará unas instrucciones secretas; si quiero verlas, irá dándome largas; si insisto en ello, me enseñará un papel que contenga cualquier otra cosa, y si no me tranquilizo, será lo mismo que si no digo nada... Mientras tanto hará lo que temo y lo que deseo será abandonado. MAQUIAVELO.- Quisiera poder contradeciros. GOBERNADORA.- Lo que yo, con indecible pa¬ciencia, logré calmar, volverá él a provocarlo con su sus crueldades y dureza; veré mi obra destruida ante mis propios ojos, y además, aun tendré que cargar con las culpas que a él le corresponden. MAQUIAVELO.- Espérelo así Vuestra Alteza. GOBERNADORA.- Tengo bastante dominio so¬bre mí misma para permanecer tranquila. Que ven¬ga; con las mejores formas le cederé el puesto, antes de ser arrojada de él. MAQUIAVELO.-¿Queréis dar tan precipitada¬mente un paso de esa importancia?
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GOBERNADORA.- Más difícil de lo que tú pien¬sas. Quien está acostumbrado a mandar, aquel para quien es uso establecido que la suerte de miles de hombres penda de sus manos, desciende del trono como si fuera a la tumba. Pero mejor es eso que quedar entre los vivos como un fantasma, y querer conservar, como vana apariencia, un puesto que ha sido ya heredado por otro, que ahora lo posee y dis¬fruta de el.


VIVIENDA DE CLARITA
CLARITA. SU MADRE
MADRE.- Amor como el de Brackenburg no lo he
visto jamás; creía que sólo existía en las historias
heroicas.
CLARITA.-(Va y viene por la habitación, canturreando.)

Tan sólo es dichosa
el alma amorosa. MADRE.-Sospecha tus relaciones con Egmont, y creo que, si lo trataras algo amistosamente, que si tú te lo propusieras, aun ahora se casaría contigo. CLARITA.-(Canta.)
Llena de alegría,
llena de dolor,
sumida en angustias
y cavilación;
anhelar
y temblar
en penas perennes;
gritos de delicia,
tristezas de muerte:
tan sólo es dichosa
el alma amorosa.

MADRE.-¡Déjate de esa cantilena!
CLARITA.- No me riñáis; es una canción de gran
poder. Con ella, más de una vez he acunado los
sueños de un niño grande.
MADRE.-Nada tienes en la cabeza, sino tu amor.
Lo dejas todo por una sola cosa. Te decía que de-
bías tener consideraciones para Brackenburg. Aun
puede hacerte dichosa.
CLARITA.- ¿Él?
MADRE.-¡Oh, sí! ¡Llegará ese tiempo!... Vosotras,
criaturas, no prevéis nada y no prestáis atención a
nuestra experiencia. Todo tiene su término, la ju-

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ventud, el hermoso amor; y llega un tiempo en que se le dan gracias a Dios si en cualquier lugar puede uno ponerse bajo techado... CLARITA.-(Se estremece, guarda silencio y después excla¬ma impetuosamente.) ¡Madre, dejar venir al tiempo, como a la muerte. Es horrible pensarlo con antici¬pación... Y cuando venga, cuando nos sea preciso... entonces... nos portaremos como podamos... ¡Care¬cer de ti, Egmont!... (Prorrumpe en llanto.) ¡No, no; es imposible, imposible! EGMONT.- (Embozado en una capa de caballero y el sombrero echado sobre los ojos.) ¡Clarita! CLARITA.- (Lanza un grito y retrocede.) ¡Egmont! (Se lanza hacia él.) ¡Egmont! (Lo abraza y se apoya en su pe¬cho.) ¡Oh, tú, querido y dulce amigo! ¿Has llegado? ¿Estás aquí? EGMONT.-Buenas noches, madre. MADRE.- Dios os guarde, noble señor. Mi pequeña estaba casi muerta de que hubierais tardado tanto tiempo; en todo el día no hizo más que cantar y ha¬blar de vos. EGMONT.- ¿Me daréis de cenar? MADRE.-Es demasiado honor. Si tuviéramos al¬guna cosa...
CLARITA.- ¡La tenemos! Estad tranquila, madre; ya he dispuesto todo lo necesario, lo he preparado. Madre, no me descubráis. MADRE.- Será bastante escaso. CLARITA.- No juzguéis hasta verlo. Y, además, me digo a mí misma: Si cuando él está conmigo no ten¬go hambre ninguna, tampoco debe tener él gran apetito cuando yo estoy con él. EGMONT.-¿Crees tú? (CLARITA golpea el suelo con el pie y se vuelve de mal hu¬mor.) EGMONT.-¿Qué te pasa? CLARITA.-¿Cómo estáis hoy tan frío? Aun no me habéis dado ni un beso. ¿Por qué tenéis los brazos envueltos en esa capa como un recién nacido? No es propio de militares ni de amantes andar con los brazos así arrebujados. EGMONT.- A veces, amada Mía, a veces. Si el sol¬dado está de emboscada y quiere engañar al enemi¬go, entonces se recoge en sí mismo, se cruza de brazos y rumia sus designios. Y un enamorado... MADRE.- ¿No queréis tomar asiento? ¿Acomoda-ros? Tengo que ir a la cocina; Clarita no piensa en nada estando vos aquí. Tendréis que contentaros con lo que haya.
J. W. GOETHE

EGMONT.- Vuestra buena voluntad es la mejor
salsa.
CLARITA.- Y mi cariño ¿qué será entonces?
EGMONT.- Todo lo que tú quieras.
CLARITA.- Comparadlo con algo, si sois capaz de
ello.
EGMONT.- Pero primero... (Arroja la capa y aparece
con un traje magnífico.)
CLARITA.- ¡Oh cielos!
EGMONT.- Ahora ya tengo libres los brazos. (La
estrecha contra sí.)
CLARITA.-¡Dejadme! Estropeáis vuestros atavíos.
(Haciéndose atrás.) ¡Que magnificencia! Lo que es así,
no me atrevo a tocaros.
EGMONT.- ¿Estás satisfecha? Te prometí que una
vez vendría a verte vestido a la española.
CLARITA.-No os lo pedía ya desde hace tiempo;
temía que no queríais... ¡Ah, y el toisón de oro!
EGMONT.-Ya lo ves ahora.
CLARITA.-¿Fue el emperador quien te lo puso al
cuello?
EGMONT.-Sí, niña mía; y la cadena y condecora-
ción que dan a quien las ostenta los mayores pri-
vilegios. No la reconozco en la tierra ningún juez de

mis acciones, sino el gran maestre de la Orden con el Capítulo de los caballeros. CLARITA.- ¡Oh, lo que es tú podrías dejar que ti juzgara el mundo entero!... ¡El terciopelo es ma¬ravilloso! ¡Y las pasamanerías! ¡Y los bordados! No se sabe por dónde empezar. EGMONT.- Míralo todo cuanto quieras. CLARITA.- ¡Y el toisón de oro! Me contasteis la historia y me dijisteis que es un símbolo de todo lo que es grande y precioso, que sólo con trabajo y pe¬nas se merece y adquiere. Es precioso... Puedo compararlo a tu amor... También lo llevo así en el corazón... Y, sin embargo... EGMONT.- ¿Qué quieres decir? CLARITA.- Y, sin embargo, no pueden compararse. EGMONT.-¿Por qué? CLARITA.- No lo adquirí con trabajo y penas; no lo he merecido. EGMONT.- En amor es de otro modo. Lo mere¬ciste porque no lo pretendías... Y, en general, sólo lo poseen los que no han corrido tras él. CLARITA.- ¿Infieres eso de lo que le ocurre a tu persona? ¿Has hecho esa orgullosa observación pensando en ti mismo, en ti, a quien todo el pueblo adora?
J. W. GOETHE

EGMONT.- Si hubiera hecho algo en su favor! ¡Si pudiera hacerlo! Por pura buena voluntad es por lo que me quieren. CLARITA.- De fijo que habrás visitado hoy a la gobernadora. EGMONT.- Sí; fui a verla. CLARITA.- ¿Estás bien con ella? EGMONT.- Así parece. Nos mostramos afectuosos y serviciales uno para otro. CLARITA.- ¿Y allá, por dentro? EGMONT.- La quiero bien. Cada cual tiene sus opiniones. Nada importa. Es una mujer excelente, conoce su mundo y vería las cosas con bastante pe¬netración aunque no fuera recelosa como es. Le doy mucho que hacer, porque siempre quiere descubrir secretos detrás de mi conducta y no tengo ninguno. CLARITA.- ¿Ninguno en absoluto? EGMONT.-¡Vamos! Algún pequeño disimulo. Todo vino, con el transcurso del tiempo, deposita tártaro en los toneles. Orange es para ella una preo¬cupación todavía mayor y un enigma siempre nue¬vo. Ha adquirido fama de tener siempre algún secreto, y ahora ella le mira constantemente a la frente para saber lo que puede pensar, y observa sus pasos queriendo averiguar adónde se dirigirá.
CLARITA.-¿Es disimulada? EGMONT.-Es gobernadora y ¿preguntas eso? CLARITA.- Perdóname; quería preguntar: ¿es falsa? EGMONT.- Ni más ni menos que todo el que quie¬re lograr sus propósitos. CLARITA.- Yo no sabría encontrarme en ese mun¬do. Pero también ella tiene un espíritu varonil; es una mujer de otra clase que nosotras, las que cose¬mos y guisamos. Es grande, animosa, resuelta. EGMONT.- Sí; cuando los asuntos no están de¬masiado embrollados. Esta vez anda un poco des¬concertada. CLARITA.- ¿Cómo? EGMONT. Tiene también un bigotito en el labio superior y, a veces, un ataque de gota. ¡Una ver¬dadera amazona! CLARITA.- ¡Una mujer majestuosa! Me espantaría tener que presentarme ante ella. EGMONT.- En general no eres tímida... No sería miedo, sino vergüenza de doncella. (CLARITA baja los ojos, coge la mano de Egmont y se apoya en él.) EGMONT.- ¡Te comprendo, querida niña! Puedes ir a todas partes con la vista bien alta. (Le besa los ojos.)
J. W. GOETHE

CLARITA.- ¡Déjame que guarde silencio! ¡Déjame estrecharme contra ti! ¡Déjame mirarte a los ojos y encontrarlo todo allí, consuelo, y esperanza, y ale¬gría, y congoja! (Lo abraza y lo mira fijamente.) ¡Díme¬lo, tu; dímelo! Yo no puedo comprenderlo... ¿Eres tú Egmont? ¿El conde de Egmont? ¿El gran Eg¬mont que hace tanto ruido, de quien hablan las ga¬cetas y de quien dependen las provincias? EGMONT.-No, Clarita, no lo soy. CLARITA.-¿Cómo? EGMONT.-Mira, Clarita... Déjame que me siente. (Se sienta, ella se arrodilla a sus pies en un taburete, apoya los brazos en sus rodillas y lo contempla.) Ese Egmont es un Egmont malhumorado, tieso y frío, que tiene que dominarse y poner ahora esta cara y luego aquella otra; hostigado, mal conocido, lleno de confusiones, mientras las gentes lo tienen por alegre y contento; amado por un pueblo que no sabe lo que quiere; venerado y exaltado por una muchedumbre con la cual nada puede hacerse; rodeado de amigos en quienes no le es dado confiar; vigilado por hombres que por todos los medios querrían igualarse con él; que trabaja y se fatiga, con frecuencia sin objeto, casi siempre sin recompensa... ¡Oh! déjame que no te diga lo que le sucede ni en qué disposición está su ánimo... Pero este otro, Clarita, que es sereno, fran¬co, feliz, amado y conocido por el mejor de los co¬razones, al cual también él conoce por completo y estrecha contra sí con el mayor cariño y confianza... (La abraza.) ¡Este es tu Egmont! CLARITA.- ¡Oh! ¡Muérame yo ahora! ¡Después de esto, el mundo no puede tener ya ninguna alegría para mí!
J. W. GOETHE

ACTO CUARTO


CALLE
JETTER. EL CARPINTERO
JETTER.- ¡Eh! ¡Chis! ¡Eh! ¡Vecino, una palabra! CARPINTERO.-Sigue tu camino y estate tran¬quilo. JETTER.-Sólo una palabra. ¿Nada de nuevo? CARPINTERO.- Nada, sino que de nuevo nos está prohibido hablar. JETTER.-¿Cómo? CARPINTERO.- Arrimaos aquí, a la pared de esta casa. ¡Tened cuidado! El duque de Alba, inmedia¬tamente después de su llegada, ha hecho publicar un bando, en virtud del cual, dos o tres personas que conversen reunidas en la calle son declaradas reos de alta traición, sin instrucción de proceso. JETTER.- ¡Oh dolor! CARPINTERO.- Con amenaza de cadena perpetua está prohibido hablar de los asuntos de Estado. JETTER - ¡Oh nuestra libertad! CARPINTERO.-Y nadie debe censurar los actos del Gobierno, bajo pena de muerte. JETTER.- ¡Oh nuestras cabezas! CARPINTERO.- Y con grandes promesas, los pa¬dres, madres, hijos, parientes, amigos y servidores son invitados a revelar ante un tribunal establecido especialmente para ello, lo que ocurre en lo más es¬condido de las viviendas. JETTER.-Retirémonos a nuestra casa. CARPINTERO.- Y a los que obedezcan, se les pro¬mete que no tendrán que sufrir daño alguno, ni en su persona, ni en su honra, ni en sus bienes. JETTER.- ¡Qué magnanimidad! Yo me sentí mal en el punto mismo en que el duque entró en la ciudad. Desde ese momento, es para mí como si el cielo estuviera cubierto con un crespón negro, colgado tan bajo que fuera preciso encorvarse para no tro¬pezar con él.
J. W. GOETHE

CARPINTERO.- ¿Y qué te parecen los soldados? Son pájaros de otra especie, ¿no es cierto?, que los que estábamos acostumbrados a tener por aquí. JETTER.- ¡Uf! Se me oprime el corazón cuando veo desfilar una patrulla por la calle abajo. Derechos como cirios, la mirada fija, idéntico paso por mu¬chos que sean. Y si están de guardia y pasas por de¬lante es como si quisieran ver a través de tu cuerpo, y con un aire tan grave y enojado, que crees encon¬trar un verdugo en cada esquina. No me gustan na¬da. ¡Nuestra milicia sí que era una gente divertida! Se permitían ciertas libertades, se plantaban con las piernas abiertas, llevaban el sombrero sobre la oreja: vivían y dejaban vivir; mas estos mozos son como máquinas en cuyo interior habitara un demonio. CARPINTERO.- Si uno de ellos grita «¡Alto!», en¬carando su arcabuz, ¿crees tú que dejará d e de¬tenerse alguien? JETTER.- Yo me caería muerto, en el momento mismo. CARPINTERO.- Vayámonos a casa. JETTER.- La cosa se pone fea. Adiós. (Se acerca SOEST.) SOEST.- ¡Amigos! ¡Compañeros! CARPINTERO.- ¡Silencio! Déjanos marchar.
SOEST.- ¿No sabéis?
JETTER.- ¡Demasiadas cosas!
SOEST.- Se ha ido la gobernadora.
JETTER.- ¡Dios tenga piedad de nosotros!
CARPINTERO.- Ella era quien aun nos defendía.
SOEST.- Partió de pronto y en secreto. No podía
entenderse con el duque, hizo anunciar a la nobleza
que habrá de volver. Nadie lo cree.
CARPINTERO.- Que Dios perdone a la nobleza
por permitir que nos echen al cuello este nuevo yu-
go. Hubieran podido impedirlo. Están perdidos
nuestros privilegios.
JETTER.- ¡En nombre del cielo, nada de privile-
gios! Husmeo el olor de una mañana de quemadero;
no quiere mostrarse el sol, la niebla apesta.
SOEST.-Orange también ha partido.
CARPINTERO.- Pues estamos totalmente abando-
nados.
SOEST.- Aun queda aquí el conde de Egmont.
JETTER.- ¡Gracias a Dios! Que todos los santos le
presten fortaleza para que proceda del mejor modo
que le sea posible; es el único que puede hacer algo.
(Entra VANSEN.)
VANSEN.- ¿Encuentro por fin unos cuantos que
no se han escondido todavía?

J. W. GOETHE

JETTER.-Hacednos el favor de seguir vuestro ca¬mino. VANSEN.- No sois muy cortés. CARPINTERO.- No es este momento para gastar cumplidos. ¿Os escuecen aún las espaldas? ¿Estáis ya totalmente curado? VANSEN.- ¡Habladle de heridas a un soldado! Si me hubiera guardado de los golpes, en toda mi vida no habría llegado a ser nada. JETTER.- Las cosas pueden ponerse aún más se¬rias. VANSEN.- Según parece, sentís en vuestros miem¬bros una lastimosa lasitud, a causa de la tormenta que se acerca. CARPINTERO.- Tus miembros, si no permaneces tranquilo, sí que se agitarán pronto donde tú no qui¬sieras. VANSEN.- ¡Pobrecitos ratones que se desesperan porque el señor de la casa ha buscado un gato nue¬vo! Será un poquito diferente; pero, estad tranquilos, seguiremos marchando a nuestro pasito, después como antes. CARPINTERO.- ¡Eres un bribón descarado! VANSEN.- Reverendo tonto, deja que el duque ha¬ga lo que quiera. El viejo gato parece como si hu¬biera devorado demonios, en lugar de ratones, y no pudiera digerirlos. Pero déjale hacer; también él tie¬ne que comer, beber y dormir como los demás hombres. No me da temor, con tal de que escoja¬mos bien nuestro momento. Al principio procederá con celeridad; después, también él hallará que es mejor vivir en la despensa, bajo las hojas de tocino, y descansar por las noches, que atrapar en los des¬vanes algunos ratoncillos. Id en paz; conozco yo a los gobernantes. CARPINTERO.- ¡Que pueda ocurrírsele a una criatura humana decir todo esto! Si alguna vez, en mi vida, hubiera hablado de este modo, no me ha¬bría tenido ni un minuto más como seguro. VANSEN.- Tranquilizaos. Dios, en el cielo, no sabe nada de vosotros, viles gusanos, y mucho menos el gobernador. JETTER.- ¡Lengua de víbora! VANSEN.- Sé de otros a quienes les iría mejor si tuvieran sangre de sastres en su cuerpo en vez de su valor heroico. CARPINTERO.-¿Qué queréis decir? VANSEN.- ¡Hum! Es el conde a quien me refiero. JFTTER.- ¿Egmont? ¿Qué tiene que temer?
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VANSEN.-Soy un pobre diablo, y podría vivir
todo un año con lo que él pierde en una noche. Y,
sin embargo, podría darme sus rentas de un año
entero con tal de que le prestara mi cabeza por un
cuarto de hora.
JETTER - Te figuras ser una maravilla. Los cabellos
de Egmont son más discretos que toda tu sesera.
VANSEN.- ¡Porque vos lo decís! Pero no más as-
tutos. Los señores son los que se engañan primero.
No debía fiarse.
JETTER.-¿Qué charla ése? ¡Un señor como él!
VANSEN.- Justamente por no ser un sastre.
JETTER.-¡Mal hablado!
VANSEN.- Querría que, sólo durante una hora,
tuviera vuestro valor en su cuerpo, para que lo in-
tranquilizara y lo hostigara y le picara hasta hacerlo
salir de la ciudad.
JETTER.- Habláis sin sentido: está tan seguro como
una estrella en el cielo.
VANSEN.- ¿Nunca has visto caer a ninguna? ¡Ya
no está donde estaba!
CARPINTERO.- Pues ¿quién podría hacer algo?
VANSEN.- ¿Quién podría?... ¿Lo impedirías tú,
quizá? ¿Provocarías una sublevación si lo hicieran
prisionero?

JETTER.- ¡Ah! VANSEN.- ¿Arriesgaríais vuestros lomos por él? SOEST.- ¡Eh! VANSEN (Imitándolos).- ¡Ih! ¡Oh! ¡Uh! Admiraos con todas las letras del alfabeto. ¡Así son las cosas y así seguirán siendo! ¡Que Dios lo proteja! JETTER.- Me pasmo de vuestra desvergüenza. ¿Un hombre tan noble y tan honrado tendría algo que temer? VANSEN.- El pícaro sale ganancioso en todas partes. Se mofa del juez en el banquillo del pobre acusado; en el sillón del juez, se divierte en conver¬tir en criminal al declarante. Una vez tuve que co¬piar un proceso, por el cual el instructor había recibido del tribunal grandes alabanzas y dinero, pues con su interrogatorio había logrado hacer pa¬sar por delincuente a un honrado infeliz a quien se quería mal. CARPINTERO.- Esa es otra descarada mentira. ¿Qué pueden sacar de un interrogatorio siendo uno inocente? VANSEN.- ¡Oh, qué cabeza de gorrión! Si no pue¬de sacarse nada del interrogatorio se mete en él lo que convenga. La honradez convierte en aturdido y hasta en altanero. Entonces se comienza por inte¬
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rrogar muy sosegadamente, y el prisionero, según suele decirse, muéstrase orgulloso de su inocencia, y dice francamente todo lo que habría ocultado al¬guien más avisado. Entonces el inquisidor hace nuevas preguntas, nacidas de las respuestas, y presta atención a ver dónde quiere presentarse alguna pe¬queña contradicción; después ya atando cabos, y si el pobre diablo se deja probar que en tal sitio dijo algo de más, en tal otro algo de menos, o si, sabe Dios por qué preocupaciones, ha pasado en silencio algún detalle, o si, al final de cuentas, se dejó asustar por cualquier cosa, estamos ya al cabo de la calle, y os aseguro que las traperas no rebuscan entre las barreduras con mayor cuidado del que ponen tales fabricantes de reos para llegar a formar, con sospe¬chas e indicios mínimos, retorcidos, arrancados de su sitio, descoyuntados, mal interpretados, mal de¬ducidos, confesados y negados, un espantapájaros de harapos y paja para siquiera poder ahorcar en efigie al acusado. ¡Y ya puede dar gracias a Dios el pobre diablo si aun le es dado ver colgada su ima¬gen! JETTER.- ¡Vaya una lengua larga! CARPINTERO.- Eso se hará con moscas. Las avis¬pas se ríen de vuestras telas de araña.
VANSEN.- Según sean las arañas. Mirad, el largo duque tiene trazas de araña venenosa; no de una de esas barrigudas, que son menos malas, sino de araña de patas largas, cuerpo flaco, que aunque comen no engordan y tienen unas telas muy sutiles pero alta¬mente viscosas. JETTER.- Egmont es caballero del toisón de oro, ¿a quién le sería dado poner mano en él? Sólo pue¬de ser juzgado por sus iguales, por la asamblea de la Orden. Tu lengua sin freno, tu mala conciencia, son lo que te incitan a pronunciar tales juicios. VANSEN.- ¿Es que le quiero mal por ello? Por mi parte, que le vaya bien. Es un señor excelente. Un par de buenos amigos míos, que en cualquier otro sitio hubieran sido ahorcados, los puso en libertad sólo con las espaldas cubiertas de palos... Marchad, marchad ahora. Yo mismo os lo aconsejo. Por allí veo venir una patrulla; y no parece que tan pronto quieran beber fraternalmente con nosotros. Espe¬remos y observemos mansamente. Tengo un par de sobrinas y un compadre tabernero; cuando hayan conocido todo ello, si no se domestican, ya puede decirse que son demonios verdaderos.
EL PALACIO DE CULEMBURG
J. W. GOETHE
Vivienda del duque de Alba
SILVA y GÓMEZ se encuentran
SILVA.-¿Has cumplido las órdenes del duque? GOMEZ.- Con toda puntualidad. Todas las pa¬trullas diurnas tienen orden de ir pasando a una ho¬ra determinada por diferentes lugares que les he de¬signado, al recorrer, como de costumbre, la ciudad para mantener el orden. Ninguna sabe de la otra; todas creen que la orden se refiere sólo a ella, y así, en un instante, el acordonamiento puede quedar establecido y tomadas todas las avenidas que con¬ducen al palacio. ¿Sabes el motivo de este mandato? SILVA.- Estoy acostumbrado a obedecer ciega¬mente. Y ¿a quién se obedecerá con mayor facilidad que al duque, ya que los acontecimientos muestran muy pronto que había mandado bien? GÓMEZ.- ¡Bueno! ¡Bueno! Tampoco me parece milagro que seas tan reservado y taciturno como él, ya que siempre tienes que estar a su lado. A mi se me hace extraño, porque estoy acostumbrado en Italia a servicios más fáciles. En cuanto a fidelidad y obediencia soy el de siempre; pero me he habituado a discutir y charlar. Vosotros calláis siempre y nunca os abandonáis. El duque me parece una torre de bronce, sin entrada, cuya guarnición tuviera alas. Recientemente, a la mesa, le oí decir, hablando de un hombre alegre y afable, que era como una mala taberna cuya muestra anuncia aguardiente, para animar a que entren los ociosos, mendigos y ladro¬nes. SILVA.- ¿Y no nos trajo hasta aquí guardando si¬lencio? GÓMEZ.- Contra eso no hay nada que decir. ¡Es verdad! Quien fue testigo de la prudencia con que condujo hasta aquí el ejército desde Italia, ha visto algo grande. ¡De qué modo se deslizó, por decirlo así, por medio de amigos y enemigos, por entre los franceses, los realistas y los herejes, a través de los suizos y los confederados; cómo mantuvo la mas severa disciplina y supo dirigir de un modo fácil y sin obstáculos una marcha que se tenía por peligro¬sa!... Hemos visto algo que puede enseñarnos. SILVA.- ¡Y también aquí! ¿No está todo tan pa¬cífico y tranquilo como si no hubiera habido se¬dición? GÓMEZ.- Pero, en general, estaba ya tranquilo cuando llegamos.
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SILVA.- En las provincias se ha hecho mucho ma-
yor la tranquilidad; y si aun hay alguien que se mue-
va es para ponerse en fuga. Pero pienso que también
a éstos les cerrará pronto el camino.
GÓMEZ.- Entonces es cuando ganará por com-
pleto el favor real,
SILVA.- Y nosotros no tenemos nada mejor que
hacer que conservar el suyo. Si viene el rey, de fijo
que el duque y los que él recomiende no quedarán
sin recompensa.
GÓMEZ.- ¿Crees tú que vendrá el rey?
SILVA.- Se hacen tantos preparativos que me pare-
ce altamente probable.
GÓMEZ.- A mí no me convencen.
SILVA.- Pues siquiera no hables de ello. Porque si
el rey no tuviera intención de venir, por lo menos es
indudable que tiene la de hacer que se crea.
FERNANDO, hijo natural de ALBA
FERNANDO.-¿Todavía no ha salido mi padre?
SILVA.- Lo esperamos.
FERNANDO.- Los príncipes estarán pronto aquí.
GÓMEZ.-¿Vienen hoy?...
FERNANDO.-Orange y Egmont.
GÓMEZ (A SILVA, en voz baja).- Empiezo a com-
prender.

SILVA.- Pues resérvalo para ti.
DUQUE DE ALBA (Según va entrando y avanzando,
hácense atrás los otros.)
ALBA.- ¡Gómez!
GÓMEZ (Se adelanta).-¡Señor!
ALBA.- ¿Has distribuído las guardias y dado las
órdenes?
GÓMEZ.- Del modo más nimio. Las patrullas de
día...
ALBA.-Basta. Espera en la galería. Silva te dirá el
momento en que debes reunirlas y ocupar las aveni-
das que traen a palacio. Ya sabes lo restante.
GÓMEZ.-Sí, señor. (Vase.)
ALBA.- ¡Silva!
SILVA.- Aquí estoy.
ALBA.- Muestra hoy lo que siempre he apreciado
en ti, valor, decisión, firmeza inconmovible en la
ejecución.
SILVA.- Os agradezco que me proporcionéis oca-
sión en que mostrar que soy el de siempre.
ALBA.- Tan pronto como los príncipes hayan en-
trado junto a mí, corre inmediatamente a detener al
secretario de Egmont. ¿Has adoptado todas las dis-
posiciones para apoderarte de los demás que fueron
designados?

J. W. GOETHE

SILVA.- Confía en nosotros. Su suerte los herirá de un modo tan puntual y espantoso como un bien calculado eclipse de sol. ALBA.- ¿Los has hecho vigilar suficientemente? SILVA.- A todos; a Egmont más que a nadie. Es el único que no cambió de conducta desde que estás aquí. Durante todo el día se apea de un caballo para montar en otro, recibe convidados, está siempre alegre y decidor a la mesa, juega a los dados, tira al blanco y por la noche se desliza a casa de su queri¬da. Por el contrario, los otros han hecho una noto¬ria pausa en su género de vida; permanecen en sus casas; al ver sus puertas, parece como si hubiera un enfermo en la casa. ALBA.- Por lo tanto, ¡de prisa! Antes de que sane contra nuestra voluntad. SILVA.- Los preparo para ello. Según tus mandatos, los abrumamos a atenciones. Tiemblan de miedo; por política nos dan unas gracias temerosas; en¬cuentran que lo más aconsejable sería fugarse, pero nadie se atreve a dar ese paso, vacilan, no pueden reunirse, y su espíritu de cuerpo les impide que in¬dividualmente hagan algo atrevido. Querrían sus¬traerse a toda sospecha y se hacen cada vez más sospechosos. Con alegría veo ya ejecutado todo tu plan. ALBA.- Yo sólo me alegro de lo que ya ha ocurrido; y aun de esto no con facilidad; pues siempre queda algo que nos haga cavilar y dé preocupaciones. La suerte es tan caprichosa que con frecuencia honra lo vulgar y sin mérito y descalifica con un desenlace vulgar bien concertadas acciones. Espera a que ven¬gan los príncipes; entonces dale la orden de ocupar las calles y corre tú mismo a prender al secretario de Egmont y los otros que te han sido designados. Una vez hecho, vuelve aquí y anúnciaselo a mi hijo para que me lleve la noticia al consejo. SILVA.- Espero que esta noche seré digno de pre¬sentarme ante ti.
(ALBA se acerca a su hijo, que hasta entonces ha permaneci¬do en la galería.)
SILVA.- No oso decírmelo a mí mismo; pero mi esperanza vacila. Temo que las cosas no estén como él piensa. Ante mí veo unos espíritus silenciosos y meditabundos, que pesan en negras balanzas el des¬tino de los príncipes y de muchos miles de hom¬bres. La aguja oscila lentamente de un lado a otro;
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los jueces parecen reflexionar profundamente; por último, un platillo desciende, elévase el otro, impul¬sado por un caprichoso soplo del destino, y está pronunciada la sentencia. (Vase.) ALBA y FERNANDO se adelantan. ALBA.- ¿Cómo encontraste la ciudad? FERNANDO.- Todo se ha rendido. Cabalgué, co¬mo por pasatiempo, por calles y calles. Vuestras bien repartidas patrullas mantenían un temor tan tenso que las gentes no se atrevían ni a cuchichear. La ciudad era semejante a un campo cuando brilla la tormenta a lo lejos; no se divisa ningún ave, ningún animal terrestre, sino los que buscan algún refugio. ALBA.- ¿No te ocurrió ninguna otra cosa? FERNANDO.- Egmont llegó a la plaza con algunos otros jinetes; montaba un fogoso caballo que tuve que alabar. «Apresurémonos a domar caballos; pronto los necesitaremos», gritó hacia mí. Dijo que aun volvería a verme en el día de hoy y que, a ins¬tancias vuestras, vendría a deliberar con vos. ALBA.- ¿Que volvería a verte? FERNANDO.-De todos los caballeros que co¬nozco aquí es el que más me gusta. Me parece que seremos amigos.
ALBA.- Aun sigues siendo tan aturdido y poco cir¬cunspecto; siempre tengo que reconocer en ti la lige¬reza de tu madre, que se me entregó sin condiciones. Las apariencias te invitan precipita¬damente a crearte algunas relaciones peligrosas. FERNANDO.- Vuestra voluntad me encuentra siempre dócil. ALBA.- Le perdono a tu sangre joven esta irre¬flexiva benevolencia, esta inconsiderada alegría. Pe¬ro no olvides la obra para la que fui enviado aquí y la parte que querría darte en ella. FERNANDO.-Recordádmelo y no ahorréis mi es¬fuerzo donde lo juzguéis necesario. ALBA (Al cabo de una pausa).- ¡Hijo mío! FERNANDO.-¡Padre! ALBA.- Pronto llegarán los príncipes, llegarán Orange y Egmont. No es por desconfianza por lo que sólo ahora te descubro lo que debe ocurrir. No volverán a salir de aquí. FERNANDO.-¿Qué te propones? ALBA.- Está resuelta su prisión... ¿Te asombras? Escucha lo que tienes que hacer; los motivos ya lo sabrás cuando todo esté hecho. Ahora no hay tiem¬po para explicártelos. Sólo contigo querría yo plati¬car acerca de lo más grande, de lo más secreto; un
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poderoso lazo nos mantiene unidos; te quiero y eres de gran valor para mí; sobre ti querría yo acumular todos los bienes. No sólo querría imprimir en ti la costumbre de obedecer; también desearía hacer brotar en tu espíritu talento para expresarte, para mandar, para ejecutar las cosas; dejarte una gran herencia y al rey su más útil servidor; dotarte con lo mejor que poseo para que no tengas que avergon¬zarte al verte entre tus hermanos. FERNANDO.- ¿De qué no te soy deudor por ese cariño que sólo a mi me consagras, mientras todo un imperio tiembla en tu presencia? ALBA.-Escucha ahora lo que hay que hacer. Tan pronto como hayan entrado los príncipes, serán ocupadas todas las salidas del palacio. Gómez tiene la orden para ello. Silva encarcelará rápidamente al secretario de Egmont y a los más suspectos. Tú mantendrás en orden la guardia de la puerta y la de los patios. Ante todo, ocupa con las gentes más se¬guras la habitación inmediata; después, espera en la galería hasta que haya regresado Silva y tráeme cual¬quier papel insignificante como señal de que está desempeñada su comisión. Entonces, quédate en la antesala hasta que se marche Orange; acompáñalo; yo detendré aquí a Egmont como si aun tuviera algo
que decirle. Al extremo de la galería pídele a Orange
su espada, llama a la guardia, apodérate rápidamente
del hombre más peligroso, y yo me hago dueño de
Egmont aquí dentro.
FERNANDO.- Obedezco, padre mío. Por vez pri-
mera lleno de preocupación y con el corazón opri-
mido.
ALBA.-Te lo dispenso; es el primer gran día de tu
vida. (Entra Silva.)
SILVA.- Un mensajero de Amberes. ¡Aquí hay carta
de Orange! No viene.
ALBA.- ¿Lo dice el mensajero?
SILVA.- No, me lo da el corazón.
ALBA.- Por tu boca habla mi genio enemigo.

(Después de haber leído la carta, hace una seña a los otros dos,
los cuales se retiran a la galería. Queda solo en el proscenio.)
¡No viene! Hasta el último momento aplazó el de-
círmelo. ¡Se atreve a no venir! Por lo tanto, esta vez,
contra toda sospecha, el sensato fue lo bastante sen-
sato para no ser sensato... ¡Acércasela hora! Que las
agujas del reloj recorran todavía un pequeño camino
y una gran empresa estará realizada o perdida, per-
dida irrevocablemente, pues no hay manera de re-
cobrar este momento ni de mantener secreto lo que

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se intentó en él. Durante largo tiempo pesé madu¬ramente todo esto y pensé también en este caso y establecí lo que también entonces se debía hacer; y ahora, cuando hay que hacerlo, apenas me defiendo de que las razones en pro y en contra vuelvan de nuevo a luchar en mi alma... ¿Es aconsejable dete¬ner a los otros si se me escapa éste? ¿Diferirélo y dejaré escabullirse a Egmont con los suyos, con tantos otros que acaso sólo en el día de hoy están en mi mano? ¡De este modo te domina el destino, a ti, indomable! ¡Cuánto tiempo pensándolo! ¡Qué bien dispuesto! ¡Qué plan tan grande y hermoso! ¡Qué próxima a su meta la esperanza! Y ahora, en el mo¬mento decisivo, te encuentras colocado entre dos males; como si se introdujera en una urna de sor¬teos, tu mano se apodera del obscuro porvenir; lo que cojas está sin desdoblar, es desconocido para ti, ya sea un error o un acierto. (Presta atención como si escuchara alguna cosa y se aproxima a la ventana.) ¡Es él! ¡Egmont!... ¿Cómo es que tu caballo pudo traerte con tanta ligereza y no se espantó del olor a sangre y del espectro con deslumbrante espada que te recibió a la puerta?... ¡Apéate!... ¡Al hacerlo pones un pie en tu sepultura! ¡Y ahora los dos!... Sí; acarícialo, y en recompensa de su valeroso servicio dale por última vez palmadas en el cuello... Ya no tengo que elegir. La ceguera con que se me acerca Egmont no puede volver a entregármelo así por segunda vez... ¡Hola!
FERNANDO y SILVA entran rápidamente.
ALBA.- Haced lo que he dispuesto; no cambio de resolución. Pase lo que pase, retengo aquí a Egmont hasta que me traigas noticias de Silva. después, qué¬date bien cerca. También a ti te priva el destino del gran merecimiento de haber hecho prisionero por tu mano al mayor enemigo del rey. (A SILVA.) ¡Date prisa! (A FERNANDO.) Sal a su encuentro. (ALBA queda solo durante algunos momentos y pasea silen¬ciosamente de un extremo a otro de la sala..) Entra EGMONT. EGMONT.- Vengo para escuchar las órdenes del rey, para saber qué servicios desea de nuestra fi¬delidad, que le será adicta eternamente. ALBA.- Ante todo, desea oír vuestro consejo. EGMONT.- ¿Sobre qué asunto? ¿No viene también Orange? Creí que ya estaría aquí. ALBA.- Lamento que nos falte, justamente en esta hora importante. El rey desea saber vuestro consejo y opinión respecto a cómo deben ser pacificados
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estos Estados. Y espera que contribuyáis enérgica¬mente a calmar todas las inquietudes y a establecer en las provincias un orden pleno y duradero. EGMONT.-Podéis saber mejor que yo que ya está todo bastante pacificado; y hasta que aun lo estaba más antes de que la aparición de nuevos soldados hubiera vuelto a conmover los ánimos con preocu¬pación y temores. ALBA.- Parece que queréis indicar que hubiera sido más prudente que el rey no me hubiera puesto en el caso de interrogaros. EGMONT.- ¡Perdonad! No me toca juzgar si el rey hubiera debido enviar el ejército o si el poder de su mayestática presencia hubiera actuado, ella sola, más eficazmente. El ejército está aquí, el rey no. Pero tendríamos que ser muy desagradecidos, muy olvi¬dadizos, si no nos acordáramos de lo que debemos a la gobernadora. Reconozcámoslo. Con su con¬ducta tan prudente como valerosa, con fuerza y prestigio, con persuasiones y habilidad apaciguó a los perturbadores, y con asombro del mundo, en pocos meses redujo nuevamente a un pueblo rebel¬de al cumplimiento de sus deberes. ALBA.- No lo niego. Los disturbios están apaci¬guados y todos parecen restituídos a los límites de la obediencia. Pero ¿no depende del capricho de cada cual el salir de ella? ¿Quién impedirá al pueblo que haga estallar de nuevo la sublevación? ¿Dónde está el poder para contenerla? ¿Quién nos garantiza que en adelante seguirán mostrándose fieles y sumisos? Su buena voluntad es la única prenda que tenemos. EGMONT.- Y la buena voluntad de un pueblo ¿no es la prenda más segura y más noble? ¡Pardiez! ¿Cuándo le es lícito a un rey tenerse por más seguro sino cuando todos viven para uno y uno para to¬dos? ¿Más seguro contra los enemigos interiores y exteriores? ALBA.- Pero no sé si deberemos persuadirnos de que nos hallamos en ese caso aquí ahora. EGMONT.- Que el rey suscriba un perdón general y que apacigüe los ánimos, y pronto se verá cómo la fidelidad y el amor renacen con la confianza. ALBA.- Y que aquel que hubiera ultrajado la ma¬jestad del rey y el santuario de la religión vaya y venga libre y sin daño; que viva para servir a los demás de patente ejemplo de cómo quedan sin cas¬tigo los crímenes más abominables. EGMONT.- ¿Y un crimen de demencia, de em¬briaguez, no es más bien cosa para ser disculpada que cruelmente castigada? En especial cuando hay
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firmes esperanzas, cuando hay certeza de que el mal no volverá a presentarse. ¿No vivieron en mayor seguridad, no fueron alabados por sus contem¬poráneos y las edades futuras los reyes que han per¬donado, compadecido y desdeñado una ofensa he¬cha a su dignidad? ¿No son, precisamente por eso, comparados con Dios, que es demasiado grande para que pueda alcanzarle ninguna blasfemia? ALBA.- Y precisamente por eso el rey debe com¬batir por la gloria de Dios y de la religión, y noso¬tros por la honra del rey. Lo que el soberano des¬deña reprimir es deber nuestro vengarlo. Según mi consejo, ni un solo culpable debe poder alabarse de, quedar impune. EGMONT.- ¿Y crees tú que podrás alcanzarlos a todos? ¿No se oye a diario que el temor los lleva de un sitio a otro y los lanza fuera del país? Los más ricos se fugarán con sus bienes, ellos, sus hijos y sus amigos; el pobre aportarále al vecino sus manos in¬dustriosas. ALBA.- Lo harán, si no se logra impedirlo. Por eso el rey solicita el consejo y la intervención de cada príncipe, por eso le pide severidad a cada go¬bernador; no se contenta con relatos de lo que pasa y puede ocurrir si se dejan ir las cosas como van.
Contemplar un gran mal; lisonjearse con esperan¬zas; confiar en el transcurso del tiempo; acaso al¬guna vez, como en una fiesta de carnaval, dar algún golpecillo que resuene y con el cual parezca que se hace algo cuando en realidad no quiere hacerse na¬da, ¿no da eso motivo para que se sospeche que aquel que procede de este modo ve con gusto dis¬turbios que no querría provocar, pero sí mantener indefinidamente? EGMONT (A punto de encolerizarse, se domina y habla reposadamente al cabo de breve pausa).- No toda intención es manifiesta, y pueden ser ambiguas muchas inten¬ciones humanas. De este modo, tiene uno que oír por muchas partes que la intención del rey, menos que la de regir las provincias conforme a las leyes uniformes y claras, asegurar la majestad de la reli¬gión y dar a su pueblo una paz general, es la de sub¬yugarlo incondicionalmente, arrebatarle sus antiguas franquicias, hacerse dueño de sus propiedades, li¬mitar los hermosos derechos de la nobleza, sola¬mente por los cuales el noble quiere servir al rey, consagrarse a él en cuerpo y alma. La religión, se dice, es sólo como un tapiz magnífico, detrás del cual se preparan tanto más fácilmente aquellos peli¬grosos proyectos. El pueblo está de rodillas, adora
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las santas figuras trazadas en el tapiz, y desde detrás acecha el cazador que quiere atrapar a las gentes. ALBA.- ¡Tener que oír esto de tus labios! EGMONT.- ¡Esa no es mi opinión! Pero sí lo que es dicho y esparcido en voz alta, en diversos luga¬res, por grandes y pequeños, locos y sensatos. Los neerlandeses temen un doble yugo y ¿quién les ga¬rantiza su libertad? ALBA.- ¡Su libertad! Hermosa palabra si es com¬prendida rectamente. ¿Qué libertad quieren? ¿Cuál es la libertad del más libre?... ¡Hacer lo justo!... Y eso no se lo impedirá el rey. No, no es eso; creen que no son libres si no pueden dañarse a sí mismos y a los otros. ¿No sería mejor abdicar que gobernar semejante pueblo? Si nos aprietan los enemigos ex¬teriores, en los cuales no piensa ningún ciudadano que sólo se ocupa de lo más inmediato, y si el rey pide asistencia, entonces se dividen entre sí y al mismo tiempo se conjuran con sus enemigos. Mu¬cho mejor es oprimirlos para poder tratarlos como a niños, guiarlos como a niños hacia lo que sea mejor para ellos. Créeme que un pueblo no se hace nunca viejo ni sensato; un pueblo es siempre infantil. EGMONT.-Lo mismo que un rey alcanza rara vez la edad de la razón. Y siendo ellos muchos ¿no pre¬ferirán fiarse de muchos que de uno solo? Y ni si¬quiera de uno solo, sino de los pocos de ese uno, de la gente que se hace anciana bajo la mirada de su señor. Esos son los únicos que tienen derecho a ser sensatos. ALBA.- Quizá precisamente porque no están en¬tregados a sí mismos. EGMONT.- Por lo cual nadie querría entregarse a ellos... Haced lo que queráis; yo ya he respondido a la pregunta y repito: las cosas no se arreglan de ese modo; no se pueden arreglar. Conozco a mis paisa¬nos. Son gente digna de pisar la tierra de Dios; cada uno es dueño de sí mismo, un reyezuelo, firme, acti¬vo, capaz, fiel, muy apegado a sus antiguos usos. Es difícil merecer su confianza; fácil el conservarla. Tercos y firmes. Puede apretárseles, pero no opri¬mirlos. ALBA (Que mientras tanto más de una vez ha mirado en torno suyo).- ¿Repetirás todo esto en presencia del rey? EGMONT.- Tanto peor si me intimidara su pre¬sencia. Tanto mejor para él y para su pueblo si me diera ánimos, si me infundiera confianza para decir más aún.
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ALBA.- Lo que sea útil, puedo oírlo yo lo mismo que él. EGMONT.- Le diría: el pastor puede llevar fácil¬mente delante de sí todo un rebaño de ovejas; el buey arrastra su yugo sin resistencia; pero tratán¬dose del noble corcel que quieres montar, tienes que aprender sus pensamientos, tienes que no exigir de él nada que no sea sensato y exigirlo sensatamente. Para eso es para lo que el ciudadano desea conser¬var su antigua constitución, ser regido por sus pai¬sanos, porque saben cómo conducirlo, porque puede esperar de ellos abnegación e interés por su suerte. ALBA.- Y el gobernante ¿no tendrá poder para cambiar esas antiguas tradiciones? ¿No será esa pre¬cisamente su más bella prerrogativa? ¿Qué hay de permanente en este mundo? ¿Una organización po¬lítica deberá serlo? En la serie de los tiempos, ¿no es preciso que se modifique toda situación humana, y precisamente por ello, una antigua constitución no será causa de mil males al no contener ya en sí el estado actual del pueblo? Temo que sean tan agra¬dables esos antiguos derechos porque formen es¬condrijas donde pueda ocultarse o por donde pueda escaparse, con daño del pueblo y con daño del Es¬tado, el prudente y el poderoso. EGMONT.- ¿Y esos cambios arbitrarios, esas ili¬mitadas intromisiones del poder supremo, no son augurio de que uno quiere realizar lo que no deben realizar mil? Quiere hacerse libre a sí solo para satis¬facer cada uno de sus deseos, para poder ejecutar cada uno de sus pensamientos. Y si confiamos ple¬namente en él, como en rey sabio y bueno, ¿puede garantizarnos a sus sucesores? ¿Puede respon¬dernos de que nadie regirá sin consideraciones ni miramientos? Y entonces, ¿quién nos librará de la mayor arbitrariedad, si nos envía a sus servidores, a sus más próximos, para gobernar a capricho, sin conocimiento del país ni de sus necesidades, ya que no encuentran ninguna resistencia y se sienten libres de toda responsabilidad? ALBA (Que de nuevo ha vuelto a mirar alrededor de sí).¬Nada más natural sino que un rey piense en mandar por sí mismo, y prefiera confiar sus órdenes a los que le comprenden mejor, a los que quieren com¬prenderle mejor y ejecutan sin reservas su voluntad. EGMONT.- Y no es menos natural que el ciuda¬dano quiera ser regido por aquel que ha nacido y se ha criado junto a él; que ha concebido el mismo
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concepto de lo justo y lo injusto que tiene él y a quien puede considerar como hermano suyo. ALBA.- Y, sin embargo, la nobleza repartió de mo¬do muy desigual con esos hermanos suyos los bie¬nes del país. EGMONT.- Eso ocurrió hace muchos siglos y es soportado ahora sin envidia. Pero el que sin nece¬sidad fueran enviados hombres nuevos que por se¬gunda vez quisieran enriquecerse a expensas de la nación, la que se vería así expuesta a una codicia despiadada, audaz y sin freno, produciría una fer¬mentación que no es fácil que se apaciguara espon¬táneamente. ALBA.-Me dices cosas que no debo oír, ya que también yo soy extranjero. EGMONT.- Ya el decírtelo muestra que no me re¬fiero a ti. ALBA.- Pero ni aun en este caso querría oírlo de tu boca. El rey me envió con la esperanza de que en¬contraría aquí el apoyo de la nobleza. El rey quiere que se haga su voluntad. El rey, después de profun¬das reflexiones, ha visto lo que le conviene al pue¬blo; las cosas no pueden quedar ni seguir como hasta ahora. La intención del rey es constreñir al pueblo para su propio bien; imponerle, si tiene, que ser así, su propia salud; sacrificar a los ciudadanos dañosos a fin de que los restantes encuentren paz y puedan gozar de la dicha de un sabio gobierno. Esta es su decisión; tengo orden de comunicárselo a la nobleza; y en su nombre, pido consejo acerca de cómo debe hacerse, no de lo que debe hacerse: pues eso lo ha resuelto ya el rey. EGMONT.- Por desgracia, tus palabras justifican los temores del pueblo, el temor general. Según eso, él ha decidido lo que ningún príncipe debía decidir. Quiere debilitar, deprimir, destruir la fuerza de su pueblo, sus ánimos, el concepto que tiene de sí mismo, para poder gobernarlo más fácilmente. Quiere deteriorar la íntima substancia de su carácter, sin duda con la idea de hacerlo más feliz. Quiere aniquilarlo, para que sea algo, alguna otra cosa. ¡Oh! ¡Si su intención es buena, está descarriada! No se opone uno al rey; sólo se le hacen objeciones al rey que da los primeros pasos desdichados para em¬prender un mal camino. ALBA.- Pensando de ese modo, parece vana toda tentativa para ponernos de acuerdo. Aprecias poco al rey y tienes una despreciativa idea de sus conseje¬ros, si dudas de que todo está ya pensado, compro¬bado y pesado. No tengo la misión de discutir una
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vez más las ventajas y los inconvenientes. Obedien¬cia es lo que exijo del pueblo... Y de vosotros, los primeros, los más nobles de esta tierra, consejo y ayuda como garantía de que cumpliréis vuestro in¬condicionado deber. EGMONT.- Pues pide nuestras cabezas y ya queda todo hecho de una vez. Tener que inclinar la cerviz ante ese yugo o doblarla ante el hacha, puede ser igual para un espíritu noble. Es inútil que haya ha¬blado tanto: he agitado el aire sin otro resultado. FERNANDO (Entra).- Perdonad que interrumpa vuestra conversación. Hay aquí una carta cuyo por¬tador pide respuesta insistentemente. ALBA.-Permitid que vea lo que contiene. (Apártase a un lado.) FERNANDO (A Egmont).-Es un hermoso caba¬llo el que han traído vuestras gentes para recogeros. EGMONT.-No es de los peores. Hace ya algún tiempo que lo tengo; pienso deshacerme de él. Si os agrada, acaso nos pongamos de acuerdo. FERNANDO.- Bueno, ya veremos. (ALBA hácele una seña a su hijo, que se retira hacia el fon¬do.) EGMONT.-Adiós. Dame licencia para partir, pues ¡pardiez que no sabría ya decir ninguna otra cosa.
ALBA.- Felizmente la casualidad te ha impedido que siguieras haciendo aún mayor traición a tu pen¬samiento. Con imprudencia revelaste los pliegues de tu corazón y te acusaste a ti mismo mucho más se¬veramente de lo que hubiera podido hacerlo ningún adversario que te odiara. EGMONT.- Ese reproche no me alcanza; me co¬nozco lo bastante para saber hasta qué punto per¬tenezco al rey; mucho más que muchos que se sir¬ven a si mismos al servicio del monarca. De mala gana termino esta discusión sin verla resuelta, y sólo deseo que pronto pueda unirnos el servicio del se¬ñor y el bien del país. Acaso en una nueva entre¬vista, con la presencia de los restantes príncipes que hoy faltan, en un momento más feliz, se produzca lo que hoy parece imposible. Me alejo de ti con esta esperanza. ALBA (Al mismo tiempo que le hace una seña a su hijo).¬¡Detente, Egmont!... ¡Tu espada!...
(Abrese la puerta del fondo: vese la galería llena de guardias que permanecen inmóviles.)
EGMONT (Que durante un momento guarda silencio, asombrado).- ¿Era éste tu propósito? ¿Para eso me
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has hecho llamar? (Echando mano a la espada como si quisiera defenderse.) ¿Estoy, pues, sin armas? ALBA.-El rey lo dispone: eres mi prisionero.
(Al punto entran hombres de armas por ambos lados.)
EGMONT (Después de un silencio).- ¿El rey?... ¡Oran¬ge! ¡Orange! (Después de una pausa, tendiendo su espada.) ¡Tómala! ¡Mucho más ha defendido la cau¬sa del rey que protegido este pecho! (Sale por la puerta del centro: síguenle las gentes de armas que hay en la habita¬ción; también el hijo de ALBA. ALBA queda inmóvil. Cae el telón.)
ACTO QUINTO


CALLE
Anochecer. CLARITA, BRACKENBURG,
CIUDADANOS

BRACKENBURG.- ¡Por el amor de Dios! ¿Qué te propones, amiga mía? CLARITA.-¡Ven conmigo Brackenburg! No co¬noces a la gente; de fijo que lo ponemos en libertad. Pues ¿qué cosa hay comparable con el cariño que le tienen? ¡Podría jurarlo! No hay nadie que no sienta en sí un ardiente impulso de salvarlo, de alejar todo peligro de su preciosa vida y devolver la libertad al más libre de todos los hombres. ¡Ven! Sólo falta una voz que los convoque. En sus almas palpita aún
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vivamente la idea de lo que le son deudores. Y sa¬ben que sólo su brazo poderoso los mantiene apar¬tados de la perdición. Tienen que arriesgarlo todo por él y por sí mismos. Y ¿qué arriesgamos noso¬tros? Cuando más, nuestra existencia, que no merece la molestia de ser conservada, si él perece. BRACKENBURG.- ¡Desgraciada! No ves el poder que nos ha encadenado con sus ligaduras de bronce. CLARITA.-No me parece invencible. No perda¬mos más tiempo en vanas palabras. Aquí vienen algunos de los antiguos, íntegros y valerosos varo¬nes. ¡Oíd, amigos míos! ¡Escuchad, vecinos!... De¬cidme, ¿qué ha sido de Egmont? CARPINTERO.- ¿Qué quiere esa criatura? ¡Haced¬la callar! CLARITA.- Aproximaos, para que hablemos en voz baja hasta que estemos de acuerdo y seamos los más fuertes. No debemos perder ni un momento. La in¬solente tiranía que se atreve a encadenarlo saca ya el puñal para darle muerte. ¡Oh, amigos míos! con ca¬da paso que avanza el crepúsculo me siento más acongojada. Le temo a esta noche. ¡Venid, reparti¬remos entre nosotros la tarea; iremos con rápido paso de barrio en barrio, convocando al vecindario! Que cada cual empuñe sus antiguas armas. Nos reu¬nimos en la plaza del mercado y lo arrolla todo nuestro torrente. Los enemigos se ven envueltos y sumergidos por nuestras oleadas y se ahogan en medio de ellas. ¿Cómo podría resistírsenos un pu¬ñado de esclavos? Y regresa él en medio de noso¬tros; vedlo ya libertado y por una vez tiene que agradecernos algo a nosotros que tan grandes deu¬das tenemos con él. Acaso vuelva a ver... De fijo, verá los primeros arreboles del alba bajo un libre cielo. CARPINTERO.- ¿Qué te pasa, muchacha? CLARITA.- ¿Es posible que no me comprendáis? Hablo del conde. De quien hablo es de Egmont. JETTER.-No pronuncies ese nombre. Hiere mor¬talmente. CLARITA.- ¡El nombre no! ¿Cómo? ¿Su nombre no? ¿Quién no lo cita en toda ocasión? ¿Dónde no se encuentra escrito? En esas estrellas, he solido leerlo con todas sus letras. ¿No pronunciar su nom¬bre? ¿Qué quiere decir eso? Amigos queridos y fie¬les vecinos, estáis dormidos; recobrad vuestra ra¬zón. No me miréis tan yertos y acongojados. No apartéis tímidamente las miradas a una y otra parte. No hago más que clamar ante vosotros lo que todo el mundo desea. Mi voz, ¿no es la misma voz de
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vuestro corazón? ¿Quién de vosotros, en esta noche de espanto, no se postrará de rodillas, antes de subir a su intranquilo lecho, para alcanzar esto del cielo con severa plegaria? ¡Preguntaos unos a otros! ¡Que cada cual se interrogue a sí mismo! Y ¿quién no ex¬clamará conmigo: «La libertad de Egmont o la muerte»? JETTER.-¡Dios nos asista! Va a haber una des¬gracia. CLABITA.-¡Quedaos, quedaos aquí! Y no os ha¬gáis atrás al escuchar un nombre que tan gozosa-mente os hacía correr hacia donde sonaba en otro tiempo... Cuando anunciaba la voz pública, cuando se decía: «¡Viene Egmont! ¡Viene de Gante!» se consideraban dichosos los habitantes de las calles por donde tenía que pasar. Y cuando se oían reso¬nar las pisadas de sus caballos, cada cual arrojaba la labor en que estuviera trabajando, y sobre los preo¬cupados semblantes que mostrabais a las ventanas, extendíase, como rayo de sol, una mirada de alegría y esperanza brotada de su rostro. Entonces, en el umbral de vuestra puerta, levantabais en brazos a vuestros hijos y les decías, señalando hacia él: «Mira, ese es Egmont; el más grande de todos. Ese e ese es; gracias a él podréis esperar que viviréis mejores tiempos que los que tuvieron vuestros pobres pa¬dres.» No dejéis que vuestros hijos puedan alguna vez preguntaros: «¿Qué fue de aquel hombre? ¿Dónde están los tiempos que nos prometíais?»... Pero ¡aun estamos pronunciando palabras! ¡Aun estamos ociosos! ¡Haciéndole traición! SOEST.- ¿No os da vergüenza, Brackenburg? ¡No la dejéis continuar! ¡Prevenid un gran daño! BRACKENBURG.- Querida Clarita, retirémonos. ¿Qué dirá vuestra madre? Quizá... CLARITA.- ¿Crees que soy una niña o una loca? ¿Qué quieres decir con ese «quizá»?... No me arran¬cas de esta terrible certidumbre con ninguna espe¬ranza... Debéis oírme y lo haréis; pues, bien lo veo, estáis consternados y no sois capaces de hallar vuestra propia voluntad en el interior de vuestro pecho. A través del peligro actual, lanzad sólo una mirada hacia el pasado, hacia el más inmediato pa¬sado. Dirigid vuestro pensamiento hacia el porvenir. ¿Sois capaces de vivir? ¿Lo seréis si él perece? Con su aliento se exhala el último hálito de libertad. ¿Qué no era él para vosotros? ¿Por quiénes no se expuso a los más apremiantes peligros? Sólo por vosotros han vertido sangre sus heridas y han tor¬nado a curarse. Al alma grande, que contuvo en sí
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las de todos vosotros, aprisionándole los muros de un calabozo, y en torno a ella flota el horror de un pérfido asesinato. Acaso piensa en vosotros, confía en vosotros, él que está habituado a dar todo lo su¬yo y a colmar todos vuestros deseos. CARPINTERO.- Venid, compadre. CLARITA.- No tengo yo brazos y fuerzas como vosotros; pero tengo lo que os falta a todos: valor y desprecio del peligro. ¡Si pudiera inflamaros con mi aliento! ¡Si oprimiéndoos contra mi pecho pudiera daros mi calor y ánimos! ¡Venid! ¡Quiero ir en me¬dio de vosotros!... Igual que una bandera indefensa, flotando sobre él, guía a un noble ejército de guerre¬ros, así mi espíritu debe flamear sobre vuestras ca¬bezas y el amor y la valentía unirán al pueblo vacilante y disperso, formando un espantable ejér¬cito. JETTER.-Llevadla de aquí; me da pena.
(Vanse los ciudadanos.)
BRACKENBURG.- ¡Clarita! ¿no ves dónde esta¬mos? CLARITA.- ¿Dónde? Bajo el cielo que con tanta frecuencia parecía tender su bóveda de modo aun más solemne cuando el gran hombre pasaba bajo ella. En esas ventanas, para mirarlo, se amontona¬ban cuatro, cinco cabezas, unas sobre otras; en estas puertas, todos se inclinaban reverentes cuando él lanzaba una mirada a esos mandrias. ¡Oh!, ¡tanto los quería yo por el modo como lo veneraban! Si hubiera sido un tirano, estaría bien que lo hubieran dejado solo en su caída. Pero ¡a él lo amaban!... ¡Oh!, ¿manos que sabéis saludar con la gorra no podrías también empuñar una espada?... Brac¬kenburg, ¿y nosotros?... ¿Les hacemos reproches a los otros?... Y estos brazos, que lo han estrechado tantas veces, ¿qué hacen por él?... La astucia ha lo¬grado alcanzar tantas cosas en el mundo... Tú cono¬ces las entradas y salidas, conoces el viejo palacio. Nada hay imposible; aconséjame. BRACKENBURG.- ¡Si nos fuéramos a casa! CLARITA.-Está bien. BRACKENBURG.-Allí, en la esquina, veo una pa¬trulla de Alba; deja que la voz de la razón penetre en tu pecho. ¿Me tienes por cobarde? ¿No crees que sabría morir por ti? Estamos los dos locos; yo lo mismo que tú. ¿No comprendes que es imposible? ¡Si te serenaras! Estás como enajenada.
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CLARITA.- ¿Enajenada? ¡Qué abominación! Brac¬kenburg, sois vosotros los que estáis enajenados. Cuando aclamabais con altos clamores al héroe y le llamabais vuestro amigo y protector y vuestra es¬peranza; cuando gritabais ¡viva! a su paso, estaba yo en mi rincón, entreabría la ventana, me ocultaba, acechando lo que ocurría, y el corazón me latía con mayor fuerza que a todos vosotros. Ahora palpíta¬me otra vez más fuertemente que a todos vosotros. Os ocultáis a la hora del peligro, renegáis de él y no comprendéis que perecéis sí él sucumbe. BRACKENBURG.-Ven a casa. CLARITA.- ¿A casa? BRACKENBURG.- ¡Vuelve en ti! ¡Mira a tu alre¬dedor! Estas son las calles que sólo recorrías en do¬mingo, por las que ibas honestamente a la iglesia, y te enojabas, con un excesivo pudor, si me acercaba a ti con una amistosa palabra de saludo. Y ahora tú misma te paras en la calle y hablas y actúas a los ojos de todo el mundo. ¡Vuelve en ti, amor mío! ¿De qué puede servir eso? CLARITA.-¡A casa! Sí; ahora vuelvo en mí. Ven, Brackenburg; a casa. ¿Sabes tú dónde está mi patria? (Vanse.)


PRISIÓN
Iluminada por una lámpara; al fondo un camastro.
EGMONT (Solo).-Antiguo amigo, sueño siempre fiel, ¿también tú huyes de mí como los restantes amigos? Con qué gusto descendías sobre mi libre frente y refrescabas mis sienes, como hermosa co¬rona de mirtos del amor. En medio de las armas, sobre el oleaje de la vida, reposaba yo entre tus bra¬zos, alentando levemente como florido niño. Cuan¬do mugía la tormenta entre hojas y ramaje y oscilaban crujientes los troncos y las copas de los árboles, el centro del corazón permanecía siempre inconmovible. ¿Qué te agita ahora? ¿Qué estremece tu razón, firme y fiel? Bien lo siento; es el ruido del hacha mortífera que ataca mis raíces. Aun me man¬tengo en pie y un escalofrío interior recorre mi ser. Sí; triunfa la fuerza traidora, va minando el tronco, firme y alto, y antes de que se seque la corteza, su frondosa copa se vendrá abajo con estallidos y es¬truendo. ¿Por qué ahora, tú, que con tanta frecuencia has ex¬pulsado de tu cabeza preocupaciones poderosas, como si fueran pompas de jabón, no eres capaz de
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espantar los presentimientos que en mil formas sur¬gen y caen sobre ti? ¿Desde cuándo te parece teme¬rosa la muerte, con cuyas mudables imágenes vivías tan sereno como con los demás espectáculos habi¬tuales de la tierra?... Cierto que esta vez no se te pre¬senta como veloz enemigo contra el cual el corazón sano se lanza para defenderse; la prisión, imagen de la tumba, es tan repulsiva al héroe como al cobarde. Cosa irresistible era ya para mí, en mi mullido sillón, cuando en una importante asamblea los príncipes deliberaban largamente, con discursos llenos de re¬peticiones, acerca de cosas fáciles de resolver, y en¬tre los solemnes muros de la sala, las vigas del techo me oprimían gravemente. Entonces, tan pronto co¬mo me era posible, corría fuera de allí, y al punto saltaba sobre mi caballo respirando hondamente. Y partía a galope hacia donde nos hallamos en nuestro elemento; hacia el campo, donde aspiramos los in¬mediatos beneficios de la naturaleza, que se exhalan de la tierra, y todas las bendiciones de los astros, que se vierten de los cielos; donde, semejantes al gigante hijo de la tierra, nos alzamos más robustos después del contacto con nuestra madre; donde sa¬bemos sentir a la humanidad y experimentamos en todas nuestras venas los deseos del hombre; donde el afán de sobresalir, de triunfar, de hacer presa, de ejercitar sus puños, de poseer, de dominar, hierve en el alma del joven cazador; donde el soldado, con rápido paso, se atribuye su nativo derecho sobre todas las cosas, y con temible libertad, lo mismo que una nube de pedrisco, recorre, devastándolos, pra¬dos, sembrados y bosques, y no reconoce linde im¬puesta por la mano del hombre. No eres más que una imagen, soñado recuerdo de la dicha que poseí durante tanto tiempo. ¿Adónde te ha conducido el destino traidor? ¿Niégase éste a concederte una jamás temida muerte rápida, bajo la faz del sol, para prepararte, en la infecta podredum¬bre del calabozo, un anticipo del sabor de la tumba? ¡Qué repulsivamente se exhala para mí de todas es¬tas piedras! Paralízase ya la vida; el pie se espanta ante esta yacija como ante la sepultura... ¡Oh, zozobra, zozobra, que comienzas el asesinato antes de tiempo, apártate de mí!... ¿Cómo ha de es¬tar solo Egmont, tan completamente solo en este mundo? Es la duda lo que te deja desamparado, no la dicha. ¿Ha desaparecido la justicia del rey, en la que confiaste durante toda tu vida? ¿Ha desapa¬recido la amistad de la gobernadora, que casi (bien puedes confesártelo) casi era un amor? ¿Han des¬
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aparecido de repente, como un brillante meteoro nocturno, y te abandonan solitario en el tenebroso sendero? ¿Orange, al frente de sus amigos, no pen¬sará en arriesgarse a hacer una tentativa? ¿No se reunirá la masa del pueblo para libertar con fuerzas crecientes a su antiguo amigo? ¡Oh muros, que me mantenéis encerrado, no im¬pidáis que lleguen hasta mí los benévolos impulsos de tantos espíritus! Y aquella valentía que en otro tiempo vertían mis ojos sobre ellos, que vuelva aho¬ra de sus corazones al mío. ¡Oh, sí! ¡Se agitan por millares! ¡Vienen! ¡Se hallan a mí lado! Sus piadosos deseos se precipitan suplicantes hacia el cielo e im¬ploran un milagro. Y si no desciende un ángel para salvarme, los veo empuñar sus lanzas y espadas. Las puertas se hienden, saltan las cadenas, los muros se derrumban bajo el impulso de sus manos y Egmont asciende alegremente al encuentro del naciente día de la libertad. ¡Cuántos rostros conocidos me reci¬ben con aclamaciones! ¡Ay, Clarita, si fueras hom¬bre, de fijo que te vería aquí antes que a nadie y te debería lo que es duro tener que deberle a un rey, la libertad!


CASA DE CLARITA
CLARITA (Sale de su cuarto con una lámpara y un vaso de agua, pone el vaso sobre la mesa y se acerca a la ventana).¬¿Sois vos, Brackenburg?... ¿Qué fue entonces lo que oí? ¿Nadie todavía? ¡No era nadie!... Quiero poner la lámpara en la ventana para que vea que estoy des¬pierta todavía, que todavía espero por él. Me pro¬metió traerme noticias ¿Noticias? ¡Espantosa certidumbre!. ¡Egmont sentenciado!... ¿A qué tribu¬nal le es lícito mandarlo comparecer ante sí? ¡Y lo condenan! ¿Lo condena el rey? ¿O el duque? Y la gobernadora se retira. Orange vacila, y todos sus amigos... ¿Es éste el mundo de cuya inconstancia e infidelidad tanto oí hablar, sin haberla jamás expe¬rimentado? ¿Es éste el mundo?... ¿Quién sería lo bastante perverso para sentir encono contra el me¬jor de los hombres? ¿Sería la malicia bastante pode¬rosa para abatir rápidamente a quien es venerado por todos? Pues así es... así... ¡Oh Egmont! ¡Tan seguro te creía yo ante Dios y los hombres como cuando estabas entre mis brazos! ¿Qué era yo para ti? Me llamaste tuya y consagré a tu vida toda mi vida ¿Qué soy ahora? En vano tiendo las manos hacia la red que te aprisiona. ¡Tú indefenso y yo li¬
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bre! Aquí está la llave de mi puerta. Depende de mi arbitrio mi entrar y mi salir y no te sirvo de nada! ¡Oh, amarradme para que no me desespere; arro¬jadme en el más profundo calabozo, para que gol¬pee mi frente contra sus húmedos muros, gima por la libertad, sueñe en la forma como querría libertarle si no me paralizaran las cadenas, en la forma como le libertaría!... Ahora estoy libre y en la libertad siento la angustia de mi flaqueza... Yo misma sé que no soy capaz de dar un paso para socorrerle. ¡Ay, por desdicha, también esa pequeña parte de tu ser que se llama Clarita, está, como tú, aprisionada, y lejos de ti, consume en mortales convulsiones sus últimas fuerzas!... Oigo que alguien avanza con cau¬tela, que tose... Brackenburg... ¡Él es!... Hombre bueno y desgraciado, tu suerte sigue siendo siempre la misma; tu amada te abre su nocturna puerta, pero ¡ay! que sólo es para una cita siniestra. Entra BRACKENBURG CLARITA.-¡Vienes tan pálido y tembloroso, Brackenburg! ¿Qué sucede? BRACKENBURG.-He venido a encontrarte a tra¬vés de rodeos y peligros. Las calles principales están ocupadas; a escondidas llego junto a ti, desli¬zándome por revueltas y callejuelas.
CLARITA.-Dime, ¿qué ocurre? BRACKENBURG (Sentándose).-¡Ay Clara, déjame llorar! Yo no lo amaba. Era hombre rico y atraía hacia mejores praderas a la única oveja del pobre. Pero jamás lo maldije; Dios me creó de condición fiel y tierna. Mi vida se deslizaba en el dolor y espe¬raba perecer cada día. CLARITA.- ¡Olvida eso, Brackenburg! Olvídate de ti mismo. ¡Háblame de él! ¿Es verdad? ¿Está sen¬tenciado? BRACKENBURG.- Sí; lo está. Lo sé con certeza. CLARITA.- Y ¿vive todavía? BRACKENBURG.-Sí; todavía vive. CLARITA.- ¿Cómo puedes asegurarlo?... La tiranía asesina nocturnamente al hombre excelso; su sangre se derrama a escondidas de todas las miradas. En congojoso sueño descansa el pasmado pueblo y sueña con salvarle, sueña con la realización de su estéril deseo; mientras tanto su espíritu abandona el mundo, enojado con nosotros... ¡Ya no existe!... ¡No me engañes! ¡No te engañes a ti mismo! BRACKENBURG.- No, no; es seguro que vive to¬davía... Por desgracia, el español le prepara al pue¬blo que quiere pisotear un espectáculo terrible, ca¬
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paz de abrumar para siempre a todo corazón que se agite por la libertad. CLARITA.- Prosigue y pronuncia también sere¬namente mi sentencia de muerte. Me acerco cada vez mas a los campos de la bienaventuranza; desde aquellas comarcas de paz, llega hasta mí un hálito consolador. Habla. BRACKENBURG.- Por la presencia de patrullas, por ciertas frases oídas ya en un sitio, ya en otro, pude comprender que en la plaza del mercado se preparaba secretamente algo espantoso. Me deslizé por caminos desviados, por pasajes de mí conoci¬dos, hasta la casa de mi primo, y por una ventana de la parte de atrás miré hacia la plaza del mercado... Humeaban algunas antorchas en un vasto círculo de soldados españoles. Agucé mi vista deshabituada, y del seno de la noche surgió ante mi un negro patí¬bulo, espacioso, elevado; me estremecí ante aquel espectáculo. Activamente trabajaba mucha gente en torno a él para ocultar, envolviéndolo en paños ne¬gros, lo que aun era visible de la blanca armadura de madera. Por último, también forraron de negro las escaleras, lo vi perfectamente. Parecían estar prepa¬rando la celebración de un atroz sacrificio. Un blan¬co crucifijo, que a través de la noche brillaba como plata, fue puesto en alto a uno de los lados. Yo mi¬raba y miraba, cada vez más seguro de la terrible certidumbre. Aun vacilaban aquí y allá algunas an¬torchas; una a una se fueron retirando y extinguien¬do. De pronto, al apagarse la última, el abominable engendro de la noche reintegróse otra vez a su ma¬terno seno. CLARITA.- ¡Silencio, Brackenburg! ¡Ahora, si¬lencio! Deja que este velo descienda sobre mi alma. Han desaparecido los fantasmas; y tú, benigna no¬che, préstale tu manto a la tierra, que fermenta en su interior; no soporta por más tiempo esa carga es¬pantosa; abre en sí misma, entre convulsiones, pro¬fundas hendiduras, y se traga, entre crujidos, esa armazón de muerte. Y el Dios, a quien han ultrajado haciéndole testigo de sus furores, envía a alguno de sus ángeles; al contacto del celeste mensajero des¬préndense cerrojos y cadenas, y la celestial criatura derrama un suave resplandor en torno a mi amigo; dulce y silenciosamente lo guía hacia la libertad a través de la noche. Y también mi camino, por esa obscuridad, llévame a juntarme con él, en secreto. BRACKENBURG (Deteniéndola).- ¿Adónde vas, hija mía? ¿Qué te atreves a hacer?
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CLARITA.- Despacito, despacio, amigo mío; que nadie se despierte; que no nos despertemos a nos¬otros mismos. ¿Conoces este frasco, Brackenburg? Te lo quité, bromeando, una vez en que me amena¬zabas impaciente, como lo hacías con frecuencia, con una muerte voluntaria. Y ahora, amigo mío... BRACKENBURG.- ¡Por todos los santos! CLARITA.- No puedes impedirlo. La muerte es mi destino. Cencédeme que tenga la dulce y rápida muerte que te preparabas a ti mismo. ¡Dame la ma¬no!... En el momento en que abro la obscura puerta del mundo de donde no se regresa, ojalá pueda de¬cirte con este apretón de manos cuánto te he queri¬do y cuánto te he compadecido. Mi hermano se me murió joven; te escogí para ocupar su puesto. Tu corazón se opuso a ello y nos atormentó a los dos; deseaste con ardor, cada vez más ardientemente, lo que no te estaba destinado. ¡Perdóname y adiós! Déjame llamarte hermano. Es un nombre que abar¬ca dentro de sí otros muchos nombres. Recibe con fiel corazón la última y bella flor de los que se sepa¬ran.. . Recibe este beso... La muerte junta a todos, Brackenburg; también nos reunirá a nosotros.
BRACKENBURG.- Pues déjame morir contigo. ¡Reparte! ¡Reparte! Es suficiente para extinguir dos vidas, CLARITA.- ¡Detente! Tú debes vivir, tú puedes vi¬vir... Sostén a mi madre, que sin ti se consumiría en la pobreza. Sé para ella lo que ya no puedo ser yo; vivid juntos y llorad por mí. Llorad por la patria y por el único que hubiera podido sostenerla. La ge¬neración actual no se verá libre de esta cuita; ni el mismo furor de la venganza podrá aniquilarla. Vi¬vid, desdichados, vivid todavía, un tiempo que ya no es tiempo. El mundo se queda hoy paralizado de repente; detiénese su curso y apenas late por algu¬nos minutos más mi pulso. ¡Adiós! BRACKENBURG.- ¡Oh!, vive con nosotros, como nosotros viviremos sólo para ti. Nos matas al darte muerte. ¡Oh, vive y sufre! Estaremos constante¬mente a tu lado, y el amor, siempre previsor, te pre¬parará con sus vivientes brazos los más hermosos consuelos. ¡Sé nuestra! ¡Nuestra! No me es lícito decir mía. CLARITA.- Despacio, Brackenburg. ¿No sientes lo que hieres? Donde aparece para ti la esperanza sólo hay para mí la desesperación.
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BRACKENBURG.- Comparte la esperanza de los vivientes. Detente al borde del abismo, mira a su fondo y vuelve la vista hacia nosotros. CLARITA.- He vencido; no vuelvas otra vez a lle¬varme al combate. BRACKENBURG.- Estás aturdida; envuelta en la noche buscas el precipicio. Aun no se ha extinguido toda luz; aun habrá más de un día... CLARITA.- ¡Desdichado! ¡Desdichado! ¡Desdi¬chado de ti! Has desgarrado Cruelmente la venda de mis ojos. Sí; amanecerá el día; en vano tiende en torno a sí todas las nieblas y amanece contra su vo¬luntad. Con temor mira por la ventana el ciudadano; la noche deja tras sí una sombra negra; mira más despacio, y el patíbulo, aun más espantable, se alza y crece bajo la luz del día. Sufriendo nuevamente to¬dos sus dolores, la profanada imagen de Dios le¬vanta al padre sus ojos suplicantes. El sol no osa mostrarse; no quiere señalar la hora en que el excel¬so debe morir. Perezosamente recorren su camino las agujas del reloj y una hora suena tras la otra... ¡Deteneos! ¡Deteneos! ¡Ahora es el momento! Los celajes de la mañana me hacen refugiarme en la se¬pultura. (Se acerca a la ventana como para mirar fuera y bebe a escondidas el veneno.)
BRACKENBURG.-¡Clara! ¡Clara! CLARITA (Va hacia la mesa y bebe agua del vaso). ¡Aquí tienes el resto. No te invito a seguirme. Haz lo que debes, adiós. Apaga esa lámpara sin ruido y sin de¬mora; voy a descansar. Márchate de puntillas y cie¬rra la puerta cuando hayas salido. ¡Silencio! ¡No despiertes a mi madre! ¡Vete! ¡Sálvate! ¡Sálvate, si no quieres pasar por mi asesino! (Vase.) BRACKENBURG.- La última vez me deja como siempre. ¡Oh ¡Si un alma humana pudiera sentir hasta qué punto puede ser desgarrado un corazón amante! Me deja solo, entregado a mí mismo; y la muerte y la vida son igualmente odiosas para mí... ¡Morir solo!... ¡Llorad, los que amáis! Ninguna suerte más dura que la mía. Reparte conmigo la be¬bida mortal y me manda fuera, lejos de su presencia. Me lleva tras sí y me rechaza otra vez hacia la vida. ¡Oh, Egmont! ¡Qué envidiable destino te ha tocado en suerte! Ella te precede; recibirás de su mano la corona de la victoria; trae a tu encuentro a todo el cielo... Y ¿debo yo seguirlos? ¿Volver a ser dejado a un lado? ¿Llevar conmigo a aquellas moradas la en¬vidia inextinguible?... Ya no hay nada que me reten¬ga en la tierra, y el infierno y el cielo me ofrecen
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igual tormento. ¡Qué grata sería para el desdichado la terrible mano del aniquilamiento!
(Vase BRACKENBURG; la escena queda sin mudarse durante algún tiempo. Comienza a sonar una música que expresa la muerte de CLARITA; la lámpara, que BRACKENBURG olvidó apagar, lanza aún algunos des¬tellos y extínguese después. Entonces la escena se convierte en la


PRISIÓN
EGMONT yace dormido en el camastro. Prodúcese un ruido de llaves y se abre la puerta. Entran servidores con antorchas; FERNANDO, el hijo de Alba, y SILVA, acompañados de hombres de armas. EGMONT se despierta sobresaltado.
EGMONT.- ¿Quién sois los que espantáis despia¬dadamente el sueño de mis ojos? ¿Qué me anuncian vuestras miradas vacilantes y graves? ¿Por qué este espantable cortejo? ¿Qué temeroso sueño venís a fingir ante mi espíritu semidespierto? SILVA.- Nos manda el duque para notificarte la sentencia. EGMONT.- ¿Traes también el verdugo que debe ejecutarla? SILVA.- Escúchala y sabrás lo que te espera.
EGMONT.- ¡Bien propio de vosotros y de vuestra vergonzosa empresa! Concebida de noche y de no¬che ejecutada. Bien hace en ocultarse este insolente acto de injusticia.. . Avanza osadamente, tú, el que trae la espada envuelta en su capa; aquí está mi ca¬beza, la más libre que jamás haya segado de un tronco la tiranía. SILVA.- Te equivocas. Lo que justos jueces han resuelto, no se ocultará de la faz del día. EGMONT.- Por tanto, la insolencia va más allá de toda idea y concepto. SILVA (Coge la sentencia de manos de uno de los asistentes, la despliega y lee).- «En nombre del rey y en virtud de poder especial a nosotros transmitido por Su Ma¬jestad para juzgar a todos sus súbditos de cualquier condición que sean, inclusive a los caballeros del Toisón de oro... » EGMONT.- ¿Puede el rey transmitir ese poder? SILVA.- «Después de una investigación preliminar, suficiente y legítima, a ti, Enrique, conde de Egmont y príncipe de Gavre, te declaramos reo de alta trai¬ción, y pronunciamos la sentencia de que al apuntar el día, bien temprano, seas llevado de la prisión a la plaza del mercado y allí, a presencia del pueblo, para advertencia de todos los traidores, seas decapitado
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con la espada. Dado en Bruselas, a... (La fecha y el año son leídos confusamente de modo que no los comprendan los espectadores.) Fernando, duque de Alba, presidente del Tribunal de los Doce.» Ya sabes, pues, tu suerte; te queda poco tiempo para prepararte a ella, arreglar tus asuntos y despedirte de los tuyos.
(Vase SILVA con la escolta. Queda FERNANDO con solo dos antorchas; la escena está tenuemente iluminada.)
EGMONT (Permanece inmóvil algún tiempo sumido en sus pensamientos, y deja salir a SILVA sin mirar hacia él. Crée¬se solo, y al levantar los ojos descubre al hijo de Alba).-¿Te has quedado aquí? ¿Quieres aumentar con tu presencia mi espanto y mi asombro? ¿Acaso todavía pretendes llevarle a tu padre la grata embajada de que me desespero co¬bardemente? ¡Vete! ¡Díselo! Dile que no nos engaña ni al mundo ni a mí. De él, ambicioso de gloria, se murmurará primero a sus espaldas, después se ha¬blará en voz alta, cada vez más alta, y, cuando haya caído de la cima en que se encuentra, millares de voces lo gritarán contra él: no fue el bien del Esta¬do, ni la dignidad del rey, ni la paz de las provincias, lo que le trajo aquí. Por su propio interés aconsejó la guerra, para que el militar adquiriera poder por la guerra. Ha provocado esta monstruosa perturbación para hacerse necesario. Y yo perezco víctima de su bajo odio, de su mezquina envidia. Sí, lo sé y me es lícito decirlo; el moribundo, el herido de muerte, puede decirlo: en su vanidad me tenía envidia; largo tiempo ha preparado y meditado mi aniquilación. Ya cuando éramos jóvenes, si jugábamos a los da¬dos y los montones de oro, uno tras otro, pasaban rápidamente de su lado al mío, se levantaba furioso, fingía indiferencia, y en su interior se consumía de cólera, más por mi buena suerte que por su propia pérdida. Aun veo su relampagueante mirada, su pér¬fida palidez, cuando en una fiesta pública, ante mi¬llares de personas, nos disputamos el premio de tiro. Me desafió y ambas naciones presenciaban el lance; españoles y neerlandeses apostaban y mani¬festaban en voz alta sus deseos. Vencílo; su bala no dió en el blanco, pero sí la mía; un clamoroso grito de júbilo de mis gentes desgarró los aires. Ahora me alcanza la bala que entonces erró el blanco. Dile que lo sé, que lo conozco, que el mundo desprecia todo trofeo de victoria que un espíritu mezquino se haya erigido por la astucia. ¡Y tú!... Si le es posible a un hijo separarse de las costumbres de su padre, ejer¬
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cítate a tiempo en la vergüenza, avergonzándote de aquel a quien con todo corazón querrías venerar. FERNANDO.-Te escucho sin interrumpirte. Tus reproches caen como golpes de maza sobre un yel¬mo; siento la conmoción, pero estoy armado. Me aciertas, pero no me hieres; sólo soy sensible al do¬lor que me desgarra el pecho. ¡Ay de mí! ¡Ay! He vivido hasta hoy para ser testigo de esto; he sido enviado para presenciar tal espectáculo. EGMONT.- ¿Prorrumpes en quejas? ¿Qué te afli¬ge? ¿Qué te afecta? ¿Es un tardío arrepentimiento por haber prestado tus servicios en esta deshonrosa conjura? Eres muy joven y tienes bella presencia. ¡Mostraste tanta confianza, tanta amistad hacia mí! Mientras te miraba, me sentía reconciliado con tu padre. Y disimulando de ese modo, disimulando más que él, me atrajiste hacia el cepo. ¡Eres abomi¬nable! Quien se fía de él ya sabe que lo hace a su propio riesgo; pero ¿quién temería peligro alguno confiándose en ti? ¡Vete! ¡Vete! ¡No me arrebates estos escasos instantes! Vete para que me recoja en mí mismo y olvide al mundo y a ti el primero FERNANDO.-¿Qué podría decirte? Estoy aquí y te contemplo y no te veo ni me siento a mí mismo. ¿Debo disculparme? ¿Debo asegurarte que sólo muy tarde, sólo en el último momento, fui cono¬cedor de las intenciones del padre? ¿Que procedí como un forzado e inanimado instrumento de su voluntad? ¿De qué serviría la opinión que pudieras tener tú de mí? Estás perdido; y yo, desdichado, sólo estoy aquí para asegurártelo, para dolerme de ello. EGMONT.- ¿Qué vos singular, qué inesperado consuelo sale a mi encuentro en el camino de la tumba? ¿Tú me compadeces, hijo de mi mayor ene¬migo, de mi casi único enemigo? ¿No te hallas entre mis asesinos? ¡Di! ¡Habla! ¿Qué tengo que pensar de ti? FERNANDO.- ¡Padre cruel! Sí; te reconozco en esta orden. Conocías mi corazón, sabías mis senti¬mientos, por los que me has reprendido tan fre¬cuentemente como herencia de una tierna madre. Me enviaste aquí para hacerme igual a ti mismo. Me fuerzas a ver a este hombre al borde de la ham¬brienta fosa, bajo el dominio de una muerte arbi¬traria, para que sienta el más profundo dolor, para que me haga insensible contra todo destino, y per¬manezca indiferente, ocurra lo que quiera. EGMONT.- ¡Me asombro! ¡Serénate! Mantente firme, habla como hombre.
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FERNANDO.- ¡Oh, por qué no seré mujer! En for¬ma que pudieran decirme: ¿qué te enternece?, ¿qué te hiere? Señálame un mal mayor y más monstruoso que éste, hazme ser testigo de una acción más es¬pantosa; te daré las gracias, te diré: no fue nada. EGMONT.- Deliras. ¿Dónde estás? FERNANDO.- ¡Deja bramar a esta pasión! ¡Deja que dé libre curso a mis quejas! No quiero parecer impasible cuando todo en mí se destroza. ¡Verte a ti en este lugar!... ¡A ti!... ¡Es espantoso! No me com¬prendes. Pero debes comprenderme. ¡Egmont ¡Egmont! (Echándose a su cuello.) EGMONT.- Explícame este misterio. FERNANDO.-No hay misterio. EGMONT.- ¿Cómo te conmueve tan profunda¬mente la suerte de un desconocido? FERNANDO.- ¡Desconocido, no! No eres un des¬conocido para mí. Tu nombre brillaba para mí en mi primera juventud lo mismo que una estrella del cielo. ¡Cuántas veces escuché lo que decían de ti, cuántas pregunté por tu persona! El mancebo es la esperanza del niño, el hombre la del mancebo. De este modo has caminado delante de mí, siempre delante, y sin envidia te veía precederme y yo mar¬chaba siguiendo tus huellas, cada vez más lejos.
Ahora, por último, esperaba llegar a verte, y te vi y mi corazón se lanzó hacia ti. Te había elegido ya por amigo y de nuevo volví a elegirte cuando llegué a verte. Ahora esperaba yo poder estar contigo, vivir contigo, unirme a ti y… Pero todo está terminado y te veo donde te veo. EGMONT.- Amigo mío, si puede servirte de algo, ten la seguridad de que desde el primer momento mi afecto se dirigió hacia ti. Escúchame. Cambiemos entre nosotros algunas serenas palabras. Dime: ¿es firme y severa la voluntad de tu padre de darme muerte? FERNANDO.-Sí. EGMONT.- Esta sentencia ¿no será un vano es¬pantajo para angustiarme, castigarme con el temor y la amenaza, rebajarme y volver a levantarme des¬pués por medio de la gracia real? FERNANDO.- No, no; desgraciadamente, no. Al principio también yo me halagaba con esta enga¬ñadora esperanza y, sin embargo, experimentaba angustia y dolor al verte en este estado. Pero la cosa es real, es cierta. No, no soy dueño de mí mismo. ¿Quién me da ayuda, consejo, para librarme de lo inevitable?
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EGMONT.-Escúchame. Si tu alma aspira tan po¬derosamente a salvarme, si aborreces la tiranía que me mantiene encadenado, sálvame. Los momentos son preciosos. Eres hijo de quien todo lo puede y tú mismo eres fuerte... Huyamos. Yo conozco los ca¬minos; los medios para salir de aquí no pueden serte desconocidos. Sólo estos muros, sólo unas cuantas leguas me separan de mis amigos. Suelta estas cade¬nas, llévame a ellos y sé uno de los nuestros. De fijo que algún día el rey te dará gracias por mi salvación. Ahora han sorprendido su buena fe y acaso le sea desconocido todo esto. Tu padre lo osa todo, y la Majestad tiene que aprobar lo acaecido aun cuando se espante de ello. ¿Qué piensas? ¡Oh! Encuéntrame con tus reflexiones el camino de la libertad. Habla y nutre la esperanza del alma todavía viviente. FERNANDO.-¡Cállate! ¡Cállate! Con cada palabra aumentas mi desesperación. Aquí no hay ningún efugio posible, ningún medio aconsejable, ninguna fuga.. . Eso es lo que me tortura, me sobrecoge y me destroza como con garras el pecho. Yo mismo tendí las redes; conozco la severa firmeza de sus nudos; sé cómo están cerrados los caminos a toda osadía y a toda astucia; me siento aprisionado contigo y con todos los otros. ¿Me quejaría, si no lo hubiera in¬tentado todo? Me he postrado a sus pies y le he pe¬dido y suplicado. Me mandó aquí para destruir, en este momento, todo el gozo de vivir y la alegría que existen en mí. EGMONT.- Y ¿no hay salvación? FERNANDO.-Ninguna. EGMONT (Golpeando con el pie en el suelo).- ¡No hay salvación!... ¡Oh, dulce vida! ¡Bella y amable cos¬tumbre de existir y actuar! ¡Tengo que apartarme de ti! ¡Apartarme a sangre fría! No en el tumulto de la batalla, no entre el retiñir de las armas, no en el aturdimiento del estruendo me dices rápidamente adiós; no es la tuya una precipitada despedida, no abrevias el momento de la separación. Tengo que coger tu mano, mirarte otra vez a los ojos, sentir vivísimamente tu hermosura y tú valor, y después desprenderme de ti resueltamente y decirte: ¡adiós! FERNANDO.-Y yo debo estar a tu lado, verlo to¬do y no poder detenerte ni impedirlo. ¡Oh!, ¿qué voz bastaría para quejarse? ¿Qué corazón no se desgarraría ante tal calamidad? EGMONT.-Serénate. FERNANDO.- Tú puedes serenarte, tu puedes re¬nunciar, dar heroicamente estos arduos pasos de la mano de la necesidad. Pero ¿qué puedo hacer yo?
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¿Qué debo yo hacer? Tú triunfas de ti mismo y de nosotros; tú miras desde alto; yo te sobrevivo y me sobrevivo. He perdido mi lámpara en la alegría del festín, mi bandera en el estruendo del combate. Yerto, confuso y triste se me aparece el porvenir. EGMONT.-Joven amigo, a quien por un singular destino a un tiempo mismo gano y pierdo, que sien¬te por mí dolores de muerte, que por mí padece, contémplame en estos momentos; no me perderás. Si mi vida fue para ti un espejo en que te contem¬plabas gustosamente, séalo también mi muerte. Los humanos no sólo están juntos cuando están reuni¬dos; también el remoto, el fallecido vive en nos¬otros. Yo viviré en tí; ya he vivido bastante en mí mismo. He gozado de cada día; en cada día, con rápida eficacia, he cumplido con mi deber según me lo mostraba mi conciencia. Ahora se acaba mi vida tal como hubiera podido terminar hace ya tiempo, hace ya mucho tiempo, ya en las mismas arenas de Gravelinas. Ceso de vivir; pero he vivido. Vive así tú también, amigo mío: gustoso y con placer, y no temas la muerte. FERNANDO.- Hubieras podido, hubieras, debido conservarte para nosotros. Te has matado a ti mis¬mo. Con frecuencia, cuando hombres experimenta dos hablaban de ti, cuando amigos y enemigos dis¬putaban largamente sobre tu valor, tuve que oír que al final se ponían de acuerdo, ya que ninguno osaba negar, todos reconocían, que seguías un camino pe¬ligroso. ¡Con qué frecuencia deseé poder advertirte! ¿Es que no tenías ningún amigo? EGMONT.- Ya fui advertido. FERNANDO.- Y con qué exactitud volví a encon¬trar estas inculpaciones en el proceso. ¡Y tus res¬puestas! Bastante buenas para disculparte, pero no lo bastante concluyentes para librarte de culpa, EGMONT.-Dejemos eso a un lado. Cree el hom¬bre dirigir su vida, conducirse a sí mismo, y en su interior es irresistiblemente arrastrado hacia su des¬tino. No meditemos más acerca de ello; con fa¬cilidad me desembarazo de esos pensamientos... Más difícilmente del ansia por este país. Pero tam¬bién se proveerá en ello. Si mi sangre, al derramarse, puede evitar que lo lean otras muchas y trae la paz a mi pueblo, se vierte muy a mi gusto. Por desgracia, no será así. Mas no está bien que el hombre cavile en lo que ya no debe realizar. Si puedes detener, sí puedes dirigir el funesto poder de tu padre no dejes de hacerlo. Pero ¿quién lo podrá?... ¡Adiós! FERNANDO.- No puedo irme.
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EGMONT.- Permíteme que del mejor modo po¬sible te recomiende a mis gentes. Tengo buenas per¬sonas a mi servicio; ¡que no las dispersen y las ha¬gan desgraciadas! ¿Qué ha sido de Ricardo, mi secretario? FERNANDO.- Te ha precedido. Lo han decapita¬do como cómplice de alta traición. EGMONT.- ¡Infeliz!... Otra cosa aun y después adiós; ya no puedo más. Aunque el espíritu esté po¬derosamente ocupado, también la naturaleza re¬clama irresistiblemente, por última vez, sus dere¬chos; y lo mismo que un niño, entre los anillos de una serpiente, disfruta del restaurador sueño, tam¬bién el fatigado se tiende por última vez ante el um¬bral de la muerte, y descansa profundamente, como si todavía tuviera que recorrer un largo camino... Aun una cosa... Conozco a una muchacha; no la desprecies ya que ha sido prenda mía. Una vez que te la recomiendo muero ya tranquilo. Tú eres hom¬bre de honor; una mujer que se encuentra con uno de tales está ya proveída. ¿Vive mi viejo Adolfo? ¿Está en libertad? FERNANDO.- ¿El animoso anciano que os acom¬pañaba siempre a caballo? EGMONT.- El mismo.
FERNANDO.- Vive y está libre. EGMONT.-Sabe dónde ella vive; haz que te lleve allá y estale agradecido hasta el fin de tus días por haberte mostrado dónde hay tal tesoro… ¡Adiós! FERNANDO.- No me voy. EGMONT (Empujándolo hacia la puerta). ¡Adiós! FERNANDO.- ¡Oh, déjame aún!... EGMONT.- Amigo, sin despedida. (Acompaña a FERNANDO hasta la puerta y se arranca allí de sus bra¬zos. FERNANDO, como abobado, se aleja precipi¬tadamente.) EGMONT (Solo).- ¡Hombre cruel! No creías ha¬cerme este beneficio por medio de tu hijo. Gracias a él estoy libre de preocupaciones y dolores, de temor y de todo sentimiento congojoso. Con dulzura e insistencia reclama la naturaleza su último débito. ¡Ya está hecho! ¡Está resuelto! Y lo que la noche pasada, con su incertidumbre, me tuvo en vela en mi yacija, adormece ahora mis sentidos con su indo¬mable evidencia. (Tiéndese en el lecho. Música.) ¡Dulce sueño! Lo que te gusta es llegar como una pura di¬cha, sin ser rogado, sin ser suplicado. Tú deshaces los nudos del severo pensamiento, entremezclas todos los cuadros de alegría y de dolor; la esfera de internas armonías mana sin obstáculos y envueltos
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en gratos delirios, nos amodorramos y cesamos de existir.
(Se adormece; la música acompaña su sopor. Por detrás de su lecho parece abrirse el muro y se muestra una aparición res¬plandeciente. La Libertad, con celestes vestiduras, rodeada de resplandores, descansa sobre una nube. Tiene los rasgos de CLARITA y se inclina hacia el dormido héroe. Expresa un sentimiento de piedad, parece compadecerle. Pronto se domina y con gesto reanimador, muéstrale el haz de flechas, después el cetro con el gorro. Indícale que esté alegre, y al significarle que su muerte dará la libertad a las provincias, reconócelo como vencedor y le tiende una corona de laurel. Al acercar la corona a la cabeza de EGMONT, hace éste un movimiento, como alguien que se agita en sueños, de modo que su rostro queda vuelto hacia la aparición. Mantiene ésta la corona suspendida sobre la frente de EGMONT; óyese muy a lo lejos una músi¬ca marcial de pífanos y tambores; desvanécese la figura con los suaves sones de la música. El rumor se hace más fuerte. EGMONT despierta; la prisión es débilmente iluminada por el resplandor de la mañana. El primer movimiento del héroe es llevarse las manos a la frente; se levanta y mira en torno a sí, teniendo siempre la mano en las sienes.)
¡Ha desaparecido la corona! Hermosa imagen, la luz del día te ha ahuyentado. Sí; ambas estaban reuni¬das: las dos más dulces alegrías de mi corazón. La divina libertad había tomado a préstamo la figura de mi amada; la encantadora muchacha se había vesti¬do con las celestes vestiduras de la diosa. En el pri¬mer momento aparecieron unidas, más graves que amorosas. Se presentó ante mí con sandalias man¬chadas de sangre, manchados de sangre los flotantes pliegues del borde de su túnica. Era mi sangre y mu¬chas otras sangres nobles. No; no será derramada en vano. ¡Sigue adelante! ¡Bravo pueblo, te guía la diosa de la victoria! Y lo mismo que el mar rompe vuestros diques, romped, destrozad los muros de la tiranía y arrastradla, envuelta en vuestras olas, lejos de la tierra que se apropio. (Tambores más cerca.) ¡Oíd! ¡Oíd! ¡Con qué frecuencia este estruendo me convocaba para marchar con libre paso hacia el campo de la lucha y la victoria! ¡Con qué ánimos emprendía con mis compañeros la carrera de peli¬gros y gloria! También yo, desde esta prisión, mar¬cho hacia una muerte honrosa; muero por la libertad, por la que viví y combatí, y a la que ahora me sacrifico dolorosamente. (El fondo de la escena es ocupado por una fila de soldados españoles con alabardas.)
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Sí; traed todas vuestras armas; estrechad vuestras filas: no me espantáis. Estoy acostumbrado a alzarme ante las lanzas y contra las lanzas, y en todas partes, rodeado de la amenazadora muerte, sentir con doble vértigo mi animosa vida. (Tambores.) ¡El enemigo te cerca por todas partes! ¡Deslumbran las espadas! ¡Amigos, levantad vuestro valor! ¡A vuestras espaldas tenéis a vuestros padres, esposas, hijos! (Señalando a la guardia.) Y a éstos, no es su va¬lentía, sino una vana palabra de su amo lo que los impulsa. ¡Defended vuestros bienes! Y para salvar lo que os es más querido, morid alegremente, tal como os doy ejemplo yo. (Tambores. Cae el telón mientras, avanza hacia la guardia y la puerta del fondo; recomienza la música y termina la obra con una sinfonía triunfal.)
Creado por carlos.rouen.menard | 0 comentarios | 27/07/06 23:31

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